Papeles Perdidos

70ª FERIA DEL LIBRO DE MADRID/ BITÁCORA

Berlín, capital del mundo

Por: Abel Grau31/05/2011

En  su cínico discurso de El tercer hombre, Harry Lime se pasó de largo. Ya saben: el escurridizo contrabandista elogiaba las épocas convulsas, llenas de sangre y crimen, pero que a pesar de todo resultan culturalmente fecundas. “En Italia,” -sostenía Lime- “durante treinta años bajo los Borgia, vivieron guerra, muerte y derramamientos de sangre, pero dieron lugar a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento”. Es célebre el corolario: “Y en Suiza tuvieron 500 años de paz y democracia ¿y qué produjeron? El reloj de cuco”.

 

Bueno, no hacía falta irse tan lejos. En Alemania, durante los 14 años de la República de Weimar (1918-1933), padecieron golpes de Estado, huelgas generales, hiperinflación, cientos de asesinatos políticos, choques entre los extremismos de izquierda y derecha, y el destructor auge del nazismo. Pero también surgió una vanguardia cultural deslumbrante: el cine de Fritz Lang, Ernst Lubitsch y El gabinete del doctor Caligari, la escuela de arte de la Bauhaus y la arquitectura de Walter Gropius, La ópera de tres peniques, de Bertolt Brecht y Kurt Weill, las novelas de Thomas Mann y Alfred Döblin, la sex symbol Marlene Dietrich, y la eclosión de Berlín como metrópolis moderna. El primer intento de democracia en Alemania consiguió, además, enormes progresos políticos y sociales. Como el sufragio universal, la igualdad jurídica de hombres y mujeres, los derechos a una educación gratuita, a una vivienda y a subsidio de paro.

  

La república de Weimar, con su esplendor cultural y su inestabilidad política, regresa a las librerías coincidiendo con la cita con Alemania como país invitado de la Feria del Libro de Madrid 2011. Media docena de novelas, ensayos y documentos reeditados dan un nuevo brío al legado de la dinámica Alemania de los años 20. Uno de los títulos más notables es el ensayo La cultura de Weimar (Paidós), del historiador Peter Gay, publicado en 1968 y reeditado ahora, donde recupera con nervio aquel vibrante momento histórico. Gay se centra en las relaciones entre cultura y política para mostrar cómo la república logró integrar las fuerzas marginales: los demócratas, los judíos y los artistas más arriesgados. Su contribución fue crucial para proyectar la cultura hasta un nivel sin precedentes. “La cultura de Weimar fue obra de marginales que la historia impulsó hacia el centro en un periodo de tiempo breve, fràgil y vertiginoso”, señala Gay.

La gran metrópolis era Berlín, cuyo ritmo frenético capturó Walther Ruttmann en su Berlín. Sinfonía de la gran ciudad (1927), retrato de una urbe que protagonizaba la historia europea . “El viejo Berlín había sido impresionante, y el nuevo, irresistible”, escribe Gay. “Ir a Berlín era la aspiración de cualquier compositor, periodista, actor; por sus soberbias orquestas, sus más de cien periódicos, sus cuarenta teatros, Berlín era el lugar para los ambiciosos, los dinámicos y los genios”. Era la gran ciudad europea (algunos de los mejores periodistas españoles de entreguerras, como Josep Pla, Eugeni Xammar y Julio Camba, cubrieron como corresponsales el devenir de aquel Berlín).

 

Berlín “se reinventó a sí misma como el prototipo de las futuras culturas urbanas saturadas de medios de comunicación”, escribe el periodista Alex Ross en El ruido eterno (Seix Barral) : “la primera ciudad abierta toda la noche, la ciudad sin vergüenza”. Una libertad que escandalizaba a muchos: “Ni la Roma de Suetonio había conocido orgías como las de los bailes berlineses de travestidos”, se escandalizaba el austriaco Stefan Zweig.

