Este (no) es el futuro de la música

Por: | 25 de septiembre de 2012

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El pasado mes de junio, Amanda Palmer, ex miembro de la banda de cabaret punk Dresden Dolls y esposa de Neil Gaiman, daba por finalizada su campaña de recogida de fondos a través de Kickstarter, el célebre instrumento de gestión de crowdfunding. La mujer había logrado recaudar la friolera de 1.192.173 dólares. Todo un récord. A diferencia de otros proyectos que entran en Kickstarter, Palmer ya tenía su disco (Theater is evil) grabado. Su objetivo inicial era alcanzar los 100.000 dólares para la manufactura de CD’s y vinilos, la promoción y la gira. Abrumada y emocionada por su enorme poder de convocatoria (casi 25.000 donantes), organizó una fiesta en Brooklyn para celebrar el éxito e incluso publicó un desglose de gastos. Tras pagar comisiones de gestión e impuestos, partía con un neto de aproximadamente tres cuartos de millón. Según sus cálculos, iba a invertir 105.000 dólares en producir 7000 cd’s de lujo (15 dólares  por cada unidad), entre 15 y 20.000 dólares en su equipo de diseño y así hasta llegar a la conclusión de que, si las ventas de entradas durante su gira iban bien, le quedarían unos 100.000 dólares. En aquel momento todo el mundo estaba muy feliz. El éxito de Palmer era una prueba más de las innegables virtudes del crowdfunding, de la bella y cercana relación que se establece entre el fan que paga y el artista que pide. Pero todo esto se fue al garete el 12 de septiembre, cuando se hizo público que la mujer que recaudó más de un millón de dólares gracias a su creatividad y su enorme capacidad para rentabilizar su rebeldía (¿sin el anterior apoyo de su sello, Roadrunner, habría logrado congregar a tanta gente con cuenta en Paypal?), había decidido no pagar a algunos de los músicos que iban a actuar en su gira norteamericana. A través de su web, Palmer hacía un llamamiento a todos aquellos semiprofesionales que supieran tocar cuerdas y vientos para que se presentaran a la prueba de sonido de sus conciertos. Si se sabían las canciones podrían compartir escenario con ella y su Grand Theft Orchestra. A cambio, recibirían un abrazo, alguna cerveza y merchandising. Inmediatamente, la red se llenó de mensajes censurando la actitud de Palmer. ¿Más de un millón de dólares recaudados y no podía permitirse los 30.000 que costaría incluir en su banda vientos y cuerdas?

 

“Constrúyelo y vendrán” (Campo de Sueños)

¿Qué se había pensado? ¿Que los músicos eran como los periodistas, que se les podía contentar con una cerveza y un retuit? ¿No habíamos quedado en que íbamos a tomar el mando de la industria musical para hacerla un lugar más musical y con menos pinta de industria? ¿Tú también, hija mía? El gremio de músicos de Seattle llamaba al boicot. Steve Albini la calificaba de idiota. Una filtración sin confirmar afirmaba que la mujer había desviado 250.000 dólares para pagar su hipoteca. Se rumoreaba incluso que parte del dinero había ido a parar a la iglesia de la cienciología, sospecha sustentada en el hecho de que el padre de Gaiman fue el portavoz de los cienciólogos británicos. La bola se había hecho tan grande que incluso cuando se supo que Palmer había actuado en la fiesta de presentación del libro de Kate Bornstein en el que narra su nada satisfcatoria experiencia en el seno del culto de los comedores de placenta, muchos pensaron que todo era una maniobra de distracción y que Tom Cruise estaba muy contento.

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Durante unos días, Palmer trató de justificar su actitud. Según ella, los fans estaban encantados de actuar junto a su ídolo. No obligaba a nadie a subirse al escenario. Iniciativas parecidas las habían acometido ella y otros antes y no había pasado nada (eso mismo dijo Hitler después de lo de Checoslovaquia y coló durante un buen rato). Pero nada de esto surtió efecto. Estamos ya acostumbrados a que nos exploten las corporaciones, incluso a que las empresas que se dedican a nuestro ocio y se presentan como nuestras amigas nos tomen el pelo, pero algo muy distinto es que lo haga alguien que nos ha pedido dinero vendiéndonos la idea eternamente atractiva de que es como nosotros, solo que un poco más lista. Pero no tanto, demonios.

"Un sex symbol te convierte en una cosa, odio ser una cosa" (Marilyn Monroe)

De alguna manera, Palmer cometió un error de cálculo. En la era del crowdfunding, el artista no es el dueño de los anhelos y esperanzas del fan, sino que el fan es el propietario del artista. Se acabaron los tiempos del roquero oscuro y maldito (de este guisa, solo quedan algunos críticos de cine y poetas), que llegaba tarde a los conciertos y las entrevistas y que lanzaba televisores por las ventanas de los hoteles y las iglesias. Hoy, si ensucias algo, llegará un fan para recordarte que la madre de alguien tendrá que limpiar eso cobrando el salario mínimo. Si ellos quieren jugar a empresarios, nosotros vamos a jugar a policías.

