PlenaMente

07 may 2016

Ojo con las etiquetas, porque terminan por cumplirse.

Por: Patricia Ramírez

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El psicólogo vienés Gustav Jahoda realizó una investigación interesantísima en los años 50. Se licenció en psicología y sociología en la Universidad de Londres y terminó trabajando de profesor titular en la Universidad de Ghana. El pueblo Ashanti, de la Ghana central, tenía la costumbre de asignar a los varones recién nacidos, el nombre que correspondía con el día de la semana. Pensaban así que el nombre adoptaría el alma del día. A priori parece una idea muy romántica y simbólica. Pero lo que descubrió Gustav Jahoda es que realmente los niños terminaban comportándose conforme a la etiqueta que les habían asignado al nacer. Los niños nacidos en lunes heredaban un alma pacífica y sosegada, mientras que los nacidos en miércoles, heredaban el alma traviesa. Los registros de detenciones en edad juvenil eran superiores en los niños nacidos en miércoles que los nacidos en lunes.

Etiquetamos constantemente a las personas de alrededor, con intención o sin ella. Hacemos juicios de valor que influyen en la percepción que tenemos de las personas, en cómo los tratamos y en cómo ellas se perciben. Este fenómeno es especialmente delicado en la edad infantil, en la que los niños están construyendo su identidad y su imagen. Y lo hacen en función de la información que reciben del entorno: familia, iguales, maestros, entrenadores. Cuántas veces hemos escuchado frases como “el niño este es muy travieso, nada que ver con su hermana y mira que los he tratado de la misma manera”, “es malo, malo, remalo”, “este niño me ha salido un poco mentirosillo, ¿verdad cariño que eres un poco mentirosillo?”, "¡qué cochino eres, estoy harta de repetirte que te laves los dientes antes de acostarte!” Y aunque las frases se digan en tono gracioso o desenfadado, la etiqueta queda. La persona se queda con que es mala, traviesa, cochina o mentirosa, y el niño interpreta que si esos adjetivos son los que le definen, es que debe ser así. Por lo tanto se comportará como lo que se espera de él: ser malo, travieso, cochino o mentiroso.

¿Por qué necesitas clasificar o etiquetar a las personas? Algunos padres lo utilizan como corrector. Piensan que diciéndole a alguien lo que es o lo que deja de ser, le motivará para el cambio. Pero es una equivocación. Las consecuencias, más que un acto revulsivo, son una pérdida de confianza y una autoestima debilitada. Clasificar a la gente también facilita la forma de actuar con ellos. “Este pertenece al grupo de los egoístas, perfecto, ya sabemos cómo actuar con él”. De esta manera metemos en el mismo saco a todo el mundo y decidimos una misma línea de actuación. Es otro gran error. Porque el hecho de que alguien se comporte contigo de forma egoísta una vez, no significa que lo vaya a hacer siempre. Puede tener alguna razón, desde no haberse dado cuenta de su acto egoísta, a un problema personal, o lo que menos te puedas imaginar. Pero lo juzgas desde tu perspectiva y tu escala de valores sin en tener en cuenta muchas otras variables que influyen en cada uno de nuestros comportamientos diarios. Y con ello puede que excluyamos a alguien maravilloso de nuestras vidas que una vez se equivocó y se comportó de forma egoísta, como ejemplo.

Para evitar complicaciones, juicios erróneos, para no machacar a nuestra pareja, hijos, compañeros de trabajo y un largo etcétera, igual podías, en lugar de etiquetar, seguir estas sencillas reglas:

1- Si quieres pedir un cambio de comportamiento a alguien, dile concretamente qué te molesta de esa persona, cómo te sientes, qué esperas de ella o de la situación y cómo mejoraría la relación si llegarais a un entendimiento.

2- Describe de forma objetiva y en términos de conducta, qué te molesta, no lo que la persona es. “Me molesta que me levantes la voz cuando hablamos y tenemos opiniones distintas”, en lugar de decirle “es imposible hablar con alguien inflexible y cabezota como tú”.

3- No hagas comparaciones, son odiosas, mucho menos entre tus hijos. Es la mejor manera de crear rivalidad y celos entre los niños.

4- Sé empático y actúa como a ti te gustaría que actuaran contigo. Si te disgusta que te cataloguen como “eres un tal”, tampoco lo hagas tú.

5- Enseña a tus hijos estos valores cuando vengan del colegio juzgando o criticando a sus compañeros o profesores. 

Actuar así nos humaniza y facilita las relaciones personales.

 

 

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Sobre el blog

“Las personas felices lo son, no porque tengan más que los demás, sino porque centran su atención en lo importante”. La visión que tenemos del mundo, de nuestro entorno, condiciona nuestro bienestar y con ello la implicación, el compromiso y la actitud que tenemos con nosotros y con los demás. Hay personas que esperan el momento perfecto para dar un paso. Pero el momento perfecto está tan solicitado, que el día que aparezca, habrá que repartirlo entre demasiados. Con este blog te invito a entrenar tus emociones, tus pensamientos y tu actitud. Te invito a responsabilizarte de lo que ocurre alrededor para que no condicione tus decisiones. Tenemos un derecho maravilloso que es elegir. Elige tu modo de conducta, elige lo que quieras ser, elige cómo quieres vivir y sentir.

Sobre el autor

Patricia Ramírez

Licenciada en Psicología, Máster en psicología clínica y de la salud y doctorada en el Departamento de personalidad, evaluación y tratamiento psicológico de la Universidad de Granada, Patricia Ramírez es experta en psicología deportiva (campo en el que ha asesorado a equipos de fútbol como el Real Betis, el RCD Mallorca o el CB Granada) y trabajo en equipo. Colabora en varios medios de comunicación (TVE, El País semanal, Marca…).

Es autora de Así lideras, así compites (Conecta, 2015), ¿Por qué ellos sueñan con ser futbolistas y ellas princesas? (Espasa, 2014), Autoayúdate (Espasa, 2013), Entrénate para la vida (Espasa, 2012), Gestión y Control del Estrés, con Zoraida Rodríguez Vílchez (Conzepto, 2008).

http://www.patriciaramirezloeffler.com/

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