Paco Nadal >> El Viajero

EL CRUASÁN CON HUMO
El incauto viajero ha vuelto a casa. Es feliz por el reencuentro con las cosas que le son cercanas, conocidas, cómodas... como por ejemplo bajar al bar de la esquina a desayunar el típico café con cruasán....¡ENVUELTO EN UNA NUBE DE HUMO!
En serio, lo pregunto sin acritud para los fumadores (la culpa es del gobierno que hizo una mierda de ley ambigua): ¿por qué es imposible tomarse un café con leche y un cruasán en España sin estar rodeado por una nube de humo? ¿Por qué no hay manera de desayunar o tomarse una copa sin que luego tu armario huela como una cigarrera aunque tu no hayas fumado en tu vida?

El viajero incauto vuelve, es un decir, de un país tan latino y supuestamente indisciplinado como el nuestro, Italia (para que luego no digan que pongo ejemplos imposibles como Suecia o Noruega) y resulta que allí SI te puedes tomar en capuccino sin humo. Vuelve, es otro decir, de países supuestamente más violentos e ingobernables que el nuestro, como Colombia, ¡ostras! y allí no se fuma ni en las terrazas al aire libre si tienen toldo (y la gente lo respeta). Vuelve, es un decir, de un país supuestamente más atrasado que nosotros y más meapilas, Irlanda, ¡otro ostras! y allí tampoco se fuma en lugares públicos, ni siquiera en los pub.
¿Y aquí? ¿Somos tan "different"? ¿No hay nadie que caiga en la cuenta de que el 90% de los bares españoles son tugurios insalubres llenos de humo que no puede ser bueno para la salud de nadie, menos aún de los que trabajan allí dentro ocho horas?
Reconozco que soy un tocapelotas (o defiendo mis derechos de no fumador) y cada vez que entro en un restaurante al que le calculo más de 100 metros cuadrados pregunto dónde esta la zona de no fumadores. La inmensa mayoría responde que no la tiene. Y cuando repregunto que por qué no la tienen me responden: "bah, como nadie se queja"
Joder, pues quejémonos. O que los que nos gobiernan hagan leyes que se puedan hacer cumplir y no brindis al sol. Que tampoco es pedir la luna.
PD: Y no digo nada de lo de Esperancita (Aguirre, nuestras excelsa jefa de espias, perdón, de la Comunidad), rebajando las normas de la ley antitabaco y poco menos que incitando a los hosteleros a saltarsela a la torera porque es una ley del rojo-masón de Zapatero. Todo vale con tal de joder al enemigo, aunque sea a costa de la salud de los madrileños. Eso solo pasa en este país nuestro. Lo juro.

17 mar 2009

De Salento a Filandia

Por: EL PAÍS

Este es el último post que escribo sobre Colombia. Ya estoy de vuelta en España, pero no quería terminar el viaje sin enseñaros el pueblo más bonito del eje cafetero: Salento. En general toda esta zona cafetera es más de paisaje que de ciudades; las tres capitales (Pereira, Armenia y Manizales) son ciudades modernas y grandes, sin demasiados atractivos turísticos. Pero perdidos entre las montañas y los cafetales quedan todavía algunos pueblos encantadores, como este de Salento, en el departamento del Quindío. O la cercana Filandia (así, sin n), que aunque más transformada también guarda excelentes ejemplos de arquitectura tradicional antioqueña.
La Semana Santa de Salento es famosa en toda Colombia y las calles se pone a reventar de visitantes. La mejor vista del pueblo la teneis desde el mirador del Viacrucis, desde donde está tomada la foto de la izquierda.

Lo primero que os llamará la atención de Salento son los colores vivos y chillones, casi del parchis, de las viviendas. Viene de una tradición muy práctica: si eras del partido conservador pintabas tu casa de azul y blanco; si eras del liberal, la pintabas de rojo y blanco. Y si eras neutral, de naranja. Ásí se evitaban discusiones absurdas y pérdidas de tiempo innecesarias: cada cual sabía de qué palo iba el vecino. Y si eras de un partido ni si te ocurría entrar a una casa pintada con los colores del rival.
Hoy Salento es un pueblo tranquilo, coqueto y turístico, con una calle Real llena de fachadas coloridas y de tiendas de artesanos que trabajan la guadua, el bejuque, la plata... En la plaza hay vida a todas horas: ancianos tocados con el gorro aguadeño que dejan pasar el tiempo como los jubilados de todo el mundo, jovencitas vesidas como las adolescentes de todo el mundo, paisanos que juegan a las cartas o al billar, chapoleras que van y viene de los cafetales. Vida auténtica en un pais fascinante, complejo, lleno de gente amable que lucha por quitarse de una vez por todas ese sambenito de la violencia.

