Sin esa pequeña ayuda de tus amigos

Por: | 08 de marzo de 2014

AC3

“Hemos vendido a Elvis, pero hemos comprado a los Beatles”. Esto dijo, ufano, un dirigente del Tottenham Hotspur, el equipo de la Premier Legue en el que militaba Gareth Bale, cuando a finales del año pasado se concretó el fichaje del galés por el Real Madrid. La cifra del traspaso nos pareció única y desmesurada, al menos, hasta que empezamos a hacernos una idea de lo que realmente le había costado Neymar al Barça. Nos parecía única e insultante. Ahora solo nos parece lo segundo. El equipo judío del norte de Londres había invertido el dinero del club español en media docena de jugadores de perfil medio alto, en lo que a ojos de aquel perspicaz directivo parecía una jugada maestra. Meses después, el Tottenham despedía a su entrenador, el portugués Villas-Boas, sumido en una crisis provocada por la entrada en contacto con su propia mortalidad: los Beatles no parecía que fueran a llevarles a puestos de Champions. Por aquellas mismas semanas, se anunciaba la lista de candidatos de Sound of 2014 de la BBC, el premio que el ente británico concede cada año al nuevo artista que creen será uno de los que definan el curso siguiente. Entre los 15 nominados, doce solistas y tres dúos. Muchos Elvis. Ningunos Beatles.

 

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Finalmente, el ganador por Sam Smith, un tipo que, según parece, encapsula en su misma idiosincrasia todas las tendencias recurrentes en los últimos años de la industria musical. Y es que ya nadie quiere grupos, ya sea porque salen más caros que los solitas, ya sea porque hoy, más que nunca, se puede hacer música que suena como si te hubieras ido a Bratislava y, por un pollo asado por cabeza, hubieses contratado durante una semana a la sinfónica de la ciudad, sin salir de casa, en pijama y con la única ayuda de un ordenador y un pestillo en la puerta que evite que entre tu madre en pleno proceso de creación para preguntarte si te apetece merendar. Sea por lo que sea, lo cierto es que, desde hace un tiempo, se suceden los artículos que tratan de explicarnos los motivos por los que esta es la era del francotirador solitario, que aquello de ‘nosotros contra el mundo’ que definió a los grupos de pop y de rock desde 1964 –aparecieron entonces los Beatles en la televisión norteamericana y, por primera vez, el espectador, no tenía muy claro dónde mirar- parece ser historia. El mundo, como siempre, ha ganado.

"Las personas que pueden permitirse restaurantes tienen la obligación de dejarse engañar un poco" ('El regreso de Titmuss', John Mortimer)

En un artículo publicado en The Guardian días después de conocerse la lista de candidatos al BBC Sound of 2014, Ben Myers escribía la penúltima disertación –esta tampoco será la última vez que lean sobre este particular- al respecto de por qué a los sellos, y en cierta medida, al mismo público, parecen haberle dejado de interesar las bandas. Myers repasaba algunos de los más infames errores cometidos por la BBC en la última década, poniendo especial énfasis en la victoria de The Bravery en 2005 y de Little Boots en 2009. Recordaba también que Lady Gaga, el año antes de su explosión, quedó sexta. Aparte de esto, que es casi un acto reflejo que muchos no podemos reprimir cada vez que se da a conocer la lista, el autor razonaba la ausencia de bandas refiriéndose a la endémica crisis de la industria, pero también a cómo sus prioridades han cambiado. Por ejemplo, en 2010 este premio de la BBC fue a manos de Ellie Goulding, solista. El sello, más allá de que pensara que la muchacha era lo mejor que tenía en las manos o no, se gastó un buen dinero en su disco, en el que terminaron participando hasta nueve productores. No es que no haya dinero, es que hay menos, y sobre todo, un orden de prioridades distinto. Cuando vas justo de pasta, lo primero que recortas es lo superfluo –si eres egoblogger, dejas de comprar agua mineral de Fidji y te hace las mechas tu novio-, o a lo que tú crees que puedes encontrarle un sustitutivo más económico. Así pues, ¿por qué gastarse dinero en una gente que lleva bajista, batería, teclista o cellista que aportan sus cosas a la narrativa, vale, pero a la postre hoy resultan menos decisivos que ocho productores? En el célebre artículo publicado en el New Yorker al respecto del boom de la EDM en Las Vegas, Steve Aoki, un tipo que va en jet privado y que factura unos 50.00 euros a la hora, hablaba de sus canciones en pautas de segundos. A los 30 segundos, necesitas un subidón, venía a decir. Alguien le respondía, que es bastante más sensato medir los tiempos en la música en compases que en segundos. Aoki no se molestaba en responder, su tiempo es demasiado valioso para dedicarlo a tamañas sandeces. Y es que la gente que sabe distinguir metrónomos de cronómetros acostumbra a no traer más que dolores de cabeza a la industria. Si contratas un grupo te arriesgas a que, al menos, uno de ellos sepa algo.

 

Al final de la pieza, Myers lanzaba un alegato a favor del formato banda y recordaba que aún hay muchas y muy buenas –el argumento de ‘hay de todo’ o ‘esto jamás morirá’ sirve para todo y casi nunca explica nada-, aunque las que él había entrevistado durante 2013 siempre le habían pedido que se acercara a su oficina para poder llevar a cabo la charla en su pausa para el almuerzo. Giraban durante sus vacaciones, ensayaban fuera del horario laboral y se encontraban con la prensa cuando salían a fumar. Algo que antes tal vez era el paso previo a otro y mejor algo y hoy parece el destino final de otro hobby.

