Una máquina para clonar al Rey León

Por: | 09 de septiembre de 2013

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El rey Leon. Walt Disney Pictures

A finales del siglo pasado, con la creación de la oveja Dolly, la mera posibilidad de clonar personas se convirtió en un grave asunto de preocupación pública. Me acuerdo perfectamente del ambiente que se respiraba en la redacción en el día a día. Los noticias científicas que alertaban que la clonación humana era inminente zumbaban en los teletipos; se escribieron historias con todo tipo de reacciones emocionales, a favor y en contra. Y en todos los ámbitos, incluidos los religiosos. 

No faltaban voces que preconizaban la catástrofe entrado ya este siglo: desde aquellos que criticaban la imagen proyectada de científicos que jugaban al doctor Frankenstein, hasta los que aseguraban que la medicina de las células madre iba a ser la panacea para las enfermedades incurables, y que sería un crimen espantoso poner trabas a las investigaciones. ¿Qué nos depararía el futuro?

Algunas películas de discutible calidad intentaron explotar el filón del miedo a la clonación. En El Sexto Día, Arnold Schwarzenegger vive en una sociedad que clona mascotas. Copiar personas está fuera de la ley. Cuando Arnold regresa a casa, se queda estupefacto. Un clon suyo se ha infiltrado en su familia, besa a sus hijos y se apodera de su mujer. Nuestro buen Arnold ha sido clonado de manera ilegal, y tiene que descubrir el oscuro plan de una compañía, Replacement Technologies, para apoderarse del mundo... a base de clones. 

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Póster promocional de El Sexto Día. Phoenix Pictures.

Un año después de estrenarse la película, la revista Scientific American polemizó lo suyo con una portada en la que se afirmaba que unos investigadores americanos habían obtenido el primer embrión humano clónico

El asunto distó a la postre de ser lo que se anunciaba con grandes titulares, aunque siempre había alguna voz autorizada que susurraba: “tarde o temprano, alguien lo hará”. Quizá en algún laboratorio secreto.

Ese 2001, Jean-Claude Van Damme encarnaba un inspector de policía que perseguía infructuosamente a un asesino en serie. Nuestro héroe abandonó el caso, hasta que se vio involucrado en un proyecto secreto. Resultó que alguien había logrado un clon del asesino a partir de sus restos biológicos. Con ese nuevo ayudante, copia clónica del monstruo, Van Damme se las tendría que arreglar para resolver el caso. ¿La esperanza? Que una mente que es un calco de la del asesino le sirviera como guía...

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Van Damme, en el film Replicant. Universal Pictures.

Y tres años después. ocurrió aquel desagradable episodio protagonizado por el científico coreano Hwang Woo-Suk, el cual publicó a bombo y platillo en Science que había logrado obtener embriones humanos a partir de los cuales se extrajeron células madre capaces de convertirse en tejidos.

Todo el mundo proclamó entonces las bondades de la nueva tecnología, mientras se desempolvaban los temores del público, reflejados con poco acierto en las no muy acertadas películas de Arnold y Van Damme

Lo que nadie podía imaginar es que el tal Woo-Suk se había inventado los datos. Science, en una de las metidas de pata más sonadas de la historia de la publicación científica, tuvo que retirar el sonrojante artículo poco más de un año después, en enero de 2006. 

Las mentiras en el cine funcionan si son creíbles. En el caso de nuestro buen amigo Arnold, el embrión clónico obtenido de él no tarda cuarenta años en hacerse adulto, sino menos de un día. A eso lo llamo una clonación efervescente, fácilmente concebible por los guionistas de Hollywood.

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Escena de los clones del film El Sexto Día. Phoenix Pictures.

 

En cambio, en la ciencia, las mentiras se pagan muy, muy caras. Hablaremos de ello más adelante, pero el fiasco de Woo-Suk supuso un jarro de agua fría a las investigaciones sobre células madre. 

Y si sumamos el hecho de que las terapias celulares no funcionaron como se esperaba en los primeros ensayos clínicos con humanos, la decepción creció hasta alcanzar el tamaño del Everest

De repente, las promesas aireadas en los medios que hablaban de curas “en potencia” para males como el Alzheimer o Parkinson en pocos años se quedaron en eso, simple humo. (Desgraciadamente, siguen siendo todavía promesas).

Por ello me resulta extraordinariamente interesante el relativo poco revuelo causado por el anuncio este año en otra gran revista –Cell– de que ¡por fin!, un grupo de investigadores americanos había logrado convertir las mentiras del infame surcoreano en una historia verdadera. No tengo otro remedio que creerme de nuevo esta historia (de resultar otra mentira el escándalo sería como un terremoto que derrumbaría el edificio de la sede de la revista).

Pero, ¿de qué estamos hablando, exactamente?

Los investigadores de la Universidad de Salud y Ciencia de Oregón (EEUU) hicieron lo siguiente: escogieron células de un bebé de ocho meses que sufría una rara enfermedad genética.  Recogieron óvulos de mujeres donantes a los que se les vació su contenido genético. Y fusionaron ambas células infectándolas con un virus. 

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La oveja Dolly, en la portada de 1996 de la revista Time.

Los óvulos se mostraron capaces de reprogramar el ADN ajeno.Pero necesitaron de un chispazo de electricidad para activarse. Y en cierto sentido, eso aproxima a estos investigadores un poco más a la leyenda literaria del doctor Frankenstein. El chispazo activó estos extraños embriones hasta transformarse en una pelota de unas 150 células, lo que nunca se había logrado hasta ahora.

Los científicos rompieron esas pelotas y domesticaron las células, que empezaron a formar líneas celulares especializadas, entre ellas, músculo cardíaco. Es decir, líneas celulares que tienen la marca de ADN del bebé, y que por tanto evitan el rechazo al ser implantadas en el donante (cosa que, por supuesto, no se hizo).

