Un vistazo al cerebro del Lobo de Wall Street

Por: | 21 de enero de 2014

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Póster de la película de Scorsese. Red Granite Pictures.

 

El Lobo de Wall Street es un paseo cinematográfico de tres horas con ese toque documental que tanto gusta imprimir a Martin Scorsese en sus películas, de la mano de un soberbio Leonardo DiCaprio en el papel de un broker, un agente de bolsa sin escrúpulos. Basada en los hechos que Jordan Belfort recogió en su libro, estos brokers cinematográficos no buscan el enriquecimiento de sus clientes. Su deseo es hacerse ricos a costa de los demás.

No puede haber un retrato más deprimente y negativo sobre Wall Street y el corazón del capitalismo que el propuesto por una leyenda como Scorsese. El afán de lucro y la ambición sin límites que muestran sus protagonistas se conjuga con orgías y excesos, donde no faltan prostitutas, enanos y chimpancés, y todo tipo de drogas. 

 

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Leonardo DiCaprio, en una escena del film. Red Granite Pictures.

 

Precisamente, y por esas escenas, DiCaprio ha comentado que su personaje es una especie de moderno Calígula. La empresa que Belfort creó junto con sus colegas contribuyó con su granito de arena a debilitar el sistema financiero, engañando a sus clientes y blanqueando el dinero, si bien el fraude fue relativamente pequeño– apenas 110 millones de dólares– en comparación con la caída de Lehman Brothers y la catástrofe que vendría después.

El escritor Robert Graves nos describe a un Calígula que terminaría arruinando a Roma; un emperador que usaba delatores para acusar a los hombres ricos con falsos delitos para ejecutarlos y quedarse con sus fortunas; que hacía del despilfarro su seña de identidad en su reino instaurado por el terror a caer en desgracia por cualquier capricho suyo; que llegó a ordenar a los jefes de puerto de toda Italia y Sicilia a que vaciaran los barcos de un determinado tonelaje para enviarlos a la bahía de Nápoles, para entrelazar y serrar sus popas, y formar una especie de camino de seis mil pasos de longitud. 

Calígula recorrió ese trayecto desde el puerto de Puteoli hasta su casa de campo en Bauli, a lo largo de ¡cuatro mil barcos! Tomó prisioneros, saqueó las casas de los comerciantes, hizo que toda la caballería y veinte mil hombres de infantería le siguieran, como si hubiera regresado de una gran batalla convertido en un dios, en lo que Graves, en palabras de Claudio, describe como el espectáculo teatral más impresionante que el mundo haya visto jamás, y también “el más inútil”.

 

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Dos maravillosos actores, John Hurt como Calígula, y Derek Jacobi como Claudio, en la famosa serie de la BBC.

 

Sí, es cierto que DiCaprio llega a exclamar en un momento de la película que  no comprende la vida estando sobrio, y que es precisamente esa sobriedad la que le aburre tanto que tiene ganas de matarse cuando no está bajo el efecto de las drogas.

    Pero las extravagancias de este broker se quedan muy por debajo de las locuras del emperador romano que, de acuerdo con Graves, nombró senador a su caballo, le construyó una casa de mármol con criados, un pesebre de marfil, y un cubo de oro para beber. 

  Hay un aspecto más interesante que la excentricidad, las drogas, los despilfarros y los personajes que viven al límite, y es el hecho de que, pese a su éxito, a pesar del poder que proporcionaba el dinero, Jordan Belfort no supo retirarse a tiempo. 

No quiso hacerlo cuando tuvo la oportunidad, cegado por las hazañas, el dinero, las prostitutas, y sobre todo, el convencimiento de que formaba parte de un sistema que conocía al dedillo y le hacía poco menos que invencible. ¿Por qué?

Es un asunto fascinante.El éxito, la sensación de ganar, puede tener una extraña contrapartida en el cerebro. Scorsese nos presenta a DiCaprio y a un espléndido Matthew McConaughey como agentes financieros ávidos de sensaciones fuertes, toda una suerte de drogadictos, buscadores del placer físico a todas horas, como si eso fuera una necesidad estratégica para realizar su trabajo.

 

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Di Caprio y McConaughey, en uno de los mejores momentos de la película. Red Granite Pictures.

 

Y algo de cierto hay en eso cuando leemos lo que nos cuenta el neurocientífico Ian Robertson en su obra The Winner Effect (el efecto ganador) que altera la percepción de lo que está pasando a nuestro alrededor. 

Robertson pone como ejemplo el viaje que hicieron a Washington D.C. los presidentes de las tres grandes compañías automovilísticas de EE UU, General Motors, Chrysler y Ford para pedir ayudas económicas tras la caída de Lehman Brothers. Ante el asombro de la prensa, los tres CEO vinieron en sus jets de lujo para pedir una ayuda de 25.000 millones de dólares y evitar la bancarrota de sus empresas. A preguntas de los periodistas, los portavoces de dos de las compañías comentaron que estos vuelos no eran negociables para sus presidentes, incluso si las empresas se quedaban sin liquidez.

Dos semanas después, y tras el escándalo mediático, los CEO volvieron a viajar a Washington, pero esta vez en los coches de sus compañías que gastaban menos gasolina y que tenían una mejor imagen medioambiental. Sus empresas estaban en bancarrota, pero sus salarios estratosféricos, así como las pensiones, los bonus y los beneficios, eran motivo justificado de vergüenza y exigían algún gesto por su parte.  

¿Cómo es posible que estas personas con esta capacidad y poder adquisitivo no se dieran cuenta del escándalo que estaban generando? se pregunta Robertson.

Parte del misterio se encierra en sus cerebros y el sistema de recompensa, que está alimentado por un neurotransmisor cerebral llamado dopamina, es la atrevida respuesta de este neurocientífico. En base a unos hallazgos tan accidentales como extraordinarios.

 

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La actriz australiana Margot Robbie y DiCaprio. Red Granite Pictures.

 

Robertson narra los casos de algunos pacientes que sufrían el llamado síndrome de las piernas nerviosas –por el que uno no puede dejar de moverlas– y que recibieron tratamiento con un fármaco, el pramipexol, para aliviar esos movimientos incontrolados.

El pramipexol, entre otras cosas, incrementa los niveles de dopamina en el cerebro, y es un medicamento indicado también para los pacientes de Parkinson. Pero ocurrió que algunos de estos enfermos de piernas inquietas se convirtieron en jugadores compulsivos. 

El caso de Kate, que estuvo bajo medicación, es ciertamente ilustrativo. La medicina alivió los síntomas, pero esta mujer, que nunca había visitado un casino, empezó a frecuentar el que tenía más cercano para jugar sin parar. Dos años y medio después, sus médicos decidieron probar otra medicina, el ropinirol. Y a medida que incrementaban la dosis, aumentaba la adicción de Kate al juego, hasta el punto que llegó a perder 140.000 dólares.

Robertson cree que algo sucedió su cerebro que relaciona el caso de Kate con el de los grandes ejecutivos que “mueren” de éxito, como los ejecutivos del automóvil, pero es una conexión que necesitamos explicar.

Si ganamos la lotería, sufrimos una subida de dopamina, una alegría incontrolada. Ocurre especialmente en una zona del cerebro llamada cuerpo estriado ventral. Y si perdemos –algo completamente lógico por la estadística en contra–nuestro cerebro sufre una pequeña decepción, pero no va más allá. Hay una pequeña caída en los niveles de dopamina, pero nada preocupante, porque se trata de una pérdida esperada.

 

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En este gráfico se señala la ruta de la dopamina en el cerebro, y entre otras zonas, el cuerpo estriado. NIH.

 

Pero lo extraordinario de estos pacientes que recibían la medicación como Kate es que se invertían los términos. Si no ganaban la lotería, experimentaban una subida de dopamina. Y si la ganaban, la señal de la dopamina descendía.

Una alteración en el sistema de dopamina podría explicar el comportamiento de DiCaprio y muchos otros agentes de bolsa que jugaban al límite y al engaño. La mayoría de las personas que juegan en un casino experimentan una gran desazón si deciden apostar mucho por un número o una carta y pierden. Esa decepción es dolorosa y les aleja de la posibilidad de que continúen con el juego en el futuro. 

Pero en el caso de los jugadores compulsivos, cuando pierden, la decepción no es tan grande. La dopamina en sus cerebros se eleva más de lo normal. Y cuando ganan, hay una cierta decepción, una sensación de que eso no es suficiente y que es necesario ganar más. Necesitan poner en riesgo todo lo que consiguen una y otra vez para conseguir esas dosis extra de dopamina que tanto esfuerzo les cuesta. 

No cabe duda de que el personaje de  DiCaprio es una persona que quiere vivir al límite, que es adicto a las drogas, pero también adicto a esa profesión de riesgo, y que a lo largo de toda la película nunca parece tener suficiente. No encuentra el momento de retirarse. Y no es capaz de ver todo lo que está sucediendo a su alrededor, el impacto social de sus propias extravagancias, que puede jugar en su contra. Quizá el Lobo de Wall Street tenga averiado el sistema de dopamina y recompensa en su cerebro, lo que explicaría, en parte, su comportamiento.

 

Hay 11 Comentarios

Comedia negra con tintes de cinta adolescente,...Obscena, pero divertida y muy bien interpretada.

Mala memoria tenemos. Qué sin control hemos vivido Los Felices 90 y ahora parece como que "nosotros no hemos sido". Lo sin pies ni cabeza, fueron los 90; la película es el espejo. Si yo lo recuerdo, cómo no lo recordáis vosotros. ¿Os suena el empleado de banco que nos vendía las punto.com basado en humo? O era a mí sola?. Un saludo.

Es una especie de Porky´s sin pies ni cabeza. Y los jóvenes querrán ser como DiCaprio. Una frivolidad si la comparamos con películas que si han tratado el tema seriamente. Una milonga, una estafa propagandística que no ayuda a entender lo que pasó y lo que sigue pasando. Una basura de película.

Hola Luis, Ud. es hábil y me ha cambiado el presupuesto y entonces su discurso tiene sentido. Pero no ponga palabras en mi boca ni dé el espíritu a mi pensamiento. Estábamos ante la frase de R.Redford que si bien he recordado terminaba diciendo "si el que paga es uno mismo". No me cambie la mayor. DiCaprio específicamente aclara, y más claro no lo puede decir, que va a cambiar a la gente a la cual se dirige. Dice algo como : voy a reinventar la compañía y "vender mis acciones al 1% de americanos más ricos" ... "hablo de ballenas", reitera. Así que no me cambie usted el decorado sobre el que estamos hablando; porque la película dice lo que dice. Por último y por si fuera poco, en un momento cuando explica en qué consiste lo que hará, se dirige al público de la sala - a nosotros !- y nos lanza un " no me estáis siguiendo, verdad? "....

Si me dice Ud. que en su vida concreta, ha comprado acciones o fondos de inversión y se ha leído los contratos, ha estudiado la posición financiera de las sociedades, se lee los extractos de balances anuales, las memorias, y todo ese papeleo que manda el banco periódicamente... yo le consideraré una excepción. Pero la verdad es que en general, las personas invertimos en productos financieros que no entendemos y a pesar de la CNMV, y a pesar del Código Civil y a pesar de la información obrante en el Registro mercantil... nos desentendemos del cómo da el dinero sus frutos. Y lo que hacemos con los votos financieros es lo que hacemos (mayoritariamente) con los votos políticos. Por eso nos meten tantos goles. No estamos vigilantes de nuestras "inversiones".

Dice el propio Scorsese al inicio del film : las personas al teléfono (clientes) quieren hacerse ricas y rápido. Se puede decir más alto pero no más claro. Todo lo demás es su consecuencia.

Esta excelente película, es en mi opinión una crítica a la conducta del ciudadano y no tanto al sistema financiero con su Bolsa de Valores y sus tiburones. Y no es una sátira ni una crítica al sistema financiero...no porque nos ceguemos con los bellos ojos de DiCaprio y otras lindezas que he leído por ahí (no en su respuesta, aclaro), sino porque no se puede sostener lógicamente y apoyados en el texto (guión), que lo sea.

Un saludo y muchas gracias.

Es una película muy enfocada al momento actual. En otro momento, no habría tenido tanto bombo. Estoy con ganas de verla, y ya he visto como algunos de los cines más importantes de España se han negado a emitirla, por la gran exigencia economica de la película.

habrá gente, mucha, para la que la película de scorsese no sea ni mucho una crítica al sistema ni una sátira de la gente que en él se mueve. Antes al contrario no les parecerán mal las prácticas que en ella se llevan. Por algo muy sencillo el estafador es diCaprio, con unos discursos ante la gente de su empresa que además son brillantes. Si es un galán tiene las simpatías del público, sobre todo femenino, ganadas. El que persigue al estafador es un muermo, un censor, un moralista estúpido que parece que sólo quiere acabar con la fiesta. Scorsese no ha hecho ninguna crítica sino una alabanza y lo ha hecho, zorro viejo, de la mejor manera posible, es decir, no presentado a héroes increíbles sino a gente con defectos en los que cualquiera podríamos reconocernos. Con quien no nos identificamos, por físico, actitudes, forma de presentación es con quien persigue a Dicaprio. Así que, qué queréis que os diga, la maquinaria propagandística del capitalismo salvaje se ha puesto en marcha con scorsese como propagandista de lujo y destacado.

Para manzana y canela: en el sector privado no se puede aplicar la máxima de Robert Redford, porque la historia ha demostrado que negocios privados acaban arrastrando consigo a muchas personas, físicas y jurídicas, que, sin comerlo ni beberlo, sufren las consecuencias.
 

Porque no son solo los accionistas quienes pagan el pato. Si el daño quedase contenido de esa manera, entonces sería estupendo. Que cada cual tire el dinero como quiera.
 

Pero es que no es así. Piense, por ejemplo, en cómo las hipotecas basuras de EEUU y su troceo en "paquetes" para su posterior venta acabaron dañando a España. O como los salarios de la construcción sedujeron a millones de jóvenes a dejar los estudios y ganarse la vida pegando ladrillos. O como la caída de un gran banco provoca una oleada de daños a empleados y usuarios que desconocían lo que se estaba cociendo en la trastienda y el peligro que corrían. Y ni le cuento si ese sector privado es la columna vertebral de una región o país, como el caso de la bancarrota de Detroit. Entonces es una hecatombe.
 

El sector privado se caracteriza por ser complejísimo, por estar interconectado hasta ser una maraña de consecuencias casi imposibles de discernir. Si no fuese así, la macroeconomía estaría chupada.
 

Por todo ello, cuando lo privado alcanza una masa crítica que lo torna en peligroso, no se puede dejar a su aire. No se trata de comprobar el sistema de dopamina al señor que vende ositos de goma y periódicos en el quiosco de la esquina. Pero sí de hacérselo al Consejo de Administración de Zara, o de Sacyr, o del Vodafone, o de Yoigo, o de Carrefour, etc.
 
Esa separación aséptica entre lo público y lo privado no existe en la vida real. Baste como ejemplo la dependencia que lo público tiene de lo privado en materia fiscal y social para sostenerse.O como lo público es cliente de lo privado. Como tampoco existe ese universo perfecto en donde todos los agentes están perfectamente informados y actúan en consecuencia. Eso hace varias escuelas de pensamiento económico que quedó defenestrado. Lo que no comprendo es cómo puede seguir defendiendo tales ideas cuando sólo necesita asomarse a la ventana y ver las consecuencias de un sector privado insuficientemente controlado. Porque, al final, de lo que se trata es de si hay que controlar o no al sector privado. De si se debe intervenir o no en el capitalismo. Saludos.

La película está bastante llevada al extremo, parece que fue una época de lujuria y cachondeo... pero no fue así para todos los que trabajaban en ese sector.

La bolsa no es un sine qua non para la vida de nadie; dejemos que se haga verdad la frase de R.Redford en Memorias de Africa : no hay nada malo en arriesgar si el que paga es uno mismo. Y esta máxima que me parece formidable como filosofía de vida social, deberíamos aplicarla en el negocio de los accionistas. Yo tengo derecho a ser "avaricioso", déjame que contrate con el lobo si quiero. Confundimos o mezclamos por descuido o con conciencia lo meramente privado, como es la bolsa, con lo público e institucional. Por tanto, firmo la petición de Luis de prueba de dopamina para el mundo público, al que nos someten sin requerir consentimiento; pero en el mundo privado al que entramos por gusto, placer o avaricia : permíteme la libertad de contratar con quien quiera y asumir mi responsabilidad. Otra cosa es el engaño tipo las preferentes; pero a partir del momento en que la esposa se muestra escrupulosa, Di Caprio cambia de clientes y vende sus productos al millar de millonarios top del país...¿ dice él mismo algo así, o he comprendido mal? Vamos, ¿no os parece que éstos tienen capacidad de discernir cuánto arriesgan y con quién? Para mí, la película es sobre todo una pantalla de cine con efecto espejo, donde te muestra a los clientes invisibles mucho más que a las tres horas de protagonistas visibles. Es mi opinión de lega. Saludos.

De todo esto concluyo algo interesante: que todas las personas que vayan a ocupar puestos importantes para una economía, sea en el sector privado o en el público, deberían someterse por ley a un estudio para comprobar si tienen alterados el sistema de dopamina.
Es algo muy íntimo, pero mucho peor es que alguien con ese trastorno tome la dirección de un país, de un gran banco o de cualquier otro negocio con capacidad para provocar daños en masa.
De hecho, si los accionistas tuviesen más luces de las que suelen tener (en los textos de administración de empresas no se les caracteriza por su inteligencia, sino por su avaricia), exigirían que todo el Consejo de Administración de su empresa, así como los responsables de los órganos inmediatamente subordinados, fuesen sometidos a esa prueba antes de contratarlos.

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Planeta Prohibido

Sobre el blog

Un poquito de ciencia impertinente. 2.000 caracteres para divertirse y aprender tomando como hilo conductor los fascinantes hallazgos de la ciencia. Pero además hay atrevimiento. Especulación. La ciencia que tiene sentido del humor. La versión siglo 21 de Robby el robot, el autómata más famoso de la ciencia ficción,El Planeta Prohibido, que era incapaz de herir a los humanos. Nuestro Robby rescata en sus brazos mecánicos a la chica, pero a veces tiene más mala leche queTerminator. En El Planeta Prohibido (PB), una civilización extraterrestre llamada Krell es un millón de veces más avanzada que la humanidad, pero se extinguió en un solo día. Es celuloide, ciencia ficción, claro, pero quizá el conocimiento no baste para salvarnos. Y sin embargo, ¿tenemos algo mejor?

Sobre el autor

(Madrid, 1963) (Madrid, 1963) es periodista y escritor, se licenció en ciencias biológicas y es Master de Periodismo de Investigación por la Universidad Complutense. Autor de cuatro novelas (La Sombra del Chamán, Kraken, Proyecto Lázaro y Los Hijos del Cielo), le encanta mezclar la ciencia con el suspense, el thriller y la historia, en cócteles prohibidos. Fue coguionista de la serie científica de RTVE 2.Mil, ha colaborado para la BBC, escrito para Scientific American y New Scientist, Muy Interesante, y fue jefe de ciencia de La Razón. En El País Semanal se asoma al mundo de la ciencia. Luis habla también en RNE, en el programa A Hombros de Gigantes, sobre ciencia y cine.

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