Michael Chabon y sus soluciones para el apocalipsis musical

Por: | 21 de enero de 2013

  MichaelChabonTelegraphAvenue

Michael Chabon y su nueva novela (ojo: Cameron Crowe quiere llevarla al cine)

Dicen que el diablo habla con lengua plateada. Ciertamente, eso ocurre en Telegraph Avenue, la ambiciosa nueva obra de Michael Chabon, cuya traducción al español anuncia Mondadori para marzo. Ese demonio tiene elocuencia, cultura y visión de futuro.

Permítanme explicar la situación: Archy Stallings y Nat Jaffe son los protagonistas -masculinos, luego están sus mujeres- de la novela. Uno negro y otro judío, músicos de escasos vuelos pero que, esto es lo que nos interesa, gestionan Brokeland Records, tienda de discos de segunda mano en la frontera entre el Berkeley bohemio y el Oakland proletario, en la famosa Avenida del Telégrafo. Brokeland es una institución local, que atrae a melómanos de todos los colores, especialmente los interesados por el jazz, el soul y el funk. También es una central para el cotilleo del barrio.

 

 

Todo funciona más o menos bien hasta que reciben la peor noticia para su negocio. A pocos metros, se va a instalar Dogpile Thang, un centro comercial que incluirá una megatienda de discos, con la promesa de una sección inmensa de vinilo nuevo y usado. Ya, ya: es muy manido lo de enfrentar al pequeño establecimiento con la gran cadena; se supone que David siempre tiene nuestras simpatías frente a Goliat. Aquí, cabe agradecérselo a Chabon, el invasor no se presenta con forma anónima de gran empresa.

Todo lo contrario. El impulsor de Dogpile Thang es Gibson Goode, alías G Bad, uno de los hombres negros más ricos del país, antiguo jugador de fútbol americano que quiere invertir en los barrios menos favorecidos. No se trata de un ángel, ciertamente, pero argumenta que su proyecto traerá puestos de trabajo y revivirá una zona deprimida por la construcción de una autopìsta.

  Asi imagina The Guardian la tienda inventada por Chabon

Así imagina el ilustrador Clifford Harper el interior de Brokeland Records

Los responsables de Brokeland Records convocan a sus tropas: excéntricos habitantes del Berkeley contracultural, fieles compradores negros de Oakland. La reunión es hilarante pero saben jugar sus bazas y logran inclinar la balanza hacia su lado: es posible presionar al concejal que otorga las licencias.


San LeibowitzGibson Goode pasa a mayores y lanza el anzuelo. Invita a Archy, el socio negro de Brokeland, a un recorrido a bordo de su zeppelin, una dirigible publicitario que también permite viajes de placer. Tras establecer que ambos crecieron en las mismas calles y tenían gustos parecidos, le plantea una misión. Invoca a San Leibowitz, el posapocalíptico héroe de de Walter M. Miller, empeñado en conservar los textos, los testimonios de la civilización tras una guerra nuclear.

Explica que la música negra ha vivido un hecatombe similar con la implantación del hip hop. Oh, Gibson es un hombre de su tiempo y aprecia lo mejor del rap, de Nas a Lauryn Hill. Pero dispara y acierta en el corazón de Archy:

“Se ha perdido mucho. Ellington, Sly Stone, Stevie Wonder, Curtis Mayfield, no tenemos ni indicios de gente de ese calibre en la música negra actual. Hablo de genios, de compositores, no sé si me entiendes. Quincy Jones, Charles Stepney, Weldon Irvine. Mierda, se trata de sacar chispas de tu instrumento. Guitarra, saxofón, bajo, batería...solíamos ser los dueños de esos bichos. ¡La trompeta! Éramos los propietarios, los músicos blancos tenían que funcionar como inquilinos nuestros. Ahora, viene algún chaval negro que parece medio talentoso, como RZA. ¡Y no sabe tocar ni un puto kazoo! Lo único que puede hacer es meter 'citas'”.