Fue un estallido de creatividad en medio de una atmósfera fatalista. La República no se hundió, sino que la hicieron caer, según sostiene el historiador Eric D. Weitz, autor del ambicioso, riguroso y ya canónico ensayo La Alemania de Weimar (Turner), que no olvida ela contribución de los comunistas al fin de Weimar. Weitz se adentra en las tensiones políticas (los debilitados sectores moderados, las fuerzas centrífugas de la extrema derecha y los comunistas), las conquistas sociales (los logros de la flamante constitución), las crisis económicas (la hiperinflación), el auge de la sociedad de masas y la creatividad en el cine, la música, la novela, la ciencia, el periodismo y la arquitectura. Los detalles de la disputa política y las circunstancias económicas del auge y la caída del Gobierno democrático, los repasa el economista César Roa Llamazares en La república de Weimar (Libros de la Catarata), que coincide con la publicación de La Constitución de Weimar (Tecnos), un análisis de la carta magna de 1919 a cargo de Ottmar Bühler y Walter Jellinek.

Fue una historia trágica, muy convulsa pero con un gran empuje renovador, que algunos han comparado con la Segunda República española. La trayectoria de ambas se lee “con la misma sensación de esperanza frágil y de inminencia de catástrofe”, según el novelista Antonio Muñoz Molina. “La Alemania de Weimar –escribe Weitz- evoca las grandes dificultades que pueden surgir cuando en una sociedad no hay consenso para mirar al futuro y cualquier diferencia, por nimia que sea, desencadena enfrentamientos políticos entre ciudadanos, cuando los asesinatos y la violencia callejera se convierten en el pan nuestro de cada día y las fuerzas antidemocráticas buscan la salida más fácil: convertir a las minorías en cabeza de turco”.

Las botas del nazismo pisotearon el esplendor de Weimar y clausuraron la República, pero no pudieron destruir su vigoroso legado. A través de sus exiliados, buena parte de su herencia se trasladó a Estados Unidos y de allí se proyectó a todo el mundo. “Si admiramos un edificio, si nos conmueve una película, si nos desconcierta una forma de audacia o nos seduce o nos repugna una idea política,” –escribe Muñoz Molina- “es probable que siguiendo el hilo de su genealogía lleguemos a la Alemania de la República de Weimar”.  


Ciudad de sátira y novela negra

En los vertiginosos años veinte “uno hablaba de Berlín igual que de una mujer muy deseable, de proverbial indiferencia y frivolidad”, escribía el dramaturgo Carl Zuckmayer, citado por Peter Gay. “Se la calificaba de ‘arrogante, esnob, arribista, inculta, común’, pero era el centro de las fantasías de todos y el objeto del deseo de todos: ‘Todos la querían, incitaba a todos”. En una máxima: “El hombre que poseía a Berlín era el dueño del mundo”.

Así debía de sentirse el orondo y rubicundo cantautor Käsebier, protagonista de la novela Käsebier conquista Berlín (Minúscula), de Gabriele Tergit, clásico de recién publicado. La naciente maquinaria mediática berlinesa extrae a Käsebier del anonimato y lo corona como monarca del Kurfürstendamm, la gran arteria de los cafés y los teatros. El incauto Käsebier se convierte en icono; seduce tanto a las clases poderosas como a los obreros, como una gallina de los huevos de oro para empresarios, banqueros y abogados. Es la víctima propiciatoria de un monstruo recién nacido: la industria cultural. A través de Käsebier, Tergit (1894-1982) construye una sátira de la acelerada producción cultural de Weimar, y muestra cómo la confluencia de crisis económica e intransigencia política empujaron Alemania hacia la catástrofe.

