Ojo de halcón

Sobre el blog

Un ojo de halcón para mirar al tenis, compartir historias y hablar sobre un deporte que de enero a diciembre inunda la libreta de héroes, villanos, partidos y detalles.

Sobre el autor

Juan José Mateo

es master en periodismo por la Universidad Autónoma de Madrid / El País, redactor de la sección de deportes y cubre los Grand Slam.

Eskup

Después de Serena... ¿qué?

Por: | 28 de octubre de 2013

Sew
Serena Williams, la número uno mundial, ganó el domingo la Copa de Maestras ante la china Li. Ocurrió lo esperado, pero de forma sorprendente: la estadounidense estuvo al borde del llanto en semifinales, con un bajón de fuerzas que le paralizó las piernas; perdió sets en la semifinal y la final; y sufrió el desgaste de haber disputado 82 encuentros en su magnífico 2013 (78-4), más que nunca. Al cabo del torneo, sin embargo, ocurrió lo que se preveía: Serena, de 32 años, se coronó por cuarta vez en el torneo final de temporada, y volvió a dejar la impresión de que solo parará de ganar cuando ella quiera. Entonces, cuando eso ocurra, ¿quién tomará el relevo? ¿Ocurre en el tenis femenino como en el masculino, donde ningún joven menor de 20 años apunta maneras? ¿Quedará todo en manos de Azarenka, una competidora feroz, de Sharapova, que pena del hombro, o de la inestable pero siempre apreciable Kvitova?

El sueño de los ejecutivos del márquetin del tenis femenino, de siempre acostumbrado a las campeonas adolescentes, es Eugenie Bouchard. Tiene 19 años. Es la número 32 del mundo. Compite con fiereza. Tiene golpes estupendos. La valoran como muy guapa. Falta aun de la experiencia que le permita destacar más en los grandes (bien supo aprovecharlo Carla Suárez para eliminarla y llegar a octavos de Wimbledon), la canadiense es una joven ambiciosa, campeona de grandes junior, que se considera capacitada para escalar hasta la cima. Es la única adolescente entre las 35 mejores del mundo.

Bouchard
Tres aficionados enseñan caretas gigantes de Bouchard.

Un poco más abajo está Madison Keys, nacida en 1995, ya número 37, otro sueño para los directivos, porque debe coger el relevo de las Williams para darle fuerza al alicaído mercado estadounidense, huérfano de figuras masculinas y que se quedará sin referentes y con un buen puñado de torneos cuando se retiren las hermanas. En eso, claro, le lleva ventaja Sloane Stephens, número 11 con 20 años y los mimbres para ser una tenista de mucho éxito.

Más abajo, tras la ucraniana Svitolina (número 40), está otra competidora que de verdad apunta maneras, la británica Laura Robson, campeona junior de Wimbledon, ya doble octavofinalista en los grandes, y una ambiciosa total que se enfrenta al mismo problema que su compatriota Andy Murray: carga con las expectativas de todo un país, tiene que digerir la presión de ser un referente, pese a lo cual ya ha celebrado una plata olímpica en los Juegos de Londres 2012 con el mismísimo Andy.

Son las raquetas de menos de 20 años que hay entre las 50 mejores del mundo. Un dato, sin embargo, hace sospechar que Serena podría cerrarles el paso y eternizarse en el trono y la conquista de los grandes hasta cuando quiera, bien entrada en la cincuentena. ¿Quién es hoy la número 52 del mundo? Kimiko Date. Una japonesa. Nació en 1970. Tiene 43 años… y nunca, ni de lejos, pudo presumir de la fortaleza física y la capacidad competitiva de Serena.

Allenatore

Por: | 23 de octubre de 2013

Perlas

Perlas, a la derecha, cuando Carlos Moyà, su pupilo, logró el número uno (1998)

El Allenatore se desgañita en el banquillo, pese a que su pupilo está arrollando. Este es José Perlas, uno de los técnicos más prestigiosos del circuito, entrenador que lo ha ganado todo, que lo ha visto todo, que lo ha sufrido todo. Nadie ha tratado con más tenistas de clase que Perlas (“Purasangres”, les dice él). Nadie se ha enfrentado a tenistas tan imprevisibles y volcánicos como Perlas. Ahora le toca Fognini. El hombre que le dice “allenatore” con reverencial respeto. Un tenista maravilloso, de los que entran por los ojos porque hace magia sin aparente esfuerzo. Uno diría que el italiano, de 26 años, jamás ha corrido en una pista, porque siempre está donde toca. Que su arsenal responde al catálogo de los elegidos. Fognini, que hasta que empezó con Perlas jamás había ganado un título (este año sumó 2 y se puso número 16), tiene un problema:  las malas pulgas, la desconcentración, su tendencia autodestructiva a enfrentarse a jueces de silla, compañeros de profesión... hasta consigo mismo. Es frecuente ver a Fognini convocando demonios por la boca. También, como ahora en el torneo de Valencia, a Perlas gritándole que apriete desde el banquillo: el entrenador sabe que el purasangre a veces se para, que necesita de mano firme, que en ocasiones se sale del camino recto y pierde el camino.

Porque Fognini se puede arrodillar y echarse a dormir en la hierba de Wimbledon

Porque Fognini, enfadado, puede regalar un partido disparando varias dobles faltas en el juego decisivo

Porque Fognini, siempre activo, puede provocar hasta que el contrario se acerque a la red diciéndole si quiere dirimir el asunto a puños

 

¿Y por qué aguantará todo eso Perlas, que podría estar con quien quisiera, que es tan respetado, una eminencia, analítico técnico que desmenuza con la precisión y el acierto de los mejores cirujanos a los contrarios?

