Anna Politkoskaya, la conciencia acribillada

Por: | 20 de enero de 2014

Ana polit

A las cinco de la tarde del sábado siete de octubre de 2006, día del cumpleaños número 54 del presidente ruso Vladimir Putin, Anna Politkovskaya regresaba a su departamento en un edificio del centro de Moscú, después de hacer la compra en el supermercado. Había estacionado su automóvil Lada en la calle. En el portal del inmueble, mientras esperaba el elevador, un tipo delgado, estatura media, con gorra de béisbol negra (según las borrosas imágenes de una cámara de vigilancia), se le acercó con una pistola Makarov en la mano. Le disparó dos tiros al corazón, uno al hombro y otro en la cabeza. La muerte de la mujer de 48 años fue instantánea. Diez minutos después, una vecina encontró a Politkovskaya en el piso del ascensor y dio aviso a la policía. Pronto los portales de Intenet, la televisión, la radio y más tarde los periódicos y las revistas anunciaban la muerte de “la conciencia moral de Rusia” y símbolo de la oposición al presidente Vladimir Putin. La comunidad periodística internacional se conmovió porque todo apuntaba hacia el trabajo de la reportera que enfadaba a los altos círculos del poder ruso, como móvil del crimen. Al funeral acudieron numerosos periodistas, políticos de oposición, embajadores occidentales y representantes de la diáspora chechena. A pesar de la lluvia incesante, decenas de personas hicieron cola durante horas para acceder a la sala y depositar flores en el féretro, junto al que estaban sentados los dos hijos de la periodista y su madre, quien acaba de sufrir un infarto y de perder a su marido. Desde hace varios años, Anna Politcovskaya recibía frecuentes amenazas de muerte debido a sus denuncias de violaciones de derechos humanos y arbitrariedades cometidas por el gobierno ruso en Chechenia y el Cáucaso. Sus relatos sobre torturas y horrores sufridos por los civiles y sus críticas a los militares rusos en la zona, publicados en Novaya Gazeta, la hacían indeseable e incómoda para la élite política de su país. Apenas dos días antes del asesinato, Ramzan Kadyrov, primer ministro de Chechenia, cumplió 30 años. Ese día, Anna Politkovskaya hizo su última intervención pública al conceder una entrevista telefónica a Radio Liberty. Con cierta ironía el locutor preguntó: —¿Qué le desea a Kadyrov para su cumpleaños? —Deseo que por fin comparezca ante la justicia para responder por todos los crímenes que cometió en los últimos años: las exacciones horribles perpetradas por él y sus milicias. Y yo estoy dispuesta a presentarme como testigo contra él.

Anna Politkovskaya era una mujer con pelo color ceniza y mirada perdida. Siempre seria, de aspecto tímido y ojos miopes, enjuta, poseía una fortaleza para llegar sin parar hasta donde pudiera y así realizar sus aguerridos artículos, los cuales eran auténticas bombas disparadas contra el Kremlin. En 1999 estalló la segunda guerra de Chechenia y ella intuyó que esa guerra era el principio del fin de la libertad en Rusia, porque Putin la utilizó para hacer subir su popularidad y asegurarse la elección en Marzo de 2000. Anna fue decidiéndose cada vez más a contar lo que pasaba allí y su táctica fue muy simple: contaba lo que veía, doliera a quien doliera. Para analizar lo que pasaba iba de visita a los hospitales de campaña y los hospitales civiles. Sus artículos estaban bien documentados y criticaban también ferozmente a la guerrilla. “Lo que tiene que ofrecer Rusia a los chechenos es una conversación de igual a igual, como personas, no como marginados. En estos momentos los chechenos viven en su país como en un campo de concentración y no hay ninguna esperanza de que dejen de luchar para salir de esa situación”, señalaba. Desde agosto de 1999 y hasta pocos días antes de su muerte, Politkovskaya iba y venía de Moscú a Chechenia o Ingushetia, donde se encuentran los campamentos de refugiados chechenos. En su libro La deshonra rusa (RBA, 2004), ganador del Premio de Reportaje Literario Ulyses 2003, cuenta su vida cotidiana en la guerra de Chechenia:

