Fernando Benítez, maestro del periodismo cultural

Por: | 14 de abril de 2014

Fernando Benitez 2La biblioteca de Fernando Benítez, en la Ciudad de México, era un amplio salón rectangular iluminado por el sol. Al fondo, en los estantes que iban del piso al techo y de un extremo de la pared al otro, permanecían cientos de libros clasificados. La mayoría eran de historia prehispánica y colonial de México. Algunos otros de pintores, como los de Rembrandt o los de Bosch. También había textos de escritores rusos o poetas del Siglo de Oro español. Todos formaban una sucesión de colores apagados: grises, negros, tonos marrones, guindas. Unos cuantos tenían pasta dura con letras doradas en los lomos.
En los al redores y en un pequeño muro a mitad del salón, se distribuía una colección de arte prehispánico. Eran piezas pequeñas o medianas de barro, cerámica y orfebrería. Efigies, máscaras, vasijas, monolitos. En una orilla había una sala de anchos sillones blancos en cuya mesa de centro estaban dos jarrones. Pero allí lo más importante era la mesa de trabajo: larga, de madera y con sillas que parecían esperar contertulios. La de en medio es la que ocupaba Fernando Benítez para escribir en un bloc de hojas amarillas, con una pluma (“él siempre escribía a mano”) y un grande y pesado cenicero verdoso a su lado.
Y en ese espacio, en ese ambiente y entre esos libros y objetos, el hombre que nació el 16 de enero de 1910, que fue periodista, antropólogo, historiador, escritor y profesor y que es considerado el “Arquitecto del Periodismo Cultural Contemporáneo en México” o el “Padre de los Suplementos Culturales”, recibía a colaboradores, alumnos y amigos, como José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, José Luis Cuevas y muchos otros protagonistas de la vida intelectual mexicana.

1961. Primera semana de diciembre. Miércoles. Por la mañana, los colaboradores de México en la Cultura llegan al edificio del periódico Novedades para entregar sus textos a Fernando Benítez, director del suplemento. Pero hoy es un día atípico. Poco a poco van enterándose de una noticia que los desconcierta: Ramón Beteta, el director editorial del diario, ha pedido la renuncia de Benítez (“no entiendo porque los intelectuales apoyan a las revueltas sociales en sus artículos, incluyendo la Revolución Cubana”). Para las dos de la tarde, todos –todos- han decidido retirarse en solidaridad con don Fernando. 
México en la Cultura tenía ya 12 años publicándose. En los primeros días de 1949, Benítez ideó el proyecto y comenzó a integrar su equipo de trabajo. Manuel Prieto y luego Vicente Rojo. Después los jovencísimos Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco. Comenzó a confeccionar su lista de colaboradores y pensó primero en Alfonso Reyes:
-Don Alfonso, quiero que nos escriba algo.
-Mire, Fernando, ya no tengo tiempo para el periodismo.
-A ver, don Alfonso, ¿cuántos ejemplares tiran de cada uno de sus libros?, ¿mil?, ¿dos mil?... Le ofrezco, en un solo domingo, ¡10 mil lectores!
En muy poco tiempo la mezcla de literatura, artes plásticas, teatro, cine, filosofía, política, ciencia… convirtió al suplemento en el mejor del país y de América Latina. “Me parece –le dijo en una entrevista a Cristina Pacheco muchos años después, en 1982- que todas mis aventuras en el campo del periodismo literario consisten en que veo la cultura como el conjunto de patrones que rige la totalidad de la vida humana y social. Por otra parte, coincidí con un verdadero renacimiento de las letras mexicanas.”   
Por eso este miércoles seis de diciembre de 1961 Benítez y sus colaboradores sienten tristeza y coraje. Esos sentimientos, sin embargo, son superados cuando, semanas más tarde, a principios de 1962, suena el teléfono de Benítez. Es José Pagés Llergo:
-¿Qué haces?
-Ordenando unos papeles.
-Vente para acá.
“Acá” son las instalaciones de Siempre!, la revista que a partir de febrero de ese año recibe a todo el equipo que hacía posible México en la Cultura. Y desde entonces comienza publicarse en las páginas de ese semanario La Cultura en México, que Benítez abandonará una década después porque “volvieron las presiones de censura, en especial a partir de 1968” y porque “los jóvenes debían tomar el relevo.”
Pero casi toda vida cultural de la segunda mitad del siglo XX fue dominada por los suplementos que él fundó. Entre 1947 y 1988 echó a andar “La revista Mexicana de Cultura” (El Nacional), “México en la Cultura” (Novedades), “La Cultura en México” (Siempre!), “Sábado” (UnomásUno) y “La Jornada Semanal” (La Jornada). Muchos de los más célebres escritores mexicanos de hoy dieron sus primeros pasos en las letras en alguna de estas publicaciones. Por eso algunos dicen que era Benítez quien “encumbraba o destruía” a los escritores del país.
“Así como en el mundo político, en el de la cultura existen también caciques: el personaje más fuerte que guía a los demás, que dicta las reglas, protege a su grey y, excepcionalmente, castiga a los rebeldes. Suele llamársele maestro. (…) Fernando Benítez realiza la hazaña de los suplementos culturales y en torno a ellos se formó el grupo al que la maledicencia llamó la Mafia”, escribió José Luis Martínez en 1999 en la revista Letras Libres.
Humberto Musacchio cuenta también en Historia del periodismo cultural en México (CONACULTA, 2007) que “Fernando Benítez fue indudablemente un líder cultural, creador y director de suplementos, atizador de polémicas y cabeza de un grupo llamado La Mafia en el que sus enemigos incluían a Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, José Luis Cuevas y ocasionalmente Octavio Paz o Jaime García Terrés, que no vivía en México (José Emilio Pacheco, que en todo caso sería parte del grupo, no suscitaba las iras de los adversarios por su talante ajeno a la provocación). En una época ferozmente nacionalista, se les criticaba su cosmopolitismo, el que se reunieran en los cafés de la Zona Rosa –por entonces el lugar chic- y que actuaran en forma excluyente en los espacios que controlaban.”

