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Cargas policiales y proporcionalidad

Por: | 21 de febrero de 2012

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Ante el show que tenemos montado en Valencia (que de momento está todavía en la fase de espiral creciente, esperemos que por poco tiempo) parece que toca recordar una serie de obviedades sobre la labor policial en materia de orden público. El hecho de que haya cuatro o cinco ideas relativamente sencillas y sobre las que todos estamos de acuerdo en este tema no convierte este asunto, sin embargo, en fácil, porque el paso de la teoría a la práctica es especialmente comprometido en algo de naturaleza inevitablemente viscosa como es el empleo de la violencia, donde los límites no son claros y las soluciones llega un momento en que son todas (o casi todas) malas, siendo la clave cuál sea la menos mala de todas. Pero al menos puede ayudar a analizar con algo de calma qué está pasando y permite encuadrarlo un poco. Tratando de explicar todo con sencillez, y sin saturar con referencias jurídicas, pues estas ideas están suficientemente consolidadas, allá va un resumen en 5 ideas.

1. La policía, en ocasiones, no tiene más remedio que aplicar ciertas dosis de violencia para mantener el orden público. Ello puede incluir desde acciones muy poco lesivas (impedir el paso a cierta zona, empujar, llevarse a alguien por la fuerza...) a otras mucho más agresivas, como por ejemplo una carga policial porra en mano. La cuestión es que, siempre, y en todo caso, se ha de optar por aquella solución que sea menos conflictiva para los intereses en juego. Para todos ellos (orden público, derechos de todos, riesgos para la seguridad de las personas latentes en una decisión u otra...). Y, por supuesto, dado que la violencia es siempre especialmente problemática y potencialmente generadora de más violencia, hay que evaluar muy cuidadosamente si el recurso al palo vale la pena, por liquidar un problema, o puede fácilmente agravarlo. Meter la porra tiene que ser un recurso extremo, cuando no haya más remedio y esto es algo que desgraciadamente en España distamos de tener claro.

2. El Derecho, en general, tiene bastante claro que esta idea de empleo de la alternativa menos lesiva y cierta contención en el uso de la compulsión física, sea en el grado de intensidad que sea, ha de regir la actuación policial. La realidad, sin embargo, es bastante más difícil y la tentación de resolver el problema por las bravas aparece con cierta frecuencia. Es hasta cierto punto inevitable porque el calle los riesgos a veces aparecen más claros que en frío y porque la toma de decisiones concretas se realiza en caliente, sin toda la información y con una absoluta ignorancia, en el fondo, sobre si en ese caso concreto podrían o no haberse apurado con éxito otras vías. La realidad, como es sabido, es una putada y mucho más complicada que cualquier elaboración teórica. Sin embargo, conviene tener siempre lo más presente la directriz jurídica al respecto y ponerla en relación con una idea complementaria: asumiendo que es difícil acertar siempre y calibrar a la perfección el grado justo de agresividad requerida para mantener el orden público, por lo general es menos grave equivocarse por pasarse de "blando" que por un exceso de dureza. En el primer caso, todo lo más, tendrás problemas de imagen por pasividad policial y algún daño material que acabe produciéndose y que podría haberse evitado (enojoso, pero subsanable) que empezará a indicar que, entonces sí, conviene empezar a intervenir con más dureza. En cambio, si te pasas de duro, al margen del problema de imagen y legitimidad que en ocasiones puedes tener, estás arriesgándote a que haya daños a personas o a generar una espiral de violencia que pueda convertir en peor el remedio que la enfermedad. Puestos a equivocarte, que sea por haber sido lo más flexible posible y haber asumido con naturalidad que ciertas acciones no perfectamente legales y causadoras de molestias a veces son inevitables y que es mejor dejarlas seguir su curso a generar más problemas tratando de liquidarlas.

