Superviviente del periodismo musical

Por: | 14 de junio de 2013

por LUIS HIDALGO

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Pet Shop Boys durante su concierto en Sónar.

“¿Por qué estas escribiendo?”. Sonaba Memory of the future y aún reconociendo que escribir no suena a futuro, tampoco es algo tan arcano en un festival avanzado. Miré a mi izquierda y lo preguntaba una joven con gesto sinceramente sorprendido. “Es que soy de prensa”, respondí intentando generar compasión: “entonces debes tener la cerveza gratis”. Antes de responder negativamente y ser correspondido con una expresión facial en la que leí “pobre pringao, currando mientras todos privan y encima a palo seco, el muy cretino”, pensé en lo mal que hemos manejado nuestras relaciones públicas los periodistas musicales, allí en nuestro castillo de marfil ahora asaltado por las tropas digitales que algún indocumentado aún persiste en descalificar globalmente. Volví a mi tarea cabizbajo.

Situación. Concierto de Pet Shop Boys, Polígono Pedrosa. Duración estimada unas dos horas, justo el tiempo de entregar 400 palabras que tapen un agujero en la página del diario. Si has de escribir mientras ves un espectáculo, no puedes usar la sala de prensa, alejada del mundanal ruido para que los juntaletras trabajemos tranquilos  sintiéndonos un colectivo respetado. Solución: las barras de los bares. Su linealidad permite localizar un espacio sin mojar, a distancia prudencial del escenario. Allí instalas el ordenador. Reina la oscuridad y cada dos por tres has de abatir la pantalla para que iluminado el teclado con su luz puedas corregir lo que has escrito: Pet Shop Voys, dsádiba o especradored. Pelillos a la nar.

“Qué haces?”. Otra persona mata su aburrimiento conmigo mientras espera le sirvan una cerveza. “Soy periodista y estoy trabajando”, respondo cortante pero con educación. “¿Por qué?”, pregunta. Me sube la bilirrubina. “¿Verdad que no le preguntas a un taquillero del metro por qué expende billetes?, pues lo mismo, joder”. Sólo lo pienso. En un alarde de coordinación, mientras eso pienso mis labios articulan “en mi diario creen que mañana habrá alguien que quiera saber cómo ha ido el concierto de Pet Shop Boys”. “Ahhhhhhh, ¿no trabajas para una web?”. Me viene de nuevo a la cabeza la mala prensa de la prensa escrita, que según parece no está facultada para ser inmediata. Si escribir de hoy para mañana resulta ser inmediato. Bajo la cabeza y corrijo, donde ponía “épica de camionero heterosexual”, escribo “épica proletaria”, no quiero tener problemas con los fans del Boss, por lo general chicos muy chicos pese a sus chalequitos. Pet Shop Boys hacen una versión deslumbrante de “Last to die”. Nada masculina, por cierto.

“Oye si escribes de música debes tener interés por los nuevos grupos”. Estoy en ese momento crítico del cronista musical: la jodida tecnología. La pieza está escrita, corregida, me paso sólo siete palabras de las 400 solicitadas y Pet Shop Boys están acabando con una sensacional, petarda y deshinibida Vocal, un pedazo de tema que arranca una explosión de júbilo descomunal entre el público. En todos menos en la persona que tengo al lado. Me sigue mirando tan quieto como Chris Lowe tras sus teclados mientras la web de mi cuenta de correo me escupe un texto en inglés que traduzco como “los hados microdigitales del espacio intertextual te estamos dando por ahí, estúpido. Vuelve a intentarlo”. “De verdad, no puedo hacerte caso ahora, tengo un problema”, le digo al joven que me mira como si tuviese un fez en la cabeza. Porfían ambos, el texto en inglés en la pantalla del ordenador y el chaval, que va más allá y ¡no te lo pierdas! me dice:...” es que tengo un amigo que ha ganado un concurso con su grupo y te quería pasar su maqueta”. Tanta inoportunidad me deja atónito. Por fin la web reacciona y puedo transmitir el texto. Me disculpo ante el amigo del que ha ganado un concurso de rock y salgo al exterior a verificar telefónicamente que mi crónica  no ha sido interceptada por el MOSAD o la CIA y la está descriptando un federal que encuentra sospechoso el concepto “épica proletaria”. El chaval me mira con desdén y me suelta: “tú te lo pierdes”. Es verdad.

Justo en ese momento una jovencita bastante alterada, no sólo por la diversión melódica de Pet Shop Boys, se acerca a mí y me estampa un cálido beso que siento admirativo en la mejilla. Por un lado me siento congraciado, por otro el beso me suena a reconocimiento hecho a un abuelte que mientras todos disfrutan estaba allí, tecleando mientras esquivaba cervezas, conversaciones indeseadas, distracciones mil y trampas de la tecnología digital. Me voy. Como siempre tardaré en dormir. Redactar mientras los artistas trabajan, ¡eso sí es un subidón! La tensión de escribir sin red dura más que el efecto de muchas drogas.

Basado en hechos completamente reales acaecidos en el Sonar la noche del 13 de junio entre 22:00 y 00:00h.

Hay 8 Comentarios

esto es como escribir del partido de fútbol, y que cuando hayas enviado la crónica marquen varios goles, es asombroso, y desde luego Hidalgo tiene un ego tan grande como la sagrada Familia

Y QUÉ PASO DEL SONIDO BCN?

Vaya después del canto al jamón aqui esta el Roger ese reinvindicando no se qué,¿seguro que estabas lúcido a la hora de tu crítica? Yo de ti me enteraría de donde sale la pasta para el Sonar, esos de la SGAE solo cobran no colaboran en nada al igual que tu querido Estado con un diez en desgobierno, si hombre?( perdón) los del PP o Partido Peligroso.

Eres un paquete, Hidalgo.

Estos moderniquis catalinos siguen duro y dale con las verbenas que es lo que mejor se les da, están como para tirar cohetes; pero mira copiaron a las del Museo Moderna de Copenhague y les salió chiringuito pa Rato y con los fondos de la SGAE, luego se quejan del estado, bueno a mí se me caería la cara de vergüenza vamos…

VIVA EL ROCKABILLY FOREVER

joder, los hay con suerte. yo en las noches de curro en la fábrica no me lo paso tan bien.

¿entonces qué entiendes o no entiendes?

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Sobre el blog

Conciertos, festivales y discos. Auges y caídas. Y, con suerte, sexo, drogas y alguna televisión a través de la ventana de un hotel. Casi todo sobre el pop, el rock y sus aledaños, diseccionado por los especialistas de música de EL PAÍS.

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