Jeff Mills: la banda sonora de otro planeta

Por: | 10 de enero de 2012

Jeff Mills

(Ilustración original de Wenceslao Lamas)

2011 ha sido un año especialmente prolífico para Jeff Mills. El icono de la música techno ha sorprendido a propios y extraños con tres lanzamientos a través de su sello Axis, con los que reincide en su faceta de fabulador galáctico y reinventor de bandas sonoras. Aún tachándolos de trabajos meramente continuistas, The Power, 2087 y Fantastic Voyage nos devuelven a un Mills en plenitud de facultades, impecable e implacable. Perpetuando el modus operandi de la serie Something In The Sky, sus nuevas entregas incitan a vigilar los cielos en busca de próximas señales de alunizaje. Y mejor aún si es en pantalla grande.

Desde los albores de Metroplex, el techno de Detroit parece empeñado en llevar la imagineria futurista hasta sus últimas consecuencias. La primera avanzadilla encabezada por Juan Atkins (Cybotron, Model 500) adoptó los rasgos de la ciencia ficción como seña de identidad del género, partiendo de los patrones rítmicos de Kraftwerk, las epifanías galácticas del p-funk y el discurso futurista del sociólogo norteamericano Alvin Toffler. En Techno City (1984), Atkins y su compinche Richard Davis cimentaban las bases del género, tomando como modelo de inspiración el Metrópolis (Fritz Lang, 1927) para su idealización del porvenir tecnificado. Tres lustros más tarde, el ex-Underground Resistance retomaría el mito de la lucha de clases en la megaurbe tecnificada, proponiendo una banda sonora alternativa para el clásico de Lang acorde con la estética de la Roland 909.

 

El experimento de Mills entrañaba su riesgo, al apostar por un registro experimental que desligaba al techno de su habitat natural: las pistas de baile. Pese a situarle en el ojo del huracán de la polémica suscitada entre la comunidad cinéfila, su reinterpretación de Metropolis (Tresor, 2000) no se limita a servir de mero apoyo a las imágenes de la gran pantalla, sino que además la complementa. Los pasajes de sintetizador y las atmósferas gélidas recuerdan a logros precedentes en su faceta como X-103, revitalizando el subtexto alienante del original y triunfando justo donde se esperaba que fracasaría, al firmar un álbum con vida autónoma más allá de las salas de cine.   

Su injerencia tecnócrata en el Séptimo Arte no sería un caso aislado, conmemorando la restauración digital de una de las obras maestras silentes de Buster Keaton con Three Ages (Mk2, 2005). En esta ocasión optaría por un registro más relajado, arrimando la brasa del techno melódico a la sardina del minimal, en la línea de su compinche Robert Hood. Un trabajo alejado de sus presupuestos habituales, sin viajes astrales ni ciberdelia galáctica, pero de los que cubren el expediente académico de cara a su distinción como Caballero de las Artes y las Ciencias en 2009, bajo el gobierno de Sarkozy.

 

Ese mismo año, asistimos a un regreso a los orígenes gracias a su homenaje a Blade Runner: un EP que resume las constantes de su obra en tres cortes mayúsculos, más inspirados en la puesta en escena de Ridley Scott que en la paranoia cibernética planteada por Phillip K. Dick. Lo mismo que en la película, el espectáculo no está reñido con la profundidad, como se encargan de demostrar Deckard y Human Tracking Device. La pulsación constante y los oscuros arreglos orquestales le sacan puro brillo a unas atmósferas electrónicas y cien por cien cinematográficas. The Light That Burns Brightest acompaña los títulos de crédito con sobriedad y elegancia y uno se pregunta a qué esperan para encargarle una partitura original a la altura de las circunstancias.  

