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Trepillas, pelotas y otros fenómenos organizativos

Por: | 27 de marzo de 2012

Trepas03Ayer aprovechaba en mi columna de El País Comunidad Valenciana para hablar de los trepillas, un fenómeno siempre de actualidad pero al que de vez en cuando conviene girar la atención. En Valencia desde hace años tenemos a los dos partidos mayoritarios, PPCV y PSPV, absolutamente secuestrados por unos grupitos de dirigentes de más que dudosa competencia, con las consecuencias nefastas por todos sabidas. Probablemente, además, esto no es una especificidad valenciana. Yo la veo más aquí, simplemente, por tenerla más próxima. Así que hablemos hoy un poco de estiralevitas profesionales.

En los últimos meses el PPCV ha renovado su liderazgo de la manera menos edificante posible. Una camarilla autista y dedicada al halago del exPresident por encima de todas las cosas ha sido sustituida por una camarilla autista y dedicada al halago del nuevo President impuesto desde Madrid. Las posibilidades de que de esta renovación de liderazgo y sus respectivos entornos se deriven cambios profundos es muy limitada y sólo los muy optimistas (o mejor, los interesadamente optimistas) pueden pensar lo contrario. No sólo porque los fundamentos sociales, políticos y económicos de las políticas de la derecha valenciana siguen siendo los que son sino porque, además, a los problemas del autismo y la pelotería como únicas herramientas de trabajo se unen la falta de autonomía, el estrecho margen de maniobra y la absoluta dependencia de un poder superior, Mariano Rajoy, que velará siempre y en primer lugar por sus intereses, a los que habrá que supeditar todo (como ya estamos viendo un día sí y otro también).

Mientras tanto, en el otro extremo de la galaxia, los socialistas valencianos están en fase de cambio de liderazgo. Si los años recientes han sido de enorme despiste e incapacidad para hacer frente a un modelo conservador hegemónico desde hacía años pero que se venía abajo sin que la oposición lo detectara, lo han sido, entre otras razones, porque la dirección socialista se ha caracterizado, más que ninguna otra, por excluir y dar bola sólo a los adictos. Los críticos han sido expulsados y expedientados mientras la claque a sueldo que ha rodeado a los gerifaltes se especializaba en alabar, alabar y alabar. A fin de cuentas, para eso les pagaban. Sonadas han sido las purgas, incluso entre gente próxima, de quienes osaran disentir (en Valencia ciudad, por ejemplo, al nº 2 de la ejecutiva, tras haber protestado por el reparto de cuotas a que había quedado reducida la política local de oposición). Más allá de si la estrategia de oposición era buena o mala (yo creo que era mala, pues eso de que la apuesta política sea copiar el modelo del PP, pero prometiendo honradez y dignidad, me resulta increíblemente ignorante de la realidad desfalleciste de esa apuesta y por ello de una gran ceguera), la clave de estos años ha sido el desastre organizativo por primar a pelotas frente a independientes. Es un dato al que conviene prestar atención dado que ahora hay que renovar al equipo llamado a gestionar los próximos años en el principal (y clave) partido de la oposición valenciana.

Pues bien, ante esta tesitura, y com el aval que me da mi vida como universitario, que me convierte en un absoluto experto en entornos de trepas y sicarios vocacionales, dispuestos a todo por agradar al jefe, me permito hacer una serie de reflexiones al respecto. De eso va la columna, precisamente.

