Martín Caparrós

Al maestro Chenel

Por: | 24 de octubre de 2011

Se diría que un blog no es para nada de esto: ni para colgar viejas historias, ni cargarlo con tres mil palabras, ni rendir homenajes personales, ni mucho menos para que un argentino –país donde los toros son sólo carne y sexo– cuente cuentos taurinos. Pero es que poca gente me ha hecho emocionar tanto como don Antonio Chenel, y ahora resulta que se ha muerto. Por eso esta infracción, este recuerdo: una entrevista que le hice hace quien sabe doce, quince años y que, entonces, titulé El Maestro.Achenel2

 

La situación era ridícula. Yo llevaba varios dìas en Madrid, pensaba entrevistarlo y no me decidía a marcar su número porque no podía resolver un problema: con qué nombre llamarlo. En sus carteles siempre apareció como Antoñete, pero me daba pudor usar ese diminutivo: me parecía confianzudo, inadecuado. Y Antonio Chenel o don Antonio me sonaban demasiado solemnes para alguien que me había hecho llorar. Así que no lo llamaba, y el tiempo se me estaba terminando.

Aunque el tiempo, en realidad, era largo: todo había empezado muchos años antes. Hubo, aquel verano del ‘82, un día memorable. Esa tarde miles de muchachos argentinos se rendían a los ingleses en unas islas en invierno y en Madrid hacía calor y mucha lluvia. Cuando llueve las corridas de toros se suspenden; en los pasillos de la plaza de Las Ventas, veinte mil aficionados esperaban que pasara el chubasco para ver a un resucitado.

Antonio Chenel, Antoñete, don Antonio, el torero, había amenazado varias veces con ser un grande. Y, cada vez, algo lo había impedido: lesiones, retiros, escándalos menores. En esos días ya estaba por cumplir cincuenta años, demasiados para cualquiera –y más para un torero. Pero había vuelto el año anterior, después de un ostracismo largo, y todos esperaban. Yo también.

Media hora después, cuando las nubes escamparon, el señor embutido en un traje de luces verde y oro, un poco gordo, mechón de pelo blanco y maneras cansinas, hacía bailar un toro con lentitud de sueño. Era un hombre mayor, sin la defensa de su físico: puro saber, deseo de la belleza. Hacía mucho que no se veía tan buen toreo en la plaza de Madrid. Los veinte mil aficionados arañaban el éxtasis. Muchos gritaban los oles de rigor, bastantes se agarraban la cabeza o retorcían las manos o temblaban, alguno tiró a la arena su chaqueta. A mi lado, un viejo andaluz estaba al borde del soponcio y repetía un susurro como una letanía:

–Esto no se pué ver. Esto no se pué ver. Es que esto no se pué ver...

Decía, con fatalismo raro. Hasta que realmente no pudo más, se dio vuelta y dejó de mirar: no sabía soportar tanta belleza. En el ruedo, el torero completaba su obra. Más tarde, cuando pude volver a pensar, me dí cuenta de que nunca había visto mayor homenaje: un espectador que, llegado a tal punto, no puede serlo más. Como quien mira al sol –y se enceguece. Al día siguiente el diario El País, que solía ser discreto, publicó en su primera página una nota sobre la corrida: “Ayer se detuvo el tiempo en Madrid”, se titulaba.

* * *

El tiempo –ya queda dicho– es largo. Antonio Chenel había nacido en junio de 1934 en una casa pobre de Las Ventas, a metros de la plaza. Su padre era un obrero izquierdista que los domingos trabajaba como “monosabio”. Cuando empezó la guerra civil española, Antonio era tan chiquito que todos lo llamaban Antoñete; en 1939, cuando terminó, con la victoria de Franco, su padre había quedado entre los perdedores. Los Chenel eran trabajadores: republicanos, socialistas, comunistas. Dos de sus tíos fueron fusilados. El padre quedó preso y, muchos años después, el torero recordará que la primera vez que su madre lo llevó a visitarlo estaba tan demacrado y harapiento que no llegó a reconocerlo.

–Si mala fue la guerra, la posguerra fue mucho peor... Había un hambre canina, figúrate. Yo no podía ir al colegio porque era hijo de rojo, no me admitían. A los diez años empecé a trabajar.

–¿De qué?

