Paco Nadal >> El Viajero

14 jun 2010

Vuelven las anchoas a Castro Urdiales

Por: EL PAÍS

Y a Santoña (no se me vayan a enfadar allí). Y a toda Cantabria. Tras cinco años de paro forzoso por sobreexplotación, el caladero de anchoas del Cantábrico parece estar recuperado y las anchoas o boquerones autóctonos vuelven a servirse en las barras de pinchos del norte de España.
Viene esto a cuenta porque hoy escribo desde Castro Urdiales , en Cantabria. Sigo grabando el documental sobre los caminos a Santiago para Canal Viajar y esta semana nos toca la comunidad cántabra.
El caso es que a mediodía hemos entrado en el Mesón Marinero , uno de los bares de pinchos más famosos de Castro Urdiales, y nos hemos puesto de anchoas en salmuera como para estar bebiendo agua durante los próximos dos lustros. ¡Dios, que manjar! Donde esté una anchoa del Cantábrico que se quiten las chilenas y las peruanas (con perdón para quienes lean esto desde Chile o Perú; hoy me toca hacer patria). No me extraña que Revilla, el presidente autonómico cántabro, lleve siempre unas latas en el taxi para regalárselas al primero que le prometa un AVE a Santander.
(De todas formas, me alegro de que se prohibiera faenar a la flota hispano-francesa ante la casi desaparición del banco de anchas del Cantábrico y estaré a favor de que se vuelva a hacer si la sobrepesca lo pone de nuevo en peligro. Me gustan las anchoas, pero no tanto como para acabar con ellas)
Si no conocéis Castro Urdiales , os habéis perdido una de las localidades más señoriales de veraneo del norte de la península desde los locos años veinte. Aún quedan algunos palacetes modernistas, la mayoría de familias acaudaladas vascas, que quitan el hipo. La ciudad vieja tiene un emplazamiento soberbio, en lo alto de un roquedo protegido con acantilados por tres de sus lados. Antes hubo allí un castro romano y ahora una iglesia gótica, un castillo con faro y una de las vistas más hermosas de toda la cornisa cantábrica. Pero mejor que explicarlo, os lo enseño en este vídeo (ánimo, solo son 19 seg.)





13 jun 2010

La mesa de un periodista de viajes

Por: EL PAÍS

Encontré esta imagen ayer revisando las fotos que hice durante el viaje por la Ruta de la Seda . La tomé una noche en un hotel de Ashgabad, la capital de Turkmenistán. Era lo que en ese momento había encima de mi mesa. Lo que necesito para trabajar:
- Mi Mac Book Air. ¡Bendito ordenador portátil! El mejor que he tenido, perfecto para viajeros: pesa solo 1,1 kg; es potente como un ordenador de mesa, ocupa lo mismo que un periódico plegado y tiene batería para cinco horas. No iría a ningún lado sin él.
- El cuaderno de notas. Una de las cosas que más me gusta de mi profesión es que aún escribo con bolígrafo en deliciosos cuadernos de campo. No uso los Moleskine, lo siento por Chatwin y los románticos, pero no me parecen los mejores. Me encanta ir por las librerías buscando cuadernos bonitos y manejables.
- El Ipod. Lo llevo siempre, pero nunca lo escucho durante el día: prefiero oír los sonidos de la calle, del entorno que me rodea. Como no fumo, mi descanso cuando acaba la jornada es salir a la terraza o al aire libre y escuchar un par de buenos temas de Yann Tiersen o de Michael Nyman. Al tercero, me quedo dormido.
- Un mapa. Indispensable. Adoro los mapas, los compro de manera compulsiva y los colecciono. De pequeño me ponía más un mapa de África que una caja de gominolas. No entiendo viajar sin un par de buenos mapas de la zona.
- Una guía en papel. ¡Si, en papel! Se que tienen los días contados (o no), pero de momento donde esté una buena guía en papel, firmada por un autor que se hace responsable de los contenidos, llena de datos históricos, sociales, económicos y turísticos que se quiten otros experimentos.
- Literatura de viajes. ¡Otra manía de trasnochado! Lo siento por los conversos del 2.0, pero sigo prefiriendo la buena literatura de viajes (me da igual que sea en libro o e I-book) a un foro de internet. Sinceramente y sin menospreciar a nadie, me pone más "La sombra de la ruta de la Seda", de Colin Thubron, que todos los comentarios de un portal web. Cada cosa tiene su misión.
¿Y ya está? ¡Aquí faltan gadgets electrónicos!, dirán algunos Si. Reconozco que no soy del todo 2.0, que todavía soy un poco analógico. Pero me gusta y lo prefiero así.
Nunca llevo el teléfono móvil encendido ni conexión continua a internet; me conecto solo por la noche al llegar al hotel para colgar un post y responder el correo. No lo hago por dinero. Lo hago por principios. Si estoy en Turkmenistán necesito estar en Turkmenistán: sentir, oír, escuchar, palpar, oler lo que me rodea. Hacerme uno más del entorno. Y eso es imposible si a cada momento estás recibiendo mensajitos en tu Blackberry: te saca del partido. Me parece muy digno quien viaja así, no se lo reprocho; quizá a mi un día me obliguen a hacerlo.
Pero mientras pueda, me negaré. Creo que al mundo le importa un bledo saber al instante si Paco Nadal acaba de salir de un restaurante o ha llegado a tal plaza. No necesito mandar cada 10 minutos un mensaje o una foto por Twitter o por Facebook; el mundo va a seguir girando igual. Lo que necesito es empaparme de lo que me rodea, entenderlo, vivirlo, hacerlo mío. Y que luego mi crónica o mi reportaje lo refleje.
Estamos un poco locos. Tenemos más medios de comunicación que cosas que comunicar. Deberíamos recapacitar sobre ello. Si tengo que elegir entre la inmediatez o la reflexión, me quedo con lo segundo.
Antiguo que es uno.

