Paco Nadal >> El Viajero

10 oct 2011

Momentos impagables de un viajero: el restaurante-sala de estar

Por: Paco Nadal

Bar español Una de mis estampas favoritas cuando viajo por España es la del restaurante-sala de estar. Seguro que también habréis tenido la oportunidad de disfrutar de este endemismo hispano de la restauración, especie única en el hemisferio norte.

Bares-restaurante de pueblo o carretera donde el mismo salón que se utiliza para dar de comer a los clientes es a su vez –supongo que por razones de espacio o por una extraña querencia a la compañía – la sala de estar de la familia. De manera que junto a las mesas de los clientes, o a veces entre ellas, se despliega todo un teatrillo íntimo en el que la familia escenifica su rutina diaria. Allí está el sillón desgastado de polipiel donde hace ganchillo la abuela, la inevitable televisión a todo volumen, los juguetes de los niños esparcidos por un rincón, un aparador con ceniceros, figuritas de porcelana y una foto del mayor de cuando hizo la mili.

Es, sin duda, la manera más parecida a cenar en casa y otra impagable aportación hispana a las formas de viajar. A veces las escenas son tan entrañables que me dan ganas de pedir una zapatillas y una bata de cuadros para no desentonar en el conjunto pictórico.

Mientras acabas tu sopa castellana o mezclas el tinto con casera, el abuelo lee el Marca, la niña zapea en la televisión, la madre regaña a los menores para que no le echen tanto ketchup a las salchichas... ¡Hogar, dulce hogar!

Un día comía en una venta de carretera que había adquirido cierta fama en el entorno por la calidad de sus paellas caseras. Se trataba de un antiguo ventorrillo instalado en la propia casa del dueño, cuya tenacidad y cierta dosis de buena suerte le había procurado una creciente clientela urbana que llegaba allí atraída por esa neo-ruralidad tan en boga que ha puesto de moda cualquier cosa que recuerde a la casa de la abuela, por cutre que sea.

La venta daba la sensación de haber crecido a puñetazos, como si cada nueva ampliación se hubiera hecho contra, en vez de a favor del resto de las estancias. El propietario, tras terminar de hacer paellas en la chimenea, puso una silla en medio del comedor, agarró el mando a distancia, subió los pies a otro taburete, triplicó el volumen del aparato de TV y se repantigó mientras zapeaba de canal en canal, como haríamos tú y yo en la intimidad de nuestro salón.

Claro que él “estaba” en su salón y las dos docenas de clientes que en ese momento ocupábamos el establecimiento no éramos más que parte del mobiliario.

Por supuesto, como nadie movió un dedo, yo tampoco me quejé. No fueran a pensar que era el prototipo de hombre con una sola neurona incapaz de hacer dos cosas a la vez: comer, ver la televisión y estar con la familia ¿O eso son tres?

Hay 10 Comentarios

Eso mismo es lo que ocurre en nuestra casa, pero en la cocina. Los proveedores pueden encontrarse una bicicleta en la cámara o un balón en la máquina del hielo. Las sartenes de juguete comparten espacio con las de verdad, frutas y verduras de plástico se confunden en la nevera con las de la huerta. Divertidisimo, caótico, entrañable.

Eso mismo es lo que ocurre en nuestra cas, pero en la cocina. Los proveedores pueden encontrarse una bicicleta en la cámara o un balón en la máquina del hielo. Las sartenes de juguete comparten espacio con las de verdad, frutas y verduras de plástico se confunden en la nevera con las de la huerta. Divertidisimo, caótico, entrañable.

En una aldea de la provincia de Huelva, Puerto Lucía, tienen una versión diferente, el restaurante-iglesia. La pequeña capilla del pueblo comparte espacio con el único bar. Algo, creo, aún más surrealista.

Esos bares/terruño no tienen precio.
Es "la españa del borrico, el regüeldo, el estornudo y la pedorreta".
[Tu sarcasmo, como siempre, tampoco tiene precio].
¡¡Bien, coño, bien!!.

Paco, ¿disfrutaste de la neo-cutrez del "chupa"? Era un garito sin licencia creo recordar que en Llano del Beal (o algo así) que adquirió cierta fama hace unos pocos años en Murcia gracias a su caldero. Detalles como el vino servido en botellas de litro y medio de agua o de coca-cola lo hacían inimitable. Y de camino al baño podías encontrar cualquier cosa.

Yo tengo un máster em garitos cutres, pero creo que como ese no he visto ninguno.

Lo más gracioso es que llegado un momento se había llenado de snobs de la capi buscando autenticidad (lo cual me hace pensar: ¿seré yo uno de ellos?).

Hablo en pasado porque oí que lo cerraron, pero tal vez me equivoque, yo hace ya unos años que no voy.

Un saludo

Hace tiempo que no me encuentro con uno de esos lugares pero los he conocido en los tiempos en los que recorría más a menudo la geografía hispana, alguno por Francia también ví. Recuerdo uno muy especial, en Beleño, al que solíamos ir a comer el único plato de la casa: patatas fritas con huevos y chorizo, mira tú que cosa tan difícil de hacer, pero allí sabía mejor que en cualquier otra parte.
Besos.

Un clásico entre los clásicos. Toda la vida hemos tenido este tipo de locales. Además de caseros en algunos suelen dar unos menús potentes potentes, jajajajaja!!!

Saludos.

No he tenido la suerte de estar en un restaurante-sala-de-estar que tan bien describes. Quizás porque en mis pocos viajes por la Península no he llegado a gozar de la meseta castellana, ni de Extremadura ni de tantos sitios que me gustaría visitar. Cuando lo haga intentaré dar con un sitio con ese encanto que cuentas y seguro que me acordaré con gratitud de esta entrada tuya.

Jajajaja, ¡esa España de bares de carretera......!

No sólo en España pasa eso.
Yo lo he vivido en la Brasserie Medard, en Saint Amandstraat, pegado a la plaza central de Brujas. Un restaurante familiar que recomiendo por sus excelentes comidas caseras, sus cervezas a mitad de precio y el ver a los niños de la familia jugando frente a un televisor mientras los abuelos compaginan la cocina y la barra con su cuidado.
Eso sí, si no te conocen (nosotros nos hicimos asiduos) veras que, aunque haya mesas libres, te dirán que está todo reservado, porque tienen parroquianos fijos que saben que en un momento u otro aparecerán por allí. A nosotros nos sentaron tras decirle a otra pareja que todo estaba reservado. ¡Ya éramos de la familia!

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Sobre el autor

Paco Nadal

Paco Nadal es viajero-turista antes que periodista y culo inquieto desde que tiene uso de razón. Estudió Ciencias Químicas pero acabó recorriendo el mundo con una cámara y contándolo. Escribe en EL PAÍS sobre viajes y turismo desde el año 1992. Es también escritor y fotógrafo, colabora con la Cadena Ser, además de presentar series documentales en diversas televisiones.

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