Como en las aventuras de Käsebier, la época de Weimar protagoniza un puñado de novedades de ficción que se añaden al protagonismo de Alemania en la Feria del Libro de Madrid, y que se suman a clásicos como Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin. En Sombras sobre Berlín (Ediciones B), de Volker Kutscher, es Gereon Rath, policía novato del departamento de delitos sexuales, el que recorre las calles de la capital en pleno 1929 para resolver un turbio asesinato. En la trilogía Noviembre de 1918, Döblin recrea el punto de inflexión del que nació la República, con la revuelta de los marineros de la flota de Kiel, que rechazan la orden de enfrentarse a la Armada británica. La primera parte, Burgueses y soldados, que acaba de publicar Edhasa, narra la conmoción en Estrasburgo tras el armisticio de la Primera Guerra Mundial. La firma de la paz entregó el territorio alemán de Alsacia-Lorena a Francia.

En Hammerstein o el tesón, de Hans Magnus Enzensberger (Anagrama), el intelectual alemán reconstruye la vida del barón Kurt von Hammerstein-Equord, que en 1930 asumió el mando del ejército del Tercer Reich y tan solo tres años después lo abandonó, tras conocer los planes de Hitler. En su repaso de la historia reciente de Alemania, corrige cualquier visión idealizada de los años de Weimar. “El país se encontraba en una situación de guerra civil latente que no se dirimiría sólo con los medios políticos, sino que iba adquiriendo formas cada vez más violentas”, indica el militar. “Es incomprensible que las generaciones posteriores pudieran tragarse la mentira de los “dorados años veinte” (…), Ese precario mito se nutre más bien de una mezcla de envidia, admiración y gusto por lo kitsch”. Sin contemplaciones: “Deberíamos dar gracias por no haber estado ahí”.

El historietista estadounidense Jason Lutes recorre aquel tiempo de agitación en su trilogía Berlín, de la que Astiberri ha publicado las dos primeras partes: Ciudad de piedras y Ciudad de humo. En tiempos de revueltas bolcheviques y movilizaciones nacionalsocialistas, un periodista y una estudiante de arte se adentran en el Berlín de 1928, lleno de pequeñas historias entrecruzadas contra el telón del crepúsculo de la primera democracia alemana.

Puerta a la Alemania de hoy

Los años de Weimar son una buena puerta de entrada a la literatura alemana del siglo XX y comienzos del XXI presente en la Feria. Desde los títulos que rescatan zonas oscuras de la Segunda Guerra Mundial, como Solo en Berlín, de Hans Fallada (Maeva), que aborda la lucha de un matrimonio en la clandestinidad contra el Tercer Reich, o La muerte del adversario, de Hans Keilson (Minúscula), meditación de largo alcance sobre la fascinación que ejerce el enemigo, hasta la caída del muro, en 1989, y la reunificación, como en De Alemania a Alemania, de Günter Grass (Alfaguara), que reúne los viajes del Nobel de Literatura en 1990 por la RDA. De las zonas oscuras del Estado del bienestar alemán, en Con los perdedores del mejor de los mundos (Anagrama), del reportero gonzo Günther Wallraff a la vida de la comunidad inmigrante en el Berlín actual, en Situaciones berlinesas, de Raul Zelik (Txalaparta). De los vagabundeos cerveceros de Sven Regener en Cómo ser el señor Lehmann (451 Editores) a los excesos adolescentes de una joven de 16 años alcohólica, adicta a las drogas y el sexo, y devota de las fiestas nocturnas en Axolote atropellado, de Helene Hegemann (Suma de Letras). Es la Alemania polifónica y diversa que se cita en el parque del Retiro.

 

comentarios 3

3 Comentarios

Publicado por: Santi jonas 31/05/2011

Fatástico Käsebier y sus andanzas por el Kurfurstendamm! Y las películas negras de Fritz Lang! Prima!

Publicado por: MCarmen Martinez-Cava Lemme 31/05/2011

No se pierdasn a Falla y su "Solo en Berlin", disciplina alemana 100x100 hasta hoy

Publicado por: K 31/05/2011

Berlin 1935.

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