Paco Nadal >> El Viajero

16 jul 2008

La princesa rusa

Por: EL PAÍS

Tres días a bordo de un tren dan para mucho. Dan para relajarse. Dan para hacer amigos. Dan incluso para aburrirse, como ya empieza a pasarle a algún pasajero, que no viene mentalizado para este tipo de viaje o ha puesto las expectativas demasiado altas. Y dan por supuesto para encender la imaginación.
En un principio me pareció que a estas cosas elitistas solo venían parejas de jubilados americanos, de esos que comen a las doce, cenan a las seis y se van a dormir a las diez. Pero poco a poco voy descubriendo las peculiaridades del pasaje. Descubro a Roberto, un jubilado alemán que trabajó 40 años en la fábrica Carl Zeiss (la conversación se inició por la lente de mi cámara, que es de esa marca); viaja solo y es un enamorado de Andalucía. Descubro también a Inma y Andreas, española ella, alemán él, que van a casarse en la isla tailandesa de Ko Samui, pero han querido llegar a bordo de este tren porque les parecía lo más romántico que podían hacer antes de comprometerse (para vosotros, Inma y Andreas, que quizá nunca lleguéis a leer este blog, mis mejores deseos y deciros que sin vosotros este viaje no hubiera sido lo mismo). Y luego descubrí, más bien descubrimos, a la princesa.
Apareció de repente el día de la primera excusión a tierra. Alta, liviana, vaporosa, con un vestido de punto con tirantes de color naranja y verde y gorro y bolso a juego. Nadie se había percatado hasta el momento de ella. Su cara angelical, casi de niña, acrecentaba unos rasgos eminentemente eslavos; su piel era tan blanca y cerúlea que en algunos pliegues dejaba transparentar el malva de la venas. Las piernas largas y estilizadas podrían ser las de una bailarina; sin embargo, su espalda, algo musculada, parecía de una nadadora. Su porte ligero y elegante, casi de modelo, llamaba la atención entre aquel grupo de orondos jubilados. Si en aquel momento hubiera aparecido Mary Popins por la chimenea del tren no hubiera llamado tanto la atención como aquella enigmática y atípica joven.
Poco a poco el misterio de la pasajera solitaria ha empezado a ser la comidilla de un pasaje demasiado ocioso como para desaprovechar semejante ocasión de cotilleo. No aparenta más de 20 años y sin embargo viaja sola. Cambia de modelito tres o cuatro veces al día, cada uno apropiado para la ocasión (casual, si se trata de una excursión; traje de cóctel para la cena). Come y cena sola, nunca habla con nadie y apenas sale de su cabina. Cuando lo hace, se pasa horas mirando al infinito apoyada en la barandilla del vagón panorámico. Cualquier intento de los demás pasajeros por entablar conversación son finalizados por ella con unas frases amables pero inequívocas.
Antonio Alpañez, mi compañero de viaje, de fatigas y de documental, y yo hemos empezado a elucubrar sobre ella. Debe ser una princesa rusa, imaginamos, que viaja a Singapur para casarse con un rico hombre de negocios mucho mayor que ella; ella no lo quiere pero las familias (ambas poderosas) han acordado la unión. O no, a lo mejor es una bailarina del Bolshoi que viaja sola tratando de olvidar un desengaño amoroso. O?. Roberto, el jubilado alemán, que por lo visto es menos dado a la poesía que nosotros, cree que es la querida de algún mafioso ruso que le ha pagado este capricho para tenerla entretenida mientras él última unos negocios.
En fin, que en la vida he hecho un viaje tan literario como este. Estoy pensando en escribir una novela. De momento ya tengo el título: ?La princesa rusa del Orient Express?.

Hay 4 Comentarios

Hola Paco, encantada de saludarte;Leo tu post "La princesa rusa" y no puedo dejar de preguntarme: "¿Y no puede ser que esa joven sea, sencillamente, una periodista de viajes (como tú, pero en mujer), una turista a la que le gusta viajar sola, una escritora que se inspira viajando...?" En fin, cualquier cosa menos una princesa, una enamorada o una querida mantenida por un viejo ricachón. ¿Demasiados tópicos irreales, no crees? Y te lo digo con todo el respeto, que conste, pero es que de verdad que son un poco rancias las conclusiones a las que llegais sobre la procedencia de la chica.Con mi mejor intención.Anna

Me encanta viajar, adoro viajar, pero me falta tiempo... y sobre todo dinero! jejeSon tantos los paises que me gustaria conocer... aish! algún dia! :)

Y digo yo, qué hay que hacer para hacer lo que tú haces? O sea, disfrutar tantísimo, aprender, conocer gente y mundo y encima que te paguen por ello? Me parece uno de los mejores trabajos del mundo, la verdad!Muchas gracias por tu blog, en el que para los que estamos aquí todo el día pegados a una silla, nos hace por lo menos hacernos unos viajes virtuales bastante estimulantes.Yo estas vacaciones me voy a Grecia, a una zona que está a unos 300 km de Atenas y que se llama Pilio. Si has estado por allí podrías recomendarme algunos lugares a los que ir.

La descripción; la foto robada; el ambiente que la rodeaba, y vuestras miradas chismosas componen un conjunto atractivo. ¡Adelante con esa novela!. Son a veces esos momentos los que tienen la suficiente frescura como para inspirar algo bueno.Un abrazo.

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Sobre el autor

Paco Nadal

Paco Nadal es viajero-turista antes que periodista y culo inquieto desde que tiene uso de razón. Estudió Ciencias Químicas pero acabó recorriendo el mundo con una cámara y contándolo. Escribe en EL PAÍS sobre viajes y turismo desde el año 1992. Es también escritor y fotógrafo, colabora con la Cadena Ser, además de presentar series documentales en diversas televisiones.

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El cuerno del elefante, un viaje a Sudán

Un relato trepidante por unos de los destinos menos turísticos y más inseguros del mundo. Un viaje en solitario lleno de emoción y melancolía a lo largo de una región azotada por constantes guerras y conflictos étnicos. Un viaje plagado de sentimientos que consigue conectar al lector con los sufrimientos y las esperanzas de África.

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