Pregunta: ¿podrían esos embriones desembocar en un ser humano si no se hubiera detenido su crecimiento? La respuesta probable es . Ocurrió con Dolly, aunque se precisaron trescientos intentos para tener un sólo éxito. En este caso, el gasto de óvulos es bastante menor (un éxito por cada quince óvulos empleados, y en algunos casos, un éxito de cada cinco intentonas).

Pero recorreríamos un doloroso camino de fracaso en fracaso hasta obtener nuestro primer bebé clónico. El verdadero doctor Frankenstein habría implantado esos embriones en los úteros de voluntarias, esperando lograr una gestación de nueve meses y el parto de un niño normal...entre muchos deformes.

A los científicos no se les ocurriría algo así. Se arriesgan a una larga estancia en la sombra, tras los barrotes de la carcel. La sociedad no lo toleraría. Prefieren hablar de pelotas de células que nunca serían viables y que jamás se convertirían en un ser humano.

No todo parece tan fácil. Los óvulos femeninos son valiosísimos y escasos. Las donantes tuvieron que someterse a tratamientos hormonales para generar más óvulos, con serios efectos secundarios para su cuerpo. No fue un plato de buen gusto. Las voluntarias recibieron entre 3.000 y 7.000 dólares en compensación. Y algunos (no sin razón) ya han puesto el grito en el cielo en base a los potenciales mercados negros de óvulos que podrían abrirse en el futuro.

En teoría, la tecnología podría lograr que cada persona consiguiera producir un banco de tejidos con el ADN de su propio DNI, de cara a futuras terapias celulares: un corazón gastado que recibe miocardio de refuerzo; o el páncreas de un diabético que recibe tejidos de células que producen insulina. No son tejidos perfectos, ya que llevan las deficiencias genéticas del donante. Pero podrían servir para proporcionar tratamientos temporales increíbles (en teoría).

No tiene mucho sentido clonar una persona. Hay manera mucho más fáciles y divertidas de engendrar seres humanos por la vía tradicional. Y en cualquier caso, un viejo multimillonario al borde de la muerte sólo tendría el consuelo de que ese bebé tendrá su mismo aspecto físico muchos años después de muerto. Ni siquiera moriría con la certeza en cuanto a su personalidad, talento y capacidades.

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No fue el primer clon humano, pese a la portada de Scientific American en 2002

Si lográsemos un clon de Albert Einstein, no tendríamos asegurada una nueva mente genial capaz de descubrirnos una revolucionaria teoría sobre el Universo. La probabilidad es insignificante.

Lo que sí tiene sentido es clonar especies que probablemente desaparecerán por nuestra culpa. Los científicos españoles tuvieron el primer éxito, aunque duró tan sólo diez minutos. El bucardo, una subespecie de cabra pirenaica, se extinguió en el año 2000. Sus muestras biológicas se congelaron. Los expertos fusionaron esas células con óvulos de cabra y lograron varias gestaciones. Una de las cabras parió un bucardo vivo, pero murió a los diez minutos por culpa de problemas pulmonares.

Científicos en Australia están tratando de revivir una rana que se extinguió hace ahora un cuarto de siglo. Han conseguido clonar embriones, pero mueren poco después. Aunque es cuestión de tiempo.

No hablamos de resucitar dinosaurios, neandertales o mamuts. Eso quizá nunca se logre. Pero sí de evitar que especies actuales en peligro, como el tigre siberiano, los orangutanes o la ballena azul, dejen de existir para siempre. Y entre ellos, el león africano, que está en la lista de especies amenazadas: el animal que es todo un símbolo y representa al continente del que surgió la especie humana.

Así que esta tecnología sería estupenda para fabricar algún día una máquina capaz de clonar al Rey León.

 

 

 

 

 

 

 

Hay 2 Comentarios

Muy bueno, como siempre, pero yo si tuviera una máquina no clonaría al Rey León, sino a estas maravillas de la naturaleza: http://xurl.es/lcd5n

Me encanta este blog :) Ojalá enraíce y perdure mucho tiempo.

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Planeta Prohibido

Sobre el blog

Un poquito de ciencia impertinente. 2.000 caracteres para divertirse y aprender tomando como hilo conductor los fascinantes hallazgos de la ciencia. Pero además hay atrevimiento. Especulación. La ciencia que tiene sentido del humor. La versión siglo 21 de Robby el robot, el autómata más famoso de la ciencia ficción,El Planeta Prohibido, que era incapaz de herir a los humanos. Nuestro Robby rescata en sus brazos mecánicos a la chica, pero a veces tiene más mala leche queTerminator. En El Planeta Prohibido (PB), una civilización extraterrestre llamada Krell es un millón de veces más avanzada que la humanidad, pero se extinguió en un solo día. Es celuloide, ciencia ficción, claro, pero quizá el conocimiento no baste para salvarnos. Y sin embargo, ¿tenemos algo mejor?

Sobre el autor

(Madrid, 1963) (Madrid, 1963) es periodista y escritor, se licenció en ciencias biológicas y es Master de Periodismo de Investigación por la Universidad Complutense. Autor de cuatro novelas (La Sombra del Chamán, Kraken, Proyecto Lázaro y Los Hijos del Cielo), le encanta mezclar la ciencia con el suspense, el thriller y la historia, en cócteles prohibidos. Fue coguionista de la serie científica de RTVE 2.Mil, ha colaborado para la BBC, escrito para Scientific American y New Scientist, Muy Interesante, y fue jefe de ciencia de La Razón. En El País Semanal se asoma al mundo de la ciencia. Luis habla también en RNE, en el programa A Hombros de Gigantes, sobre ciencia y cine.

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