"No asistí al funeral, pero mandé una nota dando mi aprobación" (Mark Twain)

“Durante los diez primeros años de vida del del rock and roll (1953-1963), no existían aún los artistas británicos con un impacto global. Los modelos norteamericanos de los 50 eran todos solistas: Elvis, Chuck Berry, Buddy Hully, Carl Perkins…”, declaraba el experto en historia del rock, Barry Drake, a The Atlantic a mediados del pasado año. La pieza trataba de explicar por qué de la lista de los 20 artistas más vendedores de la historia (diez grupos y diez solistas), ocho de los solistas eran estadounidenses y siete de las bandas, británicas. Por el camino, como siempre, Abba. El grupo más vendedor con matrícula estadounidense era The Eagles, en el puesto octavo. La pieza hablaba también de cómo algunas bandas yanquis han tenido que triunfar primero en Reino Unido para que les hicieran algo de caso en su tierra natal. Ponía los ejemplos de Strokes o White Stripes. También ahondaba en el individualista carácter del ciudadano norteamericano, sugería cierta dosis de colectivismo izquierdista en la Inglaterra de los 60, 70 y 80 y recordaba que bandas como Pink Floyd o Led Zeppelin tuvieron una carrera millonaria sin recurrir a poner la cara de los miembros de la banda en la portada de sus álbumes. Según el artículo, la baraja la rompieron los Beatles en su actuación en el Show de Ed Sullivan en 1964. Hoy, 60 años después, volvemos a no tener tiempo para distraernos con un grupo. Necesitamos volver a recibir mensajes básicos –lo binario ya se antoja una complicación innecesaria, a menos que te llames Icona Pop- y, sobre todo, en los supuestos tiempos más democráticos, necesitamos más que nunca rendir culto a la celebridad, a la personalidad única por encima del sentido grupal. Con tus amigos del colegio, como mucho, formas un grupo de Whatsapp. Si quieres hacer música, te agrupas con tu sombra.

 

EMA, The Weeknd, St. Vincent… Incluso el underground, donde antes eran una minoría extremadamente pequeña quienes se abrían paso como solistas, parece empezar a renunciar al formato grupo. En este caso, y aunque sea incluso menos el dinero que se maneja en estos lares que en las torres de las multinacionales en Beverly Hills, las cuestiones son mucho menos económicas y más de idiosincrasia. Después de todo, muchos de estos solistas alternativos salen de gira con músicos suficientemente excéntricos como para esperar que les pague por ello. En este caso, la cada vez mayor presencia de solistas apartados del centro de gravedad de Spotify y las radiofórmulas tiene motivaciones derivadas de un cambio en la personalidad del ser humano post Facebook y en el hecho de que el rock, como formato a través del que explicamos la cultura popular del momento, se ha desvanecido a favor del hip hop o la electrónica, sonidos menos dependientes de una asociación grupal para ser desarrollados.

 

No nos gusta que nos digan lo que tenemos que hacer, y desde que nos comunicamos por Twitter o Whatsapp, ya no nos despedimos, sino que simplemente, cambiamos de canal. Si eres el que siempre manda el último mensaje en una conversación digital, eres un pringado. Tendemos a restringir nuestras asociaciones con otros seres humanos a fines concretos y en espacios donde no hay wifi gratis. ¿De verdad vas a perder el tiempo citando al bajista cuando puedes conectarte a Tinder y abrir el cubase a la vez?

¿Está muerto, pues, el grupo como formato más habitual de producción de música popular? Pues tal vez sí. Tal vez no. En la era de asertividad terminal, dudar se antoja un acto casi kamikaze. En fin. No haremos como aquellos que se llenan la boca con grandes predicciones del tipo ‘el libro de papel nunca morirá’, porque somos conscientes de que es bastante probable de que todo lo que hoy defendemos como eterno, ya sea por nostalgia, tozudez o fotogenia, es muy posible que termine pereciendo, o al menos, siendo expulsado a los confines de la sociedad. Habrá grupos, como habrá revistas, tal vez, pero el tema no es ya si seguirá existiendo todo eso con lo que hemos crecido, sino si seguirá siendo relevante. Los síntomas apuntan a que no. Así pues, sería tremendamente sano que aprendiéramos de una maldita vez a soltar lastre. Es inevitable llorar en las despedidas, al final de la alguna películas e incluso en algún que otro entierro, pero lo cierto es que las cosas no solo cambian, o se mueven, sino que se destruyen, desaparecen. Hay que acabar de una vez con este Síndrome de Diógenes cultural que nos paraliza. Por cada tres holas, como mínimo, un adiós.

-¿A cuál de las señoras blancas te gustaría tener?

-A la gorda. Pero las dos son feas

('Merienda de negros', Evelyn Waugh)

 

(esta entrada es una extensión de un artículo aparecido en el número tres de la revista ICON)

Hay 5 Comentarios

Muy util para relaciones de este mundo!

Morirán las bandas prefabricadas, en todo caso, pero las bandas formadas por amigos, que a mi parecer es el modo más natural de empezar a tocar música de cara al público, no morirán jamás. Lo espero además por el bien de la música. http://deletrasyotrosvicios.blogspot.com

Sancho, por el sumidero de la relevancia se escapa tu artículo (y un lector).

Ciertamente, la música va más de prisa que la sociedad, y siempre ha sido así. Señores de las grandes discográficas, yo tengo la solución. Llámenme. por cierto, ahora estoy oyendo a Stone Roses, y a noche vi en directo a Dorian, ¿Es algo preocupante , Doctor?.
elvuelodelgrajocebrián.blogspot.com.es

Juan Magan es lo mas, ¿a quien le importa el pasado?

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Conciertos, festivales y discos. Auges y caídas. Y, con suerte, sexo, drogas y alguna televisión a través de la ventana de un hotel. Casi todo sobre el pop, el rock y sus aledaños, diseccionado por los especialistas de música de EL PAÍS.

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