3. A la vista de los resultados de las acciones policiales habidas estos días, así como de la explicación cuando menos peculiar de los responsables de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado (que califica como si nada de "enemigos" a los ciudadanos ignorando que su función es justamente protegerlos), resulta obvio que las decisiones adoptadas por la policía estos días no han sido afortunadas. Un problema menor se ha ido complicando cada vez más en una típica espiral de acción-reacción-acción. Puede afirmarse que a posteriori resulta muy fácil emitir este juicio. Y es verdad. Nadie puede saber si una reacción más flexible (asumiendo como un mal menor el corte de ciertas calles durante horas) habría acabado con las protestas y alteraciones de orden público de manera más eficaz. Pero es razonable pensar que mucho peor no habría sido la cosa. Sin embargo, la clave no es tanto el juego de contrafácticos como el hecho de que, de nuevo, puestos a equivocarte en estas cosas, mejor pasarte de generoso. Dicho lo cual, tampoco conviene olvidar que esa elección también tiene sus costes: consentir manifestaciones que no han sido notificadas es un mal precedente, dejar que se alarguen cortes de calles de manera indiscriminada a gusto de quienes protestan afecta a los derechos de otras personas... y todo ello puede acabar conduciendo a más conflicto o, sencillamente, a que cierta sensación de impunidad acabe incitando a quienes tengan ganas de más lío. Ahora bien, y de nuevo conviene recordar esta idea, nunca puedes saber a priori si esto va a ocurrir o no. Por lo que, puestos a equivocarte, conviene hacerlo desde una perspectiva generosa con el ciudadano. Incluso con el ciudadano revoltoso. Todos somos potenciales incumplidores y es bueno recordar que una sociedad sana asume como normal cierta disrupción sin que pase demasiado. Sólo una visión un tanto psicopática del orden público pretende vivir en un mundo donde no haya ningún problema de orden. No pasa nada por asumir algo de lío y esperar a que pase el temporal.

4. Aunque esto a veces no se entienda bien, y menos en estos momentos, una carga policial no es una alternativa especialmente violenta. O no tiene que serlo. De hecho, muchos expertos en intervención policial explican, si se les deja, que es un manera de actuar que minimiza la violencia a que pueden conducir ciertas situaciones (concentraciones masivas de gente alterada) por la simple vía de "disolverlas" (a porrazos, sí, pero disolverlas). Al ciudadano que corta la calle solo o en grupo y se niega a retirarse se le puede intentar convencer o esperar a que se canse y deje expedito el paso. Ambas son las mejores alternativas. Pero es obvio que si persevera y se empecina llegará un momento en que, si esa ocupación deviene molesta y afecta a derechos de otros, habrá que hacer algo. Una carga policial a estos efectos suele ser mejor opción que, por ejemplo, detener a los implicados (por mucho que en ocasiones pueda estar justificada una detención) por consideraciones de "eficacia": liquidas el tema con menos lío (y menos afección a la situación de las personas implicadas). Si logras disolver y el problema se resuelve, asunto liquidado. Piénsese, porque esto no suele tenerse en cuenta, que es mucho menos lesivo para el ciudadano, en el fondo, recibir en un porrazo que ser detenido, imputado por desórdenes públicos (o lo que sea) y acabar con un lío judicial de cierta importancia (aunque luego quede en nada el malestar y el follón no te los quita nadie; y como la cosa acabe en una condena, aunque sea testimonial, el marrón es tremendo en mucho sentidos). De hecho, es otra de las consecuencias malas de lo que estamos viendo en Valencia. Como las cargas, lejos de resolver el problema, lo han agravado, esto acabará cortándose a base de que se generalicen intervenciones menos impactantes visualmente pero mucho más agresivas. Debemos de ir ya por la cincuentena de detenidos, que acaban pasando una noche en comisaría, son puestos luego a disposición judicial y, en muchos casos, ha sido ya imputados con diversos cargos. Si cualquiera de nosotros lo pensamos, mejor un porrazo que unos antecedentes penales. Lamentablemente, cuando los porrazos no son suficientes hay que recurrir al Derecho penal, que en esas situaciones es especialmente injusto (porque se aplica sólo al que le "toca" de manera particularmente aleatoria y poco discriminada). Recordemos los disturbios de Londres del verano pasado. Donde la policía no llegó y no fue capaz de detener a masas cada vez más envalentonadas y muy numerosas acabó llegando la generalización de procesos penales a mucha gente que generó un efecto desincentivador definitivo. Jugarte condenas, estigmatización social, perder opciones laborales futuras o tu trabajo presente... no es ninguna broma. Cuando se empieza a detener a gente el problema ha pasado ya a ser gordo, las consecuencias pueden ser verdaderamente graves y la situación descontrolarse en cualquier momento.

