El único futuro posible de Balam Acab

Por: | 02 de noviembre de 2011

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Segunda parte de Accidentes en el Espacio y el Tiempo

Durante el último siglo, las utopías y los anhelos de un futuro mejor han ido apagándose ante el reverso oscuro de la tecnología y el progreso. Las imágenes de alegres y aventureras familias de vacaciones en el espacio exterior o la visión idílica de una sociedad de humanos uniformados de blanco han dejado de resplandecer, década tras década, en el inconsciente de las nuevas generaciones de niños momentos antes de la duermevela.

La masacre atómica de Hiroshima y el monstruo de Godzilla, nacido de la radioactividad, fueron los primeros vestigios en el imaginario colectivo del que iba a ser conocido como el miedo al futuro. Un cancer en el espíritu del hombre que germinó hasta la metástasis que padecemos en la actualidad. La promesa de un mundo idílico y utópico, nacido el siglo pasado en la Bauhaus Alemana y sublimado en la carrera espacial entre Rusia y Estados Unidos, se desinfló, finalmente, como un globo después de un cumpleaños un tanto accidentado.

Uno de los primeros en vaticinar el fin del sueño tecnológico en 1970, fue el sociólogo Alvin Toffler. En su libro, Future Shock, Toffler escribió que la sociedad occidental estaba en pleno proceso de cambio de la era industrial a la era súper industrial. Mutación en la historia, donde la velocidad exponencial de los cambios tecnológicos desfasarían a la capacidad humana de asimilarlos. Enfermedades como el estrés, la ansiedad y los ataques de pánico, según él, iban a ser dolencias comunes en los años venideros. Un estado de sitio emocional, donde la tecnología y el progreso, serían nuestros principales enemigos.

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En contra de los augurios, los flashmobs en los anuncios de telefonía bailan ahora en los televisores al grito de la revolución 2.0. Ni Gutenberg en sus mejores sueños hubiese imaginado semejante progreso. Nadie duda de sus inmensos beneficios. Pero, aunque nos digan lo contrario,Internet no ha sido el paraíso que los primeros utopistas de Silicon Valley profetizaron. Industrias enteras como la discográfica, la cinematográfica y la prensa escrita, tras las embestidas y cornadas de la descarga ilegal, llegaron a ver el rostro a la muerte. Pronto caerán las demás, o eso dicen. La del libro la primera, y después el resto. Harían falta cien hombres como Steve Jobs para civilizar semejante jungla. Y ya ha muerto el primero.

Internet nos ha vuelto fríos, distantes y, en algunos casos, más ignorantes. Hay que decirlo. A pesar, claro está, de las toneladas de smileys y de signos de exclamación que se intercambian a diario. En este páramo digital llamado Google, a veces no existe diferencia entre la opinión vertida en un blog sin trasfondo y la opinión de un experto en ciencias políticas en la versión online del New York Times. La jerarquía entre la inteligencia y la ignorancia se desvanece. Da igual si tienes cinco, o cinco mil amigos en Facebook. Al final del día, los ojos escuecen ante el brillo de las pantallas y el alma, enmudece, ante la frialdad de la superficie de la tapa cerrada de los portátiles.

El miedo al futuro se deja oír, entre banjos y guitarras acústicas, en la música de la actualidad. Pese a los últimos avances en el consumo: de la descarga ilegal en formato mp3, pasando por los 99 céntimos por canción de Itunes al modelo freemium de spotify, en la música popular no se ha presenciado un progreso relevante en la última década. La creación, antaño elemento divino y el consumo, elemento secundario y ramplón, han invertido los valores. El pasado es la nueva quimera en la cultura. Lo pastiche y lo retro los ingredientes de elección en el menú musical. Un banquete del que se puede comer hasta la saciedad.