11 jun 2010

Mañana, en la Feria del Libro

Por: EL PAÍS

Mañana sábado estaré firmando en la Feria del Libro de Madrid. Será en la caseta 34 (Librería De Viaje) de 12 a 14. Firmo todas las guías de viaje que tengo publicadas con El País-Aguilar (El Camino de Santiago , La Vía de la Plata , El Camino de Santiago Portugués, El Camino de Santiago del Norte y Casas Rurales con encanto ). También Pedro Páramo ya no vive aquí (RBA).
Si os apetece pasar será un placer conoceos y charlar un rato.

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09 jun 2010

España cañí (IV)

Por: EL PAÍS

Nueva entrega de la colección de pueblos con nombre raro, curioso o simpático. No me he olvidado de ellos. Desde que empecé esta colección de autorretratos mirar los carteles de cada pueblo por el que paso ha dejado de ser una diversión para convertirse en una obsesión.
A veces tardo cuatro horas en hacer 200 kilómetros porque me detengo una docena de veces a tomar fotos. Y ya he estado a punto de salirme de la calzada en tres ocasiones, ensimismado con un ?Canillas de Aceituno?, un ?Cuzcurrita del río Tirón? o un ?La Hija de Dios?.
El tema se complica se encima no viajas solo. Explicarle a la familia que vas a dar un rodeo de media hora porque has visto un cartel que pone ?Coscojuela de Fantova 20? no es nada fácil. Pero que caramba: ¡una obsesión es una obsesión!; y la cosa ha llegado a tal extremo que cambiaría el páncreas por un buen cartel de pueblo con nombre simpático. ¡Así de desquiciados somos los coleccionistas!
Estos son algunos de los últimos que he visitado:






Podéis ver el resto de entregas de la colección aquí:
España cañí I, II y III

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En el albergue de peregrinos de Arrés (Huesca) alguien colocó este cartel en la puerta: "La casa de las sonrisas". Toda una declaración de buen rollito y de lo que allí dentro espera a los caminantes (y se espera de ellos).

Me acordé de una entrevista que me hicieron hace un montón de años, cuando aún ni soñaba con ser periodista, para formar parte de una expedición de aventura. Una de las preguntas era: "¿Qué le pedirías a un compañero de viaje?". Me salió del alma:
- "Sentido del humor"
El entrevistador me confesó luego que esa respuesta me puntuó bien, aunque al final no di la talla de rudo aventurero y me caí de la lista de convocados (mi ego adolescente tardó meses en superarlo).
Han pasado un montón de años, me dedico profesionalmente a esto y sigo pensando lo mismo: jamás viajaría con alguien que no tenga sentido del humor, que no sea capaz de reírse de sí mismo y de las circunstancias cuando la situación se pone fea, dura o tensa.
Tampoco viajaría con nadie que no disfrute de la comida. No digo comilón, digo alguien que no valore la buena gastronomía local, el placer de probar lo diferente, lo desconocido. Que no aprecie el valor social de una buena cena al final del un largo día, de una buena botella de vino, de una buena tertulia en torno a la mesa hasta el amanecer.
Tampoco viajaría con intolerantes. Con aquellos que viajan solo para confirmar sus prejuicios. Con los que oyen pero no escuchan; con los que miran pero no ven; con los que no entienden que hay muchos mundos y que todos son únicos.
Y tú... ¿qué le pedirías a un compañero de viaje?

