El silbido y el silbato en política

Por: Antoni Gutiérrez-Rubí | 28 may 2012

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Cuando las palabras no bastan, solo el grito es la respuesta. La respuesta cívica y política de la sociedad ante la gravedad y complejidad de los problemas globales y locales adquiere nuevos lenguajes de protesta que, por su originalidad, imaginación, compromiso y visibilidad se difunden rápidamente.  Muchas de estas protestas tienen una gran difusión viral gracias al formato audiovisual y la plasticidad de sus acciones y son fuente de inspiración para la creatividad social.

La mayoría de ellas no utilizan la palabra. Se expresan con el cuerpo en acciones rotundas, inequívocas, de rechazo frontal, de denuncia, de alerta inexcusable e inaplazable. Gritar, desnudarse, caminar, correr, hacer ruido, ayunar… son acciones de una radicalidad simple y muy efectiva que manifiestan, en su simplicidad, el cansancio y la desesperación de una ciudadanía harta e impaciente.

Silbar es una de las más utilizadas. Silbar en política es indignación sonora. Y el silbato, su arma democrática y pacífica. Es un instrumento maravilloso. Útil para la defensa civil, y en la lucha contra los desastres naturales, es también el símbolo imprescindible de la autoridad, del imperio de la ley. Y cuando la autoridad pierde legitimidad, instrumento de protesta, censura y crítica. Hasta los propios policías, en el Reino Unido, lo han utilizado para rechazar recortes y oponerse a las propuestas del gobierno. Estas son algunas de las últimas iniciativas donde ha sido protagonista.

1. Contra el hambre. El objetivo de la campaña 1billionhungry (2010) era presionar a los políticos por la lucha contra el hambre. Patrocinada por la Organización de Alimentación y Agricultura, FAO, la campaña global tuvo (y tiene) una gran repercusión. Su símbolo es un silbato amarillo que ayuda a quien la apoya a hacerse notar. Un vídeo extraordinario de Jeremy Irons, entre otros personajes públicos, expresando su profundo cabreo y enojo ante la inacción de la política frente al hambre en el mundo, contribuyó al éxito de la iniciativa.

2. Contra la violencia a las mujeres. “Contraponemos al silencio, que rodea a esta violencia, el silbato. El silencio aparece como un gran enemigo que se impone, ya que nueve de cada diez abusos no son denunciados. El silencio es reforzado por el Estado, porque cuando una mujer se anima a denunciar es humillada, puesta en el banquillo de acusada. Esto construye un manto de impunidad, que ampara a los abusadores”. Así se expresaron las mujeres organizadoras de una protesta en Argentina para denunciar la pasividad de los fiscales. La iniciativa permitió romper el muro de silencio e inacción con los que los responsables de luchar contra la violencia se protegían de su incapacidad profesional.

3. Contra la corrupción. A las puertas del Congreso de los Estados Unidos, en enero de este año, miles de activistas denunciaron las relaciones opacas entre empresas de petróleo y gas con los congresistas. Era una coalición de grupos ecologistas con manifestantes disfrazados de árbitros que fueron a "soplar el silbato" a los legisladores que han recibido contribuciones económicas en campaña electoral por parte de las compañías petroleras.

4. Contra la manipulación. En México, en 2009, varias asociaciones ciudadanas protestaron contra todos los partidos en el debate de candidatos a la Alcaldía de Monterrey, preocupados por la ausencia de un verdadero árbitro electoral, y entregaron a la Comisión Estatal Electoral un silbato y una tarjeta roja, junto con la petición ciudadana para que cumpliera con su trabajo y vigilara, denunciara y castigara las ilegalidades que cometen diariamente todos los partidos políticos.

No tengo dudas de que el hecho de silbar –y el silbato- va a estar muy presente en nuestra vida política y social. A su simplicidad se une la capacidad de generar una complicidad coral, efecto mediático y liberación personal y colectiva. Es el sonido hecho imagen. Silbar, en solitario o en un estadio, por ejemplo, es romper el muro del silencio o de la provocación calculada. Ni 100.000 vatios pueden enmudecer una pitada colectiva. Los que creen que el control del volumen (en el campo y en la televisión) es fuente de control político están muy equivocados. El ruido (silbatos, gritos, palmas, caceroladas, cláxones…) como respuesta democrática, crítica o alternativa crecerá. Será la voz de los sin voz. Y la constatación, también, del fracaso de la palabra.

En política y en economía, muchos de los árbitros (jueces, legisladores, gobernantes) se han comido el silbato y se están tragando algunas graves faltas al reglamento. La ciudadanía va a ser mucho más exigente con los que deberían sancionar los excesos, impartir justicia, velar por el cumplimiento de las normas y castigar (previa advertencia) el juego sucio. Si la política se olvida del silbato, que no se queje de que el silbido sea la respuesta democrática –insolente y colectiva- de los que sienten que su voz no es escuchada.

