¿Por qué dejó de interesarnos la modernidad?

Por: | 13 de diciembre de 2011

Azealia-banks

La semana pasada, la BBC revelaba la lista de los 15 finalistas al BBC Sound of 2012. Por décimo año consecutivo, el ente público británico, tras consultar a 180 expertos en estos menesteres, daba a conocer los nombres que pugnarán por llevarse el título de promesa oficial del pop para el próximo año -algo ciertamente peculiar, esto de darle rango de certeza a lo que no es más que una apuesta consensuada-. El nombre del ganador se dará a conocer el próximo mes de enero. De todos los ceremoniales alrededor del pop que se siguen repitiendo regularmente (entregas de premios a Lady Gaga, listas de los mejor del año en las que aparece Radiohead, enardecidos obituarios escritos a propósito de la muerte del tipo que un día le afinó la guitarra a Jeff Buckley y artículos retrospectivos sobre los Beatles), éste y otros en la misma onda, son tal vez los únicos que debería valer la pena atender. Pero, por diversas razones, ya nadie parece hacerles caso.

 

Lo que no haremos aquí es pasar a enumerar los artistas que la lista contiene. En la primera línea de este texto tienen un link que les conduce diligentemente a la página de la BBC creada al respecto y en la que se incluyen vídeos de todos los aspirantes. Solo les diremos que, si tienen poco tiempo, empiecen por Azealia Banks y Niki & The Dove, y que la lista, aún cubriendo la mayoría de las bases de la modernidad reciente (dubstep hipster, folk hipster, soul hipster, revival 80’s hipster, hip hop hipster…), sigue ignorando el influjo latinoamericano, que lleva ya varios años llamando a la puerta del pop anglosajón con la promesa de una renovación verdadera, capaz de sacarle del ensimismamiento que muchos le diagnostican.

The-bravery

La verdad, dudamos del porcentaje de lectores que puedan poseer un interés genuino por saber cuáles son las apuestas de la BBC para el mundo del pop en 2012. No importa que desde su fundación esta iniciativa haya incluido entre sus ganadores al grupo preferido de su ex pareja (Keane), a la cantante que pone banda sonoras a sus peleas conyugales en IKEA (Adele), al tipo que le ayudó a salir del armario con una sonrisa y un falsete (Mika) o incluso a los autores de aquel disco que lleva un lustro tratando infructuosamente de colocar en alguna tienda de compra venta de CD’s (The Bravery).

El supuesto progreso del pop, según algunos, se detuvo a mediados de los 90, propiciando a partir de entonces una serie de revivals ad nauseam que podrían haber provocado que la edad media del fan de esta música que se desengancha de la modernidad  –no del que se abraza a su pareja con las baladas de Bustamante, ése es mucho más fiel y longevo, pues concentra su pasión en su media de docena de discos descargados- se haya acortado. El pasado mes de mayo, dos críticos de AV Club discutían sobre estos menesteres. La principal conclusión a la que ambos llegaban gravitaba alrededor de la música como elemento vital durante nuestros años de formación, tiempo en el que todo cobra una importancia capital y cuya memoria nos acompaña el resto de nuestras vidas. Mi primer beso, mi primer trabajo de mierda, mi primer grano, mi primer accidente en moto, mi primer disco… Así pues, si pasados los 30 te quejas de que la música actual no te ofrece la misma emoción que la de tu adolescencia, lo único que estás haciendo es constatar que has crecido y que, bueno, no pasa nada, pero igual tampoco te interesaba todo esto tanto, ¿no? Cada generación cree que es la última, claro.

En los últimos años la industria ha descubierto en el revival, ya sea del pop, de los programas de televisión o de la moda, una brecha a través de la cual desarollar productos aparentemente novedosos pero que en el fondo no están concebidos más que como objetos de confort, destinados a sofocar ciertas pulsiones que reclaman mantenerse al día pero consumiendo ítems de solvencia contrastada, nada de aventuras raras de modernos. Este revival va avanzando en la época que fagocita, con la intención de pescar al que se baja del carro de la curiosidad y de coincidir con el momento en que se producen los relevos generacionales en los centros de poder cultural (en España somos una excepción, pues aún mandan en todo los de la transición, de aquí que la movida y sus adláteres aún pontifiquen sobre la actualidad y el desprecio por la tendencia sea más acentuado que en otros territorios).