5. Entre las muchas chorradas y cosas desagradables que hemos visto estos días ciertos vídeos impactantes (pero que conviene poner en su contexto) han sido muy comentados. El orden público también es una batalla de imagen y esto ha de tenerse en cuenta a la hora de tomar decisiones. Medidas quizás no especialmente violentas han sido convertidas en agresiones. Por mucho que en la policía estén muy enfadados con Twitter, con ciertas exageraciones, con fotos y vídeos de hace años, con políticos diciendo que han sido agredidos cuando no es cierto y demás cosas absurdas, es ridículo quejarse por eso cuando eres responsable del orden público. Porque son elementos con los que tienes que jugar y que debes saber que forman parte del ecosistema. Sentada esta base, también estaría bien empezar a denunciar ciertas ideas impresentables que se están introduciendo en el debate sobre las cargas. Por ejemplo, esa delirante convención de que jóvenes de 16, 18 o 20 años son "niños" (tanto más increíble por cuanto quienes se escandalizan por el trato a estos supuestos niños no tratan de protegerlos sacándolos de primera línea como sería razonable si de verdad los creyeran merecedores de una especial vulnerabilidad que debiera merecer más protección) que es de un paternalismo ridículo y comodón. O la extravagante afirmación de que la policía no puede cargar contra "estudiantes" porque no son gente "antisistema" sino de orden y "normal" (en Valencia se ha llegado a decir que la prueba de que no había que cargar era que se trata de un conflicto originado en un instituto del centro de la ciudad) o porque sus protestas tienen que ver con causas justas. En una democracia y en un Estado de Derecho la justificación de las cargas no tiene que ver con quién está haciendo algo sino con lo que se está haciendo y los riesgos que conlleva para el orden público. Como tampoco tiene que ver con que unos supuestos guardianes de las esencias dictaminen que las protestas son "justas" y en consecuencia han de tener vía libre. Cualquier reivindicación, por aberrante que nos parezca, ha de ser legítima en una democracia liberal si se realiza por los cauces adecuados y, a su vez, todas ellas debieran ser combatidas si emplean medios que pongan en peligro a otras personas. Parece bastante obvio, pero son cosas que todas esas defensas basadas en "son niños", "son estudiantes" o "protestan por una causa justa, por la educación y contra recortes" están olvidando. Ya sé que la batalla de la imagen es importante, pero si las cargas no tienen sentido ni justificación no es por nada de eso y resulta descorazonador que el debate se oriente con tanto descaro en esa dirección. La carga debiera de disgustarnos no por temas de imagen o de forofismo sino por desproporcionada y contraproducente.

Y dos notas adicionales sobre la Policía y su imagen: Es cierto que la frase del Jefe de la Policía en Valencia se saca de contexto y que, com un mínimo de buena voluntad, se puede entender lo que quiere decir. Pero eso no quita que sea un error evidente que dé él las explicaciones. La Delegada del Gobierno está justamente para eso, para transmitir qué ha pasado a la opinión pública y dar la cara. Es su trabajo. Es la que debe hacerlo. Es la que, se supone, tiene experiencia en ello y su misión es controlar que las cosas se hagan bien, dar las instrucciones pertinentes en este sentido y asumir la representación pública de los policías a sus órdenes. También, por cierto, es quién debiera exigir responsabilidades en su caso. En el mundo en que vivimos, con sociedades maduras e informadas, esta labor ha de hacerse bien y con profesionalidad. Y la imagen cuenta. La Policía debería saberlo. Y cuidarlo. Para protegerse, incluso. Porque en el fondo que ahora todo se grabe y aparezca en Youtube es bueno para aquellas acciones proporcionadas y realizadas profesionalmente. Como lo es también a la postre ir identificado. Lo saben muchos policías, que son los primeros que reclaman que normas como la del tripartito catalán (que duró en vigor apenas unos meses) que exigía a los antidisturbios ir debidamente identificados incluso con el uniforme de protección. La transparencia es un excelente acicate para la profesionalidad y la mejor defensa de quien actúa correctamente.

Hay 7 Comentarios

Sí, todo eso está muy bien. En teoría es así, pero el que se juega el cuello es el policía. Son funcionarios públicos que han aprobado una oposición no demasiado difícil, pero que en la mayoría de los casos quien decide si entras o no al Cuerpo Nacional de Policía es el psicólogo. Una vez dentro del CNP, tu misión consiste en obedecer y acatar órdenes de los superiores.

