Adictos al Oro Negro (esperemos que por poco tiempo)

Por: | 10 de noviembre de 2013

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   Marlon Brando, como Adam Steiffel, en la película de John G. Avidsen, La Fórmula. Metro-Goldwyn-Mayer.

 

Intensa, vibrante, e inmune al paso de los años desde que fue rodada en 1980, La Fórmula es el mejor thriller cinetamográfico sobre la especulación de las grandes multinacionales del petróleo, el oro negro que aún mantiene nuestra civilización. En su investigación para encontrar al asesino de un antiguo amigo, George C. Scott da la formidable réplica a todo un Marlon Brando que encarna la figura del magnate Adam Steiffel, que dirige una corporación petrolífera norteamericana, en apariencia un apacible setentón que se preocupa por la salud de las ranas en su piscina.

La historia, basada en la novela de Steve Shagan, comienza a finales de la Segunda Guerra Mundial. En una mansión de Berlín, al filo de las bombas de los soviéticos, un grupo de importantes hombres de negocios de Suiza se reúnen con dirigentes nazis, los cuales encomiendan al general Helmut Kladen la custodia de un secreto, que no debe de caer en manos del enemigo rojo: la fórmula para fabricar fuel sintético a partir del carbón. 

Mientras las lámparas del salón tiemblan por las explosiones y los animales de un zoo cercano que ha sido bombardeado escapan despavoridos, los negocios entre estos hombres se imponen a la propia guerra. Los nazis quieren negociar con los americanos y necesitan ofrecerles jugosos secretos para que Alemania no caiga en manos de los fanáticos de Stalin

Ese general Kladen se encuentra finalmente con un oficial norteamericano, Tom Neely, en los estertores del conflicto. Y treinta y cinco años después, Neely, que se ganaba la vida como inspector de policía, es asesinado. Barney Caine (George C.Scott), se encarga de investigar el crímen, lo que le lleva a Berlín occidental. Allí desempolva un antiguo proyecto nazi llamado Génesis, formado por científicos alemanes que dieron con la fórmula de un catalizador para convertir el carbón en petróleo.

 

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Carátula de la película con sus dos principales protagonistas, Scott y Brando, frente a frente.

 

En los años ochenta, esta posibilidad supondría un cambio de equilibrio en el poder mundial. Los países árabes habían multiplicado el precio del petróleo en la década anterior, sumiendo al mundo occidental en una crisis energética sin precedentes. 

Por ello, intuimos que Steiffel, al que encarna un Marlon Brando brillante, tiene muchos ases en la manga, incluido el secreto de Génesis, ya que en una escena de la película dice: “Nosotros somos los árabes”. Estados Unidos tiene el 70 por ciento de las reservas mundiales de antracita, lo que le convertiría en el primer productor mundial de petróleo.

Con este as en la manga, ¿por qué no usarlo? En los años ochenta, los países  árabes tocaban la música, y como teatralizaba Steiffel ante Scott en su primer encuentro, los americanos “no tenemos más remedio que bailar”. 

En otra conversación, Steiffel añoraba aquellos tiempos en los que los chicos conducían sus coches devoradores de gasolina y no se preocupaban de lo que costaba llenar el depósito. Simplemente decían, “llénalo, Sam”. La gasolina americana era mucho más barata que la leche, y eso precisamente alimentaba el sueño americano. Las grandes corporaciones, describía Steiffel, eran “las tetas de América”.

La respuesta a esa pregunta es precisamente la clave de toda esta historia: consiste en extraer el máximo beneficio. Steiffel podía producir fuel sintético, pero prefería quitarles hasta el último centavo a los norteamericanos de los años ochenta antes que ofrecerles una gasolina más barata.

 

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Imagen de una escena que comparten estos dos inimitables actores. Metro-Goldwyn-Mayer.


La novela y la película de Shagan es una ficción, pero todos los argumentos que se exponen son documentales. Es uno de esos extraordinarios casos en los que las cosas que se dicen en una película se ajustan –casi al milímetro– a la realidad.

El principio del beneficio subyace en todo negocio, pero en el caso del petróleo lo es más. Arabia Saudí controla el 11 por ciento de la producción mundial actual –el primer país productor–y ciertamente puede ejercer una influencia en los precios, aunque más limitada ahora que en el pasado. 

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Muestra de combustible sintético. Foto cortesía Universidad de Texas en Arlington

 

Pero lo cierto es que el precio depende de la demanda y de la oferta. En julio de 2008, el precio de barril de petróleo alcanzó unos estratosféricos 126 dólares, antes de la crisis económica que estalló en septiembre de ese año, con la caída de Lehman Brothers. En diciembre de ese mismo año, un barril costaba menos de 33 dólares, algo abslutamente impensable para los gurus del petróleo, que pronosticaban el fin del petróleo barato.

También se ha argumentado que a los países productores no les interesa un petróleo caro. En realidad, les interesa mantener el precio más alto posible que la gente pueda pagar, y uno no sabe bien donde está ese límite, ni cuál es ese precio. Es un juego peligroso, ya que si se aumenta mucho el precio, cae la demanda, y el barril se abarata. Hay que saber tensar la cuerda sin romperla. Y en este sentido, se comportan acertadamente como Adam Steiffel en la ficción.

Pero hay otro aspecto extraordinario de La Fórmula, y es el hecho de que Génesis no es una utopía. Los alemanes lograron fabricar fuel sintético a partir del carbón durante la Segunda Guerra Mundial, mediante un proceso químico llamado Fischer-Tropsch

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Los científicos Rosenthal y De Meglio, de la Universidad de Delaware, han creado un catalizador que convierte el CO2 en fuel usando la electricidad de paneles solares. Foto cortesía de Universidad de Delaware/Kathy F. Adison.