 

Y es que, más que un cambio en la forma en que se maneja la industria musical, lo que estamos viviendo con esta historia de pagarles a los músicos directamente para que hagan sus cosas es un cambio en la forma en la que se maneja la relación que mantenemos con la música. Era muy divertido ver cómo los Happy Mondays se ventilaban en putas y heroína el presupuesto que su sello les daba para grabar un disco, pero no hace ninguna gracia que algo así suceda cuando has mandado 25 euros vía Paypal para que un artista ponga tu nombre en el libreto del cd y le pellizque un moflete a tu hijo cuando su gira llegue a la ciudad. Sin duda, el crowdfunding ayuda a que muchos proyectos salgan adelante, sobre todo los de artistas ya conocidos que han decidido bajarse de la noria oxidada de la industria, pero también propone un nuevo modelo de relación artista fan que debe perfeccionarse y, sobre todo, a la que todos debemos empezar a acostumbrarnos. Si no, que se lo digan a los que en 2009 le dieron a Deacon, de Animal Collective, 25.000 dólares a través de Kickstarter para que se fuera a Mali a actuar y grabar música en un festival, con el fin de confeccionar luego un libro con la experiencia. Tres años después no se sabe nada del proyecto y ninguno de los donantes ha recibido ningún tipo de reembolso. Eso sí, Animal Collective han lanzado un nuevo disco.

 

A rebufo de la polémica, han aparecido en diversos artículos en los que se destapan una serie de casos de crowdfunding que salieron mal. Aunque parezca -como el vacío- algo inconcebible, resulta que en el universo de la tecnología, los proyectos financiados por anónimos funcionan mucho peor que en el mundo de la música (esto es como decirle a Bangladesh que hay un país más pobre, o a Pepe Viyuela que hay un tipo con menos pelo). Según un estudio conducido por Ethan Mollick, profesor de la Universidad de Pennsylvania, el 75 % de los emprendimientos alrededor del diseño y la tecnología financiados a través de Kickstarter no fueron entregados en hora. Pero el retraso es una tontería si lo comparamos con el suicidio, que es como terminó el proyecto Diaspora. Nació con una petición de 10.000 dólares para levantar una red social que sonrojara a Facebook, recaudó 200.000 y, después de tres años, fue abandonado y uno de sus promotores decidió terminar con su vida. Otro miembro del equipo declaraba recientemente a The New York Times que se habían pasado tanto tiempo diseñando camisetas para los donantes y contestando emails que casi no habían tenido tiempo de desarrollar su idea.

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Miren, al final, los periodistas que vamos a los conciertos igual no bailamos, pero, como no pagamos,  tampoco pedimos bises, ni un ‘Madrid, qué hermosa eres’, ni salimos quejándonos de la duración del evento, al menos los que entendemos que un hobbie es la petanca o el aeromodelismo, no la redacción periodística. Aunque aún no lo sepan, las bandas (y ustedes también, desagradecidos lectores) nos van a echar de menos cuando desaparezcamos. Somos como EEUU: ahora todos nos odian, pero cuando manden los chinos, nos añorarán.

"Era suficientemente inteligente como para abrir la boca cuando quería comer, pero no mucho más" (PG Wodehouse)

(Una semana después del anuncio de la polémica, Palmer daba marcha atrás y aceptaba pagar a sus músicos, no solo a los que fueran a actuar en Nueva York, como era su idea inicial. Mientras, Steve Albini, respondía una entrevista a The Stool Pigeon aclarando algunas cosas que parece que, con toda esta emoción por el crowdfunding que nos ha entrado –si demostramos dudas ante el modelo no es por filia a las corporaciones sino por fobia al ser humano-, parecemos haber olvidado: El verdadero artista independiente es el que es autosuficiente).

El disco de Amanda Palmer está estupendo, por cierto.

  

 

 

Hay 6 Comentarios

22 días pasaron antes de que volviese a publicar un cuento con mi firma, luego del éxito de "¿Dónde estoy?" (Paso a ser el cuento más leído del blog), traigo la intención de compartir con ustedes: "Adentro". Pasen adelante: http://cuentosdelizandro.blogspot.com/2012/10/adentro.html?spref=tw

yo no me creo nada de que se donen por la cara esas cantidades ingentes de dinero pero bueno, aprovecho para anunciar nuestro próximo concierto: ART & BEAUTY en directo el sabado 29 sept en ROCKPALACE (Madrid). ASISTAN!

Participe en el proyecto de Swan Fyahbwoy como supporter de su primer álbum; Innadiflames. Hice el cargo vía paypal y me entusiasmo entrar en el proyecto. Una vez salido el disco, esperaba la llegada me mi digipack. Lamentablemente por razones ajenas al artista y que mas bien se debía a cuestiones de burocracia aduanal, no pude recibir en formato físico el disco en mi país. Sin embargo el artista siempre fue muy profesional y me mantenía al tanto de todos los pormenores sucedidos. Como muchos, me descargue el disco digital sin arrepentimientos de auspiciar ese trabajo.

Amanda Palmer una mujer con agallas, yo si creo en un futuro más colectivo y menos desinteresado.

Da igual el modelo que se elija. Siempre habrá listillos que quieran tomarnos el pelo. Todo por la pasta, amigos.

Tienes toda la razón. Hay que pagar a cada uno por su trabajo. Ya esta bien de la explotación del trabajador., sea músico, periodista o abogado.

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Conciertos, festivales y discos. Auges y caídas. Y, con suerte, sexo, drogas y alguna televisión a través de la ventana de un hotel. Casi todo sobre el pop, el rock y sus aledaños, diseccionado por los especialistas de música de EL PAÍS.

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