Paco Nadal >> El Viajero

12 nov 2009

Me voy a Rumanía

Por: EL PAÍS

Cuando leáis esto estaré volando hacia Rumanía. Bueno, si lo leéis muy temprano, no. Haré el programa de radio (Hoy por Hoy, cadena Ser ) en directo, desde la emisora en Madrid y luego salgo en un vuelo de Tarom hacia Rumanía. Una semana en casa... y ya empezaba a tener mono.

 

Nunca he estado en este país, así que la ilusión es doble. Habrá de todo: aventura montañera, ciudades medievales, cena con el conde (Drácula, por supuesto, no va ser Lecquio). Os espero. En cuanto llegue, reportó novedades. Un beso a tod@s.

 

 

10 nov 2009

El hotel más pequeño del mundo

Por: EL PAÍS

En un extremo de la isla de El Hierro , en el municipio de Frontera, se alzan unos cantiles afilados que parecen rasgar el cielo. Son los riscos de la Fuga de Gorreta, una de las mayores verticales volcánicas de una isla en donde abunda más el plano inclinado que el horizontal. Por increíble que parezca, los pastores herreños se movían por estos abismos con la misma soltura con que la el resto de los mortales lo hacemos por un paseo enlosado. Se ayudaban con el ?palo?, una pértiga de madera con la que se apoyaban, saltaban y vadeaban abismos con la soltura de un trapecista.

En 1974, uno de estos pastores funanbulistas localizó en mitad de esta pared cortada a pico varios ejemplares de lagarto gigante de El Hierro , una especie de saurio autóctona de la isla que llega a medir hasta 60 centímetros de longitud y que había sido dada por desaparecida décadas atrás. El hallazgo revolucionó la historia natural del archipiélago y confirmó una vez más que, por fortuna, la tozudez de la naturaleza es mucho más persistente que la capacidad destructiva del hombre.


Muy cerca de allí, en el pago de Las Puntas, hubo durante muchos años un viejo almacén portuario casi en ruinas. En los años setenta Noemí Chinosi, una italiana enamorada de este fin del mundo, se instaló en él y lo rehabilitó como el ?hotel más pequeño del mundo? , según recogía en una de sus ediciones el Libro Guinnes de los Récord. En realidad no es el más pequeño, pero la operación de marketing fue un éxito y hoy los conocen hasta en la China. Sus cuatro únicas habitaciones son sencillas y sin pretensiones. Lo que hechiza del hotel Punta Grande es su emplazamiento, aislado en medio de unos acantilados de basalto negro -tan negro como una noche de pesadilla- sobre los que la gubia incesante del océano golpea día y noche, horadando la base hasta crear un gruyere de piedra pulida por el que caracolean los rizos de espuma del Atlántico. Sentarse una noche de cielo estrellado aquí, en los cantiles de Las Puntas, mientras el runrún del oleaje amansa el espíritu, imaginado esa interminable masa de agua que se extiende sin obstáculo ya entre nosotros y la costa americana, es una experiencia metafísica que te reconcilia con el mundo.


PD: Tengo el placer de contar con la amistad de Ángeles Mastretta, una escritora mexicana a la que admiraba ya mucho antes de conocer México. Y tengo el honor de que haya escrito el prólogo para "Pedro Páramo ya no vive aquí" . "Treinta líneas", se excusa ella, pero que engrandecerán la obra como si fueran 300. Gracias, Ángeles. Además tiene un blog cuya lectura es una delicia diaria.


Más PD: si quereis saber más de El Hierro, no perderos Diario El Hierro , unos de los primeros periódicos digitales de Canarias. Lo fundó y dirige mi buen amigo Serrgio Gutiérrez y es toda una demostración de cómo las nuevas tecnologías pueden ser una revolución en lugares tan aislados como esta isla volcánica, la isla del final.



09 nov 2009

La isla del final

Por: EL PAÍS

Este es un post dedicado a Ángel, que desde su blog De mayores me recordaba que las Canarias también existen. Y que nunca había hablado de ellas. Tienes razón, Ángel. No solo existen: son uno de los lugares más fantásticos que puedas visitar.



Con las islas Canarias me pasó que las descubrí al revés. En vez de empezar por las grandes, como casi todo el mundo (Tenerife o Gran Canaria), empecé por las pequeñas. Por la Gomera y El Hierro. Y quedé tan enamorado de lo que vi que me dediqué durante años a ir explorando las siete, descubriéndolas, saboreándolas poco a poco.



