Paco Nadal >> El Viajero

19 may 2009

Delicias del Loira

Por: EL PAÍS

Como buena región francesa, en el Loira se come muy bien. He descubierto bistrot y brasseries sencillas y cálidas en casi todos los cascos históricos de los pueblos por los que he pasado (una de ella, el Café de la Place, en Saumur). Con una ambientación acogedora (para mi tan importante es la cocina como la iluminación para que un restaurante me llene) y excelente menús a precios similares a los de España.
Pero si he de citar una singularidad es la cantidad de recetas que existen "al Cointreau". ¿Sabíais que el Cointreau se inventó en Angers, en el valle del Loira? Pues yo no los sabía hasta que vine por aquí. Hay hasta un museo de este licor en Angers, de donde era la familia original. El de la foto es el celebérrimo soufflé glacé au Cointreau, el postre nacional de la región del bajo Loira. En cada restaurante le dan un toque personal, pero en general está siempre para chuparse los dedos. Hay todo un mundo de la haute cousine française en torno a este licor: magret de canard rôti au Cointreau, filet de Sandre au berre de Cointreau, compote de rhubarbe parfumée au Cointreau... Vamos, que venir a Francia y comer mal no es un error.... ¡es un pecado!. Han publicado incluso un folleto de cocina de 36 famosos cocineros del Loira con todas estas recetas "au Cointreau". Lo podeis ver en esta web.

18 may 2009

De vinos y de vizcondesas

Por: EL PAÍS

Cuando pedaleas a lo largo del Loira te das cuenta de que además de castillos lo que hay son muchas bodegas. Una conclusión de perogrullo si pensamos que estoy en Francia. Solo en esta región de Anjou, que comprende cinco departamentos, existen 29 comarcas con Denominación de Origen propia.
Llevo varios días atravesando viñedos, viendo carteles que anuncian bodegas y viticultores que ofrecen venta directa y degustación de sus productos. Hasta que me decido a visitar una. En la oficina de turismo de Angers me dan una dirección: Château des Vaults, una pequeña bodega familiar en la D.O. Savennières, que me pilla de paso en mi último día de viaje en dirección a Nantes.
La "pequeña bodega familiar" resulta ser un espectacular palacete (en francés un châtetau no es necesariamente una fortaleza militar, es también lo que nosotros llamamos un mansión nobiliaria o pequeño palacio) del siglo XV reformado en el XVIII rodeado de cinco hectáreas de jardines y bosques y un lago privado. Me recibe una señora encantadora y de maneras exquisitas que me enseña sus viñedos, me dice que es una empresa de mujeres porque la dirigen ella y su madre, me habla de la importancia del suelo de roca volcánica de la región para el sabor especial de los vinos de Savenniéres, me cuenta que solo se usa uva Chenin, que produce unos blancos deliciosos y con mucho carácter y luego me acompaña a un salón de la mansión para hacer una cata. El Clos du Papillon del 2003, la joya de la bodega, me parece espectacular. Me regala una botella (que por cierto, con la mala cabeza que tengo, luego me la dejé olvidada en el hotel; perdón, Evelyne).
Luego al despedirnos, me da su tarjeta de visita. Lo normal en este tipo de tarjetas es que ponga, "fulanito de tal, gerente", o zutanita de tal, enóloga". En esta pone, "Evelyne, vizcondesa de Pontbriand". ¡¡¡Ah, la Grandeur de la France!!!