Sólo he estado en una carga policial, y no llegó a haber exceso de violencia. Fue en el ascenso del equipo de futbol de mi ciudad. Como es normal, la fuente de la plaza estaba a reventar de gente, y la policía acordonó el monumento. Dado el exagerado bullicio, se escuchó claramente un altavoz que alertaba que o nos dispersábamos o comenzaría una carga policial. La gente hizo caso omiso, y despues de varios avisos más, comenzó la carga. A donde quiero llegar es a que la policía no carga porque sí, sino porque cumple órdenes. Los presentes, sabíamos perfectamente cuándo comenzaría la carga, así que debo saber que los periodistas también. De ahí, la cantidad de imagenes y videos justo cuando comienza, pero pocos, o ningúno, anteriores a los hechos.

Por otro lado, hablemos de "proporcionalidad". Es un término tan teórico que no sé si merece la pena hacer mucho hincapié. Si el policía que está ahí es mi hijo, creo que es proporcional, si además debes cumplir órdenes. Hay muchas imágenes tomadas desde detrás de la policía. Nos creemos que la policía pega a los viandantes y no a los fotografos y periodistas? o por el contrario ... sólo han salido imágenes cercenadas con una clara intención?

Por lo demás, no está de más recordar que el artículo 5.b) de la Ley Orgánica reguladora del derecho de reunión señala que “la autoridad gubernativa suspenderá y, en su caso, procederá a disolver las reuniones y manifestaciones cuando se produzcan alteraciones del orden público, con peligro para personas o bienes”. Es decir, que la disolución sólo se justifica “en peligro la integridad de personas o de bienes”, teniendo en cuenta que no lo es “cualquier corte de tráfico o invasión de calzadas producido en el curso de una manifestación” (Sentencia del Tribunal Constitucional 66/1995).

Estamos de acuerdo, José. Especialmente en esa reflexión de la dificultad a la hora de valorar cuándo es mejor intervenir y cuándo es mejor tolerar. Precisamente por eso entiendo que, como norma general, la flexibilidad y la prudencia, mejor equivocarse por defecto que por exceso, es una buena política.

También coincidimos en la existencia de gente que por motivos políticos se une a la protesta, la amplifica, la utiliza... Y en que eso es perfectamente legítimo. Ponerse en otro plan recuerda al capitán Renault de Casablanca, indignado al descubrir que en Ricks se juega.

Respecto de lo que comenta Guillermo, es cierto que ir identificados es una reivindicación de hace años de un sindicato como el SUP, por ejemplo. De hecho, con motivo de los últimos acontecimientos, en una nota de su secretario general lo volvían a reiterar.

Como de costumbre, el artículo de Andrés es razonado, y comparto gran parte de sus reflexiones.
Me gustaría, no obstante, destacar algunas cosas al hilo del mismo.
En primer lugar, sí que es cierto que en toda sociedad hay determinados comportamientos que, aun suponiendo una infracción de las leyes, deben ser tolerados -por su escasa importancia, por lo limitado de sus efectos territoriales, por la fugacidad de sus consecuencias- sin poner en funcionamiento los mecanismos coercitivos del Estado, impliquen los mismos o no el uso de la fuerza. Así ocurre, por ejemplo, con las "invasiones" de espacios públicos por una multitud que celebra un triunfo deportivo o con la superación de los límites de velocidad pero por debajo de los límites de "tolerancia" que aplica la Administración.
Pero también es cierto que es difícil determinar donde debe concluir esa relajación y si la misma, para cuestiones menores, no acaba conllevando males mayores que los que se pódrían haber causado siendo más estrictos.
En segundo lugar, si la policía, en el caso de las últimas manifestaciones, ha actuado sin la mesura debida, si han existido intervenciones desproporcionadas y si se han lesionado los derechos de los ciudadanos o incluso se ha podido cometer alguna infracción penal por parte de algún funcionario autoridad, para eso están los jueces, como también lo están para determinar si ha existido alguna infracción en la conducta de alguno de los manifestantes, sea o no estudiante, que lo de ser estudiante ni el Código Penal ni las leyes sancionadoras administrativas lo contemplan como circunstantia eximente, atenuante o agravante.
En tercer lugar, comparto las reflexiones sobre las declaraciones del jefe de policía: no fueron oportunas (ni en el hecho en sí de producirse ni en su contenido), están descontextualizadas (en su contexto, su significado era distinto al que se ha pretendido dar) y de ellas no se desprende que el jefe de policía sea un mal funcionario y, mucho menos, un sujeto peligroso para la democracia o un enemigo de la inteligencia.
En cuarto lugar, si ha existido alguna desproporción, desde mi punto de vista y sin querer quitarle importancia, ésta ha sido más bien leve, contusiones y creo que alguna herida que ha precisado tratamiento médico (o incluso quirúrgico, que esa consideración tienen los puntos de sutura), pero hasta donde yo sé nadie ha sido lesionado gravemente ni, mucho menos, hospitalizado. Además, la policía ha utilizado los elementos de intervención menos intensivos de los que dispone, sin que se haya utilizado material antidisturbios de más difícil control (uno no sabe nunca a quien puede acabar lesionando una pelota de goma).
Y, en quinto lugar, es indudable (o al menos yo no dudo) de que ha habido intención política en el desarrollo de las manifestaciones y en las desmesuradas conclusiones que algunos medios de comunicación y partidos sacan de ella. Lo cual, por otro lado, no está prohibido.
Espero las reflexiones de los lectores.