07 jun 2010

Fantasmas acuáticos, buceo en pantanos

Por: EL PAÍS

Una visita a Blancafort medio siglo después de que fuera anegado por las aguas del embalse de Canelles
¿Dónde quedan las ruinas de Blancafort? Se lo pregunto a unos jóvenes de Estopiñán del Castillo, un pueblo del Pirineo aragonés limítrofe con Cataluña, pero no saben ni de qué les hablo. Sólo los más viejos recuerdan con vaguedad que existió un Blancafort, que sus gentes vivían de la almendra, del olivo y del ganado. Pero no sabrían situarlo con precisión en el valle. ?Sí, hombre, venían por aquí para vender sus cosas en el mercado del día del Pilar?, me dice Ambrosio Juárez, un jubilado local. ?Pero de eso hace ya mucho tiempo. ¿Para qué quiere usted removerlo??
Y, la verdad, no sé que responderle. Al fin al cabo, como decía Tenesse Williams, el tiempo es la distancia más larga entre dos lugares lo que me lleva a pensar que no son unos pocos kilómetros los que separan ya Estopiñán del lugar donde estuvo la antigua y desaparecida aldea de Blancafort, sino 50 larguísimos e inabarcables años, los mismo que lleva desaparecida bajo las aguas del embalse de Canelles junto a otros cuatro pueblos más, Fet y Finestrat en el lado aragonés, y Boix y Tragó de Noguera, en la ribera aragonesa. La terapia más eficaz contra el dolor de la historia es el calmante del olvido. Por eso, nadie en el pueblo entiende que unos forasteros vestidos en mitad de la montaña con unos incoherentes trajes de buzo se decidan a bajar allí, a las profundidades del pantano, para revolver las aguas de una historia que ya no mueven molino, para visitar unas ruinas de las que ya nadie se acuerda. Sin embargo, ese reencuentro con los fantasmas del pasado nos parece de suma importancia, una especie de cura cicatrizante para una de las heridas que más dolor provocó en los pueblos del Pirineo a mediados del pasado siglo. La política hidráulica de un país en pleno crecimiento exigía la construcción de muchos nuevos embalses. Progreso para unos a cambio de la destrucción de hogares, tierras y formas de vida de otros. Esa fue la sentencia.
Pero, ¿cómo estarán hoy, 50 años después, aquellas calles, aquellas plazas, aquellas huertas anegadas por el aguas? En busca de una respuesta nos sumergimos.
Una luz otoñal envuelve en un burbuja dorada la superficie del pantano de Canelles, en el cauce del río Noguera Ribagorzana, frontera entre Aragón y Cataluña. Esta mañana hay un silencio sepulcral en el entorno, como si a los árboles, las piedras y los pájaros les escandalizara el sacrilegio de molestar a los muertos. Por fortuna, el pantano no está a su máxima capacidad y deja ver sobre un pequeño islote que emerge de las aguas calmas los restos de lo que pudieron ser viviendas o una torre de vigilancia. Hacia allí nos dirigimos ayudados por unos torpedos (miniscooter marinos) que nos ayudan a salvar el par de centenares de metros que separan la islita de la orilla.
No es fácil bucear en un pantano y menos aún cuando no se sabe la localización exacta del objetivo ni su estado. Ramas sumergidas, troncos, restos de cuerdas, sedales de pesca o redes y todo tipo de objetos vertidos por el hombre pueden convertirse en una trampa para el submarinista. El fondo del mar es previsible, pero el de una obra humana, no. Además, la visibilidad es nula. Pese a que las escasas lluvias del verano han dejado reposar los sedimentos del embalse durante meses, nos sumergimos en una espesa sopa de guisantes que impide ver tu propia mano si estiras el brazo. Es estas condiciones, hay que extremar la atención y no perder de vista a los compañeros porque despistarse o tener un percance puede ser letal.
