TriEZ, patrimonio nacional

Por: | 25 de julio de 2011

TriEZ CD

En un país en el que no se escucha demasiado jazz, en el que, con respecto a ese tema, la prensa se muestra abiertamente desinformada y –peor aún– desinteresada, en el que gran parte de la escena es pobre, poco formada y, por si fuese poco, se encuentra completamente desvalida, el hecho de que exista un grupo como TriEZ es como ver crecer una hermosa flor en el rincón más inhóspito de Central Park, en el invierno más duro de Nueva York. Un milagro.

Es duro, y ha sido duro. Llegar hasta aquí, llevar a cabo un proyecto tan apabullante en un entorno tan hostil, tan pasivo. ¿Frustrante? Tal vez, pero siempre por aspectos ajenos a la música. ¿Gratificante? Sin duda. El camino recorrido por Agustí FernándEZ, Baldo MartínEZ y Ramón LópEZ hasta el momento de juntarse en este proyecto se puede definir de muchas formas, pero hay dos palabras que resumen de forma rotunda todas ellas: honestidad y compromiso. Parece fácil, ¿verdad? Pues, créanme, no lo es. Y tocando jazz en España, todavía menos.

Si alguno de ustedes está leyendo esto y acaba de llegar al punto en el que se dice para sí, “esto va de jazz, y el jazz no es lo mío”, deténgase. No se vaya aún. Lea un poco más, no por mí, sino por usted mismo. Los miembros de TriEZ le dirán, sin demasiada convicción, que ellos tocan jazz, o jazz libre, por concretar. En realidad, lo que hacen es música, en abstracto y en concreto. Música improvisada y música compuesta, siempre con un pie en la tierra y la mirada en el infinito. “Eso ya lo toqué mañana”, dijo Johnny Carter, reencarnación de Charlie Parker en “El Perseguidor” de Cortazar. El jazz en España, y en muchas partes del mundo, está institucionalizado, condenado a vivir en jaulas construidas por músicos mediocres, promotores ignorantes y prensa iletrada. TriEZ son un brote de esperanza en el jazz y la música de nuestro país; auténticos y geniales, ofreciendo siempre lo que “tocaron mañana” para ellos mismos y para quien quiera escucharles. 

Triez

No sé si han estado ustedes en el pequeño club que hay bajo el Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián. Desde dentro, parece estar uno en una media luna de piedra y madera, solemne y doméstica a partes iguales, aunque tal vez sea un efecto óptico. En los últimos días, el Heineken Jazzaldia ha albergado allí un pequeño curso de improvisación a cargo de los tres miembros de TriEZ, todos ellos reconocidos improvisadores a nivel internacional. Esas clases maestras precedieron a un concierto que tuvo lugar el domingo 24 a las 19:00, ante un público que, para ser justos, no sabía muy bien lo que iba a escuchar aquella tarde.

Como con toda música creativa, cada uno lo vivió a su manera, pero no es aventurado decir que todos lo hicieron intensamente. Algún asistente a los cursos había preguntado inocente sobre el terrible y complejo acto –arte– de tocar libre, y otros, frente a pequeñas muestras de dicho estilo, mencionaba la palabra “magia” sin dudar. Y, sin embargo, qué apropiada es. Magia.

Los festivales de jazz más populares viven de sponsores y patrocinadores varios, y se ven forzados a arrinconar las propuestas presuntamente poco exitosas. Acostumbrados a sus menús diseñados en torno a lo comercial y lo mediático, resulta complicado abstraerse de los programas principales, dando por sentado que lo marginal no lo es por desconocimiento –que no ignorancia– del público, sino por el eterno estigma de la rareza. Ni siquiera su flamante disco, publicado por Universal, salvó al trío de ser presentado como un fleco de esa apuesta arriesgada y comprometida que el veterano festival mantiene cada año.

Sin embargo, TriEZ ofrecieron en San Sebastián un concierto (inevitablemente íntimo), para unas cuantas decenas de asistentes, que puede estar considerado entre lo mejor que ha programado el festival en años. Apasionado y pulcro, espontáneo y reflexivo, fascinante y emocional. Un auténtico hito disfrutado sólo por unos pocos, a pesar de los músicos y del propio público. Aquí lo de la exclusividad no tiene valor. Los músicos de jazz quieren que se les escuche y que se les disfrute, y cuantos más haya al otro lado del escenario, mejor.

¿Creen que exagero? Me parece bien, e incluso lo encuentro razonable. Pero, tras asistir a ese concierto de TriEZ, no puedo negar la evidencia. ¿No me creen? Vayan ustedes a verles. Abran su mente y cierren los ojos; déjense llenar por toda esa música inesperada y maravillosa. Véanles en concierto y, después, rebátanme lo expuesto aquí. Si no les importa, esperaré sentado. 

Hay 8 Comentarios

Como estudiosa del jazz ibero-americano felicito al autor del post, define perfectamente el estado de la cuestión. Sigo la carrera de Baldo Martínez desde hace algún tiempo, y tuve la ocasión de escucharle en vivo en "acciones performativas" junto a Maite Dono y Manuel Maqueda en LAPIEZA (Palma 15, Madrid). El disco de TriEZ que comenta, es sin duda un ejercicio de virtuosismo cargado de una economía de medios magistral, lo sigo degustando como a un buen vino.

Lo siento, me confundí de entrada. Olviden mi comentario.

Sinceramente, preferiría que se aficionaran a la música clásica.

"El resto ruidismo intelectualoide, talento malgastado, onanismo musical". Si esto es lo que piensas, creo que te equivocaste de concierto. Entiendo que no sea del gusto de todos, no te gusta esta música y ya está. Por cierto, totalmente de acuerdo con tu comentario sobre el solo de percusión.

"...ruidismo intelectualoide, talento malgastado, onanismo musical..."
¿y no llamaste a la guardia civil? Así no vamos a ninguna parte eh!

yo también los escuché en Barcelona el año pasado... técnicamente exquisitos pero la música por lo general era una auténtica cencerrada... para amantes del jazz al estilo Ornette Coleman o los experimentos psicocotrópicos de Charlie Haden allá por los 70 puede valer. En cambio para los que amamos un cierto sentido y dirección, y un talento puesto al servicio de la música y no una música puesta al servicio del talento... que queréis que os diga he disfrutado de veladas mucho más estimulantes. Bueno hay que decir que mis nervios quedaron sobreestimulados por un par de días.

Se salvaron las dos composiciones de Ramón López, donde pude comprobar por vez primera como un solo de percusión (ese obligado minuto circense de los conciertos de jazz que debieran estar prohibidos) se pueden alcanzar momentos de gran emoción musical. fueron sin duda dos momentos de descubrimiento musical.

El resto ruidismo intelectualoide, talento malgastado, onanismo musical.

Ah! y yo también puedo esperar sentado a que me rebatan.

Yo los escuche en Barcelona el año pasado en el festival de Jazz de la ciudad y es de lo mejor que he oido nunca. El disco es maravilloso y el directo sublime. Parece una aproximacion intelectual a la musica con sus reminiscencias de musica clasica contemporanea pero tiene una riqueza emocional que desborda cualquier posible planteamiento formal.

Completamente de acuerdo en todo. Los escuché en concierto en Vigo el año pasado. No sabemos lo que tenemos.

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Conciertos, festivales y discos. Auges y caídas. Y, con suerte, sexo, drogas y alguna televisión a través de la ventana de un hotel. Casi todo sobre el pop, el rock y sus aledaños, diseccionado por los especialistas de música de EL PAÍS.

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