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27 sep 2010

¿Puede Astro Boy salvar a Japón?

Por: Andrés Sánchez Braun

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La estación de Takadanobaba le rinde tributo cada pocos minutos haciendo sonar la sintonía de su serie siempre que un tren se detiene en el andén. Según la historia concebida por Osamu Tezuka, Astro Boy  nació en este barrio tokiota en el año 2003, aunque en realidad surgió de su pluma en 1951 y dio el salto a la televisión 12 años después. Fue la primera serie de anime y es uno de los iconos más reverenciados de Japón. Estos días aterriza en España la adaptación a la gran pantalla de las aventuras del niño robot que cimentó la industria del dibujo animado nipón. Una coproducción para todos los públicos encabezada por un equipo estadounidense, lo que demuestra que la animación japonesa es un surtidor de este Hollywood sediento de adaptaciones y remakes. Próximamente veremos su versión de Bola de dragón, Comando G y el ambicioso e interminable proyecto de Warner para adaptar Akira. Un fenómeno que ya anticipó Roland Kelts en su libro Japanamerica, estudio sobre cómo la cultura pop nipona ha invadido EE UU.


Kelts habla de una tercera ola de Japanofilia (la primera fue en el siglo XVIII, cuando los artistas europeos descubren la estética nipona clásica; la segunda, a mediados del XX, cuando los beatniks son seducidos por su espiritualidad). “La tercera arranca a mediados de los noventa con el éxito de Pokemon y Power Rangers [adaptación de la serie japonesa Super sentai] cuyas narrativas sorprendieron mucho a los niños. Estos al crecer han ido pasando a series como Bola de Dragon, Naruto, One piece, y a largometrajes como los de Hayao Miyazaki”, explica el propio Kelts, quien sostiene que después de que Japón haya absorbido influencias extranjeras durante el pasado siglo (la obra del propio dios del manga, Osamu Tezuka, bebió de animadores como Walt Disney) es ahora el archipiélago el que influencia al resto del mundo. “Pixar reverencia la obra de Miyazaki, y hay muchos artistas jóvenes americanos que buscan emular el estilo nipón. Será fascinante ver los tebeos o los trabajos de animación que van a surgir en occidente en un futuro próximo”, explica. Hirohito Miyamoto, profesor de la Universidad de Meiji, se muestra igualmente entusiasta: “Se trata de un proceso de expansión en toda regla. La industria del anime japonés quiere comerse el mundo”.


Astroboy Una de las claves del éxito de este soft power (poder blando) o gross national cool (producto interior cool) japonés, como lo llaman algunos, ha sido la capacidad y la pasión de los japoneses por crear personajes kawaii (monos), como el propio Astro boy, un robot atómico de gran poder destructivo con el aspecto de un niño adorable.  “Aunque los nipones sigan siendo los número uno creando personajes kawaii, el consumo de esos personajes ya no es exclusivo de Japón”, explica Kelts. El mejor ejemplo de su tesis es esta internacionalizada y estudiada versión hollywoodiense de Astro Boy, que ha acabado por ser aún más kawaii que el original tanto a nivel estético como en el desarrollo. “En los sesenta, a Tezuka le tocó batallar con la censura estadounidense, que consideró que algunas partes de la serie eran demasiado violentas para emitirlas ahí. Si estuviera vivo no le gustaría nada esta versión tan suavizada”, apunta Kelts.


Pero algunos señalan que esta adaptación de Astro Boy es un síntoma del agotamiento creativo y financiero que empieza a padecer la industria de la animación japonesa, la cual, según el Japan Times, ha dejado de percibir en torno a un 10% (unos 120 millones de euros) de lo que se embolsaba en 2007. “Los pésimos salarios y los contratos draconianos con las televisiones —algo que ha sido así desde que Tezuka malvendiera Astro Boy a Fuji TV— han hecho del animador un trabajador precario que además ahora ve como las producciones se deslocalizan a otros países de Asia donde la gente dibuja por menos dinero”, argumenta Matt Alt, periodista especializado y propietario de una importante empresa tokiota dedicada a traducir cómics y videojuegos japoneses. A esto hay que sumar la crisis, un apoyo institucional y un interés por el mercado extranjero demasiado tardíos y también la explosión del moé (género con un punto fetichista que suele estar protagonizado por lolitas) gracias al éxito a mediados de década de El chico del tren, una supuesta historia real sobre un otaku que conquista a un chica. “La industria se ha volcado con el moé acabando con la variedad. Lo peor es que es difícil de exportar puesto que tiene resonancias de perversión sexual”, sostiene Alt que, independientemente del resultado, cree que Astro Boy es el camino. “Para gustar no queda otra que desarrollar productos con empresas extranjeras”.

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El consumo pop y sus efectos secundarios. Un repaso indiscriminado a lo más ingenioso, llamativo, ridículo o aburrido de la industria del entretenimiento poniendo el acento en lo peculiar, pero sin renunciar a lo olvidable.

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