Es la noche del alma, se vocifera en las calles. Territorio de zombies y vampiros. Esos hombres muertos en vida, tan en boga en el cine de cartelera como en los bestsellers de las estanterías del Vips. Pero aún quedan excusas para la innovación, intentos de seguir a pie, a pesar de los signos de stop en la cuneta del camino sin asfaltar. Según el filósofo Jaques Attali, después de tres etapas ahora estaríamos en las postrimerías de una nueva era en la música. Al igual que los tiburones de Damien Hirst, estos últimos diez años sumergidos en formol no habrían sido más que un interludio. En Noise: The Poitical Economy of Music (1985), Attali escribe que el oyente pronto estaría abocado a convertirse en el protagonista de su obra sin la necesidad del músico. El sueño de un magnetófono y una pandereta para la mayoría silenciosa que, conectada a la banda ancha, ya no necesitaría de intermediarios a los que admirar. La democratización total.

Y no estamos tan lejos. Los juegos de temática musical para smartphones y tabletas podrían ser el preludio a esta visión. La viva imágen de un amanecer apoteósico, de tonos radioactivos e irreales, modulado por las yemas de los dedos y el joystick de la consola. El sueño húmedo para todos aquellos que, de niños, soñaron con ser Jimmy Hendrix o Brian Wilson. El reino de los vagos, todo sea dicho. Un paradigma sorprendente y subversivo que entronca con las ideas de Brian Eno sobre la unión entre la ciencia, la tecnología y la música. Biophilia, el último artefacto sonoro para Ipads de Björk, es la sublimación pop de este ideario.

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Safari interestelar por la ciencia, la música avant garde y la interactividad táctil nuevo cuño, Biophilia ya es, para muchos, la respuesta a las plegarias no atendidas. En su premiere en londres, algunos periodistas proclamaron, no sin cierta exageración, estar ante un acontecimiento de la envergadura del descubrimiento de la ópera en el año 1650. Y aunque en los estrictamente musical Biophilia se cuente entre lo más soporífero de la carrera de Bjork, su gesta visionaria va a lomos de un recién nacido que apenas ha aprendido a gatear. Una nueva estirpe que, fabricada con algas marinas y micro chips de silicona en un laboratorio de Islandia, presenta una ruta intransitable para la música popular hasta la fecha. El tiempo dirá, claro está, si este infante habrá de superar la edad del pavo.

Pero no basta con el gadget de última generación. La música, sólo faltaría, no es un objeto que se pueda tunear hasta la extenuación. Existe un elemento espiritual, invisible pero esencial, que se nos escapa en la hora de las cábalas. La música puede, en algunos casos, ser profética. Sería una música capaz de dibujar escenarios futuros, plausibles e intuitivos, en el ojo de la mente del que escucha. La música, en su denominador común, suele reflejar la sociedad del presente y, raras veces, la futura. Pero los accidentes en el espacio y el tiempo ocurren y, de vez en cuando, surge de algún abismo un artista o movimiento, que no sólo revela el mundo, sino que va más allá. En un tiempo en el que la música popular refleja el miedo de la sociedad a aceptar el futuro y sus incógnitas, pocos son los artistas, que se atrevan a saltar el vacío.

Balam Acab es una de esas anomalías en el sistema. Sin ser precursor de un estilo musical, Wander/Wonder (Triangle Records), su album de debut, inspira en el cerebro del oyente un futuro cristalino, diríase que incluso profético. Según el mito de la cultura Maya, Balam Acab fue el dios que reforestó la tierra tras el diluvio enviado por el dios Hurakan. Una catástrofe de proporciones míticas que conecta con las teorías apocalípticas tan en boga en la actualidad. 2012, esa fecha tallada en piedra y en luces de neón en Times Square, es el nuevo terror de los supersticiosos. El fin de los días, según nos cuentan los seguidores de la new age o los fans de Roland Emerich, que hizo una película sobre el asunto. Pero el apocalípsis no tiene porque significar el fin de la especie. O eso, es lo que trata de contarnos en un viaje submarino deudor de las aventuras de Julio Verne, el chico tímido de Londres.



