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Sobre el blog

Recoge quejas de los lectores sobre el funcionamiento de la administración y las empresas públicas. El ciudadano que sea mal atendido por una empresa privada, puede optar por otra, pero no puede cambiar de ayuntamiento, administración autonómica o general del Estado. Y las paga.
Los lectores pueden dirigir sus quejas a @elpais.es

Sobre el autor

Francesc Arroyo

Francesc Arroyo es redactor de El País desde 1981. Ha trabajado en las secciones de Cultura y Catalunya (de la que fue subjefe). En la primera se especializó en el área de pensamiento y literatura. En los últimos años se ha dedicado al urbanismo, transporte y organización territorial.

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Ciudadanos caprichosos

Por: | 26 de abril de 2012

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Hay gente caprichosa. Por ejemplo, E. G. barcelonés, que pretende poder moverse por la ciudad sin impedimentos. Se dirigió a esta sección tras leer la pasada semana la nota sobre la ocupación sistemática de las plazas de aparcamiento reservadas a personas con movilidad reducida para explicar que, en la zona donde vive, el centro de Barcelona, hay espacios donde lo que se ocupa es, pura y simplemente, la zona de paso. Como ejemplo citaba los soportales del mercado de la Boqueria. “Es un espacio estrecho. Por la mañana, cuando mesas y sillas están ordenadas, aunque con dificultad, el paso de una persona en silla de ruedas aún es posible, pero cuando la gente las ocupa y las mueve, sólo se puede pasar a trompicones y pidiendo permiso a cada gesto”.

Las fotografías muestran que el lector tiene razón, que lo suyo no es una opinión, sino un hecho. Pero al Ayuntamiento de Barcelona los hechos le traen sin cuidado. La portavoz del distrito de Ciutat Vella, cuya concejal es Mercè Homs (CiU), tiene las cosas muy claras: “Se puede pasar, salvo que pretenda hacerlo por encima de las mesas. En ese caso, ni la persona que se queja, ni nadie”. La misma fuente se mostró airada por el hecho de que E. G. se dirigiera al diario en vez de hacerlo, como está mandado (no se sabe por quien) al distrito. El lector no tiene inconveniente en explicar por qué se dirigió al diario. “Como ciudadano pago mis impuestos y, del mismo modo que yo cumplo con mis obligaciones, espero que también lo hagan los empleados municipales y los cargos electos. Entiendo que, alguna vez, deberían actuar de oficio. Supongo que saben lo que es”. Pretensión vana. Si el problema no existe, ¿cómo van a actuar para resolverlo?

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E. G. recuerda que esa zona es la misma en la que actuaban no pocas prostitutas, cosa que, tras ser publicada por el diario El País, molestó enormemente a los dirigentes municipales. Aunque nunca estuvo claro si lo que de verdad les molestaba eran los hechos o que fueran aireados en las páginas de un diario. Fuera como fuese, se enterró una considerable cantidad de dinero público en la actuación subsiguiente. Como se destina dinero público al mercado de la Boqueria, convertido cada vez más, como el resto de la Rambla, en un parque temático donde son bien recibidos los turistas al tiempo que se expulsa al barcelonés (por precios y por la incomodidad que suponen las aglomeraciones). Por cierto, a las personas con movilidad reducida se las ha expulsado siempre.

Hace un tiempo escribió un lector perfectamente convencido de que las obras en las estaciones de metro y de trenes para dar acceso a las personas con problemas de movilidad no se hacían para eso sino porque beneficiaban a los constructores y a los comisionistas. “Quienes nos movemos en silla de ruedas, importamos un comino a los políticos. Porque quitar los obstáculos de la acera es gratis y eso no lo hacen. Lo otro, en cambio, es un negocio para muchos”.

De hecho, la táctica de los gobiernos municipales (el actual y el anterior) consiste en negar los problemas y sostener que el ciudadano se equivoca. Como en este caso, donde rozando el sarcasmo, se sugiere que el lector lo que pretende es dar brincos sobre las mesas. ¡Brincos! Algo más que difícil para las personas con problemas de movilidad. Y, para que conste que sabe de qué habla, E. G. añade: “Podría ir al distrito a quejarme, pero tengo problemas para superar los dos escalones de la puerta principal. Es cierto, me han habilitado un acceso por la parte de atrás, no sea que afee al conjunto que ocupa la señora concejal”.

Lo que no ha sido posible es saber si el espacio público que ocupan los bares es el adecuado. Este diario formuló la pregunta a la portavoz del distrito que dio la callada por respuesta. Silencio administrativo sólo roto por la impertinente agresión verbal a un ciudadano que pretende moverse con la máxima facilidad por Barcelona. Además de pagar impuestos con los que se sufraga el sueldo del cargo electo y de su portavoz. Para eso, para que pague sus impuestos, sí le dan facilidades.

