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Mujeres

Sin dejar rastro

Por: | 09 de septiembre de 2011

Mujeres antifascistas durante una manifestación en Madrid en la Guerra Civil

Vivo con mi hermana Araceli, viuda, a quien llamo en mis adentros “Antígona”, pues sin haber participado en lo que llaman la Historia, ha sido casi devorada por ella, a causa de la piedad” (María Zambrano, 1957)


Ausentes de los archivos, a menudo invisibles, con frecuencia olvidadas. La historia la hacen por igual hombres y mujeres, pero, hasta hace unas décadas, no se reconocía esa doble autoría. La vida, anónima o heroica de muchas mujeres, ha ido a parar a los ríos del olvido. Aunque hubiera testigos de sus logros faltaron escribientes, gacetilleros o archiveros que los escribieran y registraran.  Las razones son conocidas: por un lado las grandes gestas o estaban protagonizadas por hombres, o  se les atribuían. En buena parte porque hasta hace poco solo los varones formaban parte del Ejército o enfocaban su vida a la política o a la conquista del poder. Solo a ellos se les educaba para ser héroes. Sus hazañas se registraban, constaban en los archivos, trascendían más allá de su época. En el caso de las mujeres, la falta de costumbre, de estudios, o de reconocimiento, han sido obstáculos atávicos que han impedido que quedara constancia de sus logros. Su quehacer público, a no ser que fuera excepcionalmente relevante, permanecía en la sombra. Así queda reflejado en los archivos de la Guerra Civil. Apenas hay referencias y estadísticas sobre las mujeres (más allá de algunas figuras singulares como Pasionaria, Federica Montseny, Victoria Kent, Margarita Nelken o María Teresa León). Ni cualitativa ni cuantitativamente se recoge su participación o su papel.

No habían sido educadas para la posteridad. Su toma de postura en el enfrentamiento,  sus  padecimientos o heroísmos no siempre fueron consignados. Lo ha recordado este verano el profesor de Geografía e Historia, Luis Castro, en las jornadas de estudio de El Rebollar, celebradas en Ciudad Rodrigo, Robleda y Navasfrías.  Es algo común: historiadores y divulgadores han tropezado con esa penuria de datos  al abordar sus investigaciones. Es raro que un prohombre o incluso un personaje secundario de ámbito regional o provincial no deje tras sí un rastro de documentos, cartas, o méritos. En el caso de las mujeres esa huella biografía se diluye. Solo sus familiares directos han tenido acceso a sus epistolarios o documentos. A veces guardados con secretismo  para los estudiosos. ¡Cuántos hijos o nietos no habrán tirado  cuadernos o correspondencia de sus ilustres madres o abuelas en vez de cederlos a alguna institución cultural! Por el contrario, qué frecuente es que se respeten los papeles, anotaciones o cartas del padre o abuelo.

En algunos casos la familia justificaba la destrucción de dietarios o cartas por contener correspondencia o anotaciones privadas o de índole amorosa. ¿Con qué derecho se puede privar a la posteridad de esas opiniones o confesiones una vez que esa madre,  tía o abuela ya no está en este mundo? ¿A alguien se le ocurriría quemar o romper cartas inéditas pongamos por caso de  Alberti, o de Indalecio Prieto, o de Unamuno por muy privadas que fueran?

Mujeres y niños evacuados en Teruel
Como mucho, las mujeres han sido recordadas en bloque como víctimas, al igual que los niños: víctimas de la represión, de los bombardeos, del hambre y la enfermedad, del exilio. Sin embargo, no se ha contado la historia no ya de las que combatieron, sino de las que ayudaron de forma decisiva o realizaron trabajos propios de hombres. La Guerra Civil, más allá de la tragedia y brutalidad que desencadenó, alteró la vida toda de la población civil, lanzada a la pura necesidad de sobrevivir y a tomar decisiones impensables semanas antes del golpe militar de julio de 1936. Un buen número de ellas tuvieron que sustituir a los hombres en tareas consideradas masculinas tanto en el campo como en la industria,  y algunas obreras se ofrecieron voluntarias a emplearse en fábricas destinadas a fabricar armas y explosivos  con gran peligro para su salud.

La mayoría de estas obreras o mujeres de clase media que estaban casadas,  además de compartir con los hombres las cargas derivadas de las circunstancias bélicas, criaban a sus hijos y no dejaban de ir a casa a la hora del almuerzo a poner el puchero para que sus marido encontrara un plato caliente en la mesa. O para mandarles la tartera con el cocido si no podían llegarse a sus domicilios.

Se produjo así la paradoja de que muchas mujeres, sobre todo en el campo republicano o ilustrado, tomaran conciencia de su identidad e iniciaran su emancipación en aquel periodo devastador. Un ansia de emancipación que por contagio también llegó a las militantes falangistas. Las memorias de Mercedes Formica dan detalles de cómo algunas hicieron caso omiso a la consigna de quedarse en casa haciendo jerséis u organizando rifas para los presos. Incluso falangistas casadas y con hijos como Marichu de la Mora, dejaron su vida habitual para instalarse primero en Segovia y luego acompañar a Pilar Primo de Rivera a reorganizar la Sección Femenina en la zona franquista.

No es tan fácil encontrar en los archivos la huella, la presencia de esas mujeres. En algunos casos, las propias interesadas no querían hablar de aquel periodo doloroso, al igual que algunas falangistas que evolucionaron después tampoco deseaban recordar aquellas ideas que ya no profesaban.

