Luna en España: infidelidades y culpabilidad

Por: | 09 de noviembre de 2012

Luna

Luna en posición de descanso. De izquierda a derecha, Sean Eden, Dean Wareham, Lee Wall y Britta Phillips

Seguramente no te vas a partir el culo, como ocurre  cuando lees Vida, la autobiografía de Keith Richards. Pero Postales negras,  las memorias de Dean Wareham, puede que resulte un libro más pertinente para los tiempos presentes. Y es que, en el siglo XXI, ya no habrá unos nuevos Rolling Stones, no cabe pensar en grupos con esa resonancia social. Por el contrario, la historia de Wareham podría servir como mapa de carreteras para proyectos que se ponen en marcha ahora mismo.

Postales negras retrata la primera oleada del indie (o alt-rock, como preferían denominarlo en Estados Unidos). En el último tercio de los ochenta, Wareham, chico inquieto de buena familia, funda el trío Galaxie 500 con  dos amigos de Boston. Cansado del puritanismo sonoro de Damon y Naomi, cuyo carácter de pareja determina el resultado de cualquier  votación, Wareham huye del underground y se reinventa como cabecilla de banda: Luna.

 

Con Luna, Dean aumenta su paleta sonora y va a por todas. Consigue un contrato con Elektra e inicia su particular asalto al cielo pop. Para su desdicha, Luna coincide con el grunge y no cae bajo los focos de los grandes medios. Postales negras explica minuciosamente el proceso industrial de las discográficas (desmiente, por ejemplo, las cifras del zelote Steve Albini) y no se reserva nada. Aquí está el drama de grabar álbumes con vocación comercial, el calvario de las giras de segunda división, la imposibilidad de acceder a las emisoras potentes.

Seis años después, Wareham vuelve a los sellos independientes. Con la entrada del milenio, llega Internet y la desintegración del negocio musical tal como lo conocíamos. De repente, es esencial la venta de camisetas en conciertos; asombra la saña con que la Policía Montada de Canadá contabiliza en la frontera los productos textiles que transportan las bandas estadounidenses. Hay que asumir, además, los golpes de veleta de las revistas musicales, tan preparadas para despeñar a los grupos que entronizaron el año anterior.

Lo eterno, sin embargo, es la crónica de la dinámica interna de un grupo. Wareham disfruta provocando -“el mejor rock and roll lo hace gente que no sabe tocar”- y extrayendo enseñanzas: “los buenos baterías suelen proceder de las zonas residenciales” (tienen espacio y distancia para ensayar sin molestar). Culto y perceptivo, clava los mecanismos grupales: “ir en una furgoneta nos convirtió en niños”.  De ahí juegos como “¿a quién te tirarías?”, que deriva de “¿a qué artista  no te importaría telonear?”.

Dean se ríe de si mismo. Verbigracia, cuando explica cómo debe ligar un músico indie: “tienes que mezclarte con el público inmediatamente después del concierto, hacer como si estás muy ocupado y responder un montón de preguntas estúpidas de tipos que quieren saber qué tipo de pedales de distorsión utilizas. Algunas bandas designan a un miembro del equipo para que, durante el show, reparta pases de backstage a las chicas monas, pero nosotros pensábamos que eso era pasarse de la raya. Podíamos estar más salidos que un mono pero no éramos unos cerdos.”

De vez en cuando, suena la flauta: no hay que seducir, basta con dejarse llevar. Wareham cuenta lo ocurrido con una chica española tras un concierto en Palma de Mallorca, una noche lúbrica -puritanos, abstenerse- que le empuja a un serio examen de conciencia. Este fragmento pertenece al capítulo El lento descenso, que describe la gira europea de 1999. Por cierto: el nombre de la partenaire no es el mismo que aparece en la edición original, Black postcards. Una delicadeza de Dean, cabe imaginar.


Dean_wareham-postales_negrasEstábamos encantados de viajar a España, un lugar en el que Luna tenía mucho éxito. La primera parada era Bilbao.

—Bilbao es un sitio asqueroso —dijo Stephen.

Era de Newcastle, así que sabía de qué hablaba.

El Kafe Antzokia era restaurante de día y bar de copas por la noche. Cientos de fans de Luna vinieron a vernos. Después de la actuación, dos chicas entraron en el camerino y nos ofrecieron una raya de coca a Sean y a mí.