Los trepillas como problema
ANDRÉS BOIX
Hablar de los problemas de selección inversa que padecen nuestros partidos políticos es casi, a estas alturas, un lugar común. Sabemos que hemos montado un sistema que fomenta que se dejen la piel en la vida interna de partido quienes menos pueden ofrecer a la sociedad y peor lo pasarían si tuvieran que vivir y trabajar más allá de la protección de la organización. Y, en sentido inverso, aquellas personas formadas, con opciones profesionales, que pueden dedicarse a otras cosas, son expulsados con facilidad pues están mucho menos dispuestas a perder tiempo con ciertas cosas y, sobre todo, a hacer ciertas barbaridades que muchas veces les son exigidas. Porque la lealtad se entiende en este país muchas veces como estar dispuesto a traspasar ciertos límites si lo ordena el jefe, sin preguntar, sin quejarse, sin pensar (o, si se piensa, que no se note).
Obviamente, todos conocemos entornos en los que los trepillas y quienes no tienen escrúpulos para agradar al jefe de turno (a quien por supuesto serán los primeros en apuñalar en cuanto caiga en desgracia) campan a sus anchas y generan destrozos sin cuento. En el trabajo, por ejemplo, es fácil tenerlos identificados. La naturaleza humana tiene estas cosas y es inevitable que así sea. Sin embargo, ¿no tenemos todos la sensación de que en España este tipo de fauna está especialmente protegida? Ignoro cuál pueda ser la razón, la verdad. Quizás es la tradición autoritaria, las décadas de dictadura, que han hecho estragos psicológicos en generaciones y generaciones que todavía se notan. El consejo por excelencia que durante tanto tiempo se ha dado en estos lares ha sido siempre eso de “no te signifiques, hijo, que no te vean como díscolo o crítico, que eso no trae nada bueno”. Emitir opiniones diferentes a las del jefe, incluso el mero hecho de tenerlas, está sorprendentemente mal visto en nuestro imaginario popular. Se considera que es, de suyo, “peligroso”.
Incluso en entornos tan protegidos (contratos fijos y estatuto de funcionario para realizar un trabajo que es vocacional) como la Universidad somos, por lo general, extraordinariamente reacios a quedar marcados como críticos. Vean cómo hemos acatado, como corderitos, aberraciones como la reforma de Bolonia a pesar de que encontrar a alguien en la Universidad que la vea sinceramente bien empieza a ser más complicado que identificar a un político valenciano capaz de criticar al Gobierno español… cuando está gobernado por los suyos. Cuestión, como siempre, de disciplina. Y también de vocación. El trepilla es así, está en su ADN. Y se hace lo que haga falta: atacar a compañeros, asumir cualquier trabajo sucio, encargos personales… Si hay que ir en sábado a hacer la colada a casa del jefe, pues se va.
Como es evidente, lo importante en contextos así es que quienes están al mando sean inteligentes y capaces de sustraerse a este tipo de personajes. Pero lo que tenemos por aquí, al revés, selección inversa mediante, es lo contrario. ¿Alguien imagina cómo es el entorno del actual President de la Generalitat? ¿O cómo era el del anterior? ¿O cómo es el que ha dirigido estos años el PSPV? A la vista de sus actuaciones, su empecinamiento en el error y el sectarismo con el que actúan, liquidando a toda voz crítica y autónoma, no es difícil hacerse una idea.
Andrés Boix Palop  

En resumen, y por aprovechar la reflexión para dar consejos a quien no los pide (el PSPV, en este caso), las cosas son relativamente fáciles de sintetizar:

1. Trepillas miserables y sicarios vocacionales siempre ha habido y siempre habrá. En España, además, más, todavía, pues nuestra cultura social ha exaltado (y exalta) la genuflexión interesada ante el poderoso, arrimarse a quien manda de forma lacuyuna y cobrar en lo posible por los servicios prestados. Luego están los que, además, cuanto más chungo sea lo que les piden, mejor, dado que más podrán cobrar.

2. Dado ese punto de partida, una organización funciona bien cuando se dota de mecanismos para desincentivar los efectos de estas dinámicas (por ejemplo, colegiando la toma de decisiones) o, si sus estructuras organizativas son muy jerárquicas, seleccionando personas conocidas por su talante abierto, su capacidad de aceptar e integrar ideas ajenas, incluso las que puedan contradecir las propias y con una vanidad no demasiado inflamada, lo que siempre protege de la pelotería. Lamentablemente, estructuras como un partido político o la Universidad, por otros motivos que todos conocemos, son refractarias a liderazgos no carismáticos, lo que dificulta confiar en una solución fácil al problema.

3. La solución en la Universidad ha pasado por establecer un modelo organizativo muy horizontal, que en las últimas décadas se ha generalizado, y que presenta problemas en otros ámbitos, pero que al menos sí ha ido logrando eliminar la figura del Catedrático que te dice que él es muy humilde y normal, no como otros, mientras hay que llevarle en coche a Cuenca porque le viene de gusto comer un morteruelo ese día, un meritorio le porta maletín y paraguas caminando tres pasos por detrás o pide que le ayudes a hacer la colada porque se ha quedado sin chica por unos días por la razón que sea. Los problemas de otro tipo que genera el tipo de gobierno universitario que nos hemos dado son enormes pero casi todo el mundo los acepta resignadamente porque, a cambio, al menos, se ha eliminado "eso" (en esta vida a casi madie, salvo cuatro entusiastas del miserabilismo, a nadie le gusta ser el chico al que te llaman para hacer la colada y saber que no puedes negarte y a muy pocos les gusta vivir en entornos que hacen algo así posible e incluso frecuente). Obviamente, estas cosas tampoco se han liquidado del todo, porque hay entornos más irredentos, tradiciones más sólidas de vasallaje y a fin de cuentas esto es España y el suministro de esbirros vocacionales siempre será alto. Alrededor de la media siguen floreciendo entornos con trepas y pelotas sin cuento y sin freno. Los pelotas son así, detectan la debilidad a la mínima. En la Universiad, además, hay un código secreto que no falla: individuo que alardea constantemente de que él no es así "a diferencia de otros", individuo peligrosísimo. Además, está el rollo de la cartera, eso de que los demás les lleven cosas, para intuir dónde hay alguien que puede "caer" los trepas entrenados lo saben, lo huelen, van a por ellos. Eso de la cartera, por cierto, ha de ser un tema freudiano o algo, porque es una constante de gran solidez.

