Oriol Llopis, kamikaze y superviviente

Por: | 21 de mayo de 2012

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     Durante demasiadas décadas, los grandes focos solo apuntaba a los cantantes. Pero, con la madurez, hemos asumido que la música pop es una experiencia colectiva y transversal. Que músicos, productores, managers, disqueros, fans y, sí, también, los detestados periodistas deben contar su parte. Ya no nos conformamos con el recital a capella de un vocalista; se trata más bien de escuchar a un inmenso coro polifónico, por más que desafine.


     Así que llevamos una temporada que proliferan los libros y documentales protagonizados por los personajes periféricos, esos que no salen a los escenarios. Hasta se rescata a estrellas fugaces del periodismo, como los tomos consagrados a Lilian Memoires de rockRoxon, Ellen Willis o Paul Nelson, suma de biografía y antología. Libros póstumos, al igual que las Mémoires de rock et de folk,  de Philippe Koechlin, redactor en jefe de Rock & Folk, mensual francés que –se nos recuerda- tiraba 180.000 ejemplares, a veces con 80 páginas de publicidad.

     Aquí, las cifras eran más modestas, aunque no cabe menospreciar la capacidad de la prensa musical para difundir cultura, formar opinión y hacer masa crítica. Ahora que Springsteen vuelve a visitar los estadios españoles, convendría recordar -incluso al propio cantante y a su representante- cómo se edificó aquí el  Mito Bruce, durante los años setenta y principios de los ochenta, cuando el hombre se negaba a ser filmado, no tenía éxitos en el Top 30 y, por lo tanto, no sonaba en las radio-fórmulas. Exacto: la prensa musical.

En España, en general, hemos tenido poca suerte con las historias complementarias. Mario Pacheco murió sin entender la urgencia de plasmar sus vivencias; los escasos libros de disqueros son exculpación o autocelebración. Managers y productores no saben, no contestan. Pero ahora se abren los cielos y aterrizan las primeras memorias de un periodista musical, Oriol Llopis, via la editorial 66 rpm.

    Gran acierto su título: La magnitud del desastre. Aún con su desarrollo caótico, ilumina la peripecia guadianesca de alguien que desaparecía durante años en Paraguay (¿mande?), en un safari de Alicante, en una empresa de recambios automovilísticos, en un pueblo cercano a Vic. Inclusive para los que estábamos en su mismo oficio, la trayectoria de Oriol no tenía mucho sentido. O un sentido trágico, en todo caso.

 Oriol Llopis 70                                                                                                                                                       Aunque, ahora que lo pienso, hay que puntualizar el título. Lo de La magnitud del desastre sugiere arrepentimiento, expiación, rutas de evacuación. Y no. El modelo es intransferible. Oriol trabajó en el programa televisivo La edad de oro y en las principales revistas rockeras: Disco Express, Vibraciones, Rock Espezial o Ruta 66. En términos profesionales, tuvo las mejores oportunidades…y las tiró por la borda. Era fácilmente el tipo más cool de la profesión y lo sabía: acompañaba su firma de fotos favorecedoras, como la de la izquierda.

    En bastantes páginas, Oriol se burla cruelmente de Damián García Puig, potente empresario periodístico surgido de Vibraciones. No llega a explicar la paradoja de que alguien supuestamente tan odioso le mantuviera el puesto y le diera responsabilidades hasta que tuvo la evidencia de que Oriol suponía una hemorragia incontenible en cualquier redacción: robaba pilas de discos, tacos de revistas, hasta el dinero en metálico para gastos corrientes.

       Todo para mantener su afición a la heroína, que diezmó a sus compañeros de viaje. En relatos y en sus mismos textos periodísticos, Oriol construía la épica del yonqui en guerra con el mundo, Robin Hood dispuesto a dar el palo a colegas y pardillos, Dillinger listo para atracar cualquier establecimiento. Algunos nos acordamos de esa mitificación llopisiana a finales de 1983, cuando murió Miguel González, guitarrista de Desechables, durante un asalto a una joyería de Villafranca del Penedés. Tal como lo contaba este periódico, Miguel llevaba una pistola de juguete; el joyero, una de verdad.