17 may 2009

Un castillo negro y una reina Blanca

Por: EL PAÍS

He pasado por Angers, una de las ciudades históricas del valle del Loira, aunque en realidad está a orilla del río Maine, muy cerca de donde éste desemboca en el Loira.
Ésta es otra de la cosas que más me está llamando la atención de este viaje. Todos queremos venir a ver los castillos del Loira, hablamos de los castillos del Loira. Pero solo un 10% de sus famosas fortalezas está a orillas del Loira. Los más fotogénicos (Chenonceaux, Chambord, Angers...), están en afluentes, y no en el cauce principal.
El castillo de Angers es el abuelo de todos los demás. Por eso tiene más aspecto de fortaleza que de palacio de hadas (o de nobleza rica y despreocupada que no sabe que les va a caer encima una Revolución). Curiosamente lo mandó construir en 1230 una reina española, Blanca de Castilla, viuda de Luis VIII, para defender su reino de los bretones. Como tenía prisa (por lo visto los bretones son gente que no se hace de esperar) en vez de usar la piedra blanca real de la que hablaba en el otro post, más molona pero más cara y lenta de preparar, usó pizarra negra, más basta pero más barata, ya que la hay a patadas por toda esta región de Anjou.
Por eso el castillo de Angers, con sus poderosas murallas y sus 17 torres, es de color negro. Si pensamos que, pese a sus gigantescas proporciones, se construyó en solo 10 años, coincidiréis conmigo en que habría que resucitar a Blanca y nominarla para ministra de Transportes (a ver si así termina pronto el AVE a Murcia, hombre).
Sobre sus ásperas murallas despuntan los esbeltos campanarios de la catedral de Angers. Dos agujas góticas blancas y livianas que contrastan con la maciza y amenzadora piedra de un castillo negro construido por orden de una reina Blanca.

13 may 2009

Unos castillos de Exin Castillos

Por: EL PAÍS

Siempre me llamó la atención lo blancos y lustrosos que se ven los castillos del Loira en las fotos. Es como si les hubieran sacado brillo. De perfectos que lucen parecen aquellos Exin Castillos (enlace para los más jóvenes que no saben lo que es porque nacieron ya con la playstation) con los que jugabamos de pequeños o, lo que es peor, como esos enanitos y fuentes hortera de piedra artificial con los que ahora se decora el jardín de chalét adosado.
Hasta que por fin me he enterado del por qué. Buena parte de esta comarca está formada por un depósito de toba caliza, una roca sedimentaria que se creó hace millones de años en el fondo del mar, cuando el océano aún ocupaba estas tierras. Es una piedra de un extraordinario color blanco-amarillento, múy fácil de cortar y trabajar cuando está húmeda y que sin emabrgo, al secarse se convierte en un material duro e impermeable.
Desde hace siglos, esta es la piedra que se utiliza para construir iglesias, catedrales, mansiones y castillos en el Loira. Se corta en bloques paralelepídos, se sumerge durante un tiempo en el río para quitarle las sales y hacerla más maleable, luego se transporta en barco hasta cualquier lugar del valle.... y ¡hala! a construise un castillo. Tan de Exin Castillos como el de la foto, la fortaleza de Montsoreau, que de blanco que luce parece de cartón piedra.
Es la misma técnica que utilizan todavía las escuelas-taller de la zona para restaurar monumentos y edificios históricos. Aunque.. qué queréis que os diga...hacerse un castilo de 50 habitaciones a golpe de serrucho cortando la piedra como si fuera plastilina.... no sé.. ¡Casi me quedo con lo de periodista, aunque esté mal pagado!