 

El reciente The Power (Axis, 2011) cierra la hipotética trilogía formada con The Sleeper Wakes (Axis, 2009) y The Ocurrence (Axis, 2010), con un experimento narrativo de dimensiones épicas. Si en anteriores capítulos se daba protagonismo a la fusión de la música electrónica con otras disciplinas artísticas como la arquitectura o el diseño, el trasfondo cósmico va tomando relevancia en un clímax entre mesiánico y superheroico. “Con este álbum, el objetivo es fusionar los géneros de la música electrónica y la ciencia ficción”, explicaba el propio Mills en una entrevista para Go Mag. “Creo que los dos coexisten perfectamente y comparten un objetivo común de explicar lo inexplicable”. Entre la ocurrencia y el disparate, la trama se centra en un astronauta que, tras verse expuesto a unas extrañas radiacciones en el transcurso de una de sus misiones espaciales, adquiere la habilidad de controlar la electricidad. A su regreso a la Tierra, el protagonista es excluido por la sociedad y lidera una revuelta contra el orden establecido. Más allá de toda lógica argumental, el resultado supera con creces la prueba del algodón, insuflando densidad ambiental (Drifting Away) a la epopeya marciana.

 

Apenas unos meses después de su paso por el estudio, las constelaciones parecen alinearse para el advenimiento de 2087. Por azares de la contraprogramación televisiva de la franja horaria de madrugada, Mills descubre Cyborg 2087 (Franklin Adreon, 1966), una serie B sesentera, bastante atroz y descacharrante, protagonizada por un Michael Rennie (el inolvidable Klaatu de Ultimátum a la Tierra) en horas bajas. Aunque su argumento anticipa claramente el de Terminator (James Cameron, 1984) hablar de plagio le viene grande, sobre todo tomando como antecedente los relatos de Harlan Ellison. Ciñéndonos al meollo del asunto, la sociedad del 2087 vive sometida bajo el yugo de los cyborgs, que limitan el libre albedrío de los humanos mediante implantes cerebrales. Garth, un cyborg reprogramado por científicos de La Resistencia, es enviado hasta 1966 para evitar que un cientíco -significativamente bautizado como Sigmund Marx- invente a los engendros mecánicos, ahorrándole tan aciago futuro a la raza humana. Por supuesto, un grupo de agentes robóticos del gobierno viajarán tras él para entorpecerle en su misión...

Bien sea por simpatía nostálgica o por ver reflejadas en su guión algunas de sus obsesiones personales respecto a la distopía totalitaria, Mills se embarcó en el descabellado proyecto de reinterpretar musicalmente la película. Solo que esta vez su vocación como narrador le ha llevado un paso más allá, como él mismo reconoce, al cambiar el final original por uno de su propia cosecha. En la versión discográfica Garth consigue eliminar a Marx, pero aún así yerra el objetivo puesto que, para completar correctamente la misión, debería destruirse a sí mismo. Una vuelta de tuerca que no empaña los puntos álgidos de un disco en el que no se sacrifica la acción (Programmed To KillHoming Device) en aras de la reflexión descriptiva (Dreams of Dreams, Free Thikers /The Reality). ¿El resultado? Un divertimento con base pulp, inspirado y muy disfrutable.

 

No se sabe bien si llevado por la inercia o en un genuino arrebato de inspiración, el siguiente paso de Mills le lleva de nuevo a los cauces de la sci-fi de bolsilibro. En este caso, la elección de Viaje alucinante (Richard Fleischer, 1966) mejora el punto de partida, pero tampoco demasiado. Basado en un relato original de Otto Klement y Jerome Bixby, la adaptación de Harry Kleiner sería posterioremente novelizada por Isaac Asimov, al que suele atribuírsele erronamente la paternidad de este entrañable clásico. En su momento, el autor de Yo, robot echó pestes al respecto, pero al año siguiente del estreno publicaría Viaje alucinante II. Destino: Cerebro, en un intento por aprovechar el tirón comercial de la cinta.

Aunque Mills oculte las verdaderas intenciones de Fantastic Voyage (Axis, 2011) justificándose con vistosas reflexiones sobre los paralelismos entre el espacio exterior y el interior del cuerpo humano, cuesta creer que alguien (y sobre todo él) se pueda tomar en serio el tono camp de su premisa. Para aquellos que todavía no la han visto, la historia gira en torno a un grupo de científicos que son miniaturizados a bordo de un submarino e inoculados vía hipodérmica en el torrente sanquíneo de un ciéntifico comatoso. La gracia del asunto está en que deben de eliminar el inoperable coágulo interno que le mantiene en estado vegetativo antes de que la nave recupere sus dimensiones normales. Todo ello en el marco de la Guerra Fría y con Raquel Welch siendo víctima del acoso (casi sexual) de unos anticuerpos con pinta de cefalópodos. Muy divertido, es cierto; pero superado con creces por la desmitificadora farsa de El chip prodigioso (Joe Dante, 1987).

