Papeles Perdidos

La nueva ley del aborto y la creación literaria

La invasión de los bárbaros y su máscara de la piedad

Por: EL PAÍS24/12/2013

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Medios como 'The Times', 'Le Monde' o 'La Repubblica' han criticado la reforma de la ley del aborto del gobierno de Mariano Rajoy en España. / Cristóbal Manuel

La escritora Marta Sanz reflexiona sobre la nueva ley del aborto en España a partir de su última novela, Daniela Astor y la caja negra, donde a través de los temas del aborto y el destape crea un retrato de la Transición española. Una mirada a una problemática y a la situación de la mujer desde la creación literaria y la cultura.

Todo sobre la ley del aborto en España en EL PAÍS

por MARTA SANZ

Siempre que escribo un libro lo hago porque creo que tengo algo que decir. En la escuela me enseñaron que, si no se tiene nada que decir, es mejor cerrar la boca: no utilizar la escritura como alarde del dibujante que emborrona un papel con garabatos mientras tiene la cabeza en otro sitio. Con los años me he dado cuenta de que jugueteando a veces también se aprenden cosas y de que la desmitificación de la literatura es un modo de darle valor convirtiéndola incluso en arma arrojadiza contra los biempensantes del mundo. Los juegos a los que he jugado y las cosas que he tenido que decir surgen de mi circunstancia biológica e histórica: soy mujer; pertenezco a una cada vez más maltrecha clase media que, a su vez, se desclasó sin olvidar su origen proletario; mi pre-adolescencia coincidió con el tránsito de este país de la dictadura a la democracia, es decir, la transformación íntima coincidió con la pública. Mis libros abordan la relación entre historia e Historia, a través de una mirada que aspira a quebrar la frase hecha, la música de ascensor, la ideología invisible… Frase hecha, ideología invisible, mainstream, conceptos cuyo significado adquiere relevancia en la sociedad autosatisfecha, aspirante a las delicias de la socialdemocracia, de la que ingenuamente nos habíamos creído que disfrutaríamos para siempre. Los libros mostraban el polvo escondido bajo la alfombra en ese mejor de los mundos posibles en el que aún quedaban ranuras, imperfecciones, injusticias, mierda. En las democracias avanzadas, la literatura de tesis y la literatura con afán de intervención en lo público se desacreditan y desactivan: a la literatura se le reserva un lugar metafísico, de ensueño, un lugar de preguntas, pero se le veta la posibilidad de arriesgar una respuesta. La toma de posición taxativa -¿el grito?- atenta contra la naturaleza profunda, la qualité, sugerencia y ambigüedad que caracterizan la “buena” literatura…

Marta-sanz-danielaastorRota la fantasía de la socialdemocracia, lo que tenemos que decir se hace evidente y casi se impone la necesidad de una literatura política tanto en la selección del asunto como en el modo de construir ese asunto a través de nuestras propias palabras. Ese riesgo que uno está dispuesto a asumir frente al mercado como discurso dominante es el origen de Daniela Astor y la caja negra. También la percepción íntima y la convicción pública de que la crisis funciona como excusa para recortar derechos y de que ese recorte de derechos iba a afectar de manera especial a las mujeres: por razones de injusticia histórica sostenida, somos más vulnerables a la precariedad y a la violencia sistémica. Daniela Astor y la caja negra es una novela de la crisis que la aborda desde una doble estructura profunda: la de su conexión con la Transición y la del papel y la imagen de las mujeres desde entonces hasta hoy.