Poco a poco, conforme nos sumergimos, empiezan a dibujarse siluetas conocidas entre la espesa turbidez achocolatada que nos rodea: las colañas de un tejado, el dintel de una puerta, un corral que conserva aún sus muros, las paredes desmochadas de unas viviendas. Es Blancafort, aldea leridana del valle del Noguera Ribagorza en la que vivían de la agricultura unas 14 familias. A finales de la década de los 50, la construcción del embalse de Canelles forzó el abandono del pueblo, que en 1965 quedó definitivamente anegado por las aguas. Desde entonces, nadie había vuelto a visitar estas calles, ya irreconocibles entre el amasijo de piedras desmoronadas, ni había vuelto a cruzar el umbral de sus puertas, la mayoría destrozadas. Nosotros lo hacemos hoy con todo el cuidado que exige una inmersión en estas condiciones, pero también con toda la solemnidad de quien profana un lugar sagrado, con el recogimiento de quien pasea por un cementerio de recuerdos. Blancafort, o lo que queda de ella, que es más bien poco, rodea toda la ladera del islote, antiguo cerro ahora sumergido. Supongo que sus primeros pobladores buscarían la seguridad de una atalaya elevada sobre el valle y conforme fue creciendo se fue desparramando por la ladera, ganándole terreno a la llanura.
Pero todo son suposiciones, porque es difícil imaginar vida entre tanta destrucción. Todo son tejas rotas, ladrillos desmoronados, cascotes y restos de maderos podridos. De repente, unos metros por debajo de donde nos encontramos intuimos una sombra más grande y negra que las demás. Nos hundimos en su busca para descubrir que es un enorme arco de medio punto que pudo pertenecer a un templo o al vano de una muralla medieval. La adrenalina se dispara ante la evidencia reconocible del pasado. Es la prueba irrefutable de que una vez existió un lugar llamado Blancafort.
Y poco más. Cuando uno sueña con su primera inmersión en un pueblo sumergido se imagina sus viales intactos, la plaza del pueblo con sus bancos, el campanario de la iglesia intacto, incluso puede ver a los viejos jugando a las cartas en el casino. Pero la realidad es mucho menos poética. Muchos de estos pueblos se dinamitaban antes de ser sumergido y lo que quedó de ellos a duras penas ha podido sobrevivir tras medio siglo de inmersión. Así que lo poco que vemos a través del chocolate en el que buceamos son trocitos de la historia que hay que ir recomponiendo en la mente para imaginar que allí, entre ese caos frío y oscuro, existió una vez el calor de un hogar, el olor del humo picón, el jolgorio de unos niños al salir de la escuela o el tañir de unas campanas que llamaban a oración.
De vuelta a Estopiñan, tras la fatigosa tarea de quitar el limo y el fango que se pega como una maldición al traje de buceo, me empeño en buscar a algún antiguo habitante de Blancaforf o al menos a un descendiente o alguien que los hubiera conocido. Cincuenta años no son tantos como para que el telón del olvido haya borrado todo recuerdo de aquella gente y necesito saber qué paso con ellos, quién vivía en las casas hundidas que acabo de visitar, cómo eran y qué pensaban los parroquianos que pasaban bajo ese mismo arco de medio punto que hemos fotografiado. Así, tras mucho preguntar, doy con Joaquín Camarasa, 82 años, 25 de ellos alguacil de Estopiñan. Es uno de los más ancianos de Estopiñán y por fortuna conserva en su memoria la historia de los desplazados por el embalse de Canelles. ?No busque a ninguno?, me espeta, ?porque ni uno solo se quedó a vivir en Estopiñán. Cuando los expropiaron, los de los pueblos aragoneses se fueron todos a Mozón y a Balaguer. Los del lado catalán prefirieron Sabadell o Lérida. Les dieron entre 200.000 y 400.000 pesetas, una fortuna para la época?, asegura apoyado en el quicio de la puerta de su casa, ?y con eso compraron otra vivienda y otras tierras?. Recuerda también que eran gentes muy comerciantes: ?Raro era el día que no venían aquí a comprar víveres. Vivían del comercio que se generaba entre Cataluña y Aragón. En aquella época de posguerra, en Cataluña era todo más caro; así que compraban aquí alubias, azúcar, pan... y lo vendían de estraperlo en el otro lado.
Por fin, animado por la confianza, le hago la pregunta que como forastero estaba deseando hacer desde el principio: ?Pero aquello sería un drama, ¿no?, un éxodo doloroso?. ?Pues mire?, contesta Joaquín con un regusto de ironía, ?quejarse, se quejaron, pero en el fondo salieron ganando. Unos años después, cuando llegó la crisis del campo, otras muchas familias tuvieron que irse también de Estopiñán y de otros pueblos de la comarca hasta las ciudades, pero esas sin un duro y sin que nadie les comprara sus casas. Sabe, en el fondo fueron los únicos que hicieron un buen negocio?.
Texto: Paco Nadal
Fotografías: Salvador Col
Publicado en el nº 46 de "El mundo de los Pirineos"

