Oiga,
igual que ocurrió aquí con la
movida.
En el Reino Unido llevan unos años dándose golpes en el pecho,
repartiendo responsabilidades, haciendo hogueras con el britpop.
Parece que, transcurridos diez o quince años del apogeo de un
fenómeno musical y cultural, se abre la veda para su negación. ¿Y
saben qué? Puede que sea injusto pero que, a la larga, resulta un
proceso higiénico, necesario de alguna manera.
Cabe imaginar al más brillante de los divulgadores históricos, el conservador Dominic Sandbrook, acumulando gozosamente munición para un futuro tomo de su crónica abierta sobre la Gran Bretaña contemporánea. Apuesto a que allí tendrá protagonismo Luke Haines. Es perfecto: el renegado, el que señala con el dedo a sus propios compañeros, el resentido.
Luke
se está construyendo una modesta carrera literaria al ejercer de
Gran Inquisidor del britpop.
Ya tiene dos volúmenes al respecto, Bad
vibes
y Post
everything.
Son memorias pero, claro, se venden por sus retratos de las
interioridades del britpop
y
sus años posteriores.
El britpop ofreció una alternativa al alma suicida del grunge, con su insostenible espíritu iconoclasta. Por el contrario, los cachorros londinenses veneraban el pop de guitarras de los sesenta y los primeros setenta. Haines se burla de esa tendencia retro pero también confiesa dedicarse a componer tras escuchas obsesivas de un recopilatorio de The Kinks. Ray Davies, su cabecilla, era modelo a imitar, por su capacidad de observación de la realidad circundante. Y, por mucho que ironizara sobre el peso del grunge, con “American guitars”, también colaboró con el Savonarola del movimiento, el productor Steve Albini.
Culturalmente,
sin embargo, Luke rechazaba la mentalidad de campanario de sus
compañeros de generación. Ese cosmopolitismo atrajo la atención de
los franceses: su grupo se llamaba The Auteurs y su primer disco largo fue
New
wave
(es decir, nouvelle
vague).
Haines, influido por una novia cinéfila, había leído lo suficiente
sobre
Cahiers
du Cinema
para defenderse ante los periodistas parisinos. Su aspecto de
aristócrata degenerado hizo el resto: tendrá mercado en Francia
para siempre y, si no comete algún gafe, le espera una medalla de la
Légion d'honneur.
El europeísmo de Haines resultó un tanto perverso: editó un disco dedicado al terrorismo de los setenta, titulado Baader Meinhof. Sus intereses chirriaban en el ambiente de cocaína y palmaditas de Candem Town. Desde allí, Haines pudo contemplar como despegan sus amigos de Suede. Llegaría luego el reinado de Blur y Oasis, ante su consternación. Hasta triunfaría Pulp, antaño un grupo de perdedores indies con amplia discografía. Luke y Jarvis Cocker compartieron discográfica, Fire Records, y Bad vibes describe una fantasía donde ambos ejecutan al dueño, Clive Solomon.
De hecho, uno de los equívocos del britpop tiene que ver con su persistente identificación con el indie. En realidad, eran grupos de mandies, feo palabro que deriva de fundir majors e indies. Se atribuían la superioridad moral de las compañías independientes pero el dinero venía de multinacionales. Creation, hogar de Oasis, estaba bajo el paraguas de Sony. Island, sello en el que triunfó Pulp, pertenecía a Universal. Blur grababa para Food, un apéndice de EMI. Los Auteurs estaban en Hut, una división de Virgin.
Y eso ¿qué tiene que ver con la música? Mucho, ya que los músicos son finalmente obreros de anónimos accionistas, que esperan que sus beneficios crezcan cada año fiscal. El negocio musical no funciona así. Los booms obedecen a la creatividad de unos individuos del todo menos consistentes, aparte del cambiante zeitgeist. El britpop había florecido en los años finales del dominio del Partido Conservador: siempre proporciona energía el situarse en la oposición. Ya estaba emergiendo lo que denominaron Cool Britannia. Imaginen: en dieciocho años, se pasó de Maggie Thatcher, la dogmática hija del tendero, a Tony Blair, un listillo que tocó en un grupo durante su etapa universitaria y quiso ser promotor de conciertos.
El
britpop
participaba del optimismo del New
Labour.
Sin embargo, el movimiento tenía pies de barro en lo económico. El
negocio musical británico necesita exportar para ser rentable pero,
fuera de los nombres principales, había elevado a un batallón de
mediocridades. Londres era un invernadero donde, gracias a los
amorosos cuidados de Radio 1 y la prensa musical tipo NME, crecían unos hypes
que pinchaban una vez cruzaban el Canal. Cierto, en todos los países
había su FIB y su Primavera Sound, festivales dispuestos a pagar dos
o tres veces el caché de estos grupos en el Reino Unido. A la larga, incluso con la generosidad foránea, aquello no se aguantaba.
El ascenso del britpop fue un espectáculo arrebatador; la caída, una hecatombre igualmente fascinante. Luke Haines nos ofrece una silla de pista en el fabuloso circo del rock, como nunca más lo volveremos a ver. Hay una falacia, evidentemente. Fue el clima de expansión, que tanto deplora, lo que le permitió grabar proyectos tirando hacia lo anticomercial, como After Murder Park, con sus niños asesinados y sus personajes escabrosos.
Ahora puede abominar de las discográficas pero el hombre sabía manejarlas magistralmente. En 1997, circuló la idea de su nuevo grupo pop, Black Box Recorders, entre la industria musical londinense. Atención: consiguió adelantos, a fondo perdido, de EMI, Universal, Warner e Island. Se suponía que iba a grabar maquetas pero aprovechó el botín para producir un disco entero, England made me. Que procedió a vender a Chrysalis. Como un Malcolm McLaren cualquiera pero con un proyecto artístico genuino.
Hay 5 Comentarios
Un favor le pido a quién pueda: ¿no podéis borrar los molestos mensajes de spam? Si quiero jugar a un juego online ya me lo buscaré yo, gracias.
Y para que no se diga, Luke Haines es un grande. Un grande al que hay que consumir en pequeñas dosis porque si no se corre el riego de morir envenenado.
Publicado por: Anónimo Veneciano | 11/02/2013 13:54:08
En todo caso, viendo lo que vemos, sabiendo lo que sabemos el que parece un poema salido de la caja de un ventrilocuo decadente es Mr. Blair. A Noel siempre se le puede decir lo que le largó Townshend: 'thank god, he didn´t bring his brother'
Totalmente de acuerdo Mr Mustard
Publicado por: jose angel | 07/02/2013 12:42:31
Vaya chorrada meterse con el aspecto de Noel Gallagher. Todos tenemos fotos en las que parecemos raros
Publicado por: Lobito | 05/02/2013 22:51:28
Qué cara de retrasado mental tiene el Noel Gallagher.
Publicado por: Jaime | 05/02/2013 20:32:57
Es curioso cómo en aquella época del llamado Britpop eran sobre todo Oasis y Blur quienes llenaban las páginas de la prensa musical, y sin embargo ahora con el paso del tiempo se da uno cuenta de que grupos como Suede, Supergrass (estos no tienen ni un disco mediocre, son a cada cual mejor) o Pulp hicieron mucha de la mejor música de aquella época. Una escucha a "Dog Man Star", "In It For The Money" o "His'n'Hers" lo demuestra.
Publicado por: Mean Mr Mustard | 05/02/2013 10:22:38