La desmitificación de la Transición acaba derivando en una mitificación de la misma desde el ángulo de la intrahistoria y no del relato oficial de la Historia: la Transición no se presenta como el producto del buen hacer de una docena de iconos políticos, sino como el resultado de una largo proceso en el que muchos anónimos, desde posiciones de clandestinidad o luchas cotidianas por la subsistencia y la dignidad, hicieron posible la llegada a un modelo distinto. En Daniela Astor y la caja negra esa masa indefinida la integran mujeres que en los setenta intentaban liberarse del tutelaje masculino, del hecho de que los hombres fueran los dueños de las palabras y de las autorizaciones para tener una cuenta de ahorro; mujeres que intentaban acotar una mirada y una voz partiendo de un lenguaje y una iconografía ajenas que ya formaban parte de sus aspiraciones y de la concepción de su propio cuerpo; mujeres que trabajaban en casa y fuera de ella, querían aprender, ser mejores, piezas del engranaje social con capacidad para intervenir en el espacio público; mujeres con sentido crítico y autocrítico… Sonia e Inés, las madres de las protagonistas de esta novela, son un ejemplo de estas mujeres: Sonia es una trabajadora de clase media, de extracción rural, madre de una hija dolorosamente lista, que quiere aprender y liberarse estudiando una carrera; Inés tiene estudios superiores e imposta una clase social inferior a la suya por convicciones políticas: es la socióloga que da clases en la universidad y pone lavadoras. Entre ambas se establece una corriente de empatía en una situación dramática. Se subraya la solidaridad entre mujeres. Otros personajes encarnan el machismo basal con que nos comportamos muchas de nosotras en momentos decisivos de la vida.

A la hora de trabajar el papel y la imagen de las mujeres me tropecé con temas fundamentales en Daniela Astor y la caja negra: la relación entre la realidad y sus representaciones se escenifica en los juegos secretos de dos preadolescentes, Catalina y Angélica, que se travisten en actrices del destape, musas de la Transición, que simbolizan la liberación sexual tras cuarenta años de moral nacional-católica y, a la vez, aceleran el proceso de  cosificación mercantil del cuerpo femenino reducido a fetiche y finalmente a juguete roto: en nuestros días llega a su apogeo esta épica amarilla del sensacionalismo. En la novela se reflexiona sobre el significado del cuerpo y la maternidad, la dimensión biológica e histórica de la identidad femenina como interesada construcción cultural que ha servido para situarnos en desventaja frente a los hombres. Me escandalizo un poco cuando escucho aquello de que “ser madre es el deseo de cualquier mujer”, cuando se asume que la maternidad es el rasgo que define una supuesta condición femenina. A ningún hombre se le cuestiona su masculinidad, si expresa su deseo de morir sin descendencia.  

El desnudo y el aborto se convierten en puntos de inflexión de una novela que se me va imponiendo como acto de rebelión y pedrada contra los cristales, pese al desprestigio de la poesía como arma cargada de futuro que marca un canon empeñado en fundir lo light con lo espectacular: una amalgama que reduce a los escritores a una condición bufonesca que justifica su creciente desprestigio, falta de relevancia e inanidad en el espacio público. Mientras escribo Daniela me doy ánimos. Pienso que hago lo que debo porque volver la vista atrás no es ejercicio de nostalgia, sino estrategia de aprendizaje, una manera de ponerle nombre a las cosas: estamos volviendo a la represión nacionalcatólica y nacionalfascista. Nos bordarán la A de adultera en la pechera y disolverán las manifestaciones con camiones de agua. Nos pondrán multas inasumibles por defender nuestros derechos. Por insultar cuando a nosotros se nos insulta a diario: con el recibo de la luz, con el repago de la seguridad social, con la nueva ley de educación, con las privatizaciones, con la tasa de paro y el trato al parado como a un delincuente… Metamorfosean monstruosamente los derechos en delitos: el derecho al aborto, el derecho a protestar cuando hay más razones que nunca, el derecho a una vivienda digna, a trabajar y a comer. Frente a la marca España, la condena de un país al sector servicios, el buenrollismo emprendedor y  la publicitación de la crisis como oportunidad, frente a los comentarios de trolls furibundos que afirman que los defensores del aborto confundimos a los niños con tumores o apéndices; frente a todo eso se necesitan muchos discursos que contradigan la palabra –te alabamos, Señor- de la reacción: gritos en la calle, artículos en los periódicos, novelas. Sí, novelas, muchas novelas. Como las últimas de Isaac Rosa y de Rafael Chirbes. Como Cuando Lázaro anduvo de Royuela o como aquella de Reig donde se hablaba de la Inmaculada Transición…  