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Aparcamientos escasamente vigilados

Por: | 20 de abril de 2012

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Hay personas que tienen la movilidad reducida. Los poderes públicos (sobre todo, los ayuntamientos) tratan de facilitarles la vida. En Barcelona, los transportes públicos se adaptan: los autobuses disponen de plataformas de accesos, en el metro se han instalado ascensores, hay taxis adaptados y en las calles se reservan espacios de aparcamiento para estas personas. Las empresas privadas se apuntan a la tendencia por dos motivos: las personas con movilidad reducida también compran y, además, la reserva de espacios en aparcamientos les da buena imagen. Hasta ahí, todo correcto. Luego llegan las rebajas: a veces los conductores de autobús de olvidan de bajar la rampa, ocupados como están en escuchar la radio incomodando a los viajeros que pagan su billete; el Gobierno catalán no tiene una prisa enorme por adaptar todas las estaciones de ferrocarril urbano y, sobre todo, hay  gente a la que le importa un comino que otros tengan dificultades de movimiento. Una carta publicada hace mucho tiempo en este diario reflejaba bien la situación. En unas dependencias se avisaba por los altavoces de que un coche ocupaba una plaza reservada para estas personas. Al oír el aviso, su propietario “salió corriendo”. Y añadía el corresponsal: “Eso: salió corriendo”.

P. T. y E. T. son un matrimonio. Él tiene movilidad reducida y una reserva de aparcamiento frente a la puerta de casa en Lleida. “Con frecuencia la encontramos ocupada, pese a que en la placa figura el número de matrícula del coche autorizado a aparcar en ese espacio”. Cuando eso ocurre, llaman a la Guardia Urbana que acude cuando acude y se lleva el coche, si el conductor del mismo no ha llegado antes. “Con frecuencia ponen cara de incomprensión ante la queja. Más o menos vienen a insinuar que no hay para tanto”. Esto ocurre, dice E. T., que es el miembro de la pareja que no tiene problemas de movilidad porque casi nadie piensa que él pueda ser el afectado por este tipo de problemas. En efecto. Pero también hay incomprensión. Hace unos meses, con el anterior gobierno municipal en Barcelona, la persona que debía dar cuenta de una queja aducía, precisamente, lo mismo que los lectores de Lleida leen en la cara de los incívicos: “No hay para tanto”. En aquel momento la queja hacía referencia a las dos plazas reservadas frente al Departamento de Economía, en la Rambla de Catalunya junto a Gran Via. Con muchísima frecuencia el coche que ocupaba el espacio era el oficial de alguno de los altos cargos de Departamento.

Pero la queja de P. T. y E. T. se produce, además de por las veces que tienen ocupada la plaza frente a su casa, por lo ocurrido recientemente en un núcleo comercial situado en Sant Boi en el que coinciden varias grandes superficies. Hay centenares de plazas pero las más cercanas a las entradas están reservadas para personas con problemas de movilidad. Inútilmente. Las ocupa el primero que pasa por allá con la conciencia laxa. Este diario ha acudido a comprobar la situación y, en ese momento, ninguno de los coches que ocupaban la plaza reservada presentaba la  credencial que le autorizaba a hacerlo.

Un portavoz de los centros comerciales reconoce que ocurre con mucha frecuencia. “Tenemos un servicio de vigilancia que se encarga de evitarlo”. Cuando acudió este diario, el servicio de vigilancia debía de haberse ido a desayunar. Otra posibilidad, sugirió la misma persona, es avisar y, entonces, se hace una llamada por megafonía. “Claro, pero si puedo llegar hasta el centro comercial para avisar, es que ya he encontrado aparcamiento”, señala P. T. “No voy a volver a mover el coche porque, lo recuerdo, tengo problemas de movilidad. Lo mío no es el desplazamiento fácil”. En algunas ocasiones, estos centros avisan a la Guardia Urbana de Sant Boi que acude, multa al infractor y se lleva el vehículo. Pero, reconoce un portavoz municipal, “no se puede tener allí un guardia de forma permanente. La policía local se ocupa de todo el municipio”. Con todo, tras recibir la queja, el portavoz del consistorio indicó que la Guardia Urbana analizará si estas infracciones son tan constantes que hay que aumentar la vigilancia.

Este diario, alertado por los dos lectores, ha comprobado que este tipo de infracción se produce en todos los aparcamientos privados de grandes superficies. Debe de ser fruto del individualismo dominante. Como señalaba Platón al narrar el mito de Giges, si alguien puede realizar el mal para los demás en beneficio propio y tiene garantizada la impunidad, la elección es fácil.

Imagen tomada por Massimiliano Minocri.

