Diario de un cubano (VII): El difícil arte de aceptar

Por: | 17 de diciembre de 2015

7VRjBuoQRG6b0U7sIqjk_ConstructionNight_wide2cc Matthew Wiebe

 

"¡Creo que ya tengo un trabajo para ti!" Con esa noticia llegó Pedro a la casa aquel día. Recién me había mudado a un pueblo más céntrico con el propósito de encontrar la forma de ganarme la vida; pensé que quizás el hecho de estar ocupado aliviaría el estado de ingravidez mental que sentía al estar a expensas de otros.

Prosiguió pausadamente: "El problema es que trabajarías durante las noches". Nunca había trabajado a deshoras, pero tampoco estaba para escoger y es que el hecho de llegar ilegalmente limita por completo el privilegio de elección. Se imponía el hecho de sobrevivir, aceptar cualquier cosa, evitar el no, convertir el desconcierto en alivio.

"Vístete que iremos a una entrevista", me dijo. Fue así como Pedro, el viejo y yo partimos hacia calle abajo hasta llegar a un edificio cuya puerta principal estaba completamente enrejada. El chirriar de las verjas dejó al descubierto un local con moderada elegancia. Había dispuestos tres burós, aunque solo uno estaba ocupado. Salió a recibirnos un hombre relativamente joven, corpulento, casi hercúleo, muy bien enchaquetado y con porte señorial.

Después de las presentaciones, el señor se reclinó en su silla con aires de superioridad y empezó a explicar la importancia de hacer un trabajo bien hecho. Preguntó por la experiencia previa en trabajos de vigilancia, formuló un par de promesas vagas y seguidas y, sin mediar remordimientos, le dijo al viejo que no podía darle trabajo a una gente tan mayor.

El viejo se encogió de hombros aceptando, tal vez, la evidencia del paso de los años. Sus ojos trasmitían la ofensa con la que quizás no respondió, balbuceó un par de palabras como rumeando cualquier improperio que quiso decir y por respeto no diría. Eran las primeras sentencias de una realidad que aparta a miles de persona de sus sueños, que los anula por su edad, en medio de un mundo regido por el dinero.

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El ambiente se tornó hostil, pero el entrevistador prosiguió explicándome con frialdad los procedimientos amañados con los que trabajaba. Me dijo que de ahora en adelante me llamaría Angel Rodríguez y que si todo salía bien no tendría que preocuparme pues lo único que tenía que hacer era caminar alrededor de unos edificios familiares y dar las buenas noches a todos los que pasaban la verja.

"Angel Rodríguez… ¿¡cómo usar un nombre diferente?!" pensé en silencio. Mi interlocutor se percató de mi reticencia, se echó una media sonrisa y me dijo: "No hay nada que temer por usar un nombre diferente al tuyo. ¿Sabes cuantos tengo en esta empresa? Más de 20..." Aquello sonaba de uso tan común que me quedé desconcertado, Pedro interrumpió con un chiste: "Pues yo me llamo Alberto, así que no te preocupes, aquí las cosas son así".

Antes de dar por finalizada la entrevista, el señor me preguntó extrañado si no le iba a preguntar por cuánto iba a ganar. Me encogí de hombros, no me salieron palabras. "Bueno… -me dijo-, te voy a dar un consejo para que te sirva para toda la vida: estas en el capitalismo, siempre que aceptes un trabajo debes preguntar cuánto te van a pagar y cuándo". 

Más allá de las palabras de Don Alfredo, aunque no sé si ese era su verdadero nombre, entendí que aunque no hubiera alternativas lo importante aquí era no dar a entender el desconcierto que provoca empezar de cero. Todo al final se hacía por dinero, a los sueños y anhelos les habían puesto un precio, al menos para aquellos que eran materiales. Al fin y al cabo, había venido desde tan lejos a ponerle precio a mi tiempo, a mi nostalgia y a mi ausencia; había llegado hasta aquí para intercambiarme por objetos. Ya no se trataba de una medicina, ya era una cuestión, primero, de sobrevivir; después, se transformaría en la obsesión constante de cumplir ilusiones inexistentes de prosperidad.