—Claro —les dijimos. Y después la nariz empezó a picarme de forma sospechosa.

—Era coca, ¿verdad? —pregunté.

—No, speed.

Mierda. Nos fuimos de copas con nuestras nuevas amigas. Entramos en un bar y todo el mundo aplaudió al vernos, y después nos pidieron autógrafos. No nos había pasado algo así en Hamburgo o en Leicester.

El promotor de Valencia volvió a alojarnos en el hotel Sol Playa. Nos habíamos quedado allí en nuestra anterior visita a Valencia y prometimos no volver jamás. No entendíamos por qué nos habían vuelto a meter en aquel hotel horrible, a varios kilómetros de la sala, cuando habíamos vendido ochocientas entradas para el concierto. Contábamos con que nos tratasen como la última mierda en Leicester o Zúrich, pero no en Valencia. Estábamos bastante quemados con el tema y, cuando llegamos al Roxy, descubrimos que el grupo telonero, Scott 4 (que habían tomado su nombre del hermoso cuarto álbum de Scott Walker), se había comido la comida de nuestro rider. Además, la sala se había comprometido a dejarnos una habitación con teléfono porque teníamos que hacer un par de entrevistas importantes, pero nos dijeron que no podíamos usar su teléfono. Justin se enfadó especialmente con aquel asunto, y le dijo a Evan que se pusiese bravucón. Y eso hizo Evan.

—¡Voy a contarte lo que vas a hacer! ¡Vas a sacar a los teloneros de nuestro camerino! ¡Vas a traernos más comida! ¡Y vas a conseguirnos un teléfono! ¡Eso vas a hacer si quieres que Luna toquen hoy!

A veces un mánager de gira tiene que ponerse así. No estaba en la naturaleza de Evan, pero lo hacía cuando no le quedaba más remedio […] Dean

Volamos de Valencia a Mallorca, de nuevo en su mejor época del año. La temporada alta de turistas se había terminado, así que ya no quedaba ni rastro de las hordas de ingleses y alemanes de mediana edad. Pero el tiempo seguía perfecto para tomar el sol, nadar en el Mediterráneo y disfrutar del vino típico de Mallorca y sus especialidades culinarias como el arroz brut: conejo, salchichas y perdiz estofada con arroz, azafrán, champiñones y verduras.

El Sonotone de Palma era un antro. El escenario estaba a metro y medio de altura y se accedía a él por una escalera de madera destartalada. Detrás del escenario había un camerino sucio pero con una ventaja: tenía un baño para el grupo. Al menos, no tendría que hacer cola para ir al baño de la sala antes del concierto, algo de lo más odioso. Los monitores tenían poca potencia y el equipo de la sala era una auténtica mierda. Pero no nos importó: el local estaba lleno, era sábado por la noche y Mallorca nos encantaba.

El hotel estaba en la playa, a quince kilómetros de Palma. Normalmente no nos gustaba que nos alojasen tan lejos de la ciudad y protestábamos cuando el hotel estaba en las afueras. Pero nadie se quejó en Mallorca. La luz de la isla tiene algo único; el sol es mucho mejor que el de Bruselas. Era genial estar al lado de la playa y no tener que compartir habitación después de haber estado haciéndolo durante cuatro semanas.

 

No es Mallorca pero tiene bonitas tomas aéreas. Y se trata de la canción que da el título al libro de Dean Wareham.

 La gente de la península nos preguntaba, incrédula, por qué tocábamos en Mallorca; lo normal es que las giras de los grupos no pasasen por la isla. Primero, porque nos llamaban para tocar, lógicamente. Y segundo, porque adorábamos Mallorca. El promotor siempre nos ponía en un hotel aceptable en la playa, con habitaciones individuales, y nos invitaba a una comida fantástica. Y, además, estaba el público, muy entusiasta. ¿Qué importaba si solo funcionaban algunos monitores y las luces se apagaban? Los mallorquines se lo pasaban en grande, y a nosotros nos encantaba su forma de ver la vida.

Aquella noche vi desde el escenario a una hermosa española bailando frente a mí. Tenía largas pestañas, cabello negro, piel morena, pechos estupendos y un jersey sugerente. Me distraía.