Singles

Ahora es el momento de los 80, aunque pronto llegará el de los 90, el de los tipos que hoy rondan los 40 y tenían 19 o 20 cuando vieron por primera vez el vídeo de Smells like teen spirit en casa de un amigo que tenía tele por satélite y MTV. El grunge, pues, denostado por los entonces guardianes de la verdad revelada, los que decían que eso no era más que hard rock mal hecho o punk demasiado bien acabado, que Nirvana eran caras b de Black Flag, o Pearl Jam una versión Calvin Klein de Led Zeppelin, pronto será celebrado, recuperado y exprimido, no solo con el beneplácito de quienes quieren vendernos cosas, sino también con la aquiescencia de quienes son tan sabios que no compran nada, que pasan de las modas, porque la última vez que las cosas fueron bien coincidió, curiosamente, con su adolescencia.

Franzen

En Libertad, de Jonathan Franzen, se narra un caso que ejemplifica la ramificación más dramática de esta tendencia: la de conversión del rock en algo extremadamente conservador, casi reaccionario. Richard Katz es un personaje que tiene una banda de punk en al universidad, los Traumatics. Tras años sin comerse un colín, el hombre, durante un verano en casa de un amigo en plenas montañas de Minnesotta, tiene una revelación y se pone a escribir temas de country alternativo con su banjo. Recluta a cuatro jovenzuelos –por entonces, el tipo ya ronda los 40- y lanza un disco. El éxito es global. Hasta consigue una nominacion a los Grammys. Esto nos podría servir para denotar el fervor con el que nos abandonamos a lo clásico. Como el mundo pre punk se ha erigido en la única plaza que vale la pena conquistar. Como una banda que suena a Yazoo es revival a la moda, y otra que recuerda a Flying Burrito Brothers es clasicismo del bueno, música de verdad, autenticidad, raíces y puntas. Y como el pozo el clasicismo no tiene fondo, los años 50 –los 60 se antojan demasiado convulsos y radicales- se han convertido en ese botón del pánico, ese comodín del público al que recurrimos cuando las cosas se ponen feas o demasiado modernas. Los 50 y sus revivals acostumbran a coincidir con momentos de confusión (American Graffitti se estrenó en 1971, en plena crisis del patrón oro dólar, y el rockabilly llegó a Zara con el cataclismo subprime) y terminan confundiendo aún más. Y es que hay que haberse dado bien fuerte en la cabeza con algo realmente duro para encontrar algo positivo en Kitty Daisy and Lewis o Imelda May, más allá de la seguridad que nos ofrece lo ya concodio y testado y lo bien que se aplican la gomina.

Wilco_American_alternative_rock_band

Wilco podrían ser un caso similar, aunque no tan exagerado, del descrito por Franzen en su maravilloso libro. De hecho, Tweedy es nombrado en la novela. Se le presenta como fan de la música de Katz –incluso de la de su época punk- y uno de sus principales valedores. Cuando eran una banda que trataba de hacer cosas, un equipo que jugaba la pelota, presionaba arriba (Summerteeth), tenía altos porcentajes de posesión (Yankee hotel foxtrot) e incluso, en los peores momentos, jamás rifaba el balón (A ghost is born) eran un combo respetado, de éxito razonable, que cosechaba buenas críticas y ventas decentes. Qué demonios, eran el mejor grupo del mundo. En cambio, cuando se conviertieron en una banda clementista, en unos tipos que juegan con dos pivotes defensivos y que, además, se dedican a hacer eternos solos de guitarra, acometer sus directos de forma quirúrgica y lograr que sus fans cierren los ojos y hagan air guitar mientras en su mente visualizan el río Mississippi, se han convertido en algo global que despierta una especie de consenso popperiano alrededor de su indudable calidad. Antes eran una banda que hacía canciones importantes, ahora simplemente son una banda que hace buenas canciones impecablemente interpretadas. La diferencia es que antes parecía que podian ser el eslabón que uniría a Radiohead con el country alternativo, ahora son el pasaje a un pasado mejor, idílico, donde todo funcionaba y no existían ni siquiera esa mierda de las tendencias y las tiendas H&M. El clasicismo, pues. El respeto a los mayores. El canon. La música de confort. La trinchera en la que se encuentran todos los que añoran un pasado que jamás vivieron con los que afirman haber estado allí y no se cansan de contarlo. Una fiesta, vamos.