12 mar 2009

Un máster con Juan Valdez

Por: EL PAÍS

Me viaje por Colombia está a punto de terminar, pero aún me queda que visitar una última región para un reportaje que me ha pedido una revista femenina: el eje cafetero. Así llaman los colombianos a un triángulo montañoso en la cordillera occidental entre las ciudades de Armenia, Pereira y Manizales donde se cultiva, dicen, el mejor café de Colombia, con permiso de Antioquia, claro.
Después de tantos días en el ambiente selvático del Amazonas me resulta chocante encontrarme de repente en un paisaje radicalmente distinto, domesticado y modelado por el hombre. Un escenario de suaves colinas con interminables plantaciones de café, tan perfectas y alineadas que parecen hechas con tiralíneas. Siempre salpicadas por plataneras, ya que ambos cultivos se complementan.
De momento, llevo hecho un máster en café: me lo se todo. El mejor café crece entre 1.200 y 1.600 metros. La variedad más cara y apreciada en el mundo es el suave colombiano, que solo se produce aquí, además de en Kenia y en Tanzania. Un café es como el vino, tiene aromas a jazmín, a miel, a melocotón, a vainilla.... Lo más importante de un buen café es... ¡un buen agua!. En Colombia se producen anualmente 11,6 millones de sacos de 60 kilos ... En fin, ya os digo, todo un doctorado en Juan Valdez.
Pero de momento lo que más me ha sorprendido es que muchas haciendas cafeteras ofrecen también alojamiento rural. Anoche me quedé en una que se llama Hacienda Combia, cerca de Armenia, que tiene más de 125 años de antigüedad. Es la de la foto de abajo. Se alza sobre una colina que domina un paisaje infinito y perfecto de cafetales; no tiene ningún lujo pero es tan auténtica que no lo necesitas. La atiende personalmente doña Teresita, la dueña, que gestiona la propiedad junto con su hijo Manuel desde que hace seis años se quedó viuda. Me cuenta que como otros muchos industriales cafeteros del eje decidieron diversificar al negocio del turismo tras la crisis del 2000, en la que los precios del café se hundieron tanto en los mercados internacionales que se hizo materialmente imposible sostener la hacienda solo con los ingresos tradicionales.
El cansancio empieza a acumularse. Llevo ya muchos días dando tumbos por Colombia. Así que en cuanto llegué, coloqué las cámaras en mi cuarto, me tumbé en esa hamaca de la foto y dejé que pasaran las horas viendo como un sol enorme, cual doblón de oro, se acostaba sobre los cafetales del Quindío. Fue uno de los momentos más placenteros del viaje.