LA_MAF~1Fernando Benítez recorre Yucatán. Es uno de sus viajes en los que se sirve del periodismo y la antropología para escribir sus grandes narraciones sobre el México indigenista. Recoge testimonios sobre la ruina del estado y del cultivo del henequén luego del descubrimiento de la fibra sintética. Se topa también con asesinatos de maestros rurales, corrupción gubernamental, impunidad, resentimientos de la Casta Divina y centenares de campesinos hartos de ser explotados. Y con todo ese material escribe Ki, el drama de un pueblo y de una planta, un libro-reportaje al estilo de John Reed y John Kenneth Turner. “Yo no establezco esas fronteras arbitrarias que en México se hacen entre periodismo y literatura –sostenía-. Creo que el periodismo es literatura, literatura bajo presión, la presión del tiempo y de la actualidad.” En los años 60 prueba los hongos alucinógenos de María Sabina, ve la Vía Láctea y rompe sus lentes creyendo que ya no los necesita. Durante varias semanas, el periodista permanece a lado de la chamana oaxaqueña y elabora un relato llamado Los hongos alucinantes. 
Pero su gran obra la escribe en cinco tomos: Los indios de México, un retrato de las diversas culturas indígenas de nuestro país. Invierte 20 años de trabajo en ello. “Soy –decía-un personaje extraño; periodista para los antropólogos y antropólogo para los periodistas.” También se ocupa de la época colonial y de relevantes personajes históricos. Ahí están La ruta de Hernán Cortés, La vida criolla en el siglo XVI, Sexo y religión en la Nueva España, Morelos, Un indio zapoteco llamado Juárez, Lázaro Cárdenas. Y escribe novelas: El rey viejo, El agua envenenada y Voces muertas, bocas azules.
En 1934 Fernando Benítez comenzó a colaborar en Revista de Revistas, de Excélsior. Luego, durante poco más de una década trabajó en El Nacional, donde llegó a ser director y, a partir de entonces, la Cultura dejó de ser una “arrimada” en el periódico y, para ejemplo de otros, pasó a ocupar un papel destacadísimo en sus páginas. Alternaba su labor editorial con la escritura de sus libros de historia y antropología y sus clases en la UNAM. “He tenido el privilegio de trabajar con él –dice Cristina Pacheco en Al pie de la letra (FCE, 2001)- y veo las cualidades que lo han convertido en el promotor más importante de la cultura mexicana después de Vasconcelos: la generosidad, el instinto, la paciencia, la valentía y sobre todo la fe en la renovación. Emociona pensar que quienes hoy son grandes figuras literarias alguna vez se acercaron tímidamente a él para presentarle un manuscrito que ya leemos como clásico.”


