Bandas sonoras, marcianos y ratones de biblioteca

Por: | 16 de octubre de 2012

Akron, bandas sonoras para ratones de filmoteca

“En general, nunca he estado al tanto de lo que es contemporáneo a mí”, confiesa el músico barcelonés Pau Loewe. “Si en algo me influencia lo que se está haciendo hoy en día es precisamente para apartarme de ello; no quisiera ser uno más”. Una declaración de intenciones que ha guiado su trayectoria como guitarrista a lo largo de más de una década en combos como Born Losers, The Kongsmen, The Stringbones, The Fabulous Ottomans, todos ellos adscitos a las coordenadas revivalistas de los años cincuenta y sesenta. Aunque, como él mismo se encarga de puntualizar, para que algo reviva, es necesario que antes haya muerto... y al fin y al cabo, el garage y el surf son estilos musicales que han subsistido incluso al margen de las modas. 

“Tampoco quiero parecer el típico fan que se pone rabioso porque algo que le gusta se ha convertido en tendencia”, se excusa, ante la apremiante necesidad de los medios por subirse al carro del último grito. “Gracias a internet, por ejemplo, puedes bajarte discografías enteras y descubrir cosas que te llevarían años por ti mismo... Pero las modas vienen y van, asi que tampoco les doy mucha importancia. Llegaremos a un punto en que absolutamente todo esté de moda a la vez y aún así seguirá siendo algo efímero”. Un razonamiento que entronca con lo expuesto por Simon Reynolds en su revelador ensayo Retromanía: la adicción de la cultura pop a su propio pasado, recientemente publicado en castellano por Caja Negra y donde reflexiona sobre el poder de fascinación que ejerce el pasado sobre nuestro presente (y futuro) musical más cercano. “¿Te refieres a ese rollo Ghost Box y Trunk Records?”. Efectivamente. Llámalo como quieras: crate diggin, hauntology o library music; el caso es que, hoy más que nunca, lo retro sigue llamando a nuestra puerta. 

 

Akron: solipsismo marciano

Al centrarnos en Voyage of Exploration (Vampisoul, 2012), el debut de Akron, su nuevo proyecto instrumental, Pau escurre un poco el bulto. “Empecé sin ninguna pretensión de que hacerlo público. Tampoco pensaba que le pudiese interesar a nadie, porque era como una coctelera de algunos de mis gustos y motivaciones personales”. Por lo tanto, el título del disco no debe interpretarse a la ligera y, como oyentes, somos invitados de excepción a una especie misión de reconocimiento que tiene mucho de introspectiva. Una exploración que empieza por el propio proceso de la grabación y va más allá del estudio; en el caso de Pau, su propio dormitorio, un taller de escultura o cualquier otro espacio, más o menos diáfano, que le permitiese registrar sus experimentos con el sonido. 

Aprendiendo sobre la marcha de sus errores y aciertos, el sonido se beneficia de un acabado orgánico y artesanal que lo exime del pastiche al uso. “Mi idea es sacar el máximo partido de lo que tengo a mi alcance. Podría ponerme a buscar todo tipo de sintetizadores, instrumentos de orquesta; pedirle a colegas que graben, samplear o incluso contratar músicos, pero me atraía más la idea de exprimir mis propios recursos”. Dicen que la economía de medios agudiza el ingenio y, en este caso, obligó a nuestro protagonista a asumir el papel de un Joe Meek de la Ciudad Condal con la única ayuda de su guitarra, un bajo y un teclado Eko Tiger, “que es tipo Farfisa, pero más barato”. La impronta del creador de Telstar y I Hear a New World no se limita al uso indiscriminado del eco de cinta Copicat que, “además de generar entornos acústicos, sirve para recrear toda clase de sonidos de ovnis, robots, y rayos laser...”. También se encuentra en una serie de rudimentarios recursos domésticos, como utilizar tubos y planchas metálicos para hacer rebotar el sonido del amplificador o manipular el sonido de un mortero de alioli con la ayuda de un delay de cinta. 

 

En ocasiones veo muertos...

“Lo retrofuturista y lo fantástico han estado presentes en mi vida desde siempre”, reconoce el artífice durante su cita anual con el Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges, a la que no falla desde que era un adolescente. Al tirar de referentes clásicos de su sonido, inmediatamente salen a relucir rarezas como The Twilight Zone (Columbia, 1961) de Marty Manning. Un trabajo incomprensiblemente postergado en la discografía de su autor por un par de éxitos para Tony Bennett y Perry Como, que se inspiraba en la mítica serie de televisión para alcanzar el equilibrio perfecto “entre la música exotica, tan popular en aquel momento, y los sonidos del espacio. La jungla y el cosmos: dos polos aparentemente opuestos que yo también he querido juntar en Akron desde el primer momento”. 

A medida que nos aventurarnos en esa atmósfera cinematográfica de inequívoco aroma a serie B, descubrimos una faceta más autoral de lo que intuímos a primera vista. Una nebulosa en la que los espíritus visionarios de Raymond Scott y Delia Derbyshire armonizan con los pasajes más estratosféricos de Moondog Sun Ra y encuentran su contrapunto perfecto en los exuberantes partituras firmadas por Les Baxter y Martin Denny a mediados de los años cincuenta. La misma dimensión, al fin y al cabo, por la que transitan las estridencias progresivas de Fabrio Frizzi, Goblin o Stelvio Cipriani, “algo que me flipa desde que era un mocoso con granos que se recorría los videoclubs de la ciudad buscando cintas que no tuviese todavía”. 

 

Cuando Íñigo Munster recibió en su oficina las trescientas copias de aquel extraño vinilo autoeditado a la espera de ser distribuido, decidió darle salida internacional a través de la etiqueta Vampisoul. Con un segundo disco anunciado para principios de año, Pau comienza a barajar ya la posibilidad de llevar su música al directo. “La puesta en escena es algo que muchas veces se desaprovecha en concierto. No digo que siempre haya que montar algún tinglado o ir disfrazados; eso depende de cada grupo. Pero con un proyecto así, está claro que no podemos salir cuatro tíos en camiseta a tocar sin más”.  

Por la cuenta que les trae, a los vigueses Manuel Sanz y Óscar Chamorro ni se les ha pasado por la cabeza materializar sobre un escenario ninguno de sus homenajes cinematográficos. Al menos de momento, mientras sigan en paro y sin presupuesto para llevarse de gira su propia sección de vientos. “Solemos trabajar tanto con instrumentos reales (guitarra, bajo, armónica, percusiones, voces y todo lo que tengamos a mano), como instrumentos virtuales. Gracias a la tecnología digital podemos tener a nuestro alcance una amplia variedad de instrumentos orquestales a los cuales nunca hubiésemos podido acceder, en parte por dinero y en parte por no poseer la técnica suficiente como para tocarlos”, se justifica Manu. A esto hay que sumar el hecho de que el acompañamiento ideal para composiciones como Scorpio o The Milano Incident sería el que ofrece el formato panorámico en 35 milímetros. Al fin y al cabo, uno no tiene ocasión de visionar todos los días al último delirio psicodélico de Piotr Kessler o de dejarse seducir por la vampira depredadora sexual de turno, interpretada por la starlette Silvana Brest, ¿verdad que no?

Vulcana (Mariano de Orduña, 1977)¡Rebobine, por favor!

Pese a que la filmografía de Orphan Tracks se remonte a los años cincuenta, llevan en activo desde hace apenas un año. Y como las mejores alianzas criminales del cine negro, se selló con una simple llamada de teléfono. “Un día llamé a Oscar y le propuse crear un blog en el que pudiéramos publicar nuestros trabajos, tanto antiguos como actuales”, resume Manu. “Poco a poco se ha ido transformando en lo que es ahora: una plataforma en la que desarrollamos música exclusivamente fílmica, partiendo de nuestros propios carteles, personajes, etc...”

Desde entonces parecen haberse impuesto un frenético ritmo de producción que no entiende de géneros y que haría palidecer de la envidia al mismísimo Roger Corman. ¿Una película al año como Woody Allen? ¡Eso sería de cobardes! “No hay modus operandi fijo: unas veces los carteles nos inspiran la música y otras veces es al revés. Unas veces uno llega con una idea y el otro la desarrolla o viceversa”.

Formados musicalmente en la escena rockera gallega (IndómitosThe Living Torsos) Manu y Óscar han sabido sacarle provecho a sus principales activos: la versatilidad compositiva y un sentido del humor con el que nos hace cómplices de su cinefilia a prueba de carcas, como se desprende de sinopsis tan impagables como “hipotético bodriete erótico con tintes de drama sobre la bíblica historia de Adán y Eva en el paraíso, lleno de pomposidad, pedantería y esteticismo” (Les amants du Paradis); o “posible film americano de alarmismo catastrofista con poso ideológico y planteamiento típico, de significativo eco comercial, no exento de ciertos aciertos estéticos y secuencias memorables” (2020: The Fall of American Empire).

“Nuestro primer amor en sentido temporal fue la música, luego llegó el cine y ahora lo vemos como un todo indivisible”, señala Manu. Por eso en sus soundtracks imposibles dan cobijo a una interminable lista de títulos de crédito, en la que encontraremos a Danny Elfman, Henry Mancini, Ennio Morricone, Bernard HermannJohn Carpenter; pero también a Link Wray, John Coltrane, Phil Spector, Funkadelic, o Kraftwerk. A su manera, todos ellos han protagonizado sus respectivos minutos de fama en tan particular filmoteca de celuloide fantasma; desde los tórridos acordes funk de la blaxploitation setentera a los planos secuencia en clave de krautrock, pasando por ocasionales paradas en el costumbrismo transalpino, la comedia romática y el cine bélico propagandístico yanki.

Jigsaw (George Mackendrick, 1978)En la blogosfera nadie puede oir tus gritos...

De momento nadie se ha puesto en contacto con ellos para hacer realidad ninguna de sus películas inventadas y, en vista de la precariedad del sector audiovisual en la actualidad, sus proyectos a corto plazo son mucho más modestos al respecto. “Ojalá fuera así porque esa es precisamente una de nuestras motivaciones. Actualmente estamos colaborando en una serie de animación en 3D  que con suerte verá la luz pronto. Se titula Winter Legends y narra las aventuras de tres niños en un mundo siniestro con una estética a lo Tim Burton”.

Entre tanto han ido dando salida a sus inquietudes profesionales en el marco de proyectos multimedia como Mysteria. “Óscar está desarrollando una librería de instrumentos étnicos y sinfónicos para a una pequeña compañía de instrumentos virtuales, y yo tengo planeado ir a Brasil a intentar trabajar como compositor de música para videojuegos”.

Reconocen estar bastante desconectados, pero se sienten plenamente identificados plenamente con el concepto de bandas como Cuzo, Umberto, Zombie Zombie o Giallos Flame, que articulan su discurso en torno a la imaginería cinematográfica de corte fantástico. “A nosotros también nos entusiasman Alien, Blade Runner, La Cosa... pero preferimos saltar de un género a otro sin concentrarnos en ninguno en concreto. Sin límites creativos, ni ceñirnos a ningún estilo en concreto: nos gustan todos. Y aunque el blog nos permite publicar nuestros temas de manera instantánea y gratuita, nuestro sueño sería que algún día pudiésemos escuchar algunos de ellos con el crujido del vinilo de fondo”. 

 

Mondo Italia: sexodelia, zombies y mercadillos

Flipper Music International, una de las compañías más longevas de Europa, lleva más de cuatro décadas surtiendo de sintonías y bandas sonoras a publicistas, cineastas y documentalistas de medio mundo. Su catálogo, tan vasto como sorprendente, acapara media docena de subsellos especializados; incluyendo composiciones incidentales para películas corporativas y oscuras partituras para títulos clásicos del gore europeo como Miedo en la Ciudad de los Muertos Vivientes (Lucio Fulci, 1980) o Comidos Vivos (Umberto Lenzi, 1980). Es por ello que abrirse paso a través de su página oficial puede resultar más desalentador que buscar una aguja en un pajar, cuando no se dispone del conocimiento enciclopédico de un verdadero especialista en la materia como Alessandro Casella, DJ y programador del célebre Micca Club

"Descubrí los discos de Flipper en un mercadillo dominical de Roma, en medio de las típicas montañas de basura", confiesa en las notas interiores de Flipper Psychout (Vampisoul, 2010). "Aquellos discos de Canopo, Deneb, Market y Octopus, me brindaron la oportunidad de trabajar en el mundo de la library music a nivel internacional. Todavía pertenezco al gremio, pero ahora como consejero artístico de Flipper Music, por lo que puedo decir que encontré algo más que un pequeño tesoro en aquel mercadillo". 

 

Anunciado como la primera entrega de una nueva serie de recopilatorios, el presente volumen nos ahorra innumerables horas de búsqueda infructuosa al rescatar del olvido algunos de los mejores momentos de la escudería. Canciones grabadas entre 1969 y 1975, que adaptaban la sofisticación psicodélica al espíritu del cine de barrio, compuestas e interpretadas por músicos que, a juicio de Casella, merecen pasar a la historia como algo más que una nota a pie de página: "compositores como Alessandro Alessandroni (el famoso silbador de las bandas sonoras que Morricone hizo para los spaghetti western), Roberto Conrado, Sandro Brugnolini o Amedeo Tommasi". Todos ellos artesanos de la serie B que consagraron su oficio al anonimato del polizzesco y el giallo más insondable, grabando insulsas revisiones de jazz para RCA Italia o, como en el caso de Conrado, rozando la popularidad como instrumentistas durante la oleada beat de finales de los sesenta, como batería de Gli Apostoli o arreglista de Renato Zero.

 

Mientras desde el Reino Unido nos llegan antologías tan apetecibles como TV Sound and Image: British Television , Film and Library Composers 1956-80 (Soul Jazz, 2012), en España todavía echamos en falta una cornucopia sonora a la altura de las circuntancias. Salvando el encomiable esfuerzo de Hundergrúm Records a la hora de reivindicar el legado de Juan Carlos Calderon, Adolfo Waitzmen y compañía, con sus recopilatorios Psicotronica - Spanish Cinematic Grooves & Funky Soundtracks, urge rescatar del olvido las fanfarrias de Antón García Abril o Waldo de los Ríos. Por no hablar de las entrañables cabeceras de Escala en Hi-Fi o Aplauso, cargadas como están de pura memoria histórica. Por pedir que no quede, aunque caiga en saco roto.

Hay 2 Comentarios

Gracias a usted, Sr. Tropical. Y sí, efectivamente lo de Man Forever me dejó ojiplático. Qué menos, digo yo.


Abrazo de vuelta.

Fantabuloso artículo.! como siempre un placer disfrutar de su sapiencia sr. Bizarro. Además he comprobado que es usted un iron man que se echa al gaznate un concierto de Man Forever sin pestañear.

Estoy enganchado a Akron irremediablemente desde hace semanas. Lo de Orphan Tracks no lo conocía, es increíble también. Gracias por el descubrimiento.

Un abrazo tropical

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