De Teherán a Kabul: Funk the Casbah!

Por: | 04 de diciembre de 2012

Funk the Casbah!

No es la primera vez que abordamos desde aquí la denominada Edad de Oro del Pop Iraní; un síntoma del aperturismo político que trajo consigo la dictadura occidentalizante del último Sha de Persia. Las rumbas y tangos, que desde los años cuarenta y hasta bien entrados los cincuenta habían convivido en estrecha armonía con los ritmos tradicionales de las regiones del Mar Caspio, dieron paso a The Beatles y The Supremes, convirtiendo a Teherán en una de las capitales más cosmopolitas de Oriente Próximo. En el preciso momento en que el funk y el boogaloo entraron en contacto con la métrica sincopada del farsi el talento musical brotó a espuertas, llegando a rivalizar con las reservas nacionales de petróleo. Y fue precisamente por el oro negro, más que por su proximidad geoestratégica con la extinta Unión Soviética, por lo que en 1953 los servicios secretos de EEUU y Gran Bretaña impulsaron el golpe de estado que derrocaría al gobierno democrático y laico de Mohammed Mossadegh para asegurarse la alianza incondicional del Sha Pahlevi.

Al profundizar en Zendooni y Khana Khana! (Pharaway Sounds/Guerssen Records, 2012) nos toparemos con un reflejo de las paradojas de una sociedad que se dejó seducir por el influjo de Motown y Stax Records hasta el punto de llegar a emular a sus estrellas. Aceptando la tesis defendida por Angela Sawyer (propietaria de Weirdo Records y prologista de ambos volúmenes), Shimin Ghanem funciona maravillosamente como la respuesta autóctona a Dusty Springfield. Lo mismo que Sharam se apropiaría de un riff de The Kinks o Ahmad Wali & Hangama se inspiraron en el Jackson de Johnny Cash & June Carter para construir un trémulo hit de ecos bollywoodienses. 

  

8 de marzo de 1979. Ojeando el archivo fotográfico disponible sobre la Revolución Islámica, nos detenemos ante una instantanea en blanco y negro en la que un grupo de universitarias alzan el puño contra el intervencionismo yanqui, haciéndose eco del clamor popular que exigía al gobierno de Jimmy Carter la repatriación del Sha. Hacía apenas un mes que Jomeini ocupaba la poltrona de la recién instaurada República Islámica de Irán y las cosas no tardarían en empezar a torcerse para aquel grupo de jovencitas que parecían recién salidas del plató de Mary Tyler Moore.

Con la firma de una nueva Constitución en diciembre de 1979, Jomeini perpetuó su cargo como líder político y religioso de forma vitalicia. Las primeras medidas tomadas bajo su gobierno incluyeron la ejecución pública de miembros de la policía secreta del Sha (SAVAK), así como el cierre de periódicos y universidades por orden expresa del Ministerio de Cultura y Orientación Islámica. La represión fundamentalista se cebaría especialmente con las mujeres, víctimas de una segregación sexual que las apartó de la vida política, incapacitándolas para el desempeño de cualquier cargo de responsabilidad. Que condena severamente las demostraciones públicas de afecto y sentencia con la muerte el menor indicio de adulterio.  

Teherán, 8 de marzo de 1979

Es al reflexionar sobre el indiscutible protagonismo de la mujer en los años previos a la sublevación islámica, cuando sale a relucir el nombre de Azar Mohebbi, más conocida como Ramesh, una de las artistas más polémicas de la época. En palabras de la propia Angela Sawyer, "si Googoosh era presentada ante los medios como la versión autóctona de Marilyn Monroe, a ella la promocionaron como la Jane Russell de Teherán". O como la respuesta de Lady Gaga a Madonna, si nos ceñimos a los escandalosos titulares que alimentaron los rumores sobre unas divas que llegaron a ser íntimas amigas. Acostumbrada a vivir en plena controversia, Ramesh hizo oídos sordos a quienes le atacaban por sus extravagantes peinados y la tachaban de casquivana como consecuencia de sus divorcios; al menos tres, según se tiene constancia. Poco más se sabe de ella después de la Revolución. Las fuentes más fiables apuntan que fue lapidada a mediados de ese mismo año, cuando las autoridades decidieron tomar cartas en el asunto de su supuesta homosexualidad. Le han sobrevivido, eso sí, un puñado de grabaciones donde la tradición no andaba reñida con la modernidad, ni las emociones entendían de política.

 

A Shahla Safi Zamir, en cambio, lo que le gustaba era pintarse los labios de rouge coral; de ahí su pseudónimo, Marjan. El dato puede parecer anecdótico pero define a la perfección la sensualidad contagiosa de Kavire Del, con la que consiguió emular el éxito internacional de la superstar turca Adja Pekkan. La decisión de versionar el original de la odalisca oxigenada formaba parte de una estudiadísima estrategia para soliviantar las hormonas del público masculino. Un plan que previamente la había llevado a lucir palmito en una serie de películas musicales ambientadas en cabarets y donde siempre aparecía ligera de ropa por exigencias del guión. Con la ayuda de un teclado saltarín, un wah-wah y su arrebatadora personalidad, Marjan hizo saltar la banca y pudo permitirse el lujo abandonar el mundo de la interpretación para dedicarse a la música. Un par de años más tarde volvería a acertar en la diana con un estilismo a lo Farrah Fawcett, pero con el tiempo aquel fuego se iría apagando hasta claudicar en favor de una vena más conservadora y patriótica.