De regreso a casa miré al viejo. Estaba  callado, impotente; sentía que su tiempo había pasado, que los años no te hacían más sabios, que la sociedad lo excluía y que su lugar aquí sería más duro. Traté de consolarlo, le tiré el brazo por arriba, disimulé ponerme en su lugar, pero no encontré palabras; también él necesitaba sobrevivir.

En cambio, Pedro permanecía impasible. Ya sabía que pasaría, aceptaba el hecho de que las reglas del juego eran así, el tiempo había curtido su tolerancia y daba un nuevo significado a lo injusto, pero en compensación a ello su voluntad no se doblegaba, la esperanza en las próximas oportunidades fueron el mejor de los consejos.

En un segundo repasé lo aprendido: no tirar la toalla, nunca dejar de perseverar, buscar siempre una solución, aceptar la derrota, confiar en que hay nuevas oportunidades para vencer, reír cuando se quiere llorar, ponerle deseos cuando quieres desmayar, ser precavido a la hora de gritar las verdades, defender tu tiempo y tu valía si es posible. Pero cuándo, cuando defendemos lo justo, ¿cuándo decir basta? Me quedé con esa última duda hasta hoy...

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Llegar a otro continente es llegar a otro mundo. Muchas veces hasta emigrar dentro de un mismo país se torna un reto. Los que lo hemos sentido leemos con atención las maravillosas líneas de Ernesto. Gracias por ellas...

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Sobre el blog

España vista desde la mirada de quienes nacieron en otros países. Migrados es un blog de encuentros y desencuentros, de episodios cotidianos, de integración y de lucha por la supervivencia en un entorno extraño y, a veces, hostil. Es una ventana a las vidas de personas que se han quedado en una tierra donde la crisis ha convertido a sus propios ciudadanos en emigrantes. Coordinado por Lola Hierro.

Sobre el autor

Lola HierroLola Hierro. Periodista y viajera, está convencida de que su oficio debe entenderse como un servicio público. Cree que una de las obligaciones de los de su gremio es dar voz a los olvidados y a los débiles y, ante la duda, ponerse siempre del lado de las víctimas. Con Migrados quiere llamar la atención sobre un fenómeno social que no siempre recibe la atención que merece a través de las experiencias de héroes y heroínas cotidianos.

Quan Zhou WuQuan Zhou Wu. China de cara, pero andaluza de corazón. Quan es diseñadora gráfica y dibujante del cómic Gazpacho Agridulce. Nacida en Algeciras en el seno de una familia profundamente tradicional, lleva 24 años intentando alcanzar el perfecto equilibrio entre sus raíces orientales y un estilo de vida muy occidental. @Gazpacho_Agri

Abdel Abdelouahed BelattarAbdelouahed Belattar, Abdel. Es educador social y especialista en migraciones. Español de origen marroquí, él se ve de aquí de allá, o de los dos sitios a la vez. Su pasado le ha hecho tener una perspectiva diferente de las migraciones hasta el punto de estar decidido a investigar y demostrar que quienes emigran aportan mucho a la economía, a la política, a la cultura y a la sociedad, y que por ello tienen la llave para lograr un cambio social real.

Jean-Arsène YaoJean-Arsène Yao. Originario de Costa de Marfil, es Doctor en Historia de América por la Universidad de Alcalá (España), y titular de un Master en periodismo de agencia por la Universidad Rey Juan Carlos (España). En la actualidad combina su labor docente con actividades periodísticas.

Ernesto G. MachínErnesto G. Machín. Cubano de corazón y con raíces españolas, profesor, periodista y escritor. Proviene de una familia trabajadora, vivió la época dorada de la revolución cubana y un día se convirtió en aprendiz de viajero. Un día decidió contar su largo viaje por el mundo convencido de que sus crónicas ilustraran el dulce amargo de la emigración.

Julissa JáureguiJulissa Jáuregui. Madrileña de origen peruano, ha vivido más años en esta ciudad que en su natal Lima. Politóloga cuyo activismo le llevó a especializarse en cooperación internacional y migraciones. Escribir reportajes y crónicas narrando las historias de vida de los migrantes se ha convertido en una herramienta más de su reivindicación.

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