¿Qué hace la gente cuando no hay ni agua ni grifos, como en Grozni, donde todas las canalizaciones han sido destruidas? La respuesta es sencilla: busca una reserva natural, un río un lago o un estanque. Pero en Chechenia esto no siempre es posible. Cuando llevas tiempo trabajando allí, como es mi caso, conoces la historia “militar” de cada acuífero y sabes, por ejemplo, la cantidad de cadáveres que allí se han arrojado. ¿Entonces? Entonces optas por no lavarte. Aunque tengas muchas ganas. Aunque la necesidad imperiosa de estar limpio prime sobre cualquier otra emoción, aún a riesgo de olvidar lo que sabes. Cuando vives rodeado de muertos no sabes cuánto tiempo de vida te queda. Quién sabe si las aguas del Sunya no lavarán mi cuerpo mañana. Por eso hay que aprender a reírse de uno mismo y de la vida. Al menos para no volverse loco… ¿Y los dientes? Los civiles nunca se los lavan. Yo, rara vez. Es lo más difícil de todo. Aunque puedas lavarte en las unidades del ejército, nadie se atreve a enjuagarse la boca con esa agua. En la vida normal, la gente se enjuaga la boca cuando le apetece; en Chechenia cuando puede. Normalmente, nunca. Y la muerte puede sorprenderte con los dientes sucios… Alimentarse tampoco es fácil. Nunca sabes de antemano lo que vas a comer, ni cuándo, ni en qué circunstancias. No hay nada como la guerra para adelgazar. Pan y té es lo único que cabe permitirse sin demasiado riesgo. Por la mañana y por la noche: té y pan. Al día siguiente: té y pan. ¿Y dónde dormir? Lo ideal es dormir en casa de conocidos de antiguo, en quienes se confía plenamente. ¿De qué hay que asegurarse? Lo esencial es confiar en que estas personas no meterán en casa a los militares mientras duermes, para que te detengan, o a terroristas, para que te secuestren. Sé que es preferible no albergar ninguna esperanza en cuanto a comodidad se refiere y contentarse con lo que se tiene. Si los amigos fieles te dicen: “Duerme aquí”, y ese “aquí” significa una cueva, un granero o una choza, hay que aceptarlo sin quejarse.

Fruto de sus visitas a Chechenia y a los campos de refugiados del Cáucaso ruso resultaron también sus libros Viaje al infierno, Terror en Chechenia y Una guerra sucia. Luego se publicó La Rusia de Putin, un reportaje que consigue atrapar al lector e implicarlo en la trama, pues se van enhebrando una serie de 'historias de vida' que van sumando rostros al paisaje humano de la era postsoviética hasta obrar el milagro que se propone: denunciar la neosovietización del régimen de Putin. Politkovskaya sabe que está escribiendo para un lector extranjero y le hace los guiños necesarios para que no se asuste ante una serie de circunstancias de difícil digestión para los no familiarizados con los embrollos de la política rusa desde los inicios de la transición.

1317974313_extras_portadilla_1Politkóvskaya nació en Nueva York en 1958, en plena guerra fría, donde sus padres de origen soviético-ucraniano trabajaban como diplomáticos en las Naciones Unidas. Estudió periodismo en la Universidad Estatal de Moscú, graduándose en 1980 y su primer trabajo como profesional fue en el periódico Izvestia. Desde junio de 1999 escribió en las columnas de la versión digital del diario Novaya Gazeta. Su labor de denuncia fue laureada con varios premios en Rusia: La Pluma de Oro y el Premio de la Unión de Periodistas de Rusia, y en Occidente, entre ellos el Pen Club International, el Premio de Periodismo y Democracia de la OSCE o el premio Vázquez Montalbán de Periodismo Internacional 2004.

En octubre de 2002 un comando suicida irrumpió en el teatro Dubrovka de Moscú. Al instante, 800 personas que fungían como espectadores se convirtieron en rehenes. Anna Politkovskaya fue autorizada para mediar entre los rebeldes y las autoridades rusas. Pero la solución pacífica no llegó. Las fuerzas especiales rusas tomaron el teatro por asalto. Dispararon gases lacrimógenos y, salvo uno, mataron a todos los atacantes chechenios. También a 128 espectadores-rehenes. Entonces Politkovskaya y su trabajo fueron conocidos a nivel internacional. Dos años más tarde, en septiembre de 2004, otro comando de rebeldes chechenos apresó a maestros y niños de una escuela en la ciudad de Belsán. Anna quiso acudir al lugar como reportera y quizá, si se lo permitían, como mediadora. Subió a un avión y durante el vuelo pidió un té. A continuación se sintió muy mal y cayó inconsciente. Despertó en un hospital de Rostov y los médicos le dijeron que había sido envenenada con un producto que no lograban identificar. Regresó a Moscú para seguir un tratamiento médico riguroso. Su convalecencia fue larga. Temía por su vida y la de sus dos hijos.

