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Presente Continuo

Sobre el blog

Un historiador echa un vistazo al presente. Éstas no son las noticias de las nueve. Pero a las nueve o a las diez hay actualidad, un presente continuo que sólo se entiende cuando se escribe: cuando se escribe la historia.

Sobre el autor

Justo Serna

es catedrático de la Universidad de Valencia. Es especialista en historia contemporánea. Colabora habitualmente en prensa desde el año 2000 y ha escrito varios libros y ensayos. Es especialista en historia cultural y ha coeditado volúmenes de Antonio Gramsci, Carlo Ginzburg, Joan Fuster, etcétera. De ese etcétera se está ocupando ahora.

Eskup

A qué llamamos austeridad

Por: | 13 de abril de 2012

Uno. A qué llamamos austeridad.

Berlinguer1"...La austeridad no es hoy un mero instrumento de política económica al que hay que recurrir para superar una dificultad temporal, coyuntural, para permitir la recuperación y la restauración de los viejos mecanismos económicos y sociales. Así conciben y presentan la austeridad los grupos dominantes y las fuerzas políticas conservadoras. Para nosotros, por el contrario, la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural, y cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento, la exaltación de los particularismos y de los individualismos más exacerbados, del consumismo más desenfrenado. Austeridad significa rigor, eficiencia, seriedad y también justicia, es decir, lo contrario de lo que he conocido y pagado hasta ahora y que ha conducido a la gravísima crisis cuyos daños hace años que se acumulan y se manifiestan hoy en Italia en todo su dramático alcance".

¿Quién dijo esto y cuándo? Son palabras de Enrico Berlinguer, secretario general del Partido Comunista Italiano desde 1972 hasta su muerte, ocurrida en 1984. Las pronunció como conclusión a la Convención de Intelectuales que en 1977 había convocado dicha organización. Pueden leerlas completas y en su contexto en el documento que reproduce ahora la revista mientras tanto, una publicación que fundó Manuel Sacristán. Ya en en 1978 las había dado a conocer este filósofo afincado en Barcelona. Publicadas de nuevo en 2012, dicha reflexión cobra gran actualidad. ¿Ustedes qué creen?

Dos. Hace un par de años, escribí esto que inmediatamente les reproduzco.

9 de junio de 2010. En el discurso de proclamación de los Premios Jaume I de la edición de este año –entre cuyas novedades está el galardón al Emprendedor–, Francisco Camps celebró la excelencia alcanzada. Llevado por las palabras, el mandatario comprometió como presidente a impulsar la investigación en un país, en un mundo “que tiene que seguir apostando por la competitividad y por la austeridad, una palabra que seguro que se suma a otras palabras que significarán mucho en el presente y en el futuro de nuestras sociedades del bienestar”. Aseguró que la austeridad nos permitirá seguir creciendo y progresando, aunque parezca paradójico. “Pero sin austeridad no hay crecimiento, no hay prosperidad y no hay bienestar”. Por eso, concluyó Camps,  “los europeos somos conscientes de que tenemos que incorporar la palabra austeridad a nuestros comportamientos personales, empresariales, institucionales y colectivos”.

¿”La austeridad, una palabra que seguro que se suma a otras palabras que significarán mucho en el presente y en el futuro”? ¿Camps, austero? La retórica del presidente es trivial o redundante, obvia y campanuda. Tiempo atrás hablaba, por ejemplo, de la felicidad. Qué cruz.

¿Y los lujos asiáticos del Consell? ¿De eso no tiene nada que decir? Aquí no nos hemos privado de nada con el dinero de todos. Eventos, fastos, Papa, Fórmula 1, Copa América, Oceanogràfic, Àgora, Ciudad de las Artes, etcétera. El etcétera incluye el principal derroche: Canal 9. ¿Qué hacer con la televisión valenciana? Pues apagarla, sin duda. Apagar una pantalla que produce radiaciones ideológicas de gran toxicidad. Pero especialmente apagarla para quitar bombillas, focos, farolas que arrojan luz sobre los mismos de siempre, esos trepas que chupan cámara indecorosamente. O apagarla, en fin, para desenchufar a los paniaguados.

Todo es una cuestión de consumo de energía, en efecto. Rita Barberá, con su pronto populista bien dispuesto, parece haberlo entendido después de veinte años de luminotecnia imperial y derrochadora: tarde pero lo ha entendido. La alcaldesa de Valencia ha planteado “apagar una de cada dos farolas en Valencia para ahorrar”, leo en El País. Apagar farolas, qué gran invento. La modernidad empezó en Valencia en 1846. En esa fecha se encendió en el Paseo de la Glorieta la primera farola de gas que hubo en esta ciudad. Se vio como un lujo ostensible, como el principio de una iluminación real y metafórica. Lo que nuestros ancestros no sabían es que una alcaldesa posterior multiplicaría exponencialmente los farolillos. Sin austeridad alguna.

No sé por qué pero cuando leo o pronuncio la palabra austeridad pienso inmediatamente en Enrico Berliguer, que tenía muchas luces. Berlinguer fue dirigente del PCI, un partido de izquierdas por el que sentí mucho interés. Nunca fui militante comunista ni simpaticé con aquella causa, pero la experiencia italiana me llamó la atención, esa experiencia heredera de Antonio Gramsci.

Berlinguer hizo de la austerità la divisa de su partido en tiempos de crisis económica y social, como era la coyuntura de los setenta. Tras la guerra del Yom Kippur y con las restricciones petrolíferas, Occidente se enfrentaba a un cambio en el uso de la energía y a un cambio en los procedimientos del sistema democrático.