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Cien pueblos bajo las aguas
Se calcula que la construcción del embalse de Canelles, en el Noguera Ribagorzana, forzó el desalojo de 240 personas. Una cantidad pequeña si se tienen en cuenta los 1.850 vecinos que fueron desplazados por la construcción del embalse de Yesa, en el río Aragón, o las 1.600 personas que se vieron afectadas por el proyectado y nunca realizado embalse de Jánovas sobre el río Ara, en la comarca oscense del Sobrarbe, una de las tropelías más absurdas de los planes hidráulicos del franquismo. En total, unos cien pueblos pirenaicos han desaparecido bajo las aguas, 32 de ellos en los últimos ocho embalse llevados a cabo en el pasado siglo XX en el Pirineo central.
Paradójicamente, la fase de construcción de estas grandes obras llevaba asociada una gran cantidad de trabajo para la zona. Para la construcción de la presa de Canelles, la empresa adjudicataria construyó un poblado con capacidad para dos mil personas, que contaba con colmados, banco y hasta cine propio. Muchos vecinos de Estopiñán trabajaron en la obra a razón de 30 pesetas diarias por 10 horas de trabajo. Pero cuando se acabo el pastel, la empresa recogió sus bártulos, los expropiados tomaron la senda de la emigración y el olvido volvió a caer sobre el valle. Solo que con cinco pueblos menos.
Bucear en pantanos
El buceo en embalse es una práctica de riesgo que solo debe de llevarse a cabo con material y experiencia adecuadas. Lo primero es solicitar permiso en la Confederación Hidrográfica correspondiente. Se necesita un equipo de buceo autónomo clásico, pero reforzado con flashes destellantes, focos o cualquier otro elemento que sirva, no tanto para ver, sino para ser visto por los compañeros ya que la falta de visibilidad y la posibilidad de perder el contacto con el resto del equipo es el mayor reto para el submarinista. Como en el buceo en aguas abiertas, nunca debe de practicarse en solitario. La mejor época es al final de verano o tras largos periodos sin lluvias, que contribuyen a que se depositen parte de los limos en suspensión.
Sigo avanzando por el Camino de Santiago Aragonés . Solo que ya dejé atrás los jugosos prados y bosques de alta montaña y ahora camino (es un decir: voy con un equipo de TV y hago como que camino frente a la cámara) por los valles alomados del pre-Pirineo. Y aquí me topo de bruces con una realidad dolorosa que sin embargo ha pasado ya al olvido de casi todos los urbanitas que vienen por aquí a hacer turismo: la de los pueblos abandonados por culpa de los embalses.
Escribo esto desde Ruesta, una de las villas históricas del río Aragón por las que pasaba el Camino de Santiago y cuyos habitantes fueron forzados a abandonar sus casas en 1959 por la construcción del embalse de Yesa. El pueblo está en un alto y no quedó anegado por las aguas, pero sí sus tierras de labor y por tanto, su forma de sustento. Las casas de Ruesta, su esbelta fortaleza, su iglesia, sus plazas... todo sucumbió bajo una capa de silencio y olvido. En apenas 50 años, el tiempo ha pasado factura y hoy Ruesta no es más que una montaña de ruinas y cascotes comida por las zarzas, los rosales y las ortigas. Un fantasma más del Pirineo.
En 1988 la Confederación Hidrográfica del Ebro, propietaria de aquellos pueblos expropiados, cedió varios de ellos a asociaciones y sindicatos que quisieran recuperarlos. Ruesta fue cedido a la Confederación General del Trabajo (CGT) que de momento solo ha conseguido rescatar de la muerta a tres de sus viviendas solariegas como casa de cultura y albergues turísticos.
No soy del Pirineo ni viví la tragedia de tener que abandonar tu hogar, pero siempre me produjo una congoja especial ponerme en la piel de aquellas gentes. Sobre todo desde que hace unos años la revista El mundo de los Pirineos me encargó un reportaje sobre estos pueblos abandonados. Para ello me sumergí junto con el fotógrafo Salvador Coll en el pantano de Canelles en busca de los restos de Blancafort, una aldea inundada hace 50 años por la construcción de la presa. Fue el buceo más tétrico de mi vida. Tanto por las condiciones del pantano (bucear en el mar es una delicia pero hacerlo en un lugar construido por el hombre resulta peligroso y desconcertante), como por la sensación de solemnidad que me invadía al pensar que era el primer humano que medio siglo después volvía a las calles de aquel pueblo fantasma.
La terapia más eficaz contra el dolor de la historia es el calmante del olvido. Por eso, me parece de suma importancia hablar de estos pueblos, de la tragedia que supone que te expulsen de tu hogar, volver a pone a aquellas gentes en los medios. Una especie de cura cicatrizante para una de las heridas que más dolor provocó en el Pirineo a mediados del siglo pasado. La política hidráulica de un país en pleno crecimiento exigía la construcción de muchos nuevos embalses. Progreso para unos a cambio de la destrucción de hogares, tierras y formas de vida de otros. Esa fue la sentencia.