El Hierro, para quien no la conozca es la más pequeña, la más alejada, la menos poblada. El epítome de la insularidad. Sin embargo, fue durante mucho tiempo el eje sobre el que giraba el mundo: Ptolomeo, el padre de la cartografía, colocó el meridiano cero de la primera gran representación conocida del planisferio terrestre en este islote minúsculo en el extremo del archipiélago canario, que ni Ptolomeo ni el conjunto de la Humanidad de esa época habían visto nunca. Y ahí estuvo durante siglos, hasta que los malvados ingleses se lo llevaron a Greenwich (pero esa es otra historia).




La isla del final. Una percepción que te recorre el alma desde pones un pie en mi querida isla de El Hierro. O incluso desde mucho antes, porque ya te invade una infinita sensación de paz y lejanía cuando por la borda del barco que te trae de Tenerife aparece la figura piramidal de El Hierro entre las brumas de los alisios, como una ínsula bucanera en un libro de Stevenson. Un trozo de roca negra donde las sabinas se pliegan para sortear la furia de los vientos y los acantilados de lava volcánica caen a pico al mar sin dejar espacio ni para una platanera. Una isla con un solo semáforo (que lleva años roto; a la entrada del túnel del parador) y ningún ascensor.



De existir un final del mundo, debería de ser tan armónico y placentero como esta isla de la que la escritora cubana Dulce María Loynaz escribió: ?Es la más occidental de su galaxia, la signada por Ptolomeo como primer meridiano del mundo, cuando el mundo era plano y cuatro ángeles lo sostenían por las esquinas?.

Si un día me pierdo, que me busquen aquí.

05 nov 2009

Galicia, curas, vino y rectorales

Por: EL PAÍS




Galicia es una realidad aparte. Cada vez que vengo por aquí tengo la sensación de sumergirme en un mundo que ya solo existe en esta esquina de la península. Un microcosmos de tradiciones, de corredoiras, de carballeiras, de santas compañas, de prados mullidos y sillares de granito de O Porriño comidos por el verdín del tiempo y la humedad. Ya lo dijo Torrente Ballester : "Solo quien sea capaz de asombrarse, entre en Compostela". En cualquier lugar de Galicia, añadiría yo (con permiso de don Gonzalo)

Vienes desde León, desde Zamora... donde todo son llanuras ocres, páramos infinitos, pueblos grandes separados unos de otros. Pero de repente, cruzas el Cebreiro o el Padornelo y todo cambia. Aquellos almagres y tostados se convierte en mil tonos de verde. Aquellas planicies son ahora suaves colinas. Ya no hay pueblos grandes: el urbanismo es un sinfín de casas diseminadas, sin principio ni final; nadie sabe dónde acaba una aldea y dónde comienza una parroquia, dónde empieza un concello y dónde acaba un lugar. Galicia es la tierra donde no se ve un palmo de la tierra original. Todo está cultivado, usado, colonizado. Aunque luego camines por las aldeas silenciosas y parezca que sus habitantes han desaparecido.

Ando por Galicia en búsqueda de nuevas casas rurales. Y hasta en esto, Galicia es especial. Existe una categoría de alojamiento rural que son las rectorales , única en España. Las rectorales son las antiguas casas del cura. Que aquí no son humildes residencias adosadas a la iglesia. No. Son verdaderos palacios, casonas de rancio abolengo y espesos muros de granito desde donde el clero rural gestionaba los asuntos divinos y terrenos de este finis terrae. Porque Galicia, la Galicia más atávica y campestre, no se entendería sin la iglesia y sin el poder que tuvo. Para comprobarlo basta ir a Mondoñedo , y leer allí, a la sombra de la catedral, algunas de la obras de Álvaro Cunqueiro .

El vino de Ribeiro , por ejemplo (aprovechando que ando en esta comarcad de Orense donde crece la uva treixadura y la godello, bañadas por el Miño y el Sil), es cosa de curas y monjes. Fueron ellos los que plantaron las primeras viñas en el monasterio de San Clodio, en Leiro, y fueron ellos los que monopolizaron el cultivo y comercialización del vino gallego durante el medievo y buena parte de la era moderna. En Galicia, la iglesia era mucha iglesia. Y aún se nota.