11 mar 2009

El tarzán del Amazonas

Por: EL PAÍS

El día que llegué al hotel de Leticia me cruce en la recepción con un curioso personaje. Vestía pantalón corto y camiseta ajustada a una caja torácica digna de el increíble Hulk. Llevaba un pedazo de machete al cinto que ni Cocodrilo Dundee y melena a lo Tarzán. Piel tostada y apariencia de atleta aunque a todas luces frisaba la edad de la jubilación. Luego, paseando por la ciudad, vi en tiendas y restaurantes varios póster en los que aparecía el mismo sujeto con una anaconda enrollada al cuello, como le gustaba hacer a Miguel de la Cuadra Salcedo.
"¿Cómo que quien es?", me respondió perplejo el camarero cuando pedí información sobre él. "Pues Kapax, señor, el Tarzán del Amazonas".
Kapax se llama Alberto Lesmes Rojas y es todo un personaje en Colombia por sus hazañas en los ríos amazónicos y por su lucha en defensa de la naturaleza. Se hizo famoso en 1976 cuando con 28 años recorrió a nado 1.700 kilómetros del río Magdalena, el principal cauce de Colombia, que desemboca en el Caribe, durante un mes y siete días para llamar la atención de sus conciudadanos sobre la polución y la degradación a la que el hombre estaba sometiendo a los ríos.
Todo esto me lo contó él mismo mi último día en Leticia, sentados en la barra de un bar. Yo pedí una cerveza y él un wiskhy, aunque apenas era las 12 del mediodía; el camarero le puso un vaso de agua y dijo: "Este es mi wiskhy, no bebo otra cosa". Kapax es un personaje enternecedor y curioso. Tiene 61 años y trabaja ahora como guía para una conocida empresa turística colombiana. Nació en Puerto Leguizamo, una aldea perdida en la selva a orillas del río Putumayo. A los 8 años su padre los abandonó. El creció viendo películas de Tarzán en blanco y negro en el cinematógrafo de su pueblo; se quedó tan fascinado por las cabriolas y volteretas que veía hacer en la pantalla a Johnny Weissmüller que luego se iba al Putumayo y repetía todo lo que veía hacer a su héroe. Así fue como termino por mimetizarse con el personaje de ficción. Y empezaron a llamarle el Tarzán del Amazonas.
Kapax no tiene estudios ni preparación académica alguna, pero da charlas por los pueblos y aldeas tratando de concienciar a los niños de que hay que salvar los ríos y los bosques. En el 2000 volvió a repetir la hazaña y nadó los 80 kilómetros de Amazonas que separan Puerto Nariño de Leticia. Y os aseguro que una vez que has visto los remolinos y la profundidad del río en este tramno (60 metros) amén del catálogo de bichos con dientes, colmillos o aguijones que habitan en sus profundidades no te acercas a la orilla ni para lavarte la cara. "Me siento muy seguro en la selva, atacar solo atacan los hombres, esos si que son peligrosos", asegura.
"¿Y que le dice a los niños en las charlas?", le pregunto al final. "Que viajar es vivir".
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PARA ILONA
Esta es la Victoria Regia, o Victoria amazónica, la flor de los nenúfares gigantes, el mayor lirio de agua que existe. Una leyenda ticuna dice que una hermosa niña llamada Victoria se escapo de su poblado a orillas del Amazonas. Cuando la encontaron sus afligidos padres se había ahogado en el río y del agua solo sobresalía una mano, que de repente, se convirtió en una hermosa flor. Por eso la llamaron Victoria Regia. Un beso. Regio.

10 mar 2009

Andando por las ramas

Por: EL PAÍS

Canopy es un palabro inglés que hace referencia a la canopia, el dosel de la selva; es decir, el conjunto de copas de los árboles. Que aquí en el Amazonas suele estar a unos 35 o 40 metros de altura. Como un edificio de 10 pisos, para hacernos una idea.
Los primeros que se dieron cuenta de que aquí en el dosel se desarrollaba otra vida muy diferente y en paralelo a la de la superficie de la selva fueron los biólogos. Fueron quienes inventaron un sistema de cuerdas, pasarelas y poleas para subirse hasta el piso superior de este supermercado de la biodiversidad a fin de estudiar de cerca la flora y la fauna que vivía por estas alturas.
Como a todo se le puede buscar la vuelta, a alguien se le ocurrió utilizar ese invento con fines lúdicos. Y así surgió el canopy turístico. Os podéis imaginar en qué consiste: mediante un sistema de cables de acero y pasarelas de madera se invita al sufrido turista a abandonar la placidez de suelo para el que fue diseñado por el Creador o por quien quiera que nos haya hecho para subirse a un árbol de 35 metros de altura y desde allí, cual mono o cual Tarzán, ir saltando de copa en copa mediante tirolinas y lianas. ¡chupao!
La verdad es que el invento es divertido y muy original. Ver el Amazonas desde esta azotea es verlo desde un punto de vista soberbio, solo apto para los pájaros o las ardillas. El manto uniforme de copas de árboles se extiende hasta el infinito mientras que allá en la superficie, en los bajos comerciales de este rascacielos de madera, se intuyen los arroyos, los senderos y los arbustos como si fueran de miniatura.
Además es muy seguro. Vas siempre sujeto a una cuerda de seguridad y por mucho vértigo que tengas no te puede pasar nada. Las fotos están hechas en el canopy de la reserva de Tanimboca, 12 kilómetros al interior de Leticia. El guía que me acompaña (siempre vas con dos o tres guías, que son los encargados de colocarte arneses, cuerdas de seguridad, etc.) me dice que aquí arriba los animales e insectos que puedes ver son diferentes a los de abajo.
-"Por ejemplo, aquí viven los zancudos, los que transmiten la malaria, que aprovechan los reservorios de agua de las bromelias", me dice.