Necesita sentirse joven. Por eso Fernando Benítez enseña periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Por eso siempre acude con el entusiasmo del primer día de clases.
El aula está abarrotado por decenas de alumnos distribuidos en incómodos pupitres. Todos están listos con cuadernos y bolígrafos para apuntar. El maestro comienza:
-La nota informativa es…
Un alumno levanta la mano:
-No, profesor. Este semestre es sobre reportaje.
-¡Ah!, así que en este grupo ya dominan la nota informativa.
Silencio absoluto.
-Bien -continúa Benítez-, la nota informativa es la materia prima del periodismo. De ella surgen los otros géneros periodísticos. Debe ser así: lo más importante arriba, lo menos importante abajo. ¿Alguna duda?... Lo demás consiste en jerarquizar detalles. Tienen que contar qué pasa. Y para eso, escriban lo que nos dice Rudyard Kipling: “tengo seis honrados servidores/ que siempre me sirven bien/ y me enseñan lo que sé/ se llaman: qué, cuándo, quién/ dónde, cómo y por qué.”
Durante todo el curso, el maestro –de traje y corbata, gafas gruesas, amable y burlón- distribuye lecciones y anécdotas basado en su larga experiencia como reportero, editorialista, editor y director en las principales publicaciones de México:
-La mayoría de las noticias importantes generan nuevas noticias. Muchas veces es más difícil obtener una entrevista que realizarla. Publicar en página non es mejor que en página par, porque es la primera que ve el lector.
Había ocasiones en que llegaba a la clase acompañado por algún escritor y lanzaba la pregunta a sus alumnos:
-¿Hay algún valiente que se atreva a entrevistarlo ahora mismo?
¿Exámenes? “¡Nunca! Esos se los dejaré a sus futuros jefes de información”, decía. “Los periodistas deben escribir todos los días. To-dos. Deben tener ojos de tratante de caballos, habilidad de cocinera y digestión de ostra, es decir, ser capaz de adaptarse a todas las circunstancias.” Y agregaba: “para hacer periodismo hay que tener imaginación. Un periodista tiene que informarse para informar. Observar, escuchar y luego contar. Quien no sirve para investigar, no puede ser reportero. Su mente ha de ser un permanente estado interrogativo.”
Al final del semestre, cuando entregaba las calificaciones, les decía a los mejores alumnos:
-Ustedes escribirán la literatura para un futuro historiador.
Y muchas veces seleccionaba a algunos para llevárselos a trabajar con él.
Siempre procuró estar rodeado de jóvenes. Decía que ese era el secreto del éxito de cualquier medio de información: “los directores y los editores han de buscar y saber identificar nuevos talentos. Pero verdaderos talentos. Aprovechar que todavía no pescan vicios a la hora de reportear y escribir. Guiarlos. Pulirlos. Así se forman los buenos equipos. Así lo he hecho yo.”