–De todo. De todo. En aquella época sólo había trabajo para los aprendices, en cualquier oficio. Pedían aprendices adelantados. Y yo no había adelantado nada, no sabía ni leer. Pero iba diciendo que era aprendiz adelantado. Y duraba una semana, hasta que se daban cuenta de que no tenía ni idea, y a la calle. Pero ya cobraba una semana. Así fui mecánico, tornero, vidriero, pintor de brocha gorda...

Me dirá, muchos años después, cuando por fin le encuentre un nombre, el torero.

 * * *

Cuando crío, el torero no era el torero y vivía en la plaza de toros, con un cuñado mucho mayor que él, encargado de cuidarla. Y nunca dudó de que sería torero. Pero, mientras tanto, andaba en pandilla con los chicos del barrio: se robaban un par de papas cuando podían, se colaban en los partidos del Real Madrid, recogían las colillas del suelo para armar y vender cigarrillos y, sobre todo, pasaban mucho hambre.

Hasta que debutó, en 1951, como torero: dos años después era el niño mimado de la afición madrileña, la más exigente del mundo. Fama y pesetas le cayeron encima a cataratas, y el muchacho decidió aprovecharlas:

–La verdad es que tenía todos los vicios. O todas las virtudes, según cómo se mire.

El torero era rumboso y lo miraban mal. Le podían tolerar que se hubiera comprado un Buick de dos colores –un “haiga”, los llamaban, porque se suponía que el nuevo rico iba al concesionario y pedía “el más grande que haiga”–; le podían tolerar que fuera mujeriego, jugador, que fumara y bebiera con denuedo: un buen torero tenía derecho a hacerlo.

–En aquella época, la mayoría de los toreros éramos terribles a la hora de sentarnos a la mesa y a la hora de meternos en la cama. Habíamos pasado tanta necesidad de tantas cosas...

Lo que no toleraban era su forma de no cumplir con ciertas reglas:

–A mí nunca me importaron esas cosas, y el régimen y su pacatería me tenían sin cuidado. Lo odiaba. Y yo cogía una de esas mujeres que decían que eran malas, pero que para mí eran muy buenas, y pensaba si ésta es buena para la cama, también vale para salir a pasear. En vez de esconderme, como hacían los otros, pues vamos a la Gran Vía, a Casa Lucio, adonde fuera. Yo era un bicho raro para aquella época, molestaba. Y claro, mientras estuve en la ola me respetaban, pero cuando pudieron meterme mano me metieron, empezaron a quitarme contratos, a hacerme a menos...

 * * *

En esos años el torero alternó gozos y sombras: se casó con la hija de un banquero, lo cornearon los toros, tuvo seis hijos, se retiró, se separó, se deprimió, bebía, volvió a los toros, tuvo uno de los mayores éxitos que se recuerdan en Madrid. Fue en mayo de 1966: todos los aficionados han escuchado hablar de aquel famoso toro blanco. Muchos dicen que fue la mejor faena de la historia. Y casi todos cuentan que estuvieron allí. Esa tarde en la plaza debía haber unas setecientas mil personas, quizás alguna más.

–Sí, por lo menos. Sólo en fotografías me costó a mí un millón y medio de pesetas. Tuve que hacer miles, todos me la pedían. Oye, una foto tuya, pero con el toro blanco. Sí, cómo no.

Me dirá el torero cuando le encuentre un nombre y lo encuentre y él fume y fume, como siempre, tome café y beba más recuerdos. Imponente, la cabeza de aquel toro blanco nos mirará desde la pared de piedra de su casa: una finca chica a una hora de Madrid, el retiro del guerrero. En este living, grande, austero, las cabezas de sus mejores toros siguen hablándole de aquello: el torero me contará batallas –que ya ha contado tanto– como si fuera la primera vez. Amable, entusiasta: me convencerá de que le importa que lo escuche, y quizás hasta sea cierto:

–Aquella faena no me la olvido más: todavía recuerdo cada segundo, como si fuera hoy. Es que era tanta la necesidad que tenía en aquella época: estaba recién separado de mi mujer, estaba sin tabaco; le exprimí hasta el máximo.

El torero tuvo, en su carrera, treinta y tantas cornadas más o menos graves, y una docena y media de fracturas, pero suele decir que las únicas cornadas que no se curan son las de las mujeres. Yo, cuando le encuentre un nombre, le preguntaré qué hay del mito que pretende que un torero tiene todas las que quiere, que es más macho que nadie.