En 1977, en un célebre discurso, Enrico Berlinguer dijo: “l’austerità non è oggi un mero strumento di politica economica cui si debba ricorrere per superare una difficoltà temporanea, congiunturale, per poter consentire la ripresa e il ripristino dei vecchi meccanismi economici e sociali. Questo è il modo con cui l’austerità viene concepita e presentata dai gruppi dominanti e dalle forze politiche conservatrici.

“Ma non è cosi per noi. Per noi l’austerità è il mezzo per contrastare alle radici e porre le basi del superamento di un sistema che è entrato in una crisi strutturale e di fondo, non congiunturale, di quel sistema i cui caratteri distintivi sono lo spreco e lo sperpero, l’esaltazione di particolarismi e dell’individualismo più sfrenati, del consumismo più dissennato. L’austerità significa rigore, efficienza, serietà, e significa giustizia; cioè il contrario di tutto ciò che abbiamo conosciuto e pagato finora, e che ci ha portato alla crisi gravissima i cui guasti si accumulano da anni e che oggi sì manifesta in Italia in tutta la sua drammatica portata”.

Parece escrito para nosotros...

[Los archivos de JS, 2010]

 

¿Alguien tiene que hacer el trabajo sucio en esta ciudad?

Por: | 06 de abril de 2012

Dos de las últimas películas que he visto tienen como marco o como contexto la corrupción: la podredumbre política o la degradación humana son su trasfondo, su posibilidad. Uno de los films es LosIdusdeMarzouniversal, si se puede decir así; el otro es local. Uno ocurre en los Estados Unidos; el otro sucede en Sevilla.

La lucha de las primarias entre los Demócratas y, posteriormente, la designación del candidato presidencial de dicho Partido ponen de relieve el uso de la fuerza, la tentación humana,  la arrogancia del poder, la destrucción del débil. Me refiero a Los idus de marzo (2012), de George Clooney.

La organización de la Expo de Sevilla en 1992 y, previamente, los adecuación de la ciudad (entre otras cosas, eliminar el tráfico de drogas en el centro) también ponen de relieve el uso de la fuerza, la tentación humana,  la Grupo7arrogancia del poder, la destrucción del débil. Me refiero a Grupo 7 (2012), de Alberto Rodríguez

En ambos casos, con películas tan distintas, estamos ante historias comunes de vicio y antivicio, y la mezcla de ambos, esa patología de la sociedad democrática y de sus bajos fondos. Quienes tienen poder, todo el poder, y quienes carecen completamente de él porque no disponen de recursos suelen corromperse: ésa es la moraleja sencilla de ambas historias. Pero la puesta en escena y los problemas que nos presentan son complejos.

La corrupción es usar a los demás, degradarlos: convertirlos en un medio para el medro; es hacer de ellos instrumentos de provecho personal. La corrupción puede darse en las altas esferas y puede darse en los ambientes de baja estofa: basta con tipos sin escrúpulos, gentes capaces de utilizar los recursos a su antojo; basta con individuos dispuestos a ganarse un poder, un dinero y un dominio fuera de normas o de límites. Corromperse es mezclar lo que ha de estar separado: es confundir lo público o ajeno con lo privado o privativo.

Tanto Los idus de marzo como Grupo 7 son thrillers: están concebidos como films de intriga en los que hay enredos personales, situaciones peligrosas, coacciones, amenazas, muertes, filtraciones y soplos. Están la prensa y su papel: la denuncia que practican los periodistas y la tentación del amarillismo. En ambas películas hay políticos o superiores jerárquicos que hacen componendas o que se sirven de sus empleados; hay poderosos pocos fiables y sobre todo egoístas: unos aprovechados que se presentan como personas respetables.

Como en toda historia de intriga con crímenes o abusos, hay que hacerse la pregunta de rigor: ¿ganan los buenos? O, mejor, ¿quiénes son los buenos, quién es el último hombre bueno? La estética y la fotografìa de ambos films están muy cuidadas: en la película americana --ambientada en la actualidad-- brilla la gente fina, políticos aplomados con ropa de buen corte; en la película sevillana --cuyos hechos ocurren principalmente veinte años atrás-- los colores de los ochenta están apagados, tienen una pátina grisácea, y los polis llevan unas indumentarias menesterosas. En el film de George Clooney, el candidato a la Presidencia no repara en nada, tal es su ambición; en el film de Alberto Rodríguez, el evento que se programa (la Expo 92) parece justificar cualquier intervención, cualquier método.

No piensen en maniqueísmos, sin embargo. El candidato Clooney no es un tipo simplemente despreciable sobre el que volcar toda la responsabilidad. Otros, no menos avariciosos, le auxilian y al final el propósito que persiguen no es totalmente desechable: puede haber un cambio político. ¿Con qué material humano? Con tipos mediocres y ambiciosos. En el caso de los polis sevillanos, alguien debe hacer el trabajo sucio en esa ciudad, nos decimos... Su comportamiento rebasa todos los límites deontológicos y morales, pero la urbe es una jungla degradada. ¿Una jungla degradada que no puede mostrarse en la Expo del 92, ese gran evento?

En fin, cuando vean ambas películas disfrútenlas en sus circunstancias respectivas. Vamos: que no las saquen de contexto... Pero piensen también en el presente y en los hechos que estamos viviendo. Nos aleccionan. Yo, por ejemplo, las vi en Valencia. Y no me pregunten más...

El País

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