-"¿Quieres decir que algunos de estos cientos de mosquitos que ahora mismo tratan de agujerearme el cuerpo igual es un anopheles?", le pregunto asustado -
-"No creo", es su intranquilizadora respuesta. "Esos solo salen por la noche"
-"Vale, colega. Pues acelera que ya es casi mediodía, no nos vaya a salir la luna por estas alturas", le contesto mientras me lanzo en busca de la siguiente tirolina.
Moraleja: si ves una instalación de canopy, aprovecha para vivir una experiencia diferente aunque creas que tienes vértigo. Al fin y al cabo es más fácil morir allí arriba de malaria que de politraumatismos por una caída.

09 mar 2009

Planeta Agua

Por: EL PAÍS

Es temporada de lluvias en el Amazonas colombiano. O temporada de invierno, como dicen ellos. Un invierno de 32 grados, por supuesto, pero donde a diferencia del verano, llueve copiosamente casi todos los días.
Desde finales de febrero el gran río va recogiendo a diario millones y millones de metros cúbicos procedentes de sus afluentes y va engordardo hasta subir más de 14 metros de nivel. Entonces las orillas de la selva se anegan y los poblados ribereños se convierten en piscinas de aguas marrones. Por eso las casas están construidas sobre pilotes de madera, como los palafitos.
Es domimgo por la tarde y desembarco en Puerto Nariño, la segunda gran localidad de la ribera colombiana, a unos 80 kilómetros aguas arriba de Leticia. El Amazonas se ha desbordado inundando las calles más cercanas al cauce, incluido el polideportivo municipal. Pero esto, lejos de ser un problema, es motivo de regocijo.

Toda la chiquillería del pueblo se ha reunido esta tarde ociosa y de agradable temperatura para disfrutar de un improvisado partido de fútbol acuático en el campo encharcado. Desde los más pequeños hasta las adolescentes vestidas a lo Britiney Spears, todos parecen disfrutar de una situación que en otro lugar del mundo espantaría a los padres y les obligaría a encerrar a sus hijos en casa.
Pero el Amazonas es un universo acuoso. Aquí se vive del agua y en el agua. El agua es la fuente de vida, el medio de transporte, el sustento económico. El agua se bebe, se usa para cocinar, es el cuarto de baño y la despensa. No es una arcadia feliz ni un canto al mito roussoniano del buen salvaje: las comunidades indígenas del Amazonas tienen severos problemas en un mundo globalizado, como la aculturización, la falta de trabajo para los más jóvenes, la pérdida de tierras... Pero en esta tarde de domingo agradable y soleada, mientras los jóvenes de Puerto Nariño juegan un partido de fútbol-waterpolo, el Planeta Agua parece un lugar mágico, ajeno a esos problemas, un mundo líquido donde se podría ser siempre feliz.