–Al fin y al cabo, pues ellas ven que te juegas la vida delante del toro. Y tienes que ser hombre en la plaza, tienes que demostrar tu hombría, y eso atrae a la mujer.

–Bueno, pero el hombre en la plaza y el hombre en la cama no tienen por qué ser la misma cosa.

–No, pero por regla general, pues sí, lo somos. Aunque algunas se sientan defraudadas por ciertas circunstancias, ¿no?

Dirá, con otra risa. El torero tiene la cara hecha de arrugas, surcos, ojeras, cicatrices: una cara donde cada día está escrito con muchos adjetivos.

 * * *

Hay muchos que imaginan que el toreo es cuestión de cojones, una demostración de valentía. Pero el toreo, cuando es bueno, es sobre todo una producción estética, la danza inverosímil entre un hombrecito y una bestia parda. La belleza donde no puede estar.

–Miedo tenemos todos. El valor te viene del deseo de hacer una cosa que te gusta, que es torear. Miedo tienes, porque sabes que te va a pasar algo, que te puede pasar en cualquier momento, y ves las tragedias que pasan por ahí, y siempre llega un momento que te coge, te pilla el toro. Pero puede más la afición, la afición que tienes por torear, y el conseguirte una situación, que el dinero también atrae.

–¿Y cuándo se tiene más miedo? ¿Cuando sale el toro?

–No, qué va. Lo peor es en el hotel, esperando para salir. Te dan muchas ganas de no ir a la plaza. Tantas veces me he preguntado qué haría yo para no ir. Es tremendo. Piensas en la plaza llena, cómo estará el público, cómo será la corrida, cómo estaré yo... Ahí pasas mucho miedo. Te pasan por la cabeza cincuenta mil cosas, y de verdad no quieres ir, pero te sobrepones y vas. Yo una vez que sale el toro no he pasado miedo. Ahí ya nada más estás pendiente de sus reacciones, de entenderle, de hacerle todo lo mejor que puedas.

–Y llega el momento decisivo...

–Son minutos, no dura mucho, pero son de una intensidad tremenda. Cuando el toro es regular estás muy en tensión, sabes que te puede coger y tienes que hacer por evitarlo. Y cuando tienes un toro bueno, pues... Cuando le has dado unos pases buenos y ves al público puesto en pie aplaudiendo, si ahí te dicen mira te doy tanto dinero, lo que quieras, si me cambias el sitio, no habría caso. Ahí no te cambias por nadie. No te importa nada, nada. Una sensación de poder absoluto. Cuando te das la vuelta y ves esa plaza volcada contigo, la emoción es que te ahoga. Allí te tienes que sujetar, porque te gustaría pegar saltos, festejar, pero tienes que comportarte como lo que eres, el torero, y aguantarte, y no expresar la alegría esa loca que te da.

–¿Cómo debe comportarse un torero?

–Con seriedad, porque al fin y al cabo te estás jugando la vida. Pero tienes que sujetarte, porque es una alegría inmensa la que tienes.

–He oído a toreros diciendo que era una relación casi sexual lo que tenían con el animal en ese punto.

–No. Hay algunos que dicen que es sexual. Yo no, lo mío es cariño puro. Cuando ya te sale bueno sientes un enorme cariño por él: toro bonito, toro guapo, le hablas al toro. Yo le digo esas cosas; son tonterías, pero las sientes en ese momento. Venga toro bonito, toro guapo, embiste. Cositas. Piropos. El toro tiene que saber que tú lo estás queriendo.

–¿Y la muerte? ¿Tienes la sensación de que la conoces más que otros?

–Hombre, la muerte está ahí. Te acostumbras, la miras de diferente manera. Ha estado rondando, sabes que tiene que llegar... Hay gente que le tiene más miedo a la muerte... Pero tú la has tenido al lado, has vivido y has comido y has dormido con ella, alrededor de ella. Pues creo que el torero no le tiene tanto miedo a la muerte como otra persona que no la ha llevado nunca tan de cerca. Cuando te coge el toro no sabes lo que te puede pasar, no sabes lo que llevas, si te vas a despertar después...

–¿Cómo es cuando te coge un toro?