      Pero no procede establecer relaciones de causa y efecto: era el clima del momento, el resultado de escuchas equivocadas de Lou Reed, lecturas beatas de William Burroughs. El carisma del junkie way of life eclipsaba incluso los avisos. Oriol intimó con otro destacado integrante del santoral opiáceo, Johnny Thunders, durante su paso por TVE. El cabecilla de los  Heartbreakers no se hacía ilusiones: “ser yonqui es como tener que ir al trabajo cada día. Pero cuando suena el despertador tú ya hace horas que estás dando  vueltas en la  cama. Tienes que fichar, buscar datos, conseguir información, dinero por adelantado…y muchas veces tienes que hacer horas extras. Es igual que un trabajo muy duro.”

 

 

No solo fue el traje; Oriol Llopis también llevó a Johnny Thunders a los toros.

      En La magnitud del desastre tampoco establece su estética del rock. Cuando hace una criba de su colección de discos, camino de su actual residencia en Sevilla, se queda con chicos duros (Stooges, Blue Öyster Cult) pero también con sofisticados (Todd Rundgren, Roxy Music). Se lleva a un dylaniano, Elliott Murphy, pero confiesa que detesta a Bob Dylan ya que “nadie le entiende”. Aparte de amigos como Dogo y sus Mercenarios, no parece consciente de que después de 1980 siguieron saliendo grupos. Su máxima pasión resulta ser Golden Earring: letras del grupo holandés encabezan cada capítulo, aquí denominados “paquetes” por su forma de elaboración, bloques de 20 o 30 páginas que enviaba al editor.

 

Una curiosidad de Golden Earring: al servicio de Coca-Cola.


      Las anécdotas son fascinantes…o irritantes (un  método para provocarse sueños cinematográficos, que pasa por dormirse junto al televisor). Otro asunto es el grado de credibilidad que se merezca Oriol, aunque ese flanco está cubierto por el astuto subtítulo, Memorías de un rock critic poco fiable. En realidad, La magnitud del desastre tiene más sentido como crónica del underground patrio, subgénero inaugurado por Pau Malvido -el hermano silvestre de Pascual Maragall-  en sus escritos para Star, luego recogidos por Anagrama en Nosotros los malditos. El libro de Oriol Llopis carece de ese aliento generacional pero, mérito nada desdeñable, es la historia de un superviviente. Un pícaro que resistió para contarlo. Chapó.

Hay 18 Comentarios

Las dos gilipollas, ana y marta, podeis ir ambas dos a que os hagan una puta lobotomia. No teneis categoria ni para nombrar a Oriol. Idos a la mierda

Ya me acuerdo de Ana y Marta, que guay me lo pasé con esas guarras, fue flipante, y creo que todavía les dura el resacón de la borrachera que llevaban las dos guarras, si no hubiera sido por lo feas que eran y gordas sebosas, hubiera estado un par de días más con ellas., pero apestaban a mierda que no veas las guarras.

Sólo unas guarras como Ana y Marta pueden decir las gilipolleces que dicen, pero viniendo de dos marujillas de mierda, te puedes esperar cualquier cosa. Gorrinas.

Estuve en el concierto de los Heartbreakers en Caminos y lo recuerdo bastante concurrido (Dimucci)

no se negaba a escribir copiaba,y de musica,tarari.en la edad de oro y cosas mil que pone..de esos libros copy and copy

hace muchos años este tio en madrid mas de una vez se le tenia por txapero,marikita vamos,cuando estaba mal yo le vi y no lo cojimos robara una sra por el procedimiento del tiron.
todo lo que cuenta es mentira,solo era muy cobarde,un rock critico?ja,ja,ja,ja mas bien prota de navajero..un chulo refugiado en sevilla.

escritor o..txapero?

este fulano es un fraude,los yonkis son una escoria...su modernidad y poco cerebro les deja tan anulados que hacen de su mentira...SU VERDAD.
comprate mejor cualquier otro libro ,no te saca ni te pone.
recuerdos a los hombres de las cavernas

Habéis leído el libro?Eso de que Oriol LLopis solo habla de Dogo...no se le escapa ningún grupo interesante.Es uno de los descubridores de Pájaro,también sevillano.Gracias a él he podido escuchar un disco que me ha hecho volver a tener la ilusión de que todo aún no está hecho.Bravo por Llopis y Pájaro con su "Santa Leone".

Jota:

A pesar de tu tono desabrido, debo decirte que comparto tu irritación: eso de que “usen tus textos sin permiso” me ocurre todos los días. Suelen citar al autor pero no siempre. Si el tema es fuerte, puedo ver mi texto integro reproducido en mil blogs y en muchísimos periódicos del otro lado del Atlántico a lo largo de los días siguientes. Una sensación rara, por lo menos.