Organizar el tráfico, marear al personal

Por: | 04 de abril de 2012

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Barcelona tiene una red de calles ordenadita en el Eixample, pero fuera de él, el tráfico parece ordenado para propiciar el caos. Una de los distritos de donde llegan más quejas es el de Les Corts, cuyo responsable es Antoni Vives (cuyo principal mérito es ser uno de los chicos de mas en el consistorio). Algunas muestras. La salida de la ronda del Mig, en dirección hacia Mitre o el entorno de unos grandes almacenes situados en la confluencia de Carlos II y Diagonal. En el primer caso, señala el lector U. M., “la salida de la ronda del Mig al lateral de Carlos III se produce por la izquierda de la vía, pero el conductor puede girar a derecha y a izquierda. El giro a la izquierda no presenta problemas, El giro a la derecha, en cambio, es altamente problemático porque hay menos de 60 metros entre la salida y la Travesera de Les Corts y en esos metros hay una línea continua y un carril para autobuses. Cuando hay mucho tráfico, la única forma es infringir las normas y tratar de cambiar de carril saltando la línea continua”. Así es, según ha podido comprobar este diario. Y seguirá siendo, porque el Ayuntamiento No tiene pensados cambios ni a corto ni a medio plazo y para el largo ya no les da.

La verdad es que, en este caso, hereda una patata caliente. La cobertura de la Ronda del Mig, en el tramo que va de avenida de Madrid a Travesera de Les Corts se hizo con criterios de nuevo rico. En la parte inferior (entre Sants y Madrid) la cobertura se hizo con un aparcamiento que, además de quitar coches de la calle, pagó prácticamente la obra. Luego, dijo que no se vendían las plazas y el Ayuntamiento optó por hacer él la obra, sin aparcamiento y cargándola a todos los ciudadanos. El resultado mejora lo que había (una herida inmensa y ruido a mogollón), pero no deja de ser una chapuza. La salida a la que alude U. M., donde los conductores tienen que forzar el giro. Pero la confluencia de la travesera con Carlos III es otro cirio monumental. Los que proceden de la avenida de Madrid pueden girar a la izquierda e incluso girar en 180 grados y volver por el lateral contrario. Pero, a la vez, se encuentran con el tráfico que procede de la Diagonal, lo que les obliga a parar, y el que procede de la zona del campo del Barcelona (nuevo paro). El semáforo de la zona de montaña, en cambio, no permite el giro a la izquierda, salvo para autobuses. Añádase que en esta zona el carril del transporte público está casi permanentemente ocupado por vehículos que realizan (forzados, pero impunemente) carga y descarga y el caos está servido. Como sugiere el lector, “si se puede aparcar, que lo consientan a todo el mundo, no sólo a los vivillos”.

La segunda de las quejas se produce a 300 metros de distancia. “La entrada al aparcamiento de los grandes almacenes es un caos, especialmente en fin de semana. Los taxis aparcan como les parece, ocupando dos y hasta tres carriles. Los chaflanes de la calle de Joan Güell están también llenos de coches mal aparcados. Junto a los almacenes hay una zona azul, llena pero los coches tienen problemas para salir porque también hay doble fila”. Los sábados, añade U. M. hay un par de guardias, pero se limitan a poner y quitar la barrera de entrada al aparcamiento cuando éste se llena”.  El lector añade que deja para otro día lo que ocurre en la zona del edificio que da la Diagonal.

El Ayuntamiento de Barcelona dice que se trata de una zona con “gran afluencia ciudadana” y que los guardias actúan para dar respuesta. Muy probablemente la Guardia Urbana actúa, pero deben de estar muy mal dirigidos, porque apenas se nota.

Respecto a la doble fila de taxis, el portavoz municipal explica: “También se da en otras zonas de la ciudad como consecuencia de un descenso de la demanda de taxis, por la crisis”, de modo que el Instituto Municipal del Taxi busca soluciones. Mientras, se consiente a quien se atreva a aparcar como prefiera. ¿No será mejor, como sugiere el lector, eliminar las normas y dar vivas a la anarquía? ¿O será que no es lo mismo la anarquía que el desorden?

Temas pendientes

Hace unos días se hablaba en esta sección de los problemas de la Rambla de Catalunya. Una lectora se interesó por el espacio que ocupan las terrazas de los bares. El Ayuntamiento de Barcelona explica que ocupan 1.800 metros cuadrados sobre una superficie total de 12.300. Todos, dice el consistorio, pagan por el espacio. ¿Cuánto pagan? Eso ya es harina de otro costal. El portavoz municipal sostiene que es complicadísimo calcularlo. Y la pregunta siguiente es clara: si el ayuntamiento no sabe cuánto debe ingresar, ¿cómo sabe que lo ha ingresado? No hay respuesta. Así conste.

Imagen tomada por José Jiménez.

El País

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