–No sientes casi nada. Te ha cogido, te zamarrea, caes al suelo, y cuando ves la herida no sabes lo que llevas p’adentro. Por el sitio sabes la gravedad, más o menos. Pero cuando te meten en la enfermería, pues que sea lo que Dios quiera, ¿no? Te dicen tranquilo, no pasa nada... Pero tú sabes que claro, no te van a decir otra cosa. Yo pedía la inyección, para dormirme, y ya.

 * * *

A principios de los años setenta, la carrera del torero agonizaba otra vez. El toreo pasaba por un mal momento: los turistas alemanes compraban los saltos del Cordobés y el arte tradicional y austero del torero no tenía lugar. Toreaba poco, y se retiró en 1975, sin gloria, oscuro. No tenía nada que hacer: callejeaba, jugaba a las cartas, se lamentaba de no haber sido lo que habría podido. Aburrido, sin dinero, aceptó una invitación a Venezuela y allí empezó, poco a poco, otra vez. Volvió a España en 1981, y su reaparición fue como un latigazo: terminado el franquismo, el toreo volvía a interesar a los jóvenes que lo habían despreciado por nacionalista y folclórico, y el retorno del viejo traía un olor de pureza que cuajó enseguida.

En esos años consiguió triunfos clamorosos y, sobre todo, el respeto definitivo de la afición. “Antoñete, en la cima de su maestría, se alzó soberbio como rey indiscutible...”, decía, por ejemplo, el comentario de un diario de entonces. Yo, cuando lo vea, le preguntaré si no lo impresionaba leer esas cosas sobre sí mismo, y él se sonreirá y bajará un poco las cejas, como si fuera a ser modesto. Pero no es modesto: sabe quién es y qué se dice de él y le gusta que así sea y está seguro de que se lo ganó. Por eso hablará calmo, sin ninguna estridencia: como quien no precisa demostrar más nada.

–Sí, me importa pensar que se van a acordar de mí. Siempre me ha importado llegar a figurar y dejar algo de lo que has hecho. Tener el reconocimiento de la afición. Ir por la calle y que te pidan un autógrafo, eso es muy bonito. Ver que he dejado algo, que el día de mañana digan Antoñete ha dejado algo en el toreo. Eso para mí es tan fundamental como era de pequeño ganar dinero.

En 1986 el torero se retiró casi del todo y se compró su finca con encinas, en un terreno yermo que sirve, más que nada, para criar toros. Allí tiene esa casa de piedra y, alrededor, todo tipo de animales: perros, gatos, caballos, y por supuesto, toros bravos. Allí se casó, hace un año, con Carina, una francesa treinta años menor que él, con quien vivía desde hace diez y dice que es feliz. Con ella administra sus veinte vacas, que van pariendo terneritos de lidia, y cuida al semental que las atiende. Romerito es un toro tremendo, de siete años y terribles cuernos, uno de sus grandes amigos.

–Es que los que están en contra de la fiesta no entienden que la única forma de que exista la raza de los toros bravos es que haya corridas de toros. Es una raza que no sirve para nada, que no da buena carne, que cuesta carísima: si no fuera por las corridas se extinguiría.

Además, dirá después, la corrida es el mejor destino para un toro: el animal se ha pasado cuatro años corriendo por los campos, haciéndose fuerte y hermoso y después, en veinte minutos, lo matan ante la admiración de mucha gente. Comparado con otros destinos vacunos –el matadero, el arado todavía– es un lujo, dirá, y, más tarde, me llevará a ver a Romerito: el animal es tremebundo, pero cuando su dueño lo llama va, recibe de su mano un puñado de bellotas y le acaricia los brazos con sus cuernos. El toro se cree corderito, no se da cuenta de que mete miedo.

–Romero, guapo, bonito, cuéntame qué te pasa. Es esa vaca, ¿verdad? Esa que te trae chalaíto, ¿eh?... ¡Ay, que no te deja tranquilo, coño, cómo son!

Casi todos los días el torero se sienta bajo una encina y charla con el toro. Le habla sobre sus viejas faenas, sobre otros toreros, sobre grandes toros. El toro lo mira, lo lame, come sus bellotas. Un hilo de baba le cuelga de los morros.