07 mar 2009

El corazón de las tinieblas

Por: EL PAÍS

El Amazonas es un mundo bidimensional. Enorme, gigantesco, casi inabarcable, sí. Pero solo en dos planos. Voy remontando el río desde Leticia hacia el parque nacional Amacayacu, una de las mejores excursiones que se pueden hacer en la amazonía colombiana. Y durante todo el trayecto me asalta la sensación de que hemos perdido una dimensión, porque todo se reduce a tres líneas horizontales e infinitas, como un bucle sin fin: abajo, la franja marrón del agua achocolatada del río. En medio, otra verde y delgada: la selva impenetrable. Y arriba: una cenefa blanquizaul de nubes y cielo.
Y así hasta el infinito. El paisaje del Amazonas visto desde aquí dentro es soberbio pero tremendamente repetido. Puedes navegar horas, días, semanas... y ante tus ojos siempre se abre el mismo lienzo continuo: marrón, verde, blanquiazul. Mires para donde mires. Navegues el tiempo que navegues. Comprendo la locura en la que se sumían los primeros exploradores occidentales de estos ríos. Mientras navego, acodado en la borda de la embarcación, me acuerdo de Joseph Conrad y del corazón de las tinieblas, en otro río, éste africano, pero tan soberbio y claustrofóbico como el Amazonas. Imagino las penalidades de Francisco de Orellana, me acuerdo también de Lope de Aguirre, de Pedro de Ursúa, de Klaus Kinski, de Fitzcarraldo, de Ramón J. Sénder... hasta que un doloroso picotazo en el brazo me saca del ensimismamiento literario. El Amazonas es también un sitio lleno de todo tipo de seres - cuanto más minúsculos más peligrosos - dispuestos a chuparte la sangre a menos que te reboces en repelente.. y aún así, algunos perseveran.
El parque nacional Amacayacu ocupa el 75% del territorio colombiano en este trapecio amazónico de las tres fronteras. No es solo una zona de protección de la naturaleza, también es un área cedida por el gobierno colombiano a las comunidades indígenas ticuna originarias de esta zona del Amazonas, donde pueden aún vivir de acuerdo a sus costumbres ancestrales y en las que está prohíbido el asentamiento de colonos.
Si quereis vivir la experiencia de pasar una noche en el corazón del Amazonas, oyendo los ruidos de la selva pero disfrutando también de uno de los silencios más fascinantes del mundo, os recomiendo quedaros a domir alguna noche en las cabañas que tienen en el centro de visitantes del parque sobre unas plataformas en el río. Hay habitaciones dobles con camas y otra múltiples con hamacas y mosquiteras. Una experiencia mística que vale la pena vivir una vez al menos en la vida.

05 mar 2009

Tres fronteras y un solo río

Por: EL PAÍS

Deambulo por Leticia, la capital de la amazonía colombiana, como quien pasea por un pueblo de frontera, hecho a la avalancha. Es una ciudad moderna y anodina, de casas bajas y calles cuadriculadas sin mayor atractivo arquitectónico. Hay varios hoteles, algún buen restaurante con pescado de río y un montón de motos. Su verdadero atractivo es su ubicación y su condición de puerta de acceso al corazón de la selva. Leticia cuenta con unos 35.000 habitantes que viven de la pesca, del comercio y cada vez más, del turismo. Hay un mercado de productos locales bastante animado y un malecón recién inaugurado que se asoma a la inmensidad del Amazonas.
Y poco más. Por la tarde me voy hasta la frontera con Brasil, que debe de ser la frontera más permisiva del mundo: no hay ni guardas ni barreras ni control alguno. Por no haber no hay ni línea fronteriza. Simplemente vas por una calle y de repente, ya no estás en Colombia. Estás en Tabatinga, estás en Brasil.
Tabatinga es también otra ciudad de colonización, de frontera. Más caótica, sucia y desordenada que Leticia, pero con una intensa vida comercial. Cuatro barcos semanales la unen con Manaos y en ellos llegan mercancías de todo tipo mucho más baratas que por el lado colombiano, que han de ser transportadas en avión. Así que todos los productos perecederos, alimentos, bebidas o ropas que se consumen en Leticia llegan por Tabatinga.
Me hace ilusión haber vuelto de repente y sin quererlo a Brasil. Y me voy al puerto de Tabatinga a ver atardecer y tomarme una "cerveja bem gelada" para celebrarlo. A esta hora del crepúsculo el pantalán es un hervidero de gente que va y viene con los más dispares motivos y cargando los más dispares bultos. El barco que saldrá al amanecer hacia Manaos está amarrado en el puerto, completando su carga de mercancías y de pasajeros. Les llevará tres días y medio a bordo de esta chatarra flotante y en hamacas sobre la cubierta alcanzar la capital de la Amazonía brasileña. Pero no hay otra cosa. Por este lado tampoco hay carreteras.
Mientras me termino una Skol bien fría (Brasil es, si exceptuamos México, el país del mundo donde te ponen las cervezas más frías), los rayos de sol se pliegan sobre el Amazonas y el escenario se convierte en una orgía de colores dorados y almagres. Debe de haber pocos atardeceres tan hermosos como los del Amazonas. Quizá solo los del Mekong. Incluso el blanco sucio y los ronchones de óxido del casco de la nave que va a Manaos parecen pan de oro con esta luz mágica. Las siluetas de las piraguas se recortan sobre los brillos del río como sombras chinescas. Hay gente sentada como yo, bebiendo cerveza; otros están asomados a la barandilla, con la mirada pedida en el gran río. Otros pasean cogidos de la mano y los niños saltan y juegan como en cualquier parte del mundo. Solo que esto no es cualquier parte del mundo. Es el rincón más perdido del mundo. Conectado con el resto del planeta por el cordón umbilical del río más grande y traicionero del mundo.
Imagino que Macondo debía de ser un sitio muy parecido a este. Aunque sin la estridente música que chirría en los altavoces del chiringuito y rompe la magia del momento. Pero ya lo dejó escrito Billy Wilder: "nadie es perfecto".