No es culpa del sampler, se apresura a añadir. Los responsables son “las discográficas, la MTV, la radio homogeneizada, el crack. Los recortes de presupuestos para los programas de educación musical, para las bandas de los colegios. Lo que estoy diciendo es que estamos viviendo entre los estragos. Todo lo que tenemos son piezas rotas. Y tú recoges esos pedazos y quitas el polvo acumulado, los dejas guapos y limpios, eso es admirable. De verdad. Lo que te ofrezco va más allá de colgarlos en tu museo y vender alguno, de vez en cuando, a un dentista blanco o un asesor fiscal que a su vez lo colgará en la pared de su casa.”

BlueNoteAquí viene la oferta que no se puede rechazar, el chantaje de la responsabilidad intergeneracional: “vamos a poner esos discos donde están los chavales, donde el futuro se gasta su dinero. Tú les enseñas. Les explicas lo que significan esos pedazos rotos significan, porque son importantes. Tal vez aparezca uno de esos chicos y aprenda lo que tú le tienes que enseñar y vuelva a juntar todas las piezas”.

Su sección de vinilos sería el equivalente a los imaginarios monasterios fundados por los discípulos de San Leibowitz. Depósitos de cultura hasta -vamos a especular- que vuelva la demanda por la música original tocada por seres humanos, hecha de arriba abajo, sin collages ni citas sampleadas.

Y no voy a adelantar más sobre Telegraph Avenue. Allí hay otras tramas muy serias, sin conexiones con la música (incluso aparece un desconocido Barack Obama). Debo mencionar que, astutamente, Michael Chabon sitúa la acción en 2004. Antes del hundimiento del mercado inmobiliario, antes de la desmaterialización de la música, de la debacle económica que seguramente habría acabado con Dogpile Thang, igual que tantas cadenas de productos culturales.     

  

El sofisticado tesoro de CTI, tal como ahora lo reciclan en Japón.

Paradójicamente, en nuestro presente, un establecimiento especializado como Brokeland Records podría sobrevivir, al menos como tienda virtual, más global que local, gracias a la revalorización del vinilo. No habría grandes tertulias, no podrían celebrar fiestas como la que reúne a todos los clientes alrededor del féretro de Cochise Jones, un tocador de órgano Hammond que grabó para el sello CTI (y Chabon es tan convincente en su descripción que, lo reconozco, hasta me vi obligado a comprobar que realmente Cochise Jones no existió).

Y ahí aparece el factor Internet. Los santos Leibowitz de la actualidad están en la Red, compartiendo conocimientos y música, aunque sea en mp3. Hasta que llegue el holocausto nuclear, estamos bien servidos, gracias. 

 

Para terminar en una nota de concordia, una sesión que mezcla jazz + hip-hop

Hay 4 Comentarios

Pero uno no tiene una relación tan profunda con una película como con un disco. Al menos, no la consumes tantas veces,

A la lista de la compra. Me ha encantado eso de sacarle chispas a un instrumento.
Hace unos años leí en un RDL que el coleccionismo era una de las grandes estafas del rock and roll. Me pareció una boutade muy divertida en aquel momento. Ahora ya no parece una boutade...
Haciendo una malsana analogía con el cine: ¿te imaginas que tan solo pudieras disfrutar plenamente de aquellas peliculas que tuvieras en posesión en un formato físico?

Sam, son dos libros TOTALMENTE diferentes. Lo pensé pero creo que no haría ningún bien al amigo Hornby comparar su Alta Fidelidad con Telegraph Avenue. En el primero, la tienda es el centro de la vida del prota; en el segundo, la excusa para que salgan a la luz los conflictos de los dos protagonistas y sus mujeres.

Es encomiable hacer esta entrada sin haber nombrado ni en una ocasión Alta Fidelidad de Hornby.

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¡Tanta música, tan poco tiempo! Este blog quiere ofrecerte pistas, aclarar misterios, iluminar rincones oscuros, averiguar las claves de la pasión que nos mueve. Que es arte pero, atención, también negocio.

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Diego A. Manrique

, en contra del tópico que persigue a los críticos, nunca quiso ser músico. En su salón hay un bonito piano pero está tapado por montañas de discos, libros, revistas. Sus amigos músicos se enfadan mucho.

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