13 may 2009

Mejor, la de cicloturismo

Por: EL PAÍS

La primera vez que hice un viaje en bicicleta fue por Austria, a lo largo del Danubio. 350 kilómetros desde Passau, en la frontera con Alemania, hasta Viena. Cruce media Europa con mi coche y dos bicis de montaña cargadas en la baca (la mía y la de mi chica; siempre preocupados por que no nos las robaran cuando dejábamos el coche aparcado) solo para comprobar la estupidez de hacer un carril bici pavimentado con ruedas de 26 pulgadas y tacos que se pegan al asfalto como ventosas. Volví a repetir la misma sandez al año siguiente, para hacer Holanda en bicicleta. Pero por "fortuna" nos robaron las dos bicis de montaña y el candado de megaseguridad con el que estaban amarradas nada más llegar a Amsterdam (en Centroeuropa tambien roban). Para no quedarnos sin vacaciones, alquilamos allí dos bicis de cicloturismo y descubrimos que se viaja mejor por estos sitios con una bici de paseo que con las de montaña. Nunca más volvimos a llevar las nuestras.
Dicho esto, si quereis hacer el Loira en bicicleta, ni se os ocurra traeros la de montaña: son incómodas y poco efectivas para este tipo de viajes. Es muy fácil alquilar bicis de cicloturismo en cualquier ciudad; las principales oficinas de turismo (Orleans, Tours, Nantes, Angers, Saumur...) ofecen este servicio a precios mas que razonables. Te las dan con portaequipajes, bomba y parches y están en muy buen estado. Muchos hoteles incluso las alquilan a sus cli;entes, les llevan (pagando, claro) el equipaje a la siguiente ciudad o les facilitan información para hacer rutas circulares y volver cada noche al mismo alojamiento.
Además, la mayoría de kilómetros se hacen por pequeñas carreteras locales de asfalto, con poco tráfico. Solo un 30% de la ruta es por carril-bici construido exclusivo para dos ruedas. "Le Loire á veló" no es un carril exclusivo para ciclistas, es más bien una sucesión de caminos y pistas, poco transitados, pero que se comparten con los coches. Esto puede ser un problema para venir con niños muy pequeños.
La señalización es excelente. Hay carteles metálicos blancos y verdes en ambas direcciones, y salvo contadas ocasiones, es difícil extraviarse. Si quieres puedes incluso alquilar en las oficinas de turismo la Cyclopedia, un GPS con los mapas de la ruta que además lleva fotos e información histórica de todos los monumentos por los que pasas y datos prácticos de dónde comer y dormir.
A tener en cuenta: en mayo ya empieza a haber problemas con el alojamiento; suele estar todo lleno. En verano, tempora alta, ni te cuento. Por eso en esa época es más que recomendable la reserva previa. Eso sí, hay oferta de todo tipo, desde cámpings a hoteles caros y con encanto pasando por la gites rurales. Las oficinas de turismo de las grandes ciudades tienen servicio de reserva de alojamiento online.
¿Dificultad?, preguntaba alguién. Casi todo es llano, salvo pequeñas y puntuales cuestas. Hay ya 600 kilómetros señalizados desde Orleans a Nantes, pero como todo está lleno de pueblecitos y ciudades con servicios se pueden plantear las etapas como cada uno quiera. Días de 30 kilómetros son asumibles incluso para aquellos que nunca hacen ejercicio.

Este es un artículo muy práctico del Loira en bici de mi colega Alfredo Merino, que aunque escribe en la competencia (nadie es perfecto), es un tipo de fiar
Información práctica de dónde dormir, comer, alquiler de bicis, etc. en www.paysdelaloire.es
Mapas de toda la ruta, en "Le Loire á vèlo"

12 may 2009

El Loira en bicicleta

Por: EL PAÍS

Ya estoy pedaleando por el valle del Loira. Y pese a toda su fama, no me ha decepcionado. He visto poco de momento, pero es como me lo imaginaba: una sucesión de paisajes bucólicos, de pueblos sacados de un cuento, de castillos de hadas, de viñedos... y lo que más me ha llamado la atención: se oye el trino de los pájaros por todos lados. Puede parecer una estupidez (me debo de estar volviendo viejo o sensibe, o las dos cosas), pero iba pedaleando y solo escuchaba pájaros en estereo; de vez en cuando se cruzaba un coche, pero enseguida volvía la sinfonía de trinos. Como un Ipod gigantesco en versión chill out. Eso te da una idea de lo campestre de la zona que atravieso.
Y eso que el día ha empezado mal. Me he acordado del post anterior, en el que filosofaba sobre la buena y la mala suerte del viejero. Pues hoy he tenido ración doble de la mala: he perdido una conexión de tren por un problema con los billetes y he llegado dos horas tarde a mi destino. He empezado a pedalear casi a las 15,30. Una hora después ha caído el diluvio universal y he estado otra hora debajo de un arbol, acurrucado como un gorrión. Cuando ha escampado he tratado de seguir... ¡y se había pinchado la rueda! "No hay problema, esto lo arreglo yo en un pis-pas", me he dicho (hice un curso con Mc Guiver") pero en el kit reparapinchazos que me han dado se habían olvidado de poner el pegamento para los parches. Varias llamadas a la empresa que me ha alquilado la bici (15 euros por lo menos para Vodafone) y otra hora más hasta que me han traído una nueva.
Pero basta de quejas: luego siempre llega la buena suerte. Aunque soy ateo (más que Lenín), San Pedro se ha apiadado de mi y me ha regalado un atardecer soberbio. Como por arte de magia las nubes han desaparecido y una luz dorada se ha apoderado del Loira hasta envolverlo con una suave gasa de melancolía. Así he hecho los últimos kilmetros entre la abadía de Fontevraud (soberbia) y Saumurs (más soberbio todavia). La vista de la llegada a Saumur es la foto que abre el post. Solo por eso merecía la pena la ración de mala suerte. ¡Qué carajo!
Mapa de Google de la zona en la que me encuentro (el Loira medio), aquí