 

El régimen de Suráfrica produjo gasolina a partir del carbón usando la misma fórmula que los alemanes. En 2010 fue un avión surafricano el que voló por vez primera con el 100% de un combustible sintético hecho a partir de carbón y gas.

Producir gasolina a partir del carbón era una fórmula demasiado costosa. En los tiempos de Steiffel resultaba más barato extraer el petróleo de forma tradicional o comprarlo a los países de la OPEP

Pero ahora, con el precio del barril del crudo superando los 94 dólares, esa posibilidad es mucho más barata.

Investigadores de la Universidad de Texas en Arlington han logrado fabricar gasolina a lartir del lignito (el tipo de carbón más barato) a un coste de unos 30 dólares por barril, sin que en el proceso se liberen contaminantes a la atmósfera. Es un proceso experimental que sería más efectivo en microrefinerías, y que precisa de una tonelada de carbón –con un coste de 18 dólares–para producir 158 litros de gasolina.

Lo fascinante de este hallazgo es que el proceso implica el uso de CO2 atmosférico, es decir, absorber este gas que provoca en parte el calentamiento global. El CO2 se transforma en monóxido de carbono y se hidrogena. Y el hidrógeno procede del agua contenida en el propio carbón. 

Estoy convencido de que esta solución no será del agrado de los grupos ecologistas. Pero imaginémoslo por un momento: un futuro en la que las refinerías de fuel sintético aspiran el CO2 de la atmósfera para convertirlo en gasolina. 

La captura del CO2 del aire se transformaría en una empresa comercial con grandes beneficios. Y aunque la quema de la gasolina liberaría el gas a la atmósfera, éste volvería más tarde o más temprano a las refinerías. Si se lograra un ciclo cerrado, el hombre habría encontrado una manera de controlar las emisiones y usarlas en su propio beneficio. Podría disponer de un arma para intentar minimizar los efectos del calentamiento global.

Por su parte, científicos de la Universidad de Delaware han desarrollado un catalizador que usa la electricidad procedente de un panel solar para convertir el CO2 en fuel sintético. Y la NASA lleva probando en sus aviones de investigación gasolinas sintéticas procedentes de otras fuentes.

 

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Científicos de la NASA llevan a cabo estudios de emisiones de fuel sintético. Dryden center/NASA


Independientemente de los puntos de vista, hay algo que cada vez resulta más evidente. La humanidad está sedienta de combustibles fósiles, y, nos guste o no, nos hemos hecho adicto a ellos. 

Cualquier cosa que hagamos, desde encender un interruptor, coger un coche o un avión, ir por un crucero con la familia, comprar una tableta hecha en China o en Taiwan y enviada a España, o navegar por internet, implica, en mayor o menor medida, un aumento de emisiones de gases de invernadero. Con sólo hacer un clic en el ratón.

Tenemos que superar esta adicción y pasar a la siguiente fase. Sueño con una civilización capaz de aprovechar y cosechar las inimaginables cantidades de energía de las mareas, los terremotos, volcanes y huracanes, y la radiación del Sol; con una civilización que alcanza niveles de prosperidad inalcanzables para una sociedad que depende ahora de quemar combustible fósil. Pero hasta que ese momento llegue, siempre tendremos individuos como Adam Steiffel

 

 

 

 

 

Hay 3 Comentarios

Como siempre, gran Marlon Brando

Yo soy de los raros que estamos convencidos que la tecnología está ya, pero está parada. Los mismos que extraen del subsuelo tienen "la formula" y simplemente están exprimiendo la "teta"

http://www.alicantegusta.com

Muy interesante, como siempre, pero creo que aunque el oro negro es importante hay algo que se os olvida y es que lo que verdaderamente mueve el mundo son las mujeres, el sexo: http://xurl.es/2s50l

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Planeta Prohibido

Sobre el blog

Un poquito de ciencia impertinente. 2.000 caracteres para divertirse y aprender tomando como hilo conductor los fascinantes hallazgos de la ciencia. Pero además hay atrevimiento. Especulación. La ciencia que tiene sentido del humor. La versión siglo 21 de Robby el robot, el autómata más famoso de la ciencia ficción,El Planeta Prohibido, que era incapaz de herir a los humanos. Nuestro Robby rescata en sus brazos mecánicos a la chica, pero a veces tiene más mala leche queTerminator. En El Planeta Prohibido (PB), una civilización extraterrestre llamada Krell es un millón de veces más avanzada que la humanidad, pero se extinguió en un solo día. Es celuloide, ciencia ficción, claro, pero quizá el conocimiento no baste para salvarnos. Y sin embargo, ¿tenemos algo mejor?

Sobre el autor

(Madrid, 1963) (Madrid, 1963) es periodista y escritor, se licenció en ciencias biológicas y es Master de Periodismo de Investigación por la Universidad Complutense. Autor de cuatro novelas (La Sombra del Chamán, Kraken, Proyecto Lázaro y Los Hijos del Cielo), le encanta mezclar la ciencia con el suspense, el thriller y la historia, en cócteles prohibidos. Fue coguionista de la serie científica de RTVE 2.Mil, ha colaborado para la BBC, escrito para Scientific American y New Scientist, Muy Interesante, y fue jefe de ciencia de La Razón. En El País Semanal se asoma al mundo de la ciencia. Luis habla también en RNE, en el programa A Hombros de Gigantes, sobre ciencia y cine.

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