Paco Nadal >> El Viajero

21 nov 2013

La historia del arquitecto que acabó siendo hippie-kogui

Por: Paco Nadal

Sami y Silfo

Samila Cifuentes acicala para la foto a su padre, Silfo 

José Luis Cifuentes nació en una familia acomodada de Cali y tenía que haber sido arquitecto. Pero él en realidad lo que quería era ser hippie.

Corrían los años 70 del siglo pasado, el flower-power estaba en plena ebullición y miles de jóvenes de todo el mundo buscaban respuestas al consumismo capitalista y a los planteamientos del existencialismo por vías alternativas. Silfo, como lo llamaban sus amigos, dejó la cómoda vida familiar y la Facultad de Arquitectura y se dedicó a viajar por Sudamérica durante varios años en busca de tribus indígenas de las que pudiera obtener respuestas.

Convivió con muchas pero en ninguna encontró lo que buscaba. Estaba a punto de salir para el Sudeste Asiático en este peregrinaje de psicotrópicos, amor libre, meditación y rechazo al consumismo cuando alguien le hablo del pueblo kogui, que vivía en lo alto de las laderas de la Sierra Nevada de Santa Marta, al norte de su Colombia natal.

- “¿Por qué no visitarlos antes de irme definitivamente?”, pensó. Y se subió él solo por la cuenca del río San Miguel en busca de los koguis. Los encontró a los tres días de ascensión y nunca olvidará lo que le dijeron, porque aquella frase cambió su vida:

- “¿Cuándo te vas?”

-¿Cómo que cuándo me voy?”, respondió. “Si he venido a estar aquí con vosotros, a conoceros”?

- “Nosotros grandes, tú pequeño. No gustar tú aquí, ¿Cuándo te vas?”

En ese momento supo que había encontrado lo que buscaba: una comunidad indígena fuerte y orgullosa, que no aceptaba el rol “indio pobre, blanco rico”, sino que despreciaba todo lo que viniera de la civilización. Ya no tenía que irse a Asia en busca de respuestas; había encontrado su sitio a solo unos cientos de kilómetros de su Cali natal. Pero no le iba a ser fácil.

Koguis

Vivienda tradicional kogui en la reserva Taironaka

Los indios le acompañaron río abajo para asegurarse de que se iba. El bajó, pero en cuanto lo dejaron solo volvió a subir. Lo volvieron a bajar y él volvió a subir. Pasó un año entero así, intentando que la comunidad kogui le aceptara. Por más que les abría su corazón y les expresaba sus buenas intenciones, los kogui le hacían el vacío, no le hablaban, no le enseñaban a sobrevivir en la inhóspita selva montañosa. Para entonces ya se le habían unido otros tres hippies, dos hombres y una mujer.

Pasado un año, el mamo (sacerdote) mayor le dijo al cacique que dejara de molestar a los blancos y les ayudara, porque también eran sus hijos. Fue el punto de inflexión: a partir de ese momento empezaron los cuatro su vida como koguis. Se hicieron unos indígenas más, y en vez de aculturizarlos, fueron ellos los que se disolvieron en la cultura de ese pueblo de las montañas: vistieron como ellos, cultivaron como ellos, hicieron sus casas como ellos, aprendieron su lengua, mascaron jayu (hoja de coca tostada) con el poporo como ellos.

Poco a poco se les fueron uniendo hippies de medio mundo que llegaban en busca de un sueño ecologista y de rechazo al capitalismo. Llegaron a formar una amplia comunidad que la prensa colombiana y los intelectuales bautizaron como los hippie-koguis.

Playa la Roca 2

Hotel Playa la Roca, en Palomino (Colombia)

Silfo me cuenta todo esto sentado una noche ventosa en una especie de maloka de palo y palma que él mismo ayudó a construir en el hotel Playa la Roca, que regentan su hija mayor, Samila, y su yerno Mario. Silfo lleva larga barba blanca, el mismo color de la túnica y los pantalones que siempre usa. Lleva también en bandolera la eterna mochila kogui, de la que ningún indígena se separa. Es delgado en extremo, tan enjuto como puede ser alguien que pasó 40 años viviendo una vida sencilla y austera alejada de los placeres del capitalismo en lo alto de una selva húmeda, a 1.500 metros de altitud.