He visitado rectorales que fueron verdaderas haciendas productivas. El olvido, la falta de vocaciones y Mendizabal acabaron con casi todas ellas. Hoy muchas se han reconvertido en fantásticas casas rurales. Una vida nueva para viejas mansiones diocesanas. Y una oportunidad para el viajero moderno de ver Galicia desde dentro de su propia historia.




Algunas rectorales y viejas bodegas de la iglesia reconvertidas en casas rurales que me han gustado son:


La rectoral de Candas

La rectoral de Lestedo

La rectoral de Castillón

Casal de Armán




04 nov 2009

Despedida desde Tashkent

Por: EL PAÍS

Este es el último post que escribo sobre el viaje por la ruta de la Seda. Dejé el tren en Tashkent , la capital -la desconocida capital, diría yo- de Uzbekistán, no sin antes haber brindado con buen vodka y por enésima vez con mis jubilados-kartofen por un final feliz de su viaje (brindar por volver a vernos ?sometime, somewhere?, que dicen lo ingleses, me parecía una ingenuidad dada la edad media del grupo); los voy a echar de menos.

 

Tashkent fue toda una sorpresa. Una de esas ciudades de las que no has oído

hablar en tu vida (en clase de Geografía siempre preguntaban, Mongolia... ¿capital?: Ulan Bator, respondías tu, que eras un marisabidillo-; pero nunca caía, ?Uzbekistán.. ¿capital??) pero que te resultan encantadora.

 

No tiene nada que ver con Ashgabat, la capital de Turkmenistán. Tashkent es una ciudad vivida, de verdad, con un tremendo toque soviético, llena de grandes avenidas, largas arboledas, muchos parques y edificios ?racionalistamente? cuadriculados. Pero no es gris ni triste. Me pareció una ciudad alegre, colorida. Muy habitable. Y muy moderna. En las antípodas de esas aldeas de muros de adobe y calles polvorientas que había visto en la montaña uzbeka. Un buen final para un viaje inolvidable.

 

PD: las fotos no son mías. La he tenido que ?pedir prestadas? a Google Images. Sí, hice fotos allí. Pero vuelvo a estar de viaje (esta vez por Galicia) y se me ha olvidado en la oficina el disco duro con el archivo de fotos que siempre llevo encima. Escribo este post desde Ribadavia , un precioso pueblo de Orense con una de las juderías mejor conservadas de España. Voy a estar toda esta semana por el norte de España visitando casas rurales.

A veces pienso que si la policía me pusiera un GPS-localizador en el culo, me detenía. No sabrían decir el por qué, pero seguro que estaba haciendo algo ilegal; si no, ¿por qué me muevo tanto? Empiezo a necesitar que lleguen las vacaciones de Navidad.









 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

02 nov 2009

El álbum de la ruta de la Seda

Por: EL PAÍS

Como ya os dije, en este viaje por la ruta de la Seda he ido grabando vídeo para un documental que se emitirá en la 7RM , la TV autonómica de Murcia, dentro del programa Aventura x 2 (como algunos lo habías preguntado, aquí va el dato). Se emitirá dentro de un mes, pero como lo cuelgan en su web prometo poner un link en el blog en cuanto lo suban a su página (Groenlandia también lo grabé para este programa, que llevo año y medio haciendo para la 7RM; prometo link, igualmente).

 

Confieso que me gusta mucho más hacer fotos que vídeo. Es verdad que la televisión es la herramienta más completa para contar historias -lo reúne todo-; y en el fondo no somos más que eso: contadores de historias. Pero a mi particularmente nada me hace más feliz que ver el mundo desde detrás de mi Canon Eos 5. Resumir una historia en un fotograma siempre me pareció un reto mucho más tentador que hacerlo con miles de imágenes en movimiento. Debo de ser un clásico. O un nostálgico.

 

Esta vez no pude llevarla (demasiado peso), pero si eché en un bolsillo la pequeña Lumix compacta (gracias Nurianómada por el consejo). Y estás son algunas de las instantáneas que tomé.

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Hora del rezo en la mezquita anexa al cementerio de Shah-i-Zinda, en Samarcanda. No me pusieron ningún problema para pasar allí el tiempo que quise y disparar tantas fotos como necesité.
 

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A la salida, una pareja de novios posó para mi. El imán nos invitó a un té.