–Yo le digo cosas y él parece que me entiende. Se ha hecho muy buen amigo mio. Pero cuando le cuento una faena nunca le digo cómo maté al toro. No sé, me parece que no debo, que no corresponde... Me parece que no le gustaría.

CertificadoPadilla 4

* * *

Cuando lo encuentre, cuando por fin le encuentre un nombre, el torero ya estará retirado: tendrá casi setenta, demasiado incluso para él. Pero me dirá que le siguen dando tantas ganas de bajar al ruedo:

–Muchas ganas, muchas. Muchas veces cuando veo la plaza llena, y mucha expectación, la gente caliente... Lo que daría yo por estar allí, con un toro por delante.

Dirá, y se pasará la mano por los ojos, como quien ahuyenta un fantasma deseado, y dirá que “todos los toreros nos morimos soñando que vamos a volver a torear, porque la faena perfecta nos la llevamos a la tumba”. Después le dará una pitada al cigarrillo eterno, con tos, la voz ronca:

–Mira, te voy a decir una barbaridad. Una barbaridad. Si a mí me dijeran bueno, te vas a morir dentro de diez años, yo diría pues dame siete, poder torear y en vez de morirme en una cama, que me mate el toro. Haría un pacto.

–Si hubiera con quién.

–Si hubiera con quién, claro. Sí que lo haría. Y eso que no soy ningún suicida, que me gusta vivir, y más ahora que soy feliz y no me falta de nada. Pero morir en la plaza, y no en la cama, es la muerte del torero. La culminación de mi vida, ¿sabes?, la muerte que yo querría para mí. Para morirme torero, como he vivido.

* * *

El torero, por suerte, sigue vivo. Y yo, aquellos días, en Madrid, seguía sin encontrarle un nombre y seguía postergando mi llamado. Hasta que ya no pude. Se me acababa, como siempre, el tiempo, y creí que se me había ocurrido una solución:

–Buenas tardes. ¿Está el maestro?

–Sí, soy yo.

Dijo una voz de hombre cascada, aguardentosa: el maestro soy yo, decía –sin siquiera decirlo, como quien sabe que ya no es necesario que lo diga–, y yo, por un segundo, me quedé en silencio, sin poder hablar. No hay mucha gente que yo admire tanto. Dos días después, en su casa, le pregunté con qué nombre se identificaba. El maestro fumaba sin parar.

–Todo el mundo me conoce por Antoñete, más que por mi propio nombre. Pero ahora ya no me llaman Antonio ni Chenel ni Antoñete ni nada. Ahora es maestro: maestro p’arriba, maestro p’abajo...

–Y eso de que le digan maestro...

–...me llena de orgullo. Me hace sentir que mi vida ha valido la pena. Sí, me gusta esto de maestro.

Que en el nombre de la cosa está la cosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo –decía otro maestro, que nunca quise ver, por si las moscas.

Hay 19 Comentarios

Una maravilla, te metes en el alma de algo tan misterioso y ancestral como es el toreo. Ponerle una ideología a esto como lei en otros comentarios es propio de mentes pequeñas.

Sólo he visto corridas de toros en películas,no me gustan,no me gusta que críen y maten animales para el espectáculo.No me gusta que se mate gente en las guerras,no me gusta qaue invadan a países con excusas nol probadas,no me gusta la mentira,no me gusta el doble discurso,no me gusatan los niño que se drogan y matan,no me gusta los patriotgerismois hipócritas,voy a ser más buena porque no me guste y condene a las corridas de toros?A ese animal es espantoso verlo morir,pero más espantoso es lo que no vemos,los niños mutilados muertos en pedazos gracias a las bombas de los hombres.Me gustaría más un mundo sin todo esto que un mundo sin corridas,son en pocos países y le puede gustar a algunos la estética.La estética de la muerte a manos de los salvadores del mundo,niños,mujeres e inocentes m,e preocupa mucho más.