03 mar 2009

Las dos Cartagenas

Por: EL PAÍS

La vieja Cartagena de Indias está construida en una de las bahías más espectaculares e intrincadas del Caribe. No me extraña que Pedro de Heredia, el conquistador español al que se le atribuye la fundación de la ciudad en 1533, eligiera este sitio por su facilidad de defensa. Pero al viajero que llega por primera vez a Cartagena de Indias le cuesta entender la topografía de este laberinto de penínsulas, radas, senos y ciénagas sobre las que se asienta la ciudad amurallada. Solo ve agua por todas partes y puentes que unen tierras emergidas, que nunca sabes si son islas, penínsulas o tierras ganadas al mar.
Por eso es imprescindible subir hasta el monasterio de la Popa, un convento levantado por misioneros españoles hacia 1607 en un cerro que domina la bahía, para desde aquí comprender la privilegiada posición de la ciudad, protegida por el mar Caribe al norte y por un laberinto de ensenadas al sur y al oeste que hacían fácil la instalación de baterías de costa y muy difícil el asalto por mar.
Pero desde el cerro de la Popa se ven muchas cosas más. Se ve al norte la ciudad vieja amurallada, el puerto, el nuevo palacio de congresos y la zona de Manga, con sus ricas mansiones y edificios de apartamentos para clases pudientes; aquí vive el 30% de los habitantes de Cartagena. Si nos giramos 180 grados y miramos hacia el sur se ve en cambio un tapiz interminable de casitas bajas e infravivendas de chapa y tablones de madera en torno a la Ciénaga de la Virgen donde vive (o malvive) el otro 70% de la población, buena parte de ella en una extrema pobreza.
Es la cara y cruz de todas las grandes urbes sudamericanas. La manifiesta desigualdad entre una reducida clase pudiente y una gran masa de pobres que afecta no solo a Colombia sino a toda Latinoamérica. La gran tarea pendiente de un sistema político y económico que en todo el continente no ha sabido o no ha podido crear esa gran capa de clase media que sirva de colchón social y económico para la estabilidad de estos países. Y nosotros los turistas, con demasiada frecuencia, nos dejamos apabullar solo por la fachada monumental de estas ciudades sin rascar un poco en lo que hay detrás.
De vuelta a Cartagena paro en la fortaleza de San Felipe, una de las construcciones militares más soberbias del Caribe. Cae un sol de justicia y se agradece que los ingenieros que lo levantaron entre 1630 y 1652 lo llenaran de túneles y pasadizos, por los que ahora se circula más fresco que por sus almenas. Luego aprovecho el atardecer para ir hasta el Café del Mar, sobre otro de los baluates que cierran la muralla por el norte. Y al final - lo reconozco - hago lo que hacen todos los turistas. Disfruto de la puesta de sol, disfruto del paisaje, disfruto de una ciudad hermosa a orillas del mar Caribe. Aunque a mi espalda, tras el cerro de la Popa, se abra otro mar, pero éste de barro, chapa y cartones.