Por esto: de puntazo en puntazo, Fognini, a veces, vuela.

 

 

Todas contra Serena

Por: | 21 de octubre de 2013

TEB BNP Paribas WTA Championships 2013 Photo
Vestida como para una cena de gala, Serena Williams, la número uno del mundo, analiza el grupo que le ha tocado en la Copa de Maestras hablando de un puñado de amenazas: "Es duro. Tengo que estar preparada", dice antes de que la competición arranque el martes. Radwanska, Kvitova y Kerber son las tres competidoras a las que la estadounidense señala como un peligro en el Grupo Rojo. Sin embargo, ninguna tiene derecho a sentir que es una amenaza: Serena llegará a su encuentro con un 13-1 global en el cara a cara. Con Sharapova de baja por lesión, da igual qué dos tenistas sobrevivan de entre Azarenka, Li, Errani y Jankovic (Grupo Blanco) y logren el pase a semifinales. Está claro que si la número uno llega a la penúltima ronda ninguna querrá enfrentarla.

La campeona de 17 grandes ha ganado tres veces la cita final de temporada. En 2013 ha conquistado dos torneos del Grand Slam, diez en total, y con 73 victorias ha dominado el circuito con mano de hierro. Impulsada por un renovado arsenal técnico, Serena se ha beneficiado de su colaboración con Patrick Mouratoglou, su nuevo entrenador y confidente, que ha puesto el acento en que su juego de pies recupere la velocidad y el equilibrio de antaño. Puesta a golpear la pelota en posiciones de ventaja, nadie pega más duro y con más filo que la campeona. Eso, además, le permite atacar la red con la seguridad de que el tiro previo ya casi desborda a sus contrarias. El resto lo pone un servicio que normalmente supera en velocidad punta al de Rafael Nadal y una voracidad competitiva que solo puede domar la propia Serena: en la última final del Abierto de EE UU, por ejemplo, sacó dos veces por el título, en las dos ocasiones cedió entre fallos y lamentos que acusaban al viento, y finalmente se rehízo hasta levantar la Copa.

Así, Serena, de 32 años, juega en Turquía con el derecho de sentirse la máxima favorita y la prudencia de no decirlo en público. Los organizadores del circuito femenino, siempre tan apegados al márquetin, se esforzaron por presentarla ante la prensa vestida de traje largo, sonriente, como si estuviera camino de una fiesta. La escena, que se repite también en el circuito masculino cuando los maestros posan en esmoquin, no oculta la realidad: aquí hay una campeona única, de las que marcan época y quedan para siempre en el imaginario colectivo. En Turquía, busca un nuevo título.

Toallas

Por: | 13 de octubre de 2013

Son imprescindibles para el tenis, pero se les trata como a los secundarios de una película de serie Z. El deporte de la raqueta cuenta con recogepelotas desde 1920, cuando debutaron en Wimbledon. En el siglo XXI, cuando los ejecutivos viven obsesionados por el reloj, porque intentan convertir en producto televisivo de primera a un deporte que es incapaz de garantizar la hora de inicio y final del partido, su papel es más importante que nunca. De esos niños y niñas entrenados con precisión militar (solo hay que verlos en Roland Garros) depende la fluidez del juego, el ritmo del partido, que el encuentro transcurra lo más rápido posible, más ahora que los jueces de silla han sido instruidos para que vigilen con el máximo celo que los tenistas cumplan con la regla de tiempo entre punto y punto (25 segundos en ATP, 20 en los grandes).

Y entonces llega el tifón Fitow a Shanghái, afectando al Masters 1000 de la ciudad china.

Y la humedad consecuente provoca que los tenistas se llenen de sudor.

Y se empapa el cemento.

Y los recogepelotas empiezan a ver cómo los tenistas les lanzan las toallas con displicencia, cuando darlas y recogerlas no es su cometido.

Y esos niños que solo deberían dedicarse a mover de un lado a otro las pelotas, y a recogerlas, se tienen que doblar a recoger las toallas del suelo, mientras algunos jugadores actúan como si fueran invisibles. Lo hace Djokovic, lo hace Del Potro, también Nadal, que en alguna ocasión, cuando su toalla acaba en el cemento y no en las manos del recogepelotas, se disculpa con la mano, y musita un "sorry".

Esas acciones, como las de apremiarles para que les den las pelotas, las de hablarles airadamente o las de darles sin querer un pelotazo, están tan arraigadas que a fuerza de verlas ya parecen normales. Hay, sin embargo, algo extraño en que algunos profesionales traten así a unos niños que mayoritariamente se acercan a las canchas por puro amor al juego, solo por estar cerca de quienes luego ni les ven o a veces directamente les vacilan, como hizo Del Potro en Wimbledon.

En un deporte lleno de manías, la de las toallas es solo una más: Agassi exigía tener una a cada lado de la línea de fondo, Courier una en cada esquina de la pista, Clement se negaba a cogerlas si no se las daban abiertas. Este tic, en cualquier caso, implica a unos secundarios con un papel que debería ser dignificado por los protagonistas principales de los partidos, jugadores generalmente amables y educados, que a fuerza de verlo desde niños ven normal el medieval ritual de tirarle a otro una toalla sudada.

El País

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