Papeles Perdidos

Un águila en el último hoyo

Por: Babelia Mundial de Fútbol26/06/2010

EDUARDO HALFON sigue a la selección hondureña

Hace unos días le pregunté a mi papá si iba a ver el último partido de Honduras ante la selección suiza. Me dijo que no creía, que para qué. Además, sentenció, es un viernes. Y los viernes, religiosamente, desde que soy niño, mi papá juega golf. Le recordé sus brincos de celebración hacía veintiocho años, cuando Honduras logró sacarle un empate a la selección española durante el Mundial del 82, mientras nosotros vivíamos en el sur de la Florida, en aquella casa de cul-de-sac, con un lagarto merodeando en el canal de atrás y el goleador alemán Gerd Müller como vecino de al lado. Mi papá se me quedó viendo, serio, casi iracundo, y me dijo que él jamás había celebrado un empate hondureño.

No insistí. Es posible que él no lo recordara. También es posible que yo lo recordara mal, es decir, que yo hubiese falseado el recuerdo de mi papá celebrando aquel empate catracho, o incluso que yo hubiese inventado la figura de mi papá como buen centroamericano. Pero si cierro los ojos y hago un esfuerzo mental aún puedo verlo claramente: mi papá de pie ante el televisor encendido, sus puños victoriosos en el aire, una expresión de jolgorio en su rostro aún joven y bigotudo, los gritos eufóricos de él y sus amigos por el empate hondureño que era a la vez un triunfo centroamericano. O quizás me equivoco. Quizás esa imagen que veo con claridad no es un recuerdo sino una esperanza, no es algo que sucedió sino algo que me hubiese gustado que sucediera. Quizás los brincos de mi papá en mi memoria son los brincos que, en un mundo perfecto, me gustaría hubiese dado todo centroamericano que se ha sentido avergonzado de serlo, que se menosprecia pero menosprecia aun más a sus hermanos de istmo, que se percibe incapaz, inferior, desdichado, no a la talla de los de arriba ni los de abajo.

Hoy los hondureños jugaron mucho mejor. Salieron a buscar el partido. Demostraron que su fortaleza es la velocidad. Casi logran el gol. Estuvieron no solo a la talla de los helvéticos, sino en momentos hasta por encima. Y al final se marcharon del césped y del Mundial con un punto. Parece poco, un solo punto. Pero la sumatoria de ese punto, en la extraña matemática del fútbol, da mucho más que uno. Resulta enorme para el espíritu del pueblo hondureño, y para el honor de los demás hermanos centroamericanos, y sobre todo para la clasificación de los chilenos a octavos de final.

Sé que mi papá no brincó hoy para celebrar este nuevo empate catracho. Ni siquiera lo supo. Me llamó feliz desde la cancha de golf para contarme que tiró ochenta y cuatro, que casi logra un águila en el último hoyo, que les hizo un día estupendo.

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