Existe un departamento de Fotografía en El País que se ocupa de negociar permisos y resolver conflictos. Otro asunto es que las fotos sean promocionales, como ocurre con las de Oriol Llopis. Desdichadamente, el mismo libro de Oriol no específica los autores pero cabe imaginar que la editorial ha pactado con los fotógrafos.

Respecto a YouTube, se supone que paga a los autores. Es perfectamente legal, creo, enlazar con sus videos. De hecho, el mismo YouTube te ofrece la opción de “compartir”.

Si tienes alguna queja con el uso de tus fotos, pónte en contacto con las secretarias de redacción del periódico, que se ocuparán del asunto. Me consta que lo hacen.

DAM

Diego:
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¿Puedes dejar ya de usar fotos para ilustrar tus textos sin citar a sus autores? ¿Hay que recordarte lo que dice el libro de estilo de El Pais al respecto? ¿Tienes permiso del autor del retrato de Oriol? Además de un abuso y una ilegalidad, es irritante.
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Paso por que uses canciones y videos de Youtube, supongo que algún dia le caerá la factura a El Pais si no ha llegado ya a algún acuerdo, pero los fotografos, especialmente los españoles y aun mas especialmente los de rock, ya han sufrido bastante...
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Comportate con un poco de decencia. ¿Aceptarias que se usaran tus textos sin citar al autor y sin su permiso?

Oye, Alfonso, cada uno vive la música como le apetece. Si has pasado por lo que parece que ha pasado Oriol, pues me resulta muy lógico que no vaya a conciertos, para evitarse tentaciones. Esto no es como ser hincha del Betis, amigo mio.

Le leía en Vibraciones y desde luego era un activo puntero en aquella memorable revista... por cierto, que si le gustaba Todd Rundgren, entonces no debía llevarse tan mal con Damian Garcia-Puig. Too far gone.

Muy reveladora ésta frase: "Aparte de amigos como Dogo y sus Mercenarios, no parece consciente de que después de 1980 siguieron saliendo grupos." No conozco personalmente a Llopis -por cierto, desconocía que viviese en Sevilla- pero digamos que conozco a algunos elementos que encajan a la perfección en esa descripción: Supuestos melómanos que jamás verás en un concierto, ni vindicando nuevas bandas ni nada, viviendo a perpetuidad en una burbuja pasada e irrecuperable.

Un superviviente en una trayectoria (el "junkie way of life") que dejó un reguero interminable de muertos. Los yonkis no tenían carisma salvo para ellos mismos, que despreciaban a los "burguesitos" que temíamos las agujas y nos libramos de tal esclavitud. Muy buena la reflexión de Johnny Thunders sobre la dura jornada laboral del heroinómano.

También Burning cantaba lo de "Esto es un atraco". No le puedes echar a Oriol la responsabilidad en solitario de aquel desquicie.

1 ¿Quién hace la criba para la edición impresa, usted mismo?
2 Las comas. Yo creo que 'fans y, sí, también los detestados' 'Aquí las cifras eran más modestas' 'En términos profesionales tuvo las mejores oportunidades' y 'En bastantes páginas Oriol se burla' le gustarían más a Eduardo Mendoza, pero ¿a quién le importa?
y 3 (Por la charla correspondiente): no disimule, le encanta Richard Thompson: coinciden en la carrera profesional impoluta, en la veterana mala leche, en la ácida preclaridad y en ser tesoros nacionales, aunque eso, que en UK tiene cierto sentido, en España se debe referir a Cervantes los días impares y a Velázquez los pares. ¿O eran el Cordobés, Lola Flores y Franco?.
Salud.

Recuerdo que cuando tocaron los Heartbreakers en ¿Caminos? no había casi nadie, pero por allí andaba Oriol Llopis con pinta de Keith Richard. Luego escribió un reportaje memorable y muy divertido en, creo, Ruta 66.

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¡Tanta música, tan poco tiempo! Este blog quiere ofrecerte pistas, aclarar misterios, iluminar rincones oscuros, averiguar las claves de la pasión que nos mueve. Que es arte pero, atención, también negocio.

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Diego A. Manrique

, en contra del tópico que persigue a los críticos, nunca quiso ser músico. En su salón hay un bonito piano pero está tapado por montañas de discos, libros, revistas. Sus amigos músicos se enfadan mucho.

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