El derecho al aborto, el trauma del aborto en el seno de una familia de clase media en 1978, es el motor de la intriga en Daniela Astor y la caja negra. Palabras como “trauma” llegan a constituirse en sentimiento íntimo porque, al fin y al cabo, sentimiento y experiencia se construyen a partir de las imágenes que nos rodean, los códigos que nos imponen el sentido del bien y del mal, los lenguajes e iconografías imperantes: el horror y el trauma proceden de la truculencia de las narraciones sobre el aborto, de la creencia de que hay abortos buenos y abortos malos –lo explica con sentido del humor Caitlin Moran-, de la confusión entre biología y teología, de las acepciones corrompidas de las palabras niño, vida y dignidad… En Daniela Astor y la caja negra reviso los relatos e imágenes del aborto en las narraciones e incluso las que están firmadas por los artistas mejor intencionados –Martín-Santos, García Hortelano, Bodegas…- resultan atroces. Sanguinarias. Solo Alexander Kluge en Trabajo ocasional de una esclava, rodando un aborto real, se aproxima hacia la interrupción voluntaria del embarazo con una mirada entre aséptica y humorística, rompedora en su apuesta ética y estética.

La madre de Catalina aborta en España en 1978 y es condenada a seis meses de prisión. Sus motivos para abortar no tienen que ver con su precariedad económica, su desamor, su inestabilidad psíquica, la malformación del feto, el riesgo para su salud. La madre de Catalina no ha sido violada. La madre de Catalina no desea tener otro hijo en un momento en el que, para ella, es prioritario hacer otras cosas. La madre de Cati no es una mujer egoísta ni desnaturalizada, sino una mujer que analiza, reflexiona y decide contradiciendo un estereotipo de feminidad intuitiva, sentimental y mágica. Era importante abordar la cuestión desde un contexto desdramatizado que nos enfrentase con el problema moral, sobre todo, con el problema ideológico del aborto en sociedades con una legislación patriarcal. Insisto: no hay abortos buenos y malos; lo que existe es el derecho a decidir si ser madre o no serlo sin que la sociedad te juzgue. El trauma de Sonia no proviene de la sala donde le practican el aborto, sino de la sala donde la condenan separándola de su hija y estigmatizándola socialmente.

El PP, con su ley del aborto, cambia el significado de la palabra víctima. Nos condena a serlo en un país donde la derecha nos manipula con una cínica paradoja: la de esgrimir paladinescamente la defensa del derecho a la maternidad digna de las mujeres mientras se elimina la ley de dependencia y se ejecuta una reforma laboral salvaje. La reforma de la ley del aborto con su mezcolanza de plazos y supuestos profundiza en la brecha de desigualdad entre mujeres pobres y ricas, y toma en vano el nombre de los desfavorecidos del mundo. También de esos discapacitados a los que presuntamente se pretende proteger mientras se fomenta y acentúa el dolor, sostenido en el tiempo, de madres que ven morir a sus criaturas enchufadas a máquinas. La reforma de la ley del aborto cierra la puerta a conquistas que sí tienen que ver con la dignidad humana: la eutanasia o el derecho a una muerte digna. Se extrema la violencia de un sistema económico aberrante, adornado con esos ropajes fascistas que acompañan a las crisis y que en este país aún son pentimento de la historia reciente: a la mínima vuelve a brotar la España negra en la tela del cuadro. Cuántas Sonia Griñán va a haber en el siglo XXI. Cuáles serán las penas y castigos para las mujeres que aborten o para los profesionales que practiquen abortos fuera de la ley. Mientras escribía Daniela Astor  y revisaba el código penal franquista, se me ponían los pelos de punta. También se ponían los pelos de punta al percibir que estamos instalados en un campo cultural donde nos acompleja y desacredita hablar en los libros de las cosas que suceden. Pero pensaba que el libro que estaba escribiendo era necesario. Porque los bárbaros nos están invadiendo bajo la patética máscara de su bondad.

