Por qué los 'hipsters' se merecen un respeto

Por: | 14 de diciembre de 2013

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En mayo de este año, Public Policy Polling llevó a cabo una encuesta en la que buscaba saber qué opinión tienen los estadounidenses de los hipsters. Sí, los hipsters, y sí la compañía contiene en su nombre las palabras público y política. El resultado es ciertamente complicado de interpretar, pues concluía que eran un 16% los que tenían una opinión favorable de esta gente (pregunta del editor: ¿No deberías ahora explicar qué es un hipster? Respuesta del escriba: No, pues si alguien no sabe qué es un hipster qué demonios hace leyendo esto ‘con la que está cayendo’. Si alguno siente curiosidad, que entre en Google, son solo siete letras que teclear, se puede conseguir incluso padeciendo artrosis severa). A un 42% de los encuenstados no le gustaban los modernillos y un 43% no se había formado una opinión al respecto. En fin, que si estos fueran los resultados de la consulta por la independencia catalana –un tema ridículo, si lo comparamos con la balcanización del hipsterismo-, unos no sabrían si cargar o no de gasolina los tanques y los otros dudarían entre empezar a acuñar monedas de dos pujolets o pedir el comodín del concierto económico. Desmenuzando los resultados por franja de edades, encontrábamos que, entre los mayores de 65 años, solo el 6% aprobaba su existencia. Esa es aproximadamente la edad que aparentan todos los que sistemáticamente llevan despreciando a esta gente desde 2011, cuando se pusiera terriblemente de moda odiar al moderno. Tan de moda, que, muy a su pesar, los verdaderos hipsters podemos decir que son los que los odian, pues son ellos quienes siguen de forma monolítica y acrítica una tendencia. Los modernos, simplemente, van en bici, van al Starbucks a conectar su Mac y van a la barbería a recortarse la barba. Los hipsters, un tema en constante evolución.

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"Habían volado de Inglaterra a Mineápolis para mirar unos aseos. La verdad desnuda de esta realidad solo se hizo consciente en Annie cuando de hecho estuvieron en su interior" ('Juliet, desnuda', Nick Hornby)

Pero las cosas podrían estar cambiando y pronto parece que va a dejar de ser tendencia odiar al moderno, así que si ustedes aún están considerando la posibilidad de seguir haciendo público se desprecio hacia este colectivo, piensen una cosa: no hay nada más hipster que volver a poner de moda algo que pasó. Los jerséis con dibujos de renos, el color amarillo, la psicodelia y las revistas en papel lo saben.

Todo esto empezó hace hoy un par de años, cuando por una de esas coincidencias que el cosmos a veces nos tiene guardadas, aparecieron en la red decenas de burlas al respecto de lo que se entendía entonces por modernidad y también un libro, ¿Qué fue lo Hipster?, que trataba de explicarnos esa modernidad. Lo primero era casi normal, pues es inherente al ser humano despreciar lo que no entiende, lo que no puede tener o lo que le sienta mal. Lo segundo era más extraño, pues ya se sabe que no hay mejor forma de certificar la defunción de cualquier movimiento juvenil que presentar un escrito en el que señores demasiado mayores para seguirlo, pero aparentemente suficientemente listos como para entenderlo, tratan de explicar por qué no es tan bueno como los que lo precedieron. Ahí se abrió la veda del odio al hipster, y como lo hipster es algo a lo que nadie admite adscribirse, no llegó ningún ser humano para tratar de apagar el fuego, atrincherarse, o lo que sea que se haga cuando algo que está en la calle entra en la universidad, en los suplementos dominicales de los grandes diarios y en las conversaciones de bar las semanas en que no hay Champions. Los hipsters lo han puesto demasiado fácil para que nos riamos de ellos, eso es verdad.