(Fuente de la fotografía)

Hay 5 Comentarios

Como dice el primer comentarista, yo creo que no sirve de mucho el silbato. Lo que funciona es el eco que de el se haga después la prensa. Y quizás tampoco.
Hoy tenemos la versión musulmana de mostrar un zapato en vez de silbar. En respuesta unos agentes disparan al aire. Yo creo que va a depender de la prensa el que se "oiga" mas uno que otro.

Imaginemos por un momento que se inventase e implementase un sistema que inhibiera gritos y silbidos, que al intentar hacerlo las personas sintieran el horror de estar silbando y/o gritando con todas sus fuerzas y que ningún sonido saliera de sus bocas... ¿Qué les quedaría entonces, qué sucedería a continuación...? Políticos y chusma en general a las que se les silba y grita deben bendecir esos silbos y esos gritos al considerar que a esos gritos y a esos silbos les deben la vida.

No tengo por menos que alabar tu optimismo y tu fe en el pito, pero repasando el efecto que produjeron algunas sonoras pitadas de las que fui participe se me cae el pito a los pies:
!! No a la OTAN !! Mira que pitamos y en la OTAN estamos.
!! No a la guerra de Irak!! Pitaron hasta muchos políticos pero Bush era su friend y ala a pegar tiros.
!! No a la reforma laboral !! y toma despido express.
Si a eso añadimos el desprecio por el clamor popular del que han hecho gala publicamente los Rajois, las Aguirres y otros coleguis suyos en los últimos tiempos entenderás mis dudas sobre la efectividad del decibelio popular.
Por cierto hace un mes pite y pitamos masivamente en Lanzarote y Fuerteventura en contra de las previstas prospecciones petroliferas de Repsol en nuestras aguas y respaldados por la triste historia del chapapote y el !!Nunca mais !! La solución mañana.

Siempre me acuerdo de este poema de León Felipe, explica el grito y el habla alto del español.
Pero ¿Por qué habla tan alto el español?

Este tono levantado del español es un defecto, viejo ya, de raza. Viejo e incurable. Es una enfermedad crónica.

Tenemos los españoles la garganta destemplada y en carne viva. Hablamos a grito herido y estamos desentonados para siempre, para siempre porqué tres veces, tres veces, tres veces tuvimos que desgañitarnos en la historia hasta desgarrarnos la laringe.

La primera fue cuando descubrimos este continente, y fue necesario que gritásemos sin ninguna medida: ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!. Había que gritar esta palabra para que sonase más que el mar y llegase hasta los oídos de los hombres que se habían quedado en la otra orilla. Acabábamos de descubrir un mundo nuevo, un mundo de otras dimensiones al que cinco siglos más tarde, en el gran naufragio de Europa, tenía que agarrarse la esperanza del hombre. ¡Había motivos para hablar alto! ¡Había motivos para gritar!

La segunda fue cuando salió por el mundo, grotescamente vestido con una lanza rota y una visera de papel aquel estrafalario fantasma de la Mancha, lanzando al viento desaforadamente esta palabra de luz olvidada por los hombres: ¡justicia! ¡justicia! ¡justicia!... ¡También había motivos para gritar! ¡También había motivos para hablar alto!

El otro grito es más reciente. Yo estuve en el coro. Aún tengo la voz parda de la ronquera. Fue el que dimos sobre la colina de Madrid, en el año de 1936, para prevenir a la majada, para soliviantar a los cabreros, para despertar al mundo: ¡eh! ¡que viene el lobo! ¡que viene el lobo!... ¡que viene el lobo!.

El que dijo tierra y el que dijo justicia es el mismo español que gritaba hace 6 años nada más, desde la colina de Madrid, a los pastores: ¡eh! ¡que viene el lobo!

Nadie le oyó. Los viejos rabadanes del mundo que escriben la historia a su capricho, cerraron todos los postigos, se hicieron los sordos, se taparon los oídos con cemento, y todavía ahora no hacen más que preguntar como los pedantes: ¿Pero por qué habla tan alto el español?

Sin embargo, el español no habla alto. Ya lo he dicho. Lo volveré a repetir: el español habla desde el nivel exacto del hombre, y el que piense que habla demasiado alto es porque escucha desde el fondo de un pozo.

LEÓN FELIPE

Los que el otro día silbaron el himno en Madrid ¿han silbado alguna vez a ETA y a sus cómplices? La denuncia del asesinato y de la extorsión es también una buena causa ¿no?

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Sobre el autor

es asesor de
comunicación y consultor político.
Profesor en los másters de comunicación
política de distintas universidades.
Autor, entre otros, de los libros: Políticas.
Mujeres protagonistas de un poder
diferenciado’ (2008), Filopolítica:
filosofía para la política (2011)
o La política vigilada (2011).
www.gutierrez-rubi.es

Sobre el blog

Hago mía esta cita: “Escribimos para cambiar el mundo (…). El mundo cambia en función de cómo lo ven las personas y si logramos alterar, aunque sólo sea un milímetro, la manera como miran la realidad, entonces podemos cambiarlo.” James Baldwin

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