Porque Silfo estuvo cuatro décadas allá, en la sierra, se casó con otra joven hippie de familia acomodada de Bogotá que subió huyendo también del capitalismo, crió cuatro hijos y allí arriba seguiría si el conflicto armado que vivió Colombia no le hubiera obligado a él y a otros hippie-koguis a bajar en el 2003 a “la urbana” ante la inseguridad de los continuos choques entre la guerrilla, los paramilitares y el ejército.

Me deleito dejándole hablar y escuchándole. Silfo destila humanidad y paz. La de alguien que ha vivido bajo unos principios férreos y en pleno contacto con la naturaleza. Su sabiduría emana del hecho de haber experimentado dos culturas tan diferentes. Eso lo hace un testigo privilegiado de dos mundos que chocaron hace mucho tiempo: el capitalismo urbano y el indigenismo rural.

Playa la Roca

Terraza de una de las cabañas del hotel Playa la Roca

Pero no solo es él. Su hija Samila tuvo la suerte de criarse también entre esos dos mundos. Creció como una kogui en medio de la selva –una especie de Mowgli feliz- y no supo lo que eran unos zapatos hasta los 15 años. Pero luego estudió en la Universidad, viajó por Europa, aprendió idiomas. Mario es antropólogo, pasó 4 años como hippie-kogui en la sierra y tras mil peripecias de búsquedas y fracasos, de errores y aciertos, encontró la paz que buscaba, el polo a tierra firme, en Sami y su familia.

El hotel Playa la Roca lo levantaron entre toda la familia como forma de sustento cuando tuvieron que huir de la sierra. Lo hicieron aplicando las estrictas formas de construcción kogui, usando solo maderos y cuerdas vegetales, reciclando materiales, siendo respetuosos con la naturaleza. Está en una playa casi solitaria, a una hora y media de Santa Marta por la carretera de La Guajira, al borde de un hermoso palmeral, entre arenales blancos enmarcados por una gran roca y el azul intenso del Caribe.

Pero lo mejor del hotel es que emana la misma paz espiritual y la misma sabiduría natural que sus tres creadores. Puedes ir sencillamente a alojarte en sus cabañas y nadie te molestará. Pero si quieres un rato de conversación, un poco de espiritualidad, un baño de arcilla sanadora, una infusión que limpia el alma o compañía durante tus silencios, pídeles a Silfo o a Sami o a Mario que te cuenten cómo podían ser autosuficientes allá en la sierra, cómo eran felices sin usar el dinero, qué hemos hecho mal para ser tan dependientes de lo manufacturado cuando la naturaleza nos lo da todo.

Y sobre todo, que te cuenten qué hay de bueno y de malo en cada uno de esos mundos antagónicos que ellos han conocido y cómo podemos conjugarlo para ser felices.

Que, en definitiva, es lo que todos andamos buscando.

Hay 16 Comentarios

yo estube arriba en la sierra en el 85 (tenia 20), con mi compadre Hernan Cedano, marcelita gil, sangalaisa y sus hijos, fue una experiencia unica e inolvidable, pero yo era muy joven entonces y la civilizacion ahun me halaba duro...Piazo civilizado decia el compadre Sangalaisa, ellos hablaban de Silfo pero nunca lo conoci; tambien supe que Humberto Monroy estuvo alli por un tiempo...
Hoy vivo en los EEUU pero de vez en cuando me da nostalgia de esos tiempos, es comoo hoy encontre este articulo, por que busque Google images de la Sierra Kogui...
tal vez mis compadres no usan estos medios tan civilizados y frios pero si alguien los conoce o ve diganles que los recuerdo siempre...