Muy razonable todo lo que dice. Podría diferir en la valoración de los hechos concretos, pero el planteamiento es totalmente razonable y desacalorado (aunque no sé si muy del gusto de algunos lectores).

Dice que los policías piden ir identificados incluso de antidisturbios. ¿Está seguro? ¿por qué quieren eso? Sabiendo cómo somos los humanos, será porque les reporta alguna ventaja, no por hacer un favor a los demás, ni por transparencia (que nunca encontramos el momento de aplicárnosla a nosotros mismos)

La calle no es de la izquierda, aunque desde ese limitado -últimamente todavía más- sector de la vida política se intente aducir lo contrario colocando la legitimidad democrática al mismo nivel de una supuesta legitimidad de los grupúsculos vociferantes y violentos. La calle es un ámbito de convivencia de todos los ciudadanos y si hay quienes no respetan lo que es de todos para erigirse en ocupantes sine die de la vía pública, su resistencia ala autoridad no puede ser considerada sino como una agresión a los principios democráticos de una sociedad civilizada. Cuanto ha sucedido en estos días en Valencia no pasa de una tenida de diversos especímenes de "progresismo" (sin que lo sean en verdad) en la que desfogar su frustración ante el parecer mayoritario del pueblo español, que comprendió, al fin, cómo el socialismo había llevado a este país a una catátrofe económica y social sin precedentes. La policía ha actuado con proporcionalidad dada la contumacia de las izquierdas en su afán por perturbar la vida cotidiana de los ciudadanos. Cuando las palabras y las razones son ignoradas, como repetidamente han hecho los manifestantes hasta el punto de llegar al insulto, la provocación e incluso la agresión a las fuerzas del orden, la respuesta de quienes tienen la responsabilidad de no perder el control de la calle no puede ser sino emplearse con contundencia. ¿Proporcionalidad?. La precisa cuando la amenaza desborda de lo aceptable. Por lo demás, la referencia al "enemigo" (que no a los enemigos) ha sido claramente descontextualizada para la típica campañita de agit-prop con que disimular el desconcierto de laactual oposición.

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Sobre el blog

Una mirada al mundo y a la actualidad a través del Derecho público. Este blog no es sino el reflejo de los anteojos de un jurista y su uso para filtrar obsesiones, con mejor o peor fortuna. Aspira a hacer más comprensible la realidad aportando un prisma muchas veces poco visible, casi opaco. En todo caso, no aspira a convencer a nadie sino a dar razones. Porque se trata, sobre todo, de incitar a pensar desde otros puntos de vista.

Sobre el autor

Andrés Boix Palop

(València, 1976) es Profesor de Derecho administrativo en la Universitat de València y ha estudiado o investigado, en diversos momentos en Universidades francesas y alemanas (París, Múnich, Fráncfort). Al margen de sus trabajos sobre cuestiones de Derecho público escribe regularmente sobre temas de actualidad que tengan que ver con esa parcela del ordenamiento, no sea que en contra de lo que históricamente han considerado los juristas españoles, haya alguien ahí fuera a quien puedan interesar estas reflexiones a caballo entre lo jurídico, lo noticioso y las obsesiones personales de su autor.

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