4. A la vista está que en esos entornos las cosas se ponen chungas. Los partidos políticos se parecen mucho a ese tipo de mundo universitario. Los irreductibles del feudalismo y el derecho de pernada. La aldea gala de las tradiciones caciquiles. Allí enviamos a nuestros mejores pelotas, a los más bragorganizativosque ya han demostrado su excelencia en estas miserables artes en entornos como la Universidad. Para esos casos sólo queda una solución: que los demás, el resto de la organización, se niegue a entrar en el juego del pelota trepilla, de las camarillas, del susurro al oído, de la caricia para medrar... Y hagan su vida. Intentando que los trepas y los que gustan de rodearse de ellos pinten lo menos posible y, sobre todo, incordien lo menos posible. Porque son tóxicos. Se cargan todo a su alrededor.

Así que, sinceramente, si yo fuera del PP pediría una limpieza a fondo y, mientras tanto, no me mezclaría mucho con esa gente. Y si fuera del PSPV largaría de una vez, si se puede (o al menos apoyaría ahora a quienes van por ahí) a los que se atrincheran en los íntimos, joden a los demás y en lugar de hacer su trabajo y pensar en la función que han de cumplir sólo se dedican al mamoneo. Todo esto es obviamente difícil, como todos sabemos, pero existe una baza a nuestro favor (no muchas, pero sí, al menos, una): en el fondo todos podemos identificar con mucha, mucha facilidad, a los pelotas mostosos,malos sicarios a sueldo y los trepillas asquerosillos que tenemos en nuestro entorno. Refulgen más que el sol.

Hay 5 Comentarios

Trepillas, miserables, sicarios...Ya lo dices tu mismo en el resumen. Son muy propios de este país. Mira si ahora que el cine va a ir de culo no deberían ocuparse de esto tan español, y hacer una buena peli retratandolos para ver si alguno baja la cara de vergüenza.
Pero desde la guardería se fomenta, no creas que solo en la universidad. Hasta en la residencia de ancianos el que no se trabaja a sor Maria va de culo.
Por eso dogo lo del cine. Si con el Landismo empezó a cambiar Benidorm, y con Torrente, ejem, mejor me callo. A lo mejor con una buena peli...

El caso de Valencia al que te refieres es de libro. Los trepillas, dentro. Los currantes, fuera.

El caso de Valencia al que te refieres es de libro. Los trepillas, dentro. Los currantes, fuera.

La lista de macarradas que los universitarios podríamos hacer con ejercicios de peloterío es enorme. Mi ejemplo preferido es un compañero que llevaba por la noche al catedrático de turno cuando éste iba a visitar a la novia y luego le recogía en coche. Imaginar la conversación posterior (¿Qué tal ha ido, Maestro?) no tiene precio.

La lista de macarradas que los universitarios podríamos hacer con ejercicios de peloterío es enorme. Mi ejemplo preferido es un compañero que llevaba por la noche al catedrático de turno cuando éste iba a visitar a la novia y luego le recogía en coche. Imaginar la conversación posterior (¿Qué tal ha ido, Maestro?) no tiene precio.

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No se trata de hacer leer

Sobre el blog

Una mirada al mundo y a la actualidad a través del Derecho público. Este blog no es sino el reflejo de los anteojos de un jurista y su uso para filtrar obsesiones, con mejor o peor fortuna. Aspira a hacer más comprensible la realidad aportando un prisma muchas veces poco visible, casi opaco. En todo caso, no aspira a convencer a nadie sino a dar razones. Porque se trata, sobre todo, de incitar a pensar desde otros puntos de vista.

Sobre el autor

Andrés Boix Palop

(València, 1976) es Profesor de Derecho administrativo en la Universitat de València y ha estudiado o investigado, en diversos momentos en Universidades francesas y alemanas (París, Múnich, Fráncfort). Al margen de sus trabajos sobre cuestiones de Derecho público escribe regularmente sobre temas de actualidad que tengan que ver con esa parcela del ordenamiento, no sea que en contra de lo que históricamente han considerado los juristas españoles, haya alguien ahí fuera a quien puedan interesar estas reflexiones a caballo entre lo jurídico, lo noticioso y las obsesiones personales de su autor.

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