A principios de la década de los noventa, Fernando Benítez es embajador de México en República Dominicana. En abril de 1992 los grupos Vuelta y Nexos llevan varias semanas “enfrentándose” porque los primeros fueron excluidos del “Coloquio de invierno” organizado por los segundos en diciembre de 1991. Carlos Marín (hoy director editorial de Milenio) viaja a Santo Domingo para saber qué opina al respecto “el padrino de la vida intelectual de México.”. El resultado es una larga y jocosa entrevista de seis páginas que publica en la revista Proceso. En ella, Benítez dice que el pleito “era una prueba indiscutible de que la cultura en México está más viva que nunca” y también habla, con abundantes detalles, sobre su relación con varios escritores:
“(…) Le di entrada a los muy jóvenes, que tenían entonces 18 años, como José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska y Juan García Ponce. Después llegaron Gabriel Zaid, Carlos Fuentes, Víctor Flores Olea y los mejores escritores de esa lejana época.”
-¿Y qué les vio?
-Vi un gran talento en ellos. Elena ha sido la mejor entrevistadora de México. Con preguntas al parecer muy ingenuas logra respuestas decisivas. (…)
-¿Y cuál era el chiste de Monsiváis?
-Su ironía increíble, su sentido crítico. (…) Desgraciadamente habla en un lenguaje cifrado. Sus lectores, además de mexicanos, deben ser algo así como iniciados y por eso no ha logrado ser traducido. (…)
-Y José Emilio Pacheco, que fue su jefe de redacción, ¿siempre escribía muy bien o lo sorprendía usted con faltas elementales de ortografía?
-No. Por supuesto que no. Era un devorador de libros. (…) José Emilio Pacheco es ya una especie de Alfonso Reyes, con otra ventaja: no solamente es un gran poeta, sino un gran traductor de poesía. (…)
-¿Acepta que a la par que propiciar el periodismo usted y su grupo, su mafia o no mafia, determinó quiénes eran o no los intelectuales de México, los más capaces en el campo de la cultura y las ideas?
-Si tengo una virtud, es la de saber apreciar el talento. Yo no descubría  nadie. Me concreté a apoyar el talento (…)
-Hable de Carlos Fuentes.
-(…) [Es] extraordinariamente simpático y de un genio formidable. Daba unas fiestas en su casa, cuando todavía estaba casado con Rita Macedo, verdaderamente colosales. Escurría el semen por las escaleras, todos se cogían. Ahora ha cambiado completamente Carlos. (…)
-¿Y García Márquez?
-Fuentes y yo conocíamos El coronel no tiene quien le escriba, que es una novela de perfección extraordinaria, comparable a un cuento de Pushkin, antes de que Gabriel hubiera escrito Cien años de soledad. Éramos los únicos que sabíamos que García Márquez era un genio literario. (…)
-¿Y Juan José Arreola?
-Yo le conseguí una beca, hace mucho tiempo; pero se ha dedicado a la televisión y se ha convertido en un bufón. Ya no escribe: declama. Estoy muy apartado de él y de su teatralismo. (…)
El corazón de Fernando Benítez dejó de latir a sus 90 años, la madrugada del lunes 21 de febrero de 2000. Y entonces muchos, en la tesitura chusca del carácter del escritor, hicieron suya la frase del periodista Jesús Arellano: “¡Beníetez, pa´qué te juites!”

Hay 0 Comentarios

Los comentarios de esta entrada están cerrados.

Periodista en Serie

Sobre el blog

Las “víctimas” de un periodista en serie son muchas y constantes. No tiene relación con ellas. Las elige al azar y sin que tengan conexión unas con otras, en un área geográfica determinada, como Iberoamérica. Les arrebata su historia y la hace pública sin ningún pudor. No planea “entregarse” ni realizar “ataques suicidas.” Este blog es su particular SALA DE RETRATOS. Pasen y lean.

Sobre el autor

Víctor Núñez Jaime es un escribidor de historias. Estudió periodismo y literatura hispanoamericana. Sabe que el periodismo es más de nalgas que de cabeza, porque hay que estar sentado durante largos ratos escribiendo, corrigiendo... Es autor de tres libros: Un periodista ante el espejo, Los que llegan. Crónicas sobre la migración global en México y Una cabrona de Tepito. Ha ganado, entre otros, el Premio Nacional de Periodismo Cultural (México) y el Premio a la Excelencia Periodística de la sociedad Interamericana de Prensa. Con libreta y pluma en mano, sale a por las historias. Contrasta estadísticas con los testimonios de la gente. Visita a los escritores y periodistas de renombre. Está obsesionado con el buen uso del idioma español. Le apasiona leer y estudiar. Devora libros. Él es lo que ha leído. Y también lo que ha escrito.

Archivo

junio 2014

Lun. Mar. Mie. Jue. Vie. Sáb. Dom.
            1
2 3 4 5 6 7 8
9 10 11 12 13 14 15
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30            

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal