El Maestro de las Emociones (o cómo diseccionar un sentimiento)

Por: | 16 de noviembre de 2013

  ©2012 Paco Cinematografica srl.     

   Geoffrey Rush como Virgil Oldman, en el film La Mejor Oferta. ©2012 Paco Cinematografica srl

  

Reconozco que no me atraen mucho las películas románticas, pero hay algunas obras que ocultan de una manera tan magistral el sentimiento romántico que no me queda otro remedio que rendirme. Me refiero, por supuesto, a La Mejor Oferta, de Giussepe Tornatore, que habla de un tratante de arte, Virgil Oldman, interpretado por un impecable Geoffrey Rush.

Virgil es, en apariencia, insensible a las emociones, frío y racional con el resto de los seres humanos. 

Es un hombre extremadamente educado, de gustos exquisitos, de un talento para el arte que pocos tienen y que usa esa capacidad para ver el talento ajeno y comerciar con ello, para descubrir en muchos casos falsificaciones tan asombrosas que cobran valor con el tiempo. 

Este talento y sensibilidad le ha proporcionado una economía desahogada, le ha convertido en el perfecto puente para que los más pudientes accedan a gastar su dinero en las obras en las que Virgil ha puesto sus sentidos, manejando ese otro arte más mercantilista como es el regateo de las subastas.

Pero Virgil tiene un secreto. Este hombre ha ido atesorando maravillas amañando un poco esas subastas gracias a un compinche maravilloso, un viejo zorro del arte como él, Billy Whistler, encarnado por el insuperable Donald Sutherland.

 

Donald Sutherland_1                Donald Shuterland, en una escena de la película.

 

  Con su ayuda, Virgil ha sabido ocultar los innumerables rostros de mujeres de distintas épocas en una habitación secreta, una cámara acorazada, donde puede expresar sus sentimientos platónicos aislado del mundo. El hombre frío y racional se deshace ante tanta fuerza cuando se encuentra contemplando a todas sus mujeres, quienes en realidad construyen su relato femenino ideal.

Y ocurre lo que tenía que ocurrir. Virgil se enamora de una misteriosa mujer que quiere vender todo el arte en su mansión. Y vemos que el hombre racional, de reglas y gusto exquisito, pierde la cordura. 

El amor está a punto de empujarle hacia la locura. Y todos nos identificamos con este hombre, el mismo que ante la sociedad se da cierto aire de grandeza y hasta de cierta antipatía y superioridad. Y lo hacemos precisamente porque su punto débil es el nuestro. Virgil, como todos nosotros alguna vez en nuestra vida, se ha convertido en la presa de sus sentimientos.

Claro que, ¿cómo podemos definir científicamente un sentimiento, una emoción? 

Hasta hace relativamente poco, esta idea era poco menos que una perogrullada. El cerebro, se nos ha venido diciendo, es un misterio dentro de otro, formado por cien mil millones de neuronas. Históricamente se ha visto como una especie de computadora compleja extraordinariamente compleja. 

Un pensamiento no era más que un conjunto muy sofisticado de reacciones bioquímicas, una charla entre neuronas. Los más racionalistas enarcaban sus cejas ante la idea de que las emociones humanas pudieran ser milimétricamente medidas y disecadas con un calibre.

Hay una persona que ha cambiado nuestra percepción de las emociones, elevando su estudio hasta las altas instancias de la neurociencia. Se llama Antonio  Damasio, nació en Lisboa en 1944, y tuve la fortuna de conocerle en un encuentro en el que charlamos sobre el cerebro para una entrevista extensa para El País Semanal.

 

_MG_0405                     Antonio Damasio, junto con Luis M. Ariza. Cortesía de Albert Jodar.

 

Una de las cosas más sorprendentes que tiene el cerebro humano es que no se puede explicar sólo con la suma de sus partes, por infinitas y complicadas que nos parezcan. La investigación emocional nos traslada a otro nivel en el que dejamos de ver las neuronas como si fueran árboles individuales y nos elevamos para contemplar el bosque entero.

Damasio me contó el caso de un paciente que había sufrido una lesión en el lóbulo frontal, pero eso no había alterado su inteligencia, su memoria y vastos conocimientos. 

Cuando uno hablaba con él no podía encontrar signos de una patología. Pero, fuera de la conversación, el hombre hacía locuras, como invertir su dinero en negocios absurdos en los que nadie invertiría, o relacionarse de manera muy extraña con su esposa. 

Su racionalidad a la hora de elegir el menú de un restaurante le empujaba hacia la locura. Se preguntaba si el menú era bueno en relación con el precio; miraba a su alrededor y trataba de encontrar si existía una relación con el número de sillas desocupadas del restaurante; o si merecía la pena ir a ese restaurante teniendo en cuenta lo lejos o cerca que estaba.

Era un hombre tan racional que no podía dejarse llevar por su instinto, por un impulso, por algo tan espontáneo como decir “me gusta”. Su lógica llevada al extremo le convertía en alguien que no sabía manejar las emociones a la hora de tomar una decisión. 

Este hombre apartaba lo emocional de su vida diaria, y, a diferencia de nuestro Virgil al menos al principio de la película, era incapaz de procesar esos sentimientos.

La lesión de este paciente, me explicó Damasio, ocurría precisamente en una zona del cerebro, una región llamada corteza prefrontal ventral, que se encargaba, de acuerdo con sus investigaciones, de procesar el encuentro entre lo emocional y lo racional.

Hay un tabú que rodea el uso de las emociones en la toma de decisiones. Suele manifestarse que las cosas hay que tomarlas en frío, nunca dejarse llevar por los instintos cuando se está demasiado caliente, contar hasta diez antes de hablar, etc. El personaje del Dr. Spock plasma en el cine la voluntad de la lógica sobre lo emocional, pero en el mundo de Star Trek tenemos una enorme empatía por Spock precisamente porque sabemos que no es en absoluto ajeno al mundo de las emociones.

 

Spock-and-uhura                   Zachary Quinto como Dr. Spock en el film En La Oscuridad. Paramount Pictures

 

Pero Damasio sugiere que las emociones, al contrario, son un factor esencial en la toma de decisiones. La respuesta emocional ya está en el cerebro, pero nos queda una facultad insólita y nueva, una capacidad única para modular esas emociones mediante el aprendizaje.

Invito al querido lector a un experimento. Usted se encuentra con nosotros, charlando tranquilamente sobre estas cuestiones, en la terraza de un hotel de Barcelona, con una taza de te y un tiempo envidiable. Alguien suelta de improviso una mamba negra, cuyo veneno es mortal, encima de la mesa.

La reacción de cualquier persona normal sería la huida. Pero no es algo que pensamos. Simplemente sucede, es una respuesta automática. Nuestro cerebro escapa a cualquier control. Ordena el bombeo de cortisol al corazón. Nuestro pulso se acelera y movilizamos en un instante una tremenda cantidad de energía.  Ocurre en menos de un centenar de milésimas de segundo.

También podemos quedarnos paralizados, sin mover una pestaña, esperando que la serpiente nos ignore y pase de largo. Si hemos recibido entrenamiento previo, si sabemos lo que es una mamba negra, podemos actuar de una manera más ventajosa frente a todos estos estímulos. 

Exactamente lo mismo que dijo Sam Neil, en su papel de paleontólogo de Alan Grant, a sus compañeros, en la excelente Parque Jurásico, cuando se toparon con un tiranosaurio hambriento. Sabía que esta terrible criatura no veía bien, pero detectaba el movimiento. Y que lo más juicioso era quedarse quieto como una estatua para sobrevivir. “No muevan un sólo músculo”.

 

Jurassic-Park-T-Rex                       La clásica escena entre el tiranosaurio y San Neil en Parque Jurásico. Amblin/Universal.

 

El miedo a volar, por ejemplo, puede modularse si uno aprende a controlarlo en un simulador de vuelo, comprendiendo la naturaleza de las turbulencias, cómo despega y aterriza un avión, y todos esos principios. Podemos, hasta cierto punto, desensibilizarnos, dice Damasio.

Pero este fenómeno de aprendizaje en el mundo emocional se puede aplicar a un concepto más colectivo. No se queda sólo en el individuo. Las emociones y la razón han dejado de ser antagónicas. Ahora forman una nueva alianza, defiende Damasio. Es un concepto colectivo mucho más fascinante.

La cultura y los conocimientos aplacan la violencia. Damasio está convencido de que la sociedad actual, pese a los conflictos armados y las noticias inundadas de actos de agresividad que abundan en los telediarios, es menos violenta. Había más violencia en los tiempos de Enrique VIII. 

Y la tolerancia a la violencia de género, el maltrato de las mujeres, es cada vez menor en las sociedades occidentales. La aceptación de los matrimonios del mismo sexo es cada vez mayor y gana terreno. Y las sociedades actuales desprecian cada vez más el racismo y la discriminación. 

Como último apunte fílmico, podemos echar un vistazo a la curiosa película El Mayordomo, interpretada por Forest Whitaker. La visión de un mayordomo negro que sirvió durante décadas en la Casa Blanca nos ofrece una sociedad en evolución, y unos políticos que progresivamente rechazaron la discriminación racial y aceptaron los derechos civiles para todos los norteamericanos, sea cual sea su religión, raza o color de piel.

 

The-Butler                    Forest Whitaker en el film El Mayordomo. Laura Zinskin Productions.

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Planeta Prohibido

Sobre el blog

Un poquito de ciencia impertinente. 2.000 caracteres para divertirse y aprender tomando como hilo conductor los fascinantes hallazgos de la ciencia. Pero además hay atrevimiento. Especulación. La ciencia que tiene sentido del humor. La versión siglo 21 de Robby el robot, el autómata más famoso de la ciencia ficción,El Planeta Prohibido, que era incapaz de herir a los humanos. Nuestro Robby rescata en sus brazos mecánicos a la chica, pero a veces tiene más mala leche queTerminator. En El Planeta Prohibido (PB), una civilización extraterrestre llamada Krell es un millón de veces más avanzada que la humanidad, pero se extinguió en un solo día. Es celuloide, ciencia ficción, claro, pero quizá el conocimiento no baste para salvarnos. Y sin embargo, ¿tenemos algo mejor?

Sobre el autor

(Madrid, 1963) (Madrid, 1963) es periodista y escritor, se licenció en ciencias biológicas y es Master de Periodismo de Investigación por la Universidad Complutense. Autor de cuatro novelas (La Sombra del Chamán, Kraken, Proyecto Lázaro y Los Hijos del Cielo), le encanta mezclar la ciencia con el suspense, el thriller y la historia, en cócteles prohibidos. Fue coguionista de la serie científica de RTVE 2.Mil, ha colaborado para la BBC, escrito para Scientific American y New Scientist, Muy Interesante, y fue jefe de ciencia de La Razón. En El País Semanal se asoma al mundo de la ciencia. Luis habla también en RNE, en el programa A Hombros de Gigantes, sobre ciencia y cine.

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