Pero si tenían dudas o dejaron algún esbozo de memorias, sus deudos se encargaron de que no saliera a la luz. En otros,  no se las consideraba suficientemente relevantes. ¿Qué fue de la correspondencia o documentación de Constancia de la Mora? Salvo algunas cartas dirigidas a Zenobia Camprubí  (y conservadas gracias a los estudiosos de Juan Ramón y Zenobia) apenas hay documentación sobre su figura más allá de su propia autobiografía, (en castellano Doble esplendor). En el archivo del PCE hay alguna huella, pero dentro de la carpeta destinada a su marido, el general Ignacio Hidalgo de Cisneros.

Los  historiadores lo saben: para construir una biografía hay que ir más allá del currículo profesional, los estudios, los méritos o hazañas… Los epistolarios o las publicaciones son herramientas capitales.  Tratándose de mujeres, poco se sabe a veces  de su recorrido profesional, de no ser funcionarias o escritoras. Más dificultoso es adentrarse en el terreno personal, teniendo en cuenta que en el periodo en el que vivieron su vida se confundió con su condición de esposas y madres o se redujo a una mera conciencia interior de sí mismas que apenas transcendió al exterior.  

2004_10_20_8_3_48_zambrano Cuando María Zambrano alude a su hermana Araceli con el sobrenombre de Antígona “pues sin haber participado en lo que llaman la Historia, ha sido casi devorada por ella a causa de la piedad”, está hablando de una española exiliada que marchó al destierro con su pareja, Manuel Muñoz, y que sufrió la detención y encarcelamiento de este en París a instancias del régimen vencedor español. Nadie habría conocido el drama de Araceli enloqueciendo en sus visitas a la prisión de La Santé de no haber sido hermana de la pensadora. Nadie habría sabido que Araceli se consumió y enfermó aún más cuando sin previo aviso, al ir a visitar a Manuel Muñoz a la prisión, alguien le dijo que él ya no estaba allí. Había sido extraditado a España y ejecutado. Manuel Muñoz era un alto cargo del ministerio de Gobernación republicano, pero para Franco, incluso una vez acabada oficialmente la contienda, no había personajes secundarios. Araceli Zambrano se fue al exilio porque era hija de maestros republicanos (su padre Blas Zambrano era amigo de Antonio Machado y una institución en Segovia) y estaba unida a Manuel Muñoz. Fue la perfecta secundaria, una perdedora desconocida. Como tantas, en lugares diversos de la bombardeada España. Ni ella ni mujeres más relevantes aún tienen hoy un sitio en los archivos. Si Araceli lo tiene es  porque su hermana María Zambrano, conmovida por su desgracia, consideró que era Antígona por su dolor y su piedad. Hasta la escritora italiana Elsa Morante se inspiró en ella o al menos en su nombre, aunque de una manera bastante libre, para escribir su novela Araceli

Con razón, el profesor Castro, al igual que otros historiadores, admite que las mujeres han sido las grandes olvidadas de la Guerra Civil y los primeros años de la Dictadura.  A pesar de que “a la  violencia represiva se añade otra específica sobre la mujer en forma de humillaciones públicas, rapados, violaciones, privación de hijos o la prohibición de vestir de luto”, afirma Castro. 

María Zambrano, por muchas razones, representa una excepción. Aunque de forma tardía, su obra  y su biografía no han dejado de recuperarse. Es una figura, además, que genera una constante presencia en el mundo editorial. Entre las últimas publicaciones sobre ella, figura un epistolario entre la pensadora y el discípulo de su padre, Pablo de Andrés Cobo entre 1957 y 1976. Lo interesante de esta correspondencia es que Zambrano estaba todavía en el exilio y De Andrés Cobo en el interior, y las cartas que intercambian no se limitan a tratar asuntos concretos, como recuperar los recuerdos comunes y el busto que hizo Emilio Barral a Blas Zambrano, o comentar textos que ambos publican en esa época. El epistolario es también un diálogo intelectual y personal en el que Zambrano desvela o amplía aspectos relevantes de su vida y su obra. De ahí su interés para los estudiosos y seguidores de esta discípula heterodoxa de Ortega.  Editado por Soledad de Andrés y José Luis Mora, el epistolario (De ley y de corazón. Historia de una amistad) se ha publicado por Caja Segovia y la UAM (Universidad Autónoma de Madrid).

Hay 1 Comentarios

Hace ya más de diez años, tuve la satisfacción de ver un documental espléndido de casi dos horas, producido por Canal +: "Las mujeres de la herencia del 98: la primera oportunidad" (1998), que recomiendo fervorosamente y que viene pintiparado para este "post".

Saludos cordiales.

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“Como quien dice, acabamos de salir de la cueva. No se borran de un plumazo milenios de reparto rígido de papeles, de trogloditas que salían de caza mientras ellas recolectaban y cuidaban de niños y ancianos, de bravos guerreros y abnegadas esposas, de amas de casa confinadas al hogar y hombres que acaparan toda la vida pública, de burkas de todo tipo, de dotes, de pruebas del pañuelo”. Las reflexiones del autor sobre la relación entre los sexos en el siglo XXI publicadas en el blog Mujeres, recopiladas en un libro electrónico. Puedes comprarlo en Amazon y en Google

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