* Entrevista a Marta Sanz sobre su novela Daniela Astor y la caja negra (Anagrama)

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24 Comentarios

Publicado por: Jacob 24/12/2013

Soy cristiano (supongo que para muchos lectores de El País y para todos sus colaboradores un integrista fanático radical cavernario y no sé cuantas lindezas más). Me importa un bledo la legislación que haya sobre el aborto. Al fin y al cabo Cristo no criticó, ni intentó cambiar, ninguna ley del César, y mira que las había aberrantes. Puedo entender el aborto en muchas situaciones, como puedo entender el homicidio en muchas situaciones también, pero entenderlo no es justificarlo.

El aborto es una lacra de este siglo, sobre todo en Europa, y me parece más alucinante definirlo como un "derecho" que incluso practicarlo en esas situaciones extremas. Me da igual la ley ya digo, lo importante es el hecho. Y los hechos son que hay 100.000 abortos anuales sólo en España.

Máximo respeto para las mujeres que abortan en situaciones complicadísimas, mi máximo desprecio a las personas que lo reclaman como un derecho, lo digo sinceramente: me parece tan repugnante como el exterminio de los nazis, y cuantitativamente aún peor. Ni siquiera los animales lo practican.

El problema no son las leyes, si la mayoría quiere irse al carajo democráticamente es válido. El problema es que la mayoría está enferma, y para el que está en contra del aborto es mejor convencer personalmente uno a uno de lo desastroso que es el aborto (incluso para las mujeres que han abortado, que son víctimas y lo pasan muy mal) que imponer una ley que en la práctica no cambia nada, porque el ambiente sigue siendo egoísta y abortista.

Si he ofendido a alguien con esta opinión, lo siento, pero es lo que pienso realmente: que si abortas puedo entenderlo, pero si estás a favor del aborto estás realmente enfermo.

Publicado por: Witness 24/12/2013

Don Paco:
La fundamentación de la legislación en principios racionales y no en el "qué dirán"es una señal distintiva de la personalidad de una nación. El último argumento que cabría esgrimir sobre una asunto que concierne a la vida humana es el del papanatismo. La nueva ley podría ser criticada -sin fundamento humanista, por lo que se va oyendo de los portavoces de una izquierda más preocupada de la ideología que de la racionalidad- por lo que explícitamente dice y por lo que comporta pero es su base argumental lo que cuenta, no los errores en que puedan haber caído otros países arrastrados por la marea de un falso "progresismo", más mediático que sustancial.
El aborto no es un método anticonceptivo. Estamos hablando de un ser humano ya concebido y poseedor de su propia vida. Una vida que está sometida a los mismos condicionantes y vicisitudes de toda existencia. Quien quiera mantener relaciones sexuales debe asumir las consecuencias de sus actos. Si no desea tener hijos, los procedimientos para evitar la concepción son de sobra conocidos. De lo que aquí estamos hablando es de la cuestión ética de que el embarazo no llegue a término por una decisión premeditada de matar a un ser humano indefenso.
La via para evitar abortos conservando cierta altura ética es la misma que se debería seguir frente a cualquier otro comportamiento indeseable: fomentar la educación y la responsabilidad individual. Las mujeres pueden muy bien practicar la sexualidad libremente si lo hacen de manera responsable e informada. Del mismo modo, la educación en los métodos anticonceptivos (cosa que no es el aborto, repito) y el conocimiento de las alternativas de las que dispone la mujer para evitar la muerte de su hijo, aparte de dejarla en completo uso de su libertad, permiten controlar el hecho más indeseable de todos, muy por encima de las consideraciones de oportunidad personal: la eliminación de vidas humanas que no son propiedad de nadie sino poseedoras por sí mismas de derechos inalienables , como seres humanos que son desde el momento de la concepción. Otra cosa es que se quiera fomentar, a la vez, la irresponsabilidad del varón que se desentiende de las consecuencias de sus actos y de la mujer que transige subordinadamente con esa actitud prepotente y cínica. En el fondo, el aborto no es sino una manera manera más ladina de perpetuar el machismo.