Wander/Wonder se abre con Welcome. Un descenso a un mundo en ruinas sumergido por las aguas. Paraje marino que, a primera escucha, se intuye solitario, silente y vacío después un cataclismo o una guerra nuclear. Aquí no hay tierra firme, sólo mar. El sonido del agua y las burbujas de los primeros minutos, sumergen entonces al oyente en una geografía poblada de criaturas entre lo anfibio y lo humano. Espectros que aparecen y desaparecen ante el contacto tímido con el oyente. Sí, hay vida después del juicio final. Una vida renovada, líquida, sin barreras ni naciones. Sólo agua y voces lindantes con la inteligencia artificial. Un coro de ángeles marinos que cantan al nuevo día. ¿Acaso el futuro del hombre? Su cadencia, mezcla entre el R&B americano y el ambient de poso narcótico, acunan y mecen al oyente en un lecho de coral. Un tratamiento de la voz que recuerda a la ciencia vocal del músico Burial, la mayor influencia para la generación del post dubstep y aldeaños.

Balam Acab nos espera en las profundidades de este álbum, inmóvil, tras el futuro temido. Un dios rodeado de peces de colores imposibles, cuevas y cascadas de luz que penetran los abismos marinos. Paisajes mentales que, el oyente, siente acariciar en su frente en los temas Oh Why y Motion. Sensación uterina, de honda paz a lo largo y ancho de sus siete canciones que te transportan muy lejos del caos y de la crisis. La crisis de las caídas de la bolsa. La crisis de los valores, la intelectualidad y la ecología. La crisis entre el humano y la tecnología, por fin resuelta, en una fusión entre las dos mitades. Arthur C Clarke, autor y futurista, profetizó antes de morir un futuro donde las herramientas tecnológicas de comunicación rasgarían un velo entre la inteligencia limitada del ser humano y el exceso de información. Su respuesta fue, una nueva raza de humano hecho de polvo de estrellas y de inteligencia aplicada a la materia: el bebé cósmico del final de 2001: Una Odisea en el Espacio. La mirada inocente de un nuevo ser que, desligada ya del peso del pasado, se zambulle en las aguas inciertas del futuro sin miedo y con el alma desnuda. La única forma posible de afrontar el mañana que, resplandeciente y dorado, por momentos creímos muerto tras el cielo encapotado.

Isaac Marcet es director de PlayGround

Hay 6 Comentarios

ACAB = All cops are bastards.

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Sólo te ha faltado la referencia a un filósofo posmoderno, te sugiero a Cioran para la próxima digresión.

Muy interesante el artículo. Me devuelto de cabeza a mis 13 años, cuando escuchaba en bucle "songs of distant earth" de Mike Olfield y devoraba los libros de ACC.

Un saludo.

Este artículo es esperanzador. Sólo hay que mirar el futuro con la mirada inocente tal y como relata último párrafo. Saludos a todos

Hola Isaac,
No me extraña después de la referencia elogiosa al trilero Jobs que tus augurios difieran tanto de mis expectativas, el recelo a lo nuevo, al devenir desconocido es´ta en las raíces de la humanidad, no me parece que con internet haya que temer más que con la televisión (cuyo advenimiento también gozó de un nutrido coro de agoreros) o la imprenta. La humanidad avanza en la historia y algunas cosas mejoran y otras no, pero todo cambia en el entorno. Otra cosa es apuntarse a la visión de que las generaciones venideras serán de tal cual manera y que están abocadas a no se cuantos desastres, tengo 54 años y no veo ninguna diferencia conceptual entre los adolescentes actuales y los anteriores. No sé, me ha sorprendido la entrada porque la sensación que me produce, es la de un artículo de un sesentón del ABC con conocimientos musicales bastante decentes. Coincido con Paul en el espíritu de su comentario y confío en que los acertados seamos nosotros en ese juego tan artero como es la adivinación del futuro.
Saludos
Sobre Jobs tengo en mi blog una entrada que le explicará a cualquiera lo que opino del tipo y de sus palmeros.

Siempre han habido profetas del desastre. Personas con poca fe en el Hombre. Cierto, hay problemas graves. Pero no estamos en el peor momento, ni mucho menos.
Por cada ser despreciable que ha existido los han habido por cientos buenos...Confiemos en la inspiración del ser humano. Eso sí, confiar no es esperar..."A dios rogando y con el mazo dando"...Se viene el cambio y con él, nuevas inspiraciones...así ha sido, así es y así será. !Somos máquinas de la adaptación!---Así lo hemos probado en miles y miles de años.

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