02 mar 2009

Cartagena de Indias

Por: EL PAÍS

He dejado atrás ya las islas del Caribe y me dirijo hacia la otra esquina de Colombia, hacia el Amazonas. Pero aprovechado que mi avión hacia escala en Cartagena de Indias me he quedado un día en la ciudad más famosa y más turística del país.
Cartagena es ? en mi opinión ? una de las tres joyas coloniales del Caribe, junto con San Juan de Puerto Rico y La Habana Vieja. Como ellas, es una ciudad mágica de palacios e iglesias, de buganvillas y balcones, de patios frescos y ventanas con celosías de madera, de murallas y baluartes que igual podría estar aquí en el Caribe que en Extremadura o en Andalucía.
Pero a diferencia de otras ciudades coloniales, Cartagena (que oficialmente ya no es de Indias) no se articula en torno a una gran plaza mayor monumental, soberbia, altiva, como solían planificar los urbanistas de la corte española. No. La vieja Cartagena es más bien una ciudad de muchas pequeñas plazas, todas con su impronta y su personalidad, pero sin llegar a descollar la una sobre la otra. Incluso la catedral, en vez de presidir ese espacio magnánimo que no existe, se levanta en una esquina de una calle no más grande que otras, como si no quisiera llamar demasiado la atención en una ciudad a la que le sobran motivos de orgullo. La plaza de Santo Domingo intenta ser esa plaza mayor ausente: tiene el ambiente pero le falta monumentalidad y le sobra un edificio de apartamentos más moderno que chirría en uno de sus laterales. La de Bolívar es coqueta, sombreada, una plaza para el paseo y la tertulia, pero le faltan medidas, ambición. Y la plaza de los Coches es un puro teatro urbano intensamente cartagenero, sobre todo cuando cae la tarde y las terrazas y los bancos se llenan de gente, de jubilados que dejan pasar el tiempo, de predicadores y vendedores, de turistas y de estudiantes que van y vienen. Pero es una plaza de paso, el atrio de entrada al cogollo de la ciudad antigua.
Sin embargo, y a diferencia también de otras ciudades monumentales tan reconstruidas que han terminado por ser museos de cartón piedra, Cartagena de Indias es una ciudad viva, vibrante, en la que la población local aún vive, trabaja, ama, llora, estudia, comercia? Una ciudad que se llena todas las mañanas de turistas, sobre todo si ese día llega un crucero, pero cuyos tiempos los marca aún la población autóctona.
Por la mañana temprano las calles huelen a rocío, a arepa e'huevo y suero costeño y los sonidos son los de los comercios que abren, los de los repartidores que llegan con las mercancías. Luego empiezan a aparecer turistas en bermudas y camisetas de tirantes, y se confunden con el bullicio de las calles atestadas de tenderetes de comida, de ropa, de zapateros remendones y limpia ollas? con los vendedores ambulantes de minutos para el celular, con las palenqueras que venden dulces de coco y yuca con sus faldas de amplios y coloridos vuelos. Después, con el sopor de mediodía la vida local se esfuma y solo quedan turistas incautos y sudorosos por las calles calcinadas por un sol de plomo. Y más tarde, cuando la temperatura remite y las sombras se vuelven a apoderar de sus calles coloniales, la vida vuelve, vuelve el comercio, vuelven los estudiantes de la cercana Universidad Pública, los enamorados, los paseantes, los jugadores de dominó? Y la vieja Cartagena cobra de nuevo el pulso de una urbe amurallada llena de palacios, conventos, iglesias y más de 500 años de grandezas y miserias a sus espaldas.


El Viajero: Guía de Viajes de EL PAÍS

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Sobre el autor

Paco Nadal

Paco Nadal es viajero-turista antes que periodista y culo inquieto desde que tiene uso de razón. Estudió Ciencias Químicas pero acabó recorriendo el mundo con una cámara y contándolo. Escribe en EL PAÍS sobre viajes y turismo desde el año 1992. Es también escritor y fotógrafo, colabora con la Cadena Ser, además de presentar series documentales en diversas televisiones.

Último libro

El cuerno del elefante, un viaje a Sudán

El cuerno del elefante, un viaje a Sudán

Un relato trepidante por unos de los destinos menos turísticos y más inseguros del mundo. Un viaje en solitario lleno de emoción y melancolía a lo largo de una región azotada por constantes guerras y conflictos étnicos. Un viaje plagado de sentimientos que consigue conectar al lector con los sufrimientos y las esperanzas de África.

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