En conclusión, que se va haciendo tarde. Jamás se nos ocurriría afirmar que no es lícito dudar de la modernidad. Después de todo, cada uno escucha lo que quiere. Lo que sí que tiene poco o ningún sentido es despreciar la modernidad porque no nos ofrece los sensaciones que encontramos en nuestra adolescencia, o no parece estar tan estructurada ni poseer el mismo publicista que la de nuestros padres. Tampoco podemos pensar que, como es posible que ninguno de los 15 escogidos por la BBC vaya a tener una carrera longeva, inmediatamente dejan de ser relevantes. Esta industria ha cambiado mucho, ya no permite en muchas ocasiones que se desarrollen carreras, por lo que las estrellas, escenas y movimientos duran lo que una camiseta de Primark: tres lavados. ¿Y qué? Algunos de los más importantes grupos de la historia del rock duraron dos telediarios. Esto no es el mercado de futuros. No inviertes en los grupos. Su potencial es irrelevante. Simplemente, escuchas su música, o si eres lo suficientemente joven, incluso la vives.

También existe la muy plausible probabilidad de que, incluso escuchando con buen talante a estos quince artistas, no se encuentre nada en ninguno de ellos que realmente llame la atención. Y ahí tal vez sí que podemos culpar a esa modernidad a la que una vez le preguntamos qué era el witch house y nos dijo que eso ya no existía, que sus quince días de gloria ya han pasado, abuelo. Mantenerse al día es un curro duro y mal pagado, pero ni siquiera eso, al menos si seguimos considerándonos personas con un grado medio de curiosidad pop, debería disuadirnos de intentarlo. Después de todo, vamos a necesitar una banda sonora para la crisis de los 40, ¿no?

 

 

 

Hay 31 Comentarios

"en España somos una excepción, pues aún mandan en todo los de la transición, de aquí que la movida y sus adláteres aún pontifiquen sobre la actualidad y el desprecio por la tendencia sea más acentuado que en otros territorios"

exacto

En este artículo está condensada la clave de la madurez; la musical y la existencial misma. Para los que frisamos los 40 la música fue generalmente un acontecimiento que marcó nuestras vidas. Cada nueva adquisición, cada nuevo disco escuchado era un hito en nuestra secuencia vital. Quizá ahora estamos desnortados y perplejos ante la irreversible degradación de la música, concebida como bien cultural, en un tiempo en que nada es ya lo que parece ni nosotros somos lo que fuimos. Todo está bajo sospecha porque nosotros mismos dudamos de quienes fuimos y de lo que ahora somos. Pero en resumen, el problema no es que cualquier tiempo pasado fue mejor en cuestiones musicales, el problema es que nuestro mejor tiempo ya pasó. Y la música es lo único que nos da la certeza de que ese tiempo lo vivimos, fue nuestro. Por eso nos produce horror mirar al frente, porque no nos reconoceremos.

La gente ya se ha dado cuenta que la cosa viene de la fábrica de latas y los estudios del productor tal y cual que tiene más peso que tal otro. Apuestan a un producto que es el mismo perro con otro collar. No hemos avanzado nada de la canción de 3 minutos de los 50's, sólo se la viste con repeticiones a granel para que duren 7, solos de guitarra insoportablemente largos, con rosarios de escalas y vibratos en el agudo con gente que salta en el escenario. Venga el siguiente artista, por tirar 3 grupos de culto históricos: de Green Day extraes que copia a Oasis, y de Oasis que copió a los Beatles, que mejoraron lo de Elvis con instrumenos y acordes más modernos, y en 40 años siguientes nada nuevo, salvo ritmo diferente... y así llegamos a los 3 minutos de los 50's, que al menos eran originales Viva el Rock'n'Roll y los verdaderos originators

Hay un libro de Jordi Gracia, "El intelectual melancólico", editado por Anagrama, que si no has leído, deberías leer. Los temas son otros pero la sustancia es la misma: el paso del tiempo y la incapacidad de asumir el ascenso de nuevas formas, nuevas ideas, nuevas generaciones. Todo ello hace que se denoste y se rechace lo nuevo, se acomode uno en lo conocido, que (casualmente) coincide con la tendencia dominante en la edad en que uno era (o se consideraba) joven.

Otra versión del asunto es la de quienes adjudican la categoría de peter pan a las personas que siguen escuchando música después de los 30. Como si estando al día de estas cosas (diseñadas para adolescentes), peretendieran mantener un espíritu joven que, irremisiblemente, se les escapa, quedando en el más espantoso de los ridículos, el de aquellos que pretenden pasar por lo que no son. Algo que, en realidad, es la esencia de la época, esa pasión por la cosmética y la cirugía estética, como si ser viejo fuera de mala educación.

Una entrada muy fresca.

Como era eso que decian unos negros malcarados y contestatarios en los 80 Dont Dont Dont believe the Hype.
Ah y pole

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