11 may 2009

Cena sobre ruedas

Por: EL PAÍS

La verdad es que vaya semanitas que llevo. No me acuerdo de qué color son las paredes de mi habitación. Es lunes, 11 de mayo, y acabo de coger el tren-hotel que hace Madrid-París. Esta semana me toca Francia. Y más concretamente, el Loira en bicicleta. Que por cierto, suena muy bien.
Un suplemento de viajes me ha encargado un reportaje sobre esta región francesa, que además de por sus castillos de ensueño, es famosa por los muchos carriles-bici que tiene. Un paraíso para los cicloturistas, vamos. Y como soy un blando y no se decir que no (el día que diga que no a esto es que estoy muerto), aquí estoy, con la maleta a cuestas otra vez, cenando solo en el vagón-restaurante del tren-hotel. Mañana me bajo en Orleans, tomo otro tren regional hasta Samurs y empiezo a pedalear allí.
Il continuera, que dirían los franceses.

10 may 2009

La suerte del viajero

Por: EL PAÍS

La suerte del viajero existe. La buena y la mala suerte. Pero existe. Es el componente de azar con el que se construyen todas aquellas acciones voluntarias o involuntarias que te suceden mientras estás de viaje. Unas veces el hotel que has elegido es maravilloso y otras, lo gestiona la familia Monster. Unas veces hace buen tiempo y otras diluvia toda la semana durante tus vacaciones en una playa tropical. Unas veces en el restaurante dan ostras y percebes a precio de pincho de morcilla porque es el santo del jefe y otras te soplan 100 euros por un menú de diseño deconstruido y tienes que parar luego en el Burger King para no irte a la cama con hambre.
Por eso hay también gente con la que da gusto viajar y otra con la que no. Da gusto viajar con aquellos que aceptan este alto componente de eventualidad en cada viaje, gente que disfruta cuando la entropía gana a la previsión. "El destino no es a dónde vas, sino adonde vas a parar", decía Jim Stempel. Y hay gente con la que no apetece viajar porque no entiende esto y es divertida si las cosas van bien pero se vuelve mustios, irritables o "fostiables" cuando las cosas se tuercen. Y no solo hay que cargar con la dosis diaria de entropia, sino con ellos mismos. Por eso no se puede viajar con cualquiera.
Mala suerte por ejemplo, es que vayas a Gales y te llueva seis días de siete. Buena suerte es que tengas un amigo que tiene un amigo que tiene un cuñado que concoce a una señora que es vecina del director del hotel A Hard Day´s Night, en lujoso cuatro estrellas en un edificio histórico del centro de Liverpool (que por supuesto, es Inglaterra, y no Gales, para los suspicaces). Que le comente que va un periodista español, con ínfulas de ser conocido al menos en su barrio. Que a ver si le puede hacer algún detalle. Y que el director del hotel se enrolle y te haga un "upgrade", que en inglés es darte una habitación superior a la que has pagado, siempre que queden vacantes. Y así te ves en la suite John Lennon, con más metros cuadrados que tu propia casa, un piano de cola blanco en el centro del salón y más botones para encender y apagar de los que podrías en una sola noche. ¡Solo me faltó tocar el Let it be!
No recuedo ahora si he estado una o ninguna vez antes en una suite como ésta. Pero esa es la suerte del viajero. La buena y la mala.

Como todo el mundo sabe, The Beatles eran de Liverpool. Y empezaron tocando en un garito del centro llamado The Cavern por donde pasaron otros cientos de grupos noveles y no tanto del jazz, el blues, el rock... El nombre era muy apropiado porque aquella estrecha y oscura bodega de arcos de medio punto bajo un almacén de Mathew Street era eso, una auténtica cueva. Tocaron 292 veces en The Cavern lo que confirma que, hasta para los Beatles, los comienzos fueron duros.
Si hoy vais a Liverpool y pasáis por Mathew Street veréis nada más entrar al callejón dos The Cavern, uno fente a otro. Y ninguno es el verdadero. El de la izquierda, nada de nada. El de la derecha, el del cartel rojo, es la réplica casi exacta del original, que estaba unos 14 metros más adelante en esa misma fachada. Cerró definitivamente el 27 de mayo de 1973 porque tiraron el edificio. Como el local ya era una leyenda se intentó mantener el subterráneo tal cual, pero el nuevo edificio de nueve plantas que se construyó encima pesaba demasiado.