  
Luna+live2Me lo estaba pasando demasiado bien. Había bebido más cervezas de la cuenta antes de subirme al escenario (a medianoche), y estaba un poco achispado. Podía cantar y tocar la guitarra perfectamente, claro […] Después del concierto, nos sentamos en el camerino y me acabé la botella de Stoli que habíamos pedido en el rider [...] Dos chicas inglesas muy precoces se colaron en nuestro camerino. Aparentaban unos diecisiete años, y tenían esa confianza en sí mismas propia de su edad, afianzada por el hecho de ser guapas y estar forradas. Ni siquiera se habían molestado en ver el concierto de Luna. Tengo la impresión de que para ellas el camerino del Sonotone era una más de sus paradas habituales una noche de sábado. Parecía que el camerino era suyo y los que estábamos de paso éramos nosotros. Justo detrás de las chicas inglesas estaba la mujer que se había puesto delante de mí durante todo el concierto. Estaba un poco nerviosa, y su nombre era Cristina.

Una de las inglesas de diecisiete años, aquellas niñas mimadas, descaradas y de piernas largas, se ofrecieron a conseguirnos coca y nos llevaron a un bar. El dueño les dijo que el camello todavía no había llegado. Me senté en el bar con Cristina a tomar un gin-tonic. En España solo te sirven en el vaso la ginebra; la tónica te la dan aparte en una botella. Nos pusimos a conversar: Cristina era auxiliar de vuelo de una línea aérea española.

A las tres de la mañana, el camello de coca aún no se había presentado en el bar y yo estaba cansado. Decidí volverme al hotel, pero no sin antes darle un beso de despedida a Cristina. En España es de mala educación irte sin dar un beso (todo lo contrario que en Japón, donde intentar besar en la mejilla a una chica es casi un escándalo). El beso duró más de lo que esperaba. Cristina me pidió que la acompañase a dar un paseo por el puerto. A las cuatro de la mañana, Palma seguía a rebosar de gente: todos bebían, comían y se lo pasaban en grande.

Dean-brita
Dean Wareham con Britta Phillips. Según explica el epílogo del libro, exclusivo para la edición española, se casaron en 2006.


Nos detuvimos en lo alto de una escalera desde la que podíamos ver todo el puerto. Nos dimos otro beso y Cristina me invitó a su casa. Vivía en el centro de Palma, en un complejo de apartamentos muy modernos. Modernos y pequeños: era su segunda residencia en Mallorca, un estudio diminuto en el que el único sitio donde podías sentarte era la cama.

—¿Quieres que te enseñe mi uniforme?

Así se supone que son todas las noches de un cantante de rock and roll. Normalmente, nada que ver con la realidad. Pero aquella noche sí estaba pasando. Retozamos en su cama hasta que salió el sol, y tengo que decir que fue muy agradable. Vaya que sí.

Después nos pusimos a hablar de música. Cristina se ofreció a cantarme su canción favorita.

 —¿La conoces? —dijo. Y comenzó a tararear suavemente en mi oído.

 La canción era «More than words», la balada de aquellos melenudos llamados Extreme. No estaba entre mis favoritas. Pero me quedé allí escuchando, con una sonrisa tonta en mi cara.

Me cogí un taxi de vuelta al hotel y me metí en la cama. Eran las ocho de la mañana. Estaba molido, pero me pasé una hora allí tirado, mirando al techo y pensando.

No soy buena persona. Soy mala persona.

Pensé en mi esposa y en mi niño pequeño, que estarían durmiendo en Nueva York. Y mientras, yo montándomelo con una azafata española guapísima.

Esto es lo que tienen las aventuras durante una gira, el riesgo al que se expone todo cantante de rock and roll: están sobrevaloradas. Inviertes mucha energía en ellas; y no discuto que sean excitantes y divertidas, te hacen sentir que estás vivo. Pero lo que viene después no es divertido. Es el precio de habértelo pasado tan bien. Al finalizar la noche tenía la autoestima por los suelos, un sentimiento de culpa insoportable y dudas sobre la clase de persona que era. ¿Por qué  no podía ser mejor persona? ¿No me podía haber metido en un taxi nada más acabar el concierto y volver al hotel para ver la tele? Eso debería haber hecho. Pero a veces no tenía fuerza de voluntad.

Mi mente no siempre atendía a razones. De hecho, me obligaba a hacer lo que no tenía que hacer. A tomar decisiones cuestionables. Así es como llegué a aquello. Borracho sobre el escenario, con una chica guapa española mirándome durante toda la actuación. Hora y media lanzándome miraditas y al acabar, aparecía para preguntarme qué iba a hacer después. Y estuve mucho tiempo con ella. Hizo lo que quiso conmigo. Me dejé arrastrar por la corriente.