PD1: el proyectado recrecimiento del embalse de Yesa va a volver a poner en peligro la misma zona y los mismos pueblos, 60 años después.
PD 2: el reportaje "Fantasmas acuáticos, buceo en pantanos" fue publicado en el nº 46 (julio-agosto 2005) de la revista "El mundo de los Pirineos". El texto completo no está en su índice, por lo que lo cuelgo en este enlace por si quieres volver a leer el reportaje completo.
PD 3: también he estado un par de veces en Ainielle, el pueblo del Sobrarbe oscense que sirvió de inspiración a Julio Llamazares para escribir "La lluvia amarilla" . Emocionante hasta hacerte caer las lágrimas.
PD 4: siento este post tan largo, pero el tema me llega a lo más profundo del alma.

03 jun 2010

La estación más alucinante del Pirineo

Por: EL PAÍS

Esta mañana he estado en uno de los lugares más impactantes del valle del río Aragón, en el Pirineo de Huesca: Canfranc Estación. Cuando uno llega por primera vez y ve esta gigantesca y preciosa estación de tren abandonada, piensa. "demasiada estación para tan poco pueblo". Pero es que la estación no nació para darle servicio al pueblo, sino al revés.
Me explico. El enorme, vacío y anacrónico edificio que preside el pueblo es la Estación Internacional de Canfranc , inaugurada el 18 de julio de 1928 por el rey Alfonso XIII como un hito en las comunicaciones entre Francia y España a través del Pirineo Central. Una vieja aspiración tanto de Aragón en la parte española como del Bearn, en la francesa. Abrir el túnel de 7,8 kilómetros bajo el puerto, explanar 1,4 km. cuadrados de terreno en un estrecho valle pirenaico para hacerle sitio a la nueva estación fronteriza, desviar el cauce del río Aragón, construir la vía férrea y repoblar después los terraplenes y desmontes para evitar aludes llevó más de 50 años y fue una tarea titánica para la época. En torno a ella fue creciendo un núcleo de población dedicado al comercio y al turismo que restó protagonismo al pueblo antiguo, Canfranc, situado 4 kilómetros más abajo.
La línea del Somport se mantuvo abierta hasta 1970, cuando el descarrilamiento de un tren de mercancías en el lado francés destruyó un puente que ya nunca fue reconstruido. Para Francia, los Pirineos son la trastienda pobre del país, y no andan muy interesados en invertir en infraestructuras en esta zona. Pese a los esfuerzos y la lucha de muchos colectivos aragoneses, que claman por la reapertura del ferrocarril del Somport, la línea férrea continúa cerrada.
Y la estación, abandonada en lo más profundo del Pirineo, como un dinosaurio varado en el lugar equivocado. Un esqueleto modernista que no encuentra la manera de descansar, por fin, en paz.
Podeís ver más fotos de la estación internacional de Canfranc en el blog de Daniel Calleja