En mayo de 2005 la periodista Sol Alameda entrevistó a Politkovskaya debido a la publicación de La Rusia de Putin en español. La presentación del libro en Madrid permitió constatar que, allí donde va Politkovskaya, allí donde habla lejos de Rusia, hay siempre un funcionario de la Embajada tomando nota de todas y cada una de sus palabras. Alameda calificó a la rusa como “el azote de Putin”.

—¿Qué le anima a usted a tener tanto valor, hasta poner en peligro su vida?

—Soy una fanática de mi profesión. Es un trabajo que nos da la posibilidad de contar lo que en realidad sucede. Y yo no le tengo miedo a las restricciones.

Más adelante, Sol Alameda preguntó:

—¿Qué dice su familia de la vida que lleva usted, de los peligros que corre?

—Que no siga. Que lo deje. Quieren que me busque otra cosa; cuando me invitan a Estados Unidos a dar conferencias, me piden que me quede una temporada allí. Es que todos se quedaron muy impresionados con el intento de envenenamiento. He tenido suerte con mis dos hijos; mantengo una relación muy estrecha con ellos y se ponen muy contentos cuando estoy fuera de Rusia porque consideran que así estoy a salvo.

No obstante el temor que sentía, Anna jamás tuvo una escolta para que la cuidara. “Para un periodista que trabaja en Rusia —le dijo también en 2005 a Pachi Roses de Informativos Tele5— no hay ninguna protección garantizada. Allí los guardaespaldas no sirven para nada. Es ridículo que un periodista lleve un guardaespaldas. Aún en caso de llevarlo, no serviría. Mi única forma (de protegerme) es que nunca miento; y mi familia, que me apoya.” Más de un año después de expresar estas palabras, Anna Politkovskaya se convertiría en la periodista número 13 en ser asesinada en Rusia desde que Vladimir Putin asumió el poder.

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Hay 2 Comentarios

Espero que para estos héroes que dan su vida por la verdad, ésta sea motivación suficiente. Porque la realidad es que los demás ciudadanos no nos merecemos su trabajo, su valor ni su sacrificio. Da igual cuán escandalosa sea la información que los periodistas nos facilitan. Nosotros nos encogemos de hombros, murmuramos “en todas partes cuecen habas” y seguimos con nuestra vida de sumisión y miseria, propia de la edad media, o de la antigüedad, o del neolítico. Vidas prefabricadas en las que no contamos para nada. Sólo somos recursos gestionados por los poderosos. No, no nos merecemos que nadie muera por nosotros. Si no va a servir de nada su sacrificio, es mejor vivir a ciegas sin saber cómo son los verdaderos entresijos de nuestra servidumbre. Por todo ello, espero que estos héroes disfruten de la inmensa libertad de no tener miedo y ser ellos mismos, verdaderos seres humanos, aunque mueran jóvenes. Al contrario que los demás, aunque lleguemos a viejos.

Una buena persona vale mas que todas las naciones del mundo. Alguien con valor civico no tiene precio. Quien se preocupa por los demas, se salva a si mismo. Bem dita sea.

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Periodista en Serie

Sobre el blog

Las “víctimas” de un periodista en serie son muchas y constantes. No tiene relación con ellas. Las elige al azar y sin que tengan conexión unas con otras, en un área geográfica determinada, como Iberoamérica. Les arrebata su historia y la hace pública sin ningún pudor. No planea “entregarse” ni realizar “ataques suicidas.” Este blog es su particular SALA DE RETRATOS. Pasen y lean.

Sobre el autor

Víctor Núñez Jaime es un escribidor de historias. Estudió periodismo y literatura hispanoamericana. Sabe que el periodismo es más de nalgas que de cabeza, porque hay que estar sentado durante largos ratos escribiendo, corrigiendo... Es autor de tres libros: Un periodista ante el espejo, Los que llegan. Crónicas sobre la migración global en México y Una cabrona de Tepito. Ha ganado, entre otros, el Premio Nacional de Periodismo Cultural (México) y el Premio a la Excelencia Periodística de la sociedad Interamericana de Prensa. Con libreta y pluma en mano, sale a por las historias. Contrasta estadísticas con los testimonios de la gente. Visita a los escritores y periodistas de renombre. Está obsesionado con el buen uso del idioma español. Le apasiona leer y estudiar. Devora libros. Él es lo que ha leído. Y también lo que ha escrito.

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