 

Contra todo pronóstico el trabajo de Mills aporta gravedad y mucho ritmo al asunto, derivando en la combinación perfecta para un programa doble de campanillas. Por cierto, ¿se imaginan que James Cameron cumple su amenaza de materializar el correspondiente remake con Will Smith de protagonista? Seguramente no haría justicia a cortes de rango ominoso como Into the Body o Endangered System, pero el trasvase en imágenes de Drift with the Direction Of The FlowBlown Away podría ser de traca. Pero qué más da: soñar cuesta menos que una entrada de cine. Y además es en tres dimensiones.

Hay 16 Comentarios

La Roland 909 que ha pasado a la historia de la música electrónica no es el refrito comercial de la MC-909 sino la TR-909 de los 80's:
www.vintagesynth.com/roland/909.php

Hombre, Nacho; el techno de Detroit es futurista, si, pero no sé si tanto. Si me salen bien las cuentas, la primera evrsión del Rebirth es de finales de los noventa. Y es un hecho que en la época de Metroplex y UR (mediados y finales de los ochenta) lo de los Roland virtuales eran cosa como de William Gibson, qué quieres que te diga. Mejor le preguntamos a tu prima... ;)


Un saludo.

Al Dr. Phibes: mi chanza sobre "El chip prodigioso" pretendía ser irónica. A lo que me refería es al hecho de que "Viaje...", con su estética camp y su argumento al borde del delirio, no parece la clase de material capaz de inspirar una bso de techno sobrio y planeador.


Y vaya por delante mi admiración hacia Fleischer y Fuest.


Un saludo.

el techno de detroit: el mayor timo musical de la historia.
si esa música está toda hecha con programas como el Rebirth, usando un par de Roland virtuales, eso lo sabe hasta mi prima.

Autentico Crack Jeffry , como siempre de lo bueno lo mejor, espacial, calido y de otro planeta . Este hombre es un icono no solo del techno en su forma convencional si no de la música electrónica en general, siempre a la búsqueda de nuevas formas y caminos en el arte audiovisual !!!!!!!!!

Buen artículo, salvo por el disparate de que "El chip prodigioso supera con creces a Fantastic Voyage"...

Error subsanado, Carlito. Y gracias a todos por vuestra atención.


Un saludo.

Una corrección:

El Link informado "Roland 909" es incorrecto, ya que se muestra el modelo MC-909, totalmente digital, este modelo no existía en aquellos tiempos, la 909 que existía entonces era la mítica caja de ritmos semianalógica TR-909.

Saludos

Un genio sin duda.

Hace más de 10 años que conozco a Jeff Mills y si bien me alegro que no se repita más que el ajo con temas tipo The Bells, se ha de decir que esta vertiente ambiental.... pues como no es lo suyo y no es que destaque mucho musicalmente en este tipo de temas... la verdad. Es muy diferente la novedad que transmitia en 1997 que no este pseudo-ambient con pretensiones que veo que se dedica ahora a hacer....

Grande Jeff!!!! :D
http://www.nakor.es/

Me alegro mucho que cuando se habla de música electrónica de calidad se hablé del techno de Jeff Mills, y no de la basura de la música comercial dance de baratillo.

El techno es la música clásica del futuro, como un gran concierto empieza, se desarrolla , evoluciona , un espacio sonoro continuo y auténtico que se siente muy adentro.

con el la realidad se multiplica y me traslada alla donde estoy sin identificarme en ni en fondo ni en forma...como si fuese un tipo de gas incoloro autocontemplandome....a vos mi respeto y admiracion jeff..

Mills decidió saltar de la primera línea de los Djs estrellas para dedicarse a la experimentación más pura. Aún así, albergo la esperanza de que de continuidad al celebérrimo 'Purpose Maker' y verlo de nuevo en el Sónar.

Horrible esta sección de música viejuna, quizás más interesante sería que abordara el bloguero algún especial de bandas sonoras en los videojuegos, donde ultimamente se escuchan trabajos muy buenos, for example, la BSO de Mass Efecct 2, ya que vamos en plan futurista.

Excelente artículo!!!


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