02 jun 2010

La postal más bonita del Alto Aragón

Por: EL PAÍS

Acabo de llegar a Somport, el paso histórico de los Pirineos entre Francia y España a través del valle del río Aragón. Es una de las zonas del Pirineo que mejor conozco y que más frecuento, pero no por eso me canso de decir que es también de las más hermosas.
El Alto Aragón es la esencia del Pirineo central, donde la cordillera alcanza la plenitud de una tierra picuda y quebrada compuesta por glaciares, pueblos de pizarra y madera, picos nevados y bosques hechizantes.

Pero si he de quedarme con una postal que lo resuma sería la del circo de Rioseta, el de la foto superior. Una imagen perfecta de cantiles cortados a pico que se divisa poco antes de llegar a la estación de Candanchú desde la carretera que sube de Jaca hasta el puerto de Somport.
Pero hay mucho más que ver en este valle encantado. Está Castiello de Jaca (la foto de abajo), un pueblo de piedra y madera encaramado a un cerro alargado. Está la cueva de las Güixas, en Villanúa. Y los bosques de hayas, roble y coníferas que tapizan el fondo del cauce del Aragón. Y Jaca , por supuesto.
¿Os preguntaréis qué hago aquí? Pues.... ¡el Camino de Santiago Aragonés! Esta semana continúo grabando con Canal Viajar la serie sobre la ruta jacobea que tuve que suspender la semana pasada para irme...¡a la ruta jacobea!... con la cadena SER.
El Aragonés es un ramal del camino a Compostela que empieza en el paso de Somport (el Summus Portus romano) y que baja por el río Aragón hasta Jaca y de allí continúa a Ruesta y Undués de Lerda para unirse al Camino de Santiago Francés en Puente la Reina.
Cinco jornadas a pie por el Aragón más desconocido. Os lo iré contando.




Estaba trasteando por el archivo cuando me he encontrado con estas dos imágenes. Pertenecen al mismo lugar: las cataratas que el Nilo Azul forman poco después de su nacimiento en el lago Tana, al norte de Etiopía.
Independientemente de que en época seca siempre lleva menos caudal que en la temporada de lluvias, la foto de arriba es ya un recuerdo. Hace unos años, el gobierno etíope inauguró una central hidroeléctrica que aprovecha el desnivel de las cataratas del Nilo. El agua se desvía poco antes del salto hacia una turbina y produce 750 megawatios de electricidad, no demasiado, pero suficiente para llevar llevar luz y energía al norte del país. Incluso sobra para exportar.
Antes de su construcción, las cascadas abarcaban un total de 400 metros de frente. Pero ahora un 85 % del caudal se desvía por el canal para producir electricidad. Solo entre un 10 y un 15% sigue cayendo por la catarata. Y eso, en temporada seca, se nota.
Los nativos llamaron a la catarata Tis Isat, ?el agua humeante?, porque toda la zona quedaba envuelta en una nube de agua vaporizada visible a kilómetros de distancia. A sus pies crecía una selva tropical con loros, monos y cientos de especies.
¿Tropelía mediaombiental? Supongo. Pero también se me plantea otro razonamiento. En el primer mundo hemos destrozado todo lo que se ha puesto a tiro para mejorar nuestro bienestar. ¿Tienen derecho a hacerlo ahora los africanos? ¿O han de conservar los espacios naturales para que los fotografiemos los turistas mientras ellos siguen alumbrándose con hogueras?.
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PD: un día contaré más de aquel maravilloso viaje por Etiopía, uno de los países que más me han impactado. El problema es que iba grabando vídeo y tengo pocas fotos. Capturaré algunas desde las cintas, aunque no sean de buena calidad.

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Paco Nadal

Paco Nadal es viajero-turista antes que periodista y culo inquieto desde que tiene uso de razón. Estudió Ciencias Químicas pero acabó recorriendo el mundo con una cámara y contándolo. Escribe en EL PAÍS sobre viajes y turismo desde el año 1992. Es también escritor y fotógrafo, colabora con la Cadena Ser, además de presentar series documentales en diversas televisiones.

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El cuerno del elefante, un viaje a Sudán

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