Así que se pensó una solución inteligente: su utilizaron los viejos ladrillos para construir una réplica en el local de al lado, que guarda en un 75% la fidelidad con The Cavern original. Hasta el escenario con los grafitis poligonales ante el que actuaron Paul, John, Ringo y George se rehizo tal cual. La antigua entrada es ahora la salida de emergencia.
No es lo mismo, pero se le parece. Y te crees que has vuelto a la era beat.

Lo de los borreguitos y los paisajes pastoriles está muy bien pero a veces el cuerpo del viajero también pide marcha. Así que el sábado pasado decidí hacer una escapada a Liverpool, la gran ciudad al norte de Gales. ¡Qué rayos, era sábado por la noche! Hasta un bloguero de El País tiene derecho a una noche de asueto.
Me alojé en el A Hard Day's Night, un hotel nuevo en la esquina de North John Street y Mathew Street, el callejón donde estaba The Cavern (el local donde empezaron a tocar los Beatles) y donde está el epicentro de la marcha de Liverpool. Famosa en el mundo entero. Me duché, me acicalé, me lancé al ruedo y...
... ¡¡Dios mío!!! Aquel callejón no era el epicentro; era el terremoto en sí mismo. Las puertas del infierno, al menos del dulce infierno al que van las chicas malas.
¡¡¡Todas estaban allí, vestidas con unos trajes mínimal, aunque hacía un frío que pelaba, y en pandillas multitudinarias que daba miedo verlas venir calle abajo!!! Como si te encuentras una manada de miuras por la Estafeta dispuestos a cornearte repetidas veces. Y el grado etílico que alcanza la peña en un tiempo récord supera todo lo que hayas visto antes.

Tres pintas de Foster's más tarde, empecé a sacar conclusiones:
1. Liverpool es un sitio donde todos los pub se llaman The Cavern pero ninguno lo es.
2. A las chicas las viste su peor enemigo (los chicos se visten ellos solos, y es peor).
3. Las chicas de Liverpool son más resistentes al frío que un pastor lapón
4. Con semejantes trajes o vienen de Nochevieja o de una boda o de una barra americana.
5. Jamás me habían hecho tantas proposiciones (honestas y deshonestas) en tan breve lapso de tiempo
6. Amo a Liverpool por encima de todas las cosas.
Los siento, chicas. Los chicos, lo de siempre: un vaquero, una camisa y un pedal del 15. ¡Qué le vamos a hacer!, somos así de tradicionales. Siempre nos quedará Italia.
Otra cosa buena (¿he nombrado de momento alguna mala en la noche de Liverpool?): EN LOS PUB NO SE FUMA. Puedes morir de cirrosis (las posibilidades son elevadas), pero no de cáncer de pulmón. Algo es algo.
¿Ángeles o demonios?. Both
Modelito invernal para salir de marcha en Liverpool. Util entre -35 ºC y -2 ºC. Por encima de cero se ponen otro más corto.
Mathew Street, el callejón del pecado... y de los Beatles. Esta es una webcam para ver en directo qué pasa en Mathew Street (de día es más aburrido, aviso).
Mañana os cuento algo The Cavern, el local donde empezaron a tocar The Beatles.
El Viajero: Guía de Viajes de EL PAÍS

Sobre el blog

Un blog de viajes para gente viajera en el que tienen cabida todos aquellos destinos, todos aquellos comentarios, todas aquellas valoraciones que no encontrarás en otros medios.

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Sobre el autor

Paco Nadal

Paco Nadal es viajero-turista antes que periodista y culo inquieto desde que tiene uso de razón. Estudió Ciencias Químicas pero acabó recorriendo el mundo con una cámara y contándolo. Escribe en EL PAÍS sobre viajes y turismo desde el año 1992. Es también escritor y fotógrafo, colabora con la Cadena Ser, además de presentar series documentales en diversas televisiones.

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El cuerno del elefante, un viaje a Sudán

El cuerno del elefante, un viaje a Sudán

Un relato trepidante por unos de los destinos menos turísticos y más inseguros del mundo. Un viaje en solitario lleno de emoción y melancolía a lo largo de una región azotada por constantes guerras y conflictos étnicos. Un viaje plagado de sentimientos que consigue conectar al lector con los sufrimientos y las esperanzas de África.

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