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El mundo se hunde

Por: | 03 de noviembre de 2012

Cero. De un tiempo a esta parte, acudo al cine temiéndome lo peor. Que cuando salga todo se haya agravado. Pero temiendo también que se alargue mucho, muchísimo, el metraje de las películas. Si exagerara, diría que ya no se estrenan films de hora y media. Ahora, es como si la duración fuera una huida y una ostentación. ¿Queríais cine y escapismo?, parecen decirse los productores. Pues lo vais a tener: minutos y minutos de metraje, que para eso cuesta tanto rodar una película. Además, ahí fuera, en la calle está lo real: todo son accidentes y catástrofes... O, según decía Julio Cortázar en La noche boca arriba: "...como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse". He visto recientemente tres películas nada aburridas. En la calle era peor: del exterior llegaban noticias tan desalentadoras. Quizá por eso, el metraje era larguísimo y consolador. Quizá por eso me quedé.

Blancanieves-035Uno. Por ejemplo, Blancanieves (2012), de Pablo Berger. La película española es original: no por el uso del blanco y negro, sino por la historia castiza y universal que el director nos presenta. Mezcla el cuento de los enanitos con la tauromaquia y todo ello con múltiples referencias cinematográficas y literarias. Sin ir más lejos: Freaks (1932), de Tod Browning. Pero no es un simple homenaje, no. Es más: la película recrea un espectáculo español muy racial que aún estaba vigente cuando yo era niño, los enanos toreros. Era un evento menesteroso de un país pobretón y triste.

Pues eso sale de nuevo en el film y la historia convence: una chica que torea en una España de época y de machos; una chica que, además, redime el buen nombre del padre, también torero. El mundo se le hunde, pero ella se repone. Desde Telémaco, los jóvenes se hacen adultos, se hacen maduros, restaurando el buen nombre del padre. Aquí es la chica quien ha de comenzar un periplo y quien ha de librar batallas contra la inevitable madrastra, una Maribel Verdú astifina. El film es ciertamente original y persuade con múltiples recursos: al menos, a quienes ya no somos niños e incluso a quienes las corridas de toros nos parecen una afrenta o un anacronismo. A la película, bella y formalmente cuidadísima, le sobraban veinte minutos.

Foto-naomi-watts-en-lo-imposible-355Dos. Por ejemplo, Lo imposible (2012), de Juan Antonio Bayona. Ya saben: una historia inspirada en hechos reales sucedidos en el momento del tsunami asiático de 2004. Una familia lucha bravamente contra la naturaleza y sobre todo contra los vestigios de una civilización que son obstáculos más que auxilios. Los pecios de aquel gran naufragio son la base con la que reconstruir la vida, pero los restos que quedan, objetos materiales arrasados y miles de muestros y heridos, son peligrosos. El mundo se hunde, todo marcha a la deriva y no hay orden humano que ciña, no hay fundamento. La familia, si es que sobrevive, ha de reconstruir los lazos primarios y una existencia digna, decente.

El film es ciertamente espectacular (como el cine de catástrofes de los años setenta) y despliega un ternurismo moderado: la influencia de Steven Spielberg es patente en los niños valientes, en el padre obstinado y sobre todo en la madre coraje, María. El relato es muy concreto, pero a la vez permite extaer lecciones sobre la vida, enseñanzas metafóricas. Pues bien, la película es larguísima. A mi juicio le sobran también veinte minutos o más. Ya sé que las catástrofes duran y que sus efectos se prolongan a lo largo del tiempo, pero quien idea una historia no está obligado a extenderse sin contención alguna. La ficción y la vida no se parecen.

Daniel-craig-skyfall-poster-375x600Tres. Por ejemplo, Skyfall (2012), de Sam Mendes. Sí, ya lo saben, la última película de la saga OO7. Cuando acudes al cine para deleitarte con James Bond sabes a lo que vas. No puedes pecar de inocencia diciéndote: esto es increíble, qué sagaz y musculoso pintan siempre a OO7. El agente Bond ha de reconstruir el MI6 y, de paso, el mundo. Ha de viajar a lugares remotos y ha de tener trato carnal con mujeres exóticas. Ha de sobrevivir a las asechanzas de malvados de gran perfidia. Y, en fin, ha de hacer alarde de su cuerpo mineral y de sus adminículos técnológicos. Daniel Craig tiene ya una edad y Bond está muy maleado, pero quien tuvo retuvo. Por eso, la película despliega recursos visuales y argumentales de mucho rumbo: con unos créditos ciertamente pop y psicodélicos de inspiración psicoanalítica, incluso. Por otra parte, OO7 ha de regresar a su Escocia natal. Allí veremos qué fue de su infancia, lugar penumbroso al que siempre se vuelve para saldar cuentas. Etcétera.

Y todo esto que ocurre tiene como contrapunto a Silva, un villano refinado y amanerado a un tiempo. Tiene ideas: muy malas ideas. Lo interpreta, ya saben, Javier Bardem y su histrionismo está bien justificado: ha de hacer repulsivo y odioso a quien es un espejo deformado de Bond, su némesis y su caricatura. Toda la película tiene tientes freudianos y la música que, como siempre, pone énfasis y sofisticación. Al film le sobran otros veinte minutos, como mínimo. Pero ya estábamos avisados: si los créditos iniciales, que son un prodigio de refinamiento y kitsch, se extienden, ¿por qué no habría de alargarse una historia de gran presupuesto en la que el MI6 se nos hunde...?

Qué cosas. El mundo se hunde, sí. Y yo, nada heroico, sobrevivo en el cine esperando que la ficción aún no acabe. ¿O era al revés?

Hay 3 Comentarios

La realidad suele superar a la ficción, y cuando el mundo se hunde no escatima en tragedias ni podemos levantarnos de la butaca. Salvo que se nos ocurra la idea de pasar a la acción aún a sabiendas de que no podemos repetir las tomas.

Si señor, lo bueno si breve 2 veces bueno. Menos en la cama.

Carla
www.lasbolaschinas.com

Con frecuencia he experimentado idéntica situación, señor Serna: el cobijo ante una obra de ficción, cinematográfica o literaria (particularmente) a la que, quizá, le sobra metraje o páginas. Aún prefiriendo el relato a la novela admito, sin embargo, que nada debería amputársele al Quijote, a La montaña mágica o a Los papeles póstumos del club Pickwick, por mucho que Chejov o Borjes puedan expresar realidades semejantes con muchas menos palabras. El modo en que algunos creadores logran alargar y ensanchar sus obras sin que esas extensiones parezcan superfluas es, en mi opinión, uno de los factores que distingue a los clásicos (en el cine, podría indicar El padrino I y II). Le invito a visitar un blog al que probablemente le sobran muchas palabras y le faltan otras tantas, su intención es humorística y su vocación económica. Un saludo afectuoso.
http://lluviaderatones.blogspot.com.es/

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