Me fascino la historia de Silfo. Ojala todos tuvieramos el coraje de alejarnos del consumismo y del capitalismo que a larga son lo mismo. Anhelo conocer su paraiso y doy gracias a Dios por la bendición de este lugar. Nos conocimos en Belen Lana Virgen. Y desde ese momento les cuento a mis amigos de Barranquilla, q entre santa marta y riohacha hay un lugar muy especial ppr conocer

Paco un abrazo desde el pie de monte serrano lleno de brisa marina y sol de verano. Desde que salio el articulo lo hemos leído pero ha sido algo difícil comunicarnos por aquello de que "la tecnología nos atropella"!!!
Como le comentaba a Toya nunca te habíamos leído pero tu prosa nos encanto y descubrimos nuestra admiración por el oficio pero tambien por la capacidad de compartir todo ese kilometraje que llevas encima. Siempre estaremos agradecidos con el Creador por conocerlos, buena brisa y brillante sol Amigo!!!!

Por cierto, no había leído el post. Pero después de leer 3 o 4 líneas ahora no descartaría que fuera tan frívolo y mercantil como cualquier otro al estilo. Pero, en fin, todo sea por restregarles un poco su vicio a las masas colgadas del tripi aeroportuario.

Sólo 11 comentarios. Un tema de demasiado peso y entidad para las simples masas hooligans del viaje, sin duda. Viajar es huir, ya lo dijo el sabio. La avionitis es una droga tan dura o más como vivir en el planeta fútbol o en la galaxia telebasura que todos los géneros y especialidades engloba, pero mucho más estresante y cara.
A mí hasta que el viajero no ha dado el paso transcendente y vertiginoso de quedarse en su casa a ver qué pasa con lo suyo no llega a resultarme ni fiable ni interesante.

Silfo y toda su familia son unos seres maravillosos. Esta historia es bella, pero no alcanza a dibujar todo lo que se vive al lado de ellos...Gracias Jate, gracias Sami, gracias Mario y gracias a todos por tan bellas experiencias compartidas. Ajoo.

Creo que el hippie acaudalado no te ha contado lo que pasa con la venta de parcelas en el Tayrona y lo de los hoteles en suelo del parque nacional.... Se le habrá olvidado seguramente

¡Muy buena historia! y curioso como se entrelaza el destino de unos hippies que buscaban la paz en la jungla, con la historia violenta de los conflictos que azotaron Colombia y que ojalá estén a punto de terminar para siempre.

http://www.quepenaconusted.com/2012/05/me-rasco-porque-me-rasca.html

Conozco algún que otro hippie que vive con la tranquilidad de saber que si todo va mal, siempre puede volver con su acomodada familia...

Gracias Paco por contar de manera tan conmovedora la historia de Silfo y su familia , personas extraordinariamente humanas y con las que sabemos los que hemos tenido suerte de conocerles que cada encuentro con ellos significa un aprendizaje muy especial sobre la vida.

Me encanta este blog, pero creo que voy a dejar de leerlo porque cada vez me produce más envidia, jaja. Pero como puede ser que haya gente que vive tan bien? http://xurl.es/9ik46

Gran historia Paco, los koguis me infundieron un gran respeto por su cultura, ajena a lo rápido que está cambiando Colombia

Gracias Silfo, Sami y Mario por esta enseñanza de vida y por todos los mimos que nos habéis dado

que buena história de vida, la verdad és que necesitamos muy poco para viver en armonia.

Bonita historia. El que conocieras primero el camino a la 'Ciudad Perdida' y vieras las condiciones de los pueblos kogi antes de conocer esta historia, seguro, seguro que te habrá servido para apreciarla más (en calidad y cantidad).
Todavía recuerdo el pueblo que había al lado de donde se dormía la segunda noche (¿sigue estando?) y antes de pasar aquel puente de un tronco. Recuerdo las gentes, y las cabañas/viviendas, y la armonía. Todavía lo recuerdo.
Bonita historia, de nuevo.
Bonita historia, compañero.

Hola, esta historia me ha parecido fantástica. Y, además, te ha salido una narración extraordinaria. Me dan ganas de dar las gracias sin saber por qué.

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Paco Nadal

Paco Nadal es viajero-turista antes que periodista y culo inquieto desde que tiene uso de razón. Estudió Ciencias Químicas pero acabó recorriendo el mundo con una cámara y contándolo. Escribe en EL PAÍS sobre viajes y turismo desde el año 1992. Es también escritor y fotógrafo, colabora con la Cadena Ser, además de presentar series documentales en diversas televisiones.

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