 

"No me reía tanto desde el incendio en el orfanato" (Mark Twain tras salir de ver su primera ópera en París)

A los modernillos los hemos odiado porque, nos han dicho, forman el primer movimiento juvenil de la historia que se basa en el consumismo y en las ansias de ascender en la escala social, cuando todos los anteriores lo que querían era transformar o destruir esa sociedad. Los hemos odiado porque son irónicos y no se toman nada en serio. Porque escuchan música que no le gusta a nadie más. Porque van en bicicleta por aceras estrechas. Porque llevan barbas, aunque a muchos de ellos la naturaleza no les haya dotado de la suficiente densidad de vello facial como para hacerlo. Porque lucen gafas de pasta, algunos incluso sin cristales. Porque ponen de moda cosas que no lo están y jamás deberían volver a estarlo. Porque hay algunos que son guapos. Porque hay otros que son feos. Porque son machistas. Porque son feministas. Porque practican más a menudo sexo. Porque nadie querría practicar sexo con alguien que viste leggins fucsia, tiene un galgo en casa y solo escucha vinilos, lo que obliga a levantarse de la cama cada veinte minutos para cambiar la cara, dejando a medias cualquier actividad oral o manual que en aquellos momentos se esté realizando. Porque algunos se han convertido en padres molones que se visten como sus abuelos y a sus hijos los disfrazan de ellos y otras en madres que van por el mundo como si nadie jamás hubiese criado a su descendencia antes. Los hemos odiado por motivos tan dispares que parece que, en realidad, lo que estábamos odiando era otra cosa, mucho más tangible que el hipsterismo y que, si fuera un programa de televisión patrocinado, tal vez se llamaría mundo. Y oigan, que odiar al mundo está genial, se han logrado grandes cosas con eso.

El  problema aquí ha sido -y sigue siendo- no los motivos que puedan dar los hipsters para que te eches unas risas a costa de sus Animal Collective, sus barbas y su nervioso modo de utilizar el filtro Valencia. El problema son los motivos por los que los que los odian lo hacen. La periodista británica Sarah Wilson enumeraba hace unos años estos motivos en una entrada de su blog. Tras tratar de explicar por qué no todo es ironía en el mundo modernillo –años después Carole Wampole publicaría en el New York Times un infame alegato antihipster titulado ‘¿Cómo vivir sin ironía?’ cuya principal virtud era lograr que hasta el más reaccionario se planteara adoptar un hipster si se lo encontraba en una esquina lamiendo una bolsa de MDMA y buscando desesperado un enchufe para cargar el Iphone-, valorar a esta gente porque realmente no hay nada malo –más bien lo contrario- en comprar cosas manufacturadas por entes independientes y recordar que, después de todo, los noventa fueron un poco un coñazo, apuntaba que, al final, igual lo que sucede es que los demás estamos algo celosos de ellos. No caeremos aquí en la trampa de explicar cualquier crítica en base a la envidias -para eso ya están los músicos y Penélope Cruz-, pero sí citaremos a Wilson: “¿Saben qué? Los hipsters llevan una vida bastante buena. Quedan en cafeterías, crean cosas en Macs bonitos. No sienten la necesidad de llevar traje y pasarse 15 horas en una oficina: parecen entender mejor cómo se hacen las cosas”. ¿Ven? Aquí está el problema básico de todo esto: incluso cuando tratas de defenderlos, los hipsters suenan ridículos y tú, si al odiarlos sonabas como un viejo resentido, al verbalizar tu admiración por ellos lo único que consigues es que parezca que ayer, de madrugada, alguien entró en tu cerebro y te arrancó una parte considerable del mismo para hacer albóndigas.

 

Así pues, odiarlos sigue siendo más rentable y fácil que amarlos, y ser uno de ellos ya no puntúa como antes, pues basar tu idiosincrasia en el consumo cuando vives en una sociedad en la que nadie tiene un duro para consumir nada parece bastante fútil. Eso sí, a punto de empaquetar rumbo a la historia a 2013 criticar a los hipsters porque no son originales, porque son irónicos y posmodernos, porque pervierten el santo contenido de sinceros movimientos que los precedieron para filtrarlos y sacar algo aguado y meramente estético es una gran estupidez. Más que nada porque, a estas alturas, alguien debería haber llegado con una alternativa al hispter, y si a nadie se le ha ocurrido, parece que debemos empezar a pensar que estos modernillos son como la democracia: el menos malo de los sistemas que hasta hoy se nos han ocurrido.