Publicado por: Paco 24/12/2013

Treinta cinco legislaciones de aborto libre de plazos existentes actualmente en Europa, dejan tus patéticos argumentos en pura masturbación mental del ultraderechista meapilas preilustración que por desgracia todavía tiene que sufrir este país. Es una pena no poder traducirte y enviarte a todos los diarios europeos para que se rieran a gusto de tu facherío, retraso mental y moral.

Publicado por: Witness 24/12/2013

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos reconoció, en una extensa e interesante sentencia (Case of A, B and C v. Ireland, Application no. 25579/05, 2010), que del art. 8 del Convenio Europeo de Derechos Humanos, garantizador del derecho al respeto a vida privada, no se deriva ni se confiere a la mujer embarazada un 'derecho al aborto', puesto que, si bien es cierto que la interrupción del embarazo afecta sin duda a la vida privada de la mujer, tal vida privada está estrechamente unida al desarrollo del no nacido, por lo que ese derecho debe ser sopesado y valorado teniendo en cuenta la existencia de otros derechos y libertades en juego, en particular, los del concebido y no nacido, también protegido por el art. 2 del mencionado Convenio (párrafos 213-214 de la STC).
La fundamentación humanista de la sentencia es obvia para quienes no están obcecados por el prejuicio ideológico: si parte fundamental de lo que somos se encuentra ya en la constitución peculiar de nuestro material genético; si cuanto nos forma surge de una cadena ininterrumpida de sucesos que delimitan el marco de nuestras percepciones y aptitudes; si esa parte irrenunciable de nuestra individualidad entra en interacción con el entorno desde el mismo momento en que comienza a expresarse; si arribamos a la consciencia con el impulso de esa vitalidad desplegada; entonces el ser humano viene a la vida no cuando siente o percibe sino cuando ES, no cuando se reconoce conscientemente sino cuando entra en la trama de lo viviente, no cuando tiene forma humana sino cuando se constituye como sistema unitario.
Nuestra existencia es humana desde el mismo momento en que se produce la fecundación y cuanto a ésta sigue deriva de la expresión de nuestro acervo genético fundamental, que no es otro que el propio de la especie biológica a la que todos pertenecemos.
Un embrión humano no es un simple "ser vivo" inespecífico y genérico. Y no hay mejor prueba de esto que su incapacidad para implantarse en el útero de otra especie; el cuerpo humano de la mujer reconoce la humanidad del embrión y por eso contribuye a su desarrollo. Si fuera un simple "ser vivo" sin adscripción específica, cualquier ser placentario podría reconocerlo fisiológicamente como integrante de su particular proceso de desarrollo embrionario, pero tal cosa no ocurre.
Por esta razón suenan a desinformadas y abiertamente antihumanistas las argumentaciones de los proabortistas y, por esa misma razón, cabe calificar al aborto como homicidio prenatal.
Una legislación que no tenga en cuenta los hechos científicos, que se deje arrebatar por falsos argumentos ideológicos, sin otro fundamento que la visceralidad de la bandería y la exaltación del prejuicio, puede cabalmente ser descrita como reaccionaria y retrógrada: la ley de plazos promovida por los socialistas cabe perfectamente en esta descripción. No existe eso que se llama "derecho al aborto" porque la vida humana es el primer derecho de cualquier individuo y nada puede estar por encima de él.
Y por eso la nueva legislación resulta tan oportuna. Corrige aquel desafuero moral asentado en la más obtusa de las consideraciones políticas que perpetrara la izquierda al amparo de su inveterada dependencia de la agit-prop, entendida como confrontación huera de cualquier vinculación con la verdad. De ahí también -es claro- la sobreactuación indignada y el lenguaje de combate que utiliza la izquierda para salir de su atolladero intelectual.

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