“El toreo, cuando es bueno, es sobre todo una producción estética, la danza inverosímil entre un hombrecito y una bestia parda.” Matar por diversión y torturar para regocijo de la turba es “estético” dice Doña Capa con mantón de Manila. Es decir que piensa igual que la archiduquesa y derechona recalcitrante Esperanza Aguirre. Es un “acto cultural”, bárbaro y sádico, pero cultural. Lo curioso es que las corridas, como así también los correbous, hoy día son repudiados por casi la mayoría de los españoles sanos, especialmente los de las nuevas generaciones y los jóvenes, sólo lo apoya la oligarquía rancia que vive de la gracia gubernamental, empezando por el Rey hasta terminar en los dueños de las plazas que hacen lobby para que los subvencionen con el dinero público de todos los españoles.
Por fortuna Argentina, país al que tanto critica y que da muestras de ser mucho más civilizado que España en ese sentido, abolió las corridas en el siglos XVII desde 1899.
Me pregunto si también adherirá al franquismo. No me sorprendería.

Linda nota. Ilustrativa. Bien escrita, pero eso ya no es novedad. En cuanto al toreo, qué se yo!, no me gusta que debiliten al toro, me gusta que se midan con todo. También se me ocurre que podría terminarse la faena sin matar al toro. Dejarlo que se vaya a culiar por el campo, él también tiene derecho a la plata que deja el ruedo, no? Que se gane la jubilación.

Pena no haber estado aun en Madrid aquella tarde (como sabés, llegué 5 años despues) y no haber leido esta, tu nota sobre esa tarde de Antoñete. Gracias y abrazos

This is really interesting thing good post. Thanks you for your work!)

Este es un mensaje para juan | 24/10/2011 4:28:46

Tu dices como justificándote, las siguientes palabras:

"Soy de ateo y de izquierda. No soy un ecololo. Pero igual amo la vida y la respeto."

Y yo te digo que precisamente por ser Ateo es que considero que amo y respeto la vida. Me parece que los que tenemos la certeza de que no hay nada después valoramos más la existencia de todos los seres vivos.

Como dato, les cuento - por esto que dice la derecha y Caparrós es buen ejemplo-, acerca de la "jactancia de los intelectuales", que el señor Caparrós escribió 3 tomos analizando los 70' bajo su propia óptica y luego, escribió y dijo cuantas veces pudo "que había que terminar de hablar de los 70'". Poco serio. "Lo que natura no da, Salamanca no presta". Haber pasado por la facultad, no implica capacidad intelectual para leer circunstancias o personas. Lo pone muy cerca de la Su (y de Tinelli)

Usted me caía bien, Caparros, pero su odio hacia los naturales de américa y ahora su gusto por la matanza por juego de animales me provoca de usted un tremendo asco.

Estoy terminando de leer "contra el cambio". Creo que deberías aclarar en el primer capítulo que sos capaz de disfrutar la matanza de un animal. Eso aclararía el panorama. Es un gran libro, pero ahora que me entero de tus gustos taurinos pienso que tus opiniones sobre la ecología pierden valor.
Soy de ateo y de izquierda. No soy un ecololo. Pero igual amo la vida y la respeto.

Un maestro de la palabra hizo que leyera algo que de otra forma no hubiera leído. Sólo porque no me gustan las corridas de toros. Claro que menos aún soporto las corridas de los humanos, como pasa con los aborígenes y los trabajadores que osan reclamar sus derechos .

Quien gusta de ver sufrir a los animales es un psicópata encubierto, por ejemplo, Caparros gusta de ser anti aborígenes, odia profundamente todo lo que sea autóctono.

excelente, sublime, genial y conmovedor, como siempre, maestro caparrós. Gracias.

es impresionante el poder que tenes con la escritura esa forma bella de contarnos una historia con romanticismo sin cursilerias siempre odie las corridas de toros pero ahora ...

Descomunal entrevista.¡Muchas gracias!

Gracias por esta pieza periodística, por desnudar el alma del Maestro y entregarnos una historia universal, humana. Gracias a esos Maestros wue nos hacen sentir vivos entregando su vida en la arena y en las letras.

Martincito, como te decían en el otro post, sos un taurino pelotudo: "En el ruedo, el torero completaba su obra."

Agus, Caparros no sólo no está en contra sino que es un fanático y esta nota lo demuestra. Ah y antes que se defienda, porque conozco sus argumentos de que al toro lo miman toda su vida y blah, blah, blah, una cosa es matar para alimentarse y otra es regodearse viendo sufrir, agonizar y morir un ser vivo.

Que raro que no estas en contra de las corridas de toros.

gracias capa

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Sobre el autor

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es escritor y periodista, premios Planeta, Herralde, Rey de España. Su libro más reciente es la novela Comí.

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