 

Y ahora, aquella anécdota que se supone que sirve de ejemplo de algo pero nunca se acaba de entender exactamente de qué... Hace unas semanas, durante el transcurso de una cena, una chica empezó a hablar de su novio. Lo describió física y metafísicamente y, al final, para asegurarse de que el mensaje no se perdía, certificó: “Es un hipster, pero de verdad”. Y ahí uno no pudo más que pensar que, tal vez, si empiezan ya a haber hipsters de verdad es que, finalmente, su reinado está a punto de concluir. En fin, solo un pensamiento que, a veces, cuando, por ejemplo, uno es atropellado por una bici en Malasaña, se convierte en deseo. Y es que con esta gente pasa como con el chiste aquel del escorpión que se sube a lomos de una rana para cruzar el río y a medio camino le pica. La rana llama al escorpión idiota, porque si ella se hunde, se ahogan los dos. El escorpión responde que lo siente, pero que así es su naturaleza. Así somos.

"Después de los exámenes el único rechazado fue Terror. Intentó atacar al psiquiatra cuando el hombre le preguntó si alguna vez había tenido sueños humedos con su madre. Después de que tres policías militares sacaran a Terror a rastras del despacho del loquero, el psiquiatra escribió en la ficha de Terror: "El único uniforme que este individuo debería llevar es una camisa de fuerza" ('Tha Wanderers', Richard Price)

(Solo aparece un nombre de músico en toda la pieza y esto se llama Muro de Sonido. Hasta hoy, la música era el epicentro sobre el que gravitaban todos los movimientos juveniles. Ya no. La música es un ingrediente secundario de todo esto y, claro, de todo lo demás. Sí, sigue siendo algo que significa mucho para muchas personas, pero ya no es algo que hace que la sociedad cambie, avance o incluso retroceda. Es, simplemente, algo que está ahí, cuando hasta hace poco era algo que siempre estaba aquí)

 

 

Hay 7 Comentarios

Xavi, el artículo es buenísimo. Me parece genial la idea de incluir extractos literarios entre los párrafos; sólo puedo decir...Chapeau!! Ahh, se me olvidaba. Autodefinirse es malo, pero algo de hipster sí que tengo.

Los hipsters (por madrid, madrid) que he visto llevan trenkas y gafas de pasta que recuerdan las de un jubilado madrileño de los 60. ¿Ironías del destino o signo de los tiempos?

P.D.
Algunos van con una barbita estilo Marco Antonio, digna de un busto romano de época. Serán gente estudiosa.

los hipsters como los modernos, la misma mier"§$ para mi son realmente estupidos y dan mucho asco es por ser superficiales a mas no poder, por basar todos sus ''trangressiones'' que es a lo que aspiran en lo mejor de las casos este aborto de retardados, en tendencias de moda y tecnologia que ni ellos mismo entienden, solo la way y cool k es tener un MAC...no dan para mas, no tienen un ideario definido, se apropia burda y vulgarmente en periodos pasados de moda y musica, y encima son los que dictan los canones del kool en la nueva hornada de larvas consumistas occidentales...la decadencia esta en todos los niveles de la sociedad, esto esta cada vez mas claro. Por decirlo de una manera quieren ''molar' tanto como las primeras generaciones de Beats o Punks o incluso Hippies, pero solo estan vacios pues se dan cuenta de que han crecido en una sociedad que solo les muestra el consumo y la moda como agentes de rebelion..lo dicho muy triste

esto son reflexiones de clase alta, de modernos que viven en al centro de una gran urbe en su apartamento pagado por papi haciendo diseños estúpidos en Mac por los que nunca les van a pagar y que no saben lo que es el papel ese de la vida laboral que te manda trabajo cada vez que te despiden de un curro. Mi chacha que es rumana hasta que no estuvo limpiando en mi casa, no había visto un disco de vinilo en su vida, esa es la realidad.

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Un respeto, dos respetos, tres respetos

Eso de reciclar y reponer de moda lo que había, es sólo una transición, la revisión de las modas anteriores es obligatorio, por el mero hecho que ahora todo el mundo tiene derecho a alimentar una nostalgia vivida o no, por el acceso a la información, antes no se podía ni conseguir musica, ahora esta todo ahi, puesto ante tus oidos..click revisita, remake, interpreta, rehace, deshace....:) son actos logicos y reflejos naturales, en querer aprofundizar en lo que no se llegó a entender antes.

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Conciertos, festivales y discos. Auges y caídas. Y, con suerte, sexo, drogas y alguna televisión a través de la ventana de un hotel. Casi todo sobre el pop, el rock y sus aledaños, diseccionado por los especialistas de música de EL PAÍS.

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