Engañar a alguien puede hacer que te sientas fatal. Sobre todo si apenas has dormido, te duele la cabeza y estás metido en una furgoneta, preguntándote qué vas a hacer con tu vida. Casi te entran ganas de llorar. Le comenté este episodio a mi psicoanalista.

«Todo el mundo lo hace —me dijo—. Si te sientes culpable, si no puedes soportar esa sensación, no lo hagas». Un tipo muy listo, mi psicoanalista. Sí, me sentía culpable.

Me pasé todo el día siguiente pensando que no era buena persona y que algo iba mal en mi mundo. Pero ese tipo de sentimientos suelen desaparecer tras un par de días. Fue como un milagro un tanto extraño. Encontré un rincón remoto de mi cabeza en el que desterrar aquella culpa y volví a ser el de siempre. Más o menos.

 

Luna: primero eran shoegazerzs, ahora les apuntan retrospectivamente al batallón del dream pop

Traducción de Tito Pintado. Publicado por cortesía de Libros de Ruido, con mención especial para el director de la colección, Fino Oyonarte. Gracias también a Santi Carrillo.


Hay 15 Comentarios

La azafata que vivía en Mallorca en esa época no tenía ni marido, ni hijos ni novio en ese momento.

Ya tenemos otro alias para el TROLL oficial del blog: Kiff Pichas

Vaya plasta de lectores tengo, debe de estar pensando el Manrique.

Manrique, lamento hacer de aguafiestas pero deberías pensar en suspender los comentarios en tu blog. Son pocos los que van al meollo del texto. Trolls o no, en general bajan el nivel del blog.

Cuidado, el troll Elon (?) está convencido.

Estoy convencido:
David el Gnomo, Bis, Pedro Gas, Mongolia Exterior, Paco Paco son todos el mismo TROLL.

Benditos sean los hombres que no saben del efecto after. Benditas también las mujeres.

No hagas caso, Diego Apunto. Prefiero que cuentes la humanidad de los músicos. Para saber el grueso de las cuerdas de guitarra que prefieren, ya hay revistas.

Cogno, Diego, esto se empieza a parecer a una salsa rosa rockera. No sé, tengo la impresión de que no juzgas muy bien a tus posibles lectores. Nos vendes morbo cuando estoy seguro de que Wareham tiene cosas mucho más interesantes que decir acerca de los múltiples aspectos de la experiencia rockera. Y que conste que te sigo desde los tiempos de Popgrama pero desde hace un tiempo -sobre todo desde que abriste este blog- tengo la impresión de que estás empezando a desvariar. Te lo digo desde el respeto.

David el Gnomo (¡vaya apodo!), tienes razón con tu comentario, pero te olvidas del que más tonterías dijo: el propio Manrique.

A ver si en esta entrada los trolls (Bis, Pedro Gas, Mongolia Exterior, Paco Paco etc.) dicen menos gilipolleces que en la entrada anterior.

Jajaja que bueno, aprendiendo a ligar...
interesante,parece mentira pero seguro que más de uno le vendría bien unas noociones,,,,a mí el primero que ultimamente se me ha olvidado..jeje
saludos

El hotel sol y playa tiene buenas críticas en trip advisor, en todo caso, lo suficientemente buenas para unos tipos que no dan palo al agua y se dedican solo a crear canciones que desapareceran en un plis plas. En todo caso, podrian pagarse de su bolsillo un update ja ja

Sería interesante recabar la opinión de la azafata. Y la de su marido y dos hijos.

Ligar en lugares donde eres respetado es fácil, escribí sobre ello en una entrada reciente, el efecto "el elegido". Ese y más trucos clickando sobre mi nombre.

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¡Tanta música, tan poco tiempo! Este blog quiere ofrecerte pistas, aclarar misterios, iluminar rincones oscuros, averiguar las claves de la pasión que nos mueve. Que es arte pero, atención, también negocio.

Sobre el autor

Diego A. Manrique

, en contra del tópico que persigue a los críticos, nunca quiso ser músico. En su salón hay un bonito piano pero está tapado por montañas de discos, libros, revistas. Sus amigos músicos se enfadan mucho.

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