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Al atardecer, el sol incendia la vieja muralla de Khiva y forma caprichosos juegos de sombras.

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Las ruinas de Merv, la ciudad de las mil y una noches, son ahora espectros de adobe en una llanura polvorienta.

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El tren Registan atraviesa el desierto del Kara Kum. Un ferrocarril de época a través de la nada más absoluta.

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Por la noche, las madrasas de Samarcanda se iluminan como naves planetarias.

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El cráter de Darvaza visto en la oscuridad del desierto de Kara Kum. Conexión directa con el Averno.

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Matusalén.... y un señor de Murcia.

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01 nov 2009

¡Cuidado!, alguien te observa

Por: EL PAÍS

Todas las guías de viaje aconsejan visitar en Samarcanda el cementerio de Shah-i-Zinda. Lo aconsejan por su avenida de los mausoleos, un callejón fascinante orlado a ambos márgenes por tumbas que datan de los siglos XI al XVI y en los que están enterrados diversos personajes de la ajetreada historia de la ciudad.

 

Pero a esta alturas de viaje, uno empieza a estar harto de las cinco M (mezquitas, mausoleos, madrasas, museos y mercados) y paso de largo tan egregia y significada avenida para deambular un rato por la parte nueva del cementerio; que empieza por C y no por M.

 

Pero pronto me asalta la extraña sensación de que alguien me observa. Hay gente que me sonríe, otro leen mientras paso a su lado, o fuman un cigarrillo. Los más, me miran con severidad y displicencia. Los menos, mantiene la mirada perdida en el infinito, o habría que decir, en la eternidad. Los hay que lucen medallas ganadas en algún hecho guerrero; otros visten sus ropas de faena; las mujeres llevan tocados en la cabeza, y algunos hombres, el gorro típico uzbeko.

 

En este cementerio, los muertos están muy vivos. Están a tamaño natural, en posturas cotidianas. No se han ido, siguen aquí. Grabados en grandes placas de granito. Tal y como fueron en vida en este valle de lágrimas. También en nuestros cementerios se suelen poner fotos de los fallecidos en la lápida. Pero son fotos pequeñas, en color sepia, casi testimoniales, que nos muestran hombres y mujeres circunspectos. Que han asumido su condición de finados.

 

Aquí no. Los de Shah-i-Zinda parecen no resignarse a esa condición de ex. Hay uno que tiene grabados bajo su foto una moto de trial y un coche de rallys. ¿su deporte favorito? ¿la causa del óbito? Caminando por aquí me entran ganas de charlar con aquella señora de rostro sincero; o echar una partida de cartas con aquel grupo de jubilados del fondo sur. Incluso leer qué escribe en un cuaderno de tapas oscuras aquel señor de la tercera fila, tumba 32, a mano izquierda.

 

 

Y es que en Shah-i-Zinda la eternidad, en compañía, se convierte en un viaje mucho menos solitario.

 

(La costumbre de poner fotos de los seres queridos en las tumbas uzbekas proviene de la época soviética. Poco a poco, el tamaño y el realismo de la foto impresa en lápidas de granito negro ha ido creciendo y creciendo, como símbolo del poderío económico de la familia del finado. Una tumba de tipo medio puede costar 3.000 dólares, una fortuna en Uzbekistán).

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PD. Ya estoy de vuelta en Madrid. Pero me quedan tantas cosas en el tintero de un viaje como éste, que seguiré contando algunas.

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Viajero: Guía de Viajes de EL PAÍS

Sobre el blog

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Paco Nadal

Paco Nadal es viajero-turista antes que periodista y culo inquieto desde que tiene uso de razón. Estudió Ciencias Químicas pero acabó recorriendo el mundo con una cámara y contándolo. Escribe en EL PAÍS sobre viajes y turismo desde el año 1992. Es también escritor y fotógrafo, colabora con la Cadena Ser, además de presentar series documentales en diversas televisiones.

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El cuerno del elefante, un viaje a Sudán

El cuerno del elefante, un viaje a Sudán

Un relato trepidante por unos de los destinos menos turísticos y más inseguros del mundo. Un viaje en solitario lleno de emoción y melancolía a lo largo de una región azotada por constantes guerras y conflictos étnicos. Un viaje plagado de sentimientos que consigue conectar al lector con los sufrimientos y las esperanzas de África.

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