Tribus lejanas, tribus cercanas, tribus hostiles

Por: | 23 de abril de 2012

En los primeros años 80, recién descubierto el  concepto de tribus urbanas, solíamos refunfuñar cuando el redactor jefe nos encargaba algún artículo al respecto. Como implicados en aquellas batallas musicales, realmente no manteníamos una visión ecuánime. Lo escribíamos pero se notaba nuestra parcialidad. Ahora, la biología nos ha modificado. También manifestamos una vergonzante curiosidad por sobrevolar ese territorio remoto que son los jóvenes que obedecen a determinado look, que se agrupan por estilos de vida.

Y encontramos irresistibles las taxonomías que bautizan, describen, valoran las diferentes facciones. Labor no tan sencilla como parece: los clasificadores tienden a inventarse subcategorías grotescas, para burlarse de  amigos o enemigos; no esperamos sociología pero tampoco chistes privados.

Así que agrada  encontrarse con un reportaje medio serio en la revista Q titulado “Todo lo que querías saber sobre las sectas (pero no te atrevías a preguntar)”. Firma Rebecca Nicholson y contiene ilustraciones del gran Jonathan Allardyce. Naturalmente, se refiere al Reino Unido pero casi todos tienen equivalentes internacionales. Esta es la lista de Q:

Dobleq

1.       Litle monster. Las monstruitas, bautizadas así por Lady Gaga, son extremadamente beligerantes en las redes sociales. Se enfurecen con los premios Grammy. No entienden nada: ¿cómo es posible que alguien prefiera a Adele sobre Justin Bieber? ¿Quién es esa Esperanza Spalding? ¡El mundo conspira contra los teenagers!

2.       Bro-stepper. No tengo el gusto pero parecen ser adictos a los gimnasios que luego acuden a bailar dubstep mostrando sudorosa musculatura.

3.       Earnest Pitchforker. Llamados así por utilizar el sitio pitchfork.com como BOE. En España se les denomina gafapastas pero  tienen las espaldas bien cubiertas: son los favoritos de agencias de publicidad y patrocinadores ansiosos.

4.       Bus kid.  El chico del autobús se aísla del mundo con sus auriculares, escuchando rap y dance music, esperando crecer y emanciparse: un vehículo propio con unos bafles ASÍ de potentes. Para cuando alcance la mayoría de edad, ya tendrá los oídos dañados.

Manrique2

5.       Old raver. No sé si le hace justicia lo de antiguo bakalaero. Convertido en padre reciente, ya solo puede suspirar por las noches infinitas de Ibiza o las macrodiscotecas británicas. Y añado yo: deja las drogas definitivamente cuando su bebe se acerca gateando hasta un  montoncito de MDMA regalado por un colega (“¡y eso que sabe amargo!”).

6.       R & B queen. No muy frecuente en España pero ya lo creo que existen, sobre todo en la periferia de las grandes ciudades. Las reinas del aranbí llevan ropa escasa y apretada; su idea de la “calidad musical” pasa por Beyoncé, R. Kelly, Usher y demás producciones de alta gama. En la pista, repiten instintivamente la formación del cuadrado hueco propia de las legiones romanas: “venimos a bailar, no a ligar”. Mienten como bellacas.

7.      Pop fiend. El fanático del pop se distingue del gafapasta por su mayor edad y su tenacidad en rescatar artistas alojados en el mainstream contemporáneo, de Madonna para abajo, que conviven en su altar con exquisiteces minoritarias. Muy agobiantes: es muy cansado discutir con alguien que ha decidido que los Monkees son mejores que los Beatles.

8.       New metalhead. El nuevo metalero adora los tatuajes y la ferretería corporal. Detesta que se le confunda con el emo, de gustos musicales más blandos. Se pone las camisetas de Iron Maiden que le ha prestado su padre, sin ninguna ironía.

9.       Trust-fund trobadour. Niño bien, que puede permitirse años de vagabundeo intercontinental, siempre con guitarra o percusiones. El neohippy insiste en triturar los temas de Bob Marley, Dylan y, glup, Nick Drake. Muy oportuno: si es un vecino no deseado, induce al suicidio. O al homicidio.

10.      Mod dad. El papá mod sigue fiel a la estética modernista, recuperada con Quadrophenia y The Jam. Le gusta vestir con discreta elegancia aunque no se atreva con los trajes de raya diplomática que ahora lleva Paul Weller. Prefiere gastar su dinero en obscuros vinilos de soul que ahora cuestan cantidades obscenas.

Divertido, ya digo, aunque se me ocurren otras tropas. En mi calle, desapareció la tienda  de heavy pero prospera un establecimiento de grafiteros, empañados en poner a prueba sus aerosoles recién comprados. Durante el verano, basta con tener las ventanas abiertas para enterarse de las excitadas conversaciones de los otakus: suelen prolongar sus reuniones callejeras más allá de la hora de cierre de las tiendas de manga. Lo que escuchas te quita cualquier nostalgia por la adolescencia. Palabra.

Hay 5 Comentarios

Entretenido intento de apatación de una taxonomía de tribus urbanas del Reino Unido, a la realidad patria.
Incluiré enlace a este artículo en mi "Destacados" del próximo domingo.
http://www.comunsinsentido.com/

La características de los supuestos nuevos grupos son tan superfluas que hace falta valor e imaginación para considerarlos como tales. Decir que quien escucha música en sus cascos en el tren o bus es un Bus Kid es como decir que la peña que va leyendo es Reader People. Tampoco se sostiene que quien consumió éxtasis, tenga un bote de pastis en el sofá. El resto: musculitos, pijiprogres y demás parafernalia está ya inventado. Todo muy heavy de verdad !

que tiempos, coño! En los 80 solo había rockers, mods, punks, popis y jevis

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ni Claudi Montaña lo hubiera hecho mejor.

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¡Tanta música, tan poco tiempo! Este blog quiere ofrecerte pistas, aclarar misterios, iluminar rincones oscuros, averiguar las claves de la pasión que nos mueve. Que es arte pero, atención, también negocio.

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Diego A. Manrique

, en contra del tópico que persigue a los críticos, nunca quiso ser músico. En su salón hay un bonito piano pero está tapado por montañas de discos, libros, revistas. Sus amigos músicos se enfadan mucho.

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