 

A Nooshafarin la Revolución le sorprendió en el momento más dulce de su carrera. Todavía conservaba intacto el optimismo de sus veintitres años y decidió quedarse en Irán, confiando en que el cese de las hostilidades abriese una nueva vía para el diálogo. "Cantar siempre ha sido la pasión de mi vida", declaró en su momento. "Cuando canto me siento libre, amada; viva de verdad. Espero no tener que renunciar a mi pasión por nada del mundo". Para evitarlo emigraría a India en 1986, rompiendo así con un silencio que se había prolongado más de una década. "He vuelto a sentirme como una debutante. Como volver a tener dieciocho años: algo mágico". Fue precisamente a esa edad cuando la desconocida Fatima Abdi saltó a la fama de la mano de Fereydoun Khoshnood, quien la bautizó con el nombre artístico por el que todavía se la conoce hoy en día y que significa creadora de alegría. "Le estaré eternamente agradecida por su inspiración. Nunca habría llegado tan lejos sin su ayuda y cada canción que canto es como un regalo en su nombre". Y no es para menos: juntos firmaron la friolera de 27 éxitos, comenzando por este Ghebleh que le abriría las puertas del estrellato gracias a unos arreglos que Bobby Womack o Quincy Jones hubiesen firmado gustosos. 

 

Nuestro viaje nos lleva a continuación hasta Afganistan donde, hasta la caída de los talibanes en 2001, la música tambián había sido perseguida y estimatizada durante décadas. Al igual que en el caso de su vecina Irán son las nuevas generaciones quienes han de asumir la responsabilidad de recuperar una herencia cultural que ha estado a punto de perderse por completo. Mientras la diáspora iraní lleva más de veinte años concentrando sus activos discográficos en el suroeste de los EEUU, los vestigios de la floreciente escena del Kabul de principios de los años setenta esperan a ser descubiertos y remasterizados. Se trata de un proceso lento y logísticamente bastante complicado que está comenzado a dar sus frutos, empezando por la reivindicación del asombroso legado de Ahmad Zahir, "el Rey del Pop Afgano". 

Saludado también como "el Elvis Afgano" -aunque Angela Sawyer insista que le recuerda más a Neil Diamond- es venerado como el maestro indiscutible del folk psicodélico del Uzbekistán. Su repertorio destaca por su voluptuosa voz de barítono, acompañada de trompetas de spaghetti western y efectos electrizantes A pesar de no considerarse a sí mismo como un músico profesional en el sentido más estricto del término, Zahir grabó más de veinte álbumes en los estudios de Radio Afghanistan, uno de los últimos reductos en caer bajo el yugo talibán. Conviene recordar que entre 1994 y 2004 las emisiones radiofónicas se limitaron a programas religiosos que salían al aire sin música, por lo que la mayoría de las grabaciones recopilados por Pharaway Sound y Guerssen permanecía inéditas a oídos occidentales.

El Elvis afgano

A juego con su leyenda, la biografía de Zahir resulta tan dramática, emocionante y sorprendente como su propia música. Su padre, Abdul Zahir, ejerció de cirujano y mano derecha del Primer Ministro Zahir Shar, quien introdujo al joven Zahir en sus dos grandes pasiones: la poesía persa del siglo XIII y los vinilos de Elvis Presley. El hermano mayor de Ahmad aspiró el cargo de embajador en los Estados Unidos, aunque sería su hija quien terminaría codeándose con Ronald Reagan y George W. Bush, clientes habituales de la peluquería que ella misma regentaba en el emblemático Hotel Watergate de Washington DC.

Durante los primeros años setenta, Ahmad se labró una reputación de bohemio y seductor con sus baladas románticas. Era habitual encontar su rostro en las portadas de las revistas y su creciente popularidad le permitió rentabilizar un par de giras por Irán y Pakistán. Pero a partir del golpe de estado de 1973 sus letras se tornaron críticas hacia el gobierno comunista, recrudeciéndose aún más con las primeras escaramuzas de los guerrilleros islámicos que provocaron la intervención soviética en suelo afgano. 

El 14 de junio de 1979, día de su 33 años, Zahir moría en un sospechoso accidente de coche. Al menos así constaba en los informes oficiales; según su padre lo asesinaron a balazos cuando salía del templo. Mientras se consumaba la tragedia, su segunda esposa alumbraba a Shabnam, su hija pequeña. Para su primogénito, Zahid, fruto de su primer matrimonio, la muerte del cantante debe interpretarse casi como un crímen de Estado orquestado por Daud Taroon, un general comunista e íntimo amigo a la familia. O tal vez, como sostiene su viuda, fue la simple envidia la que puso el dedo del militar sobre el gatillo...

  

 

Hay 3 Comentarios

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Trabajazo de documentación te has pegado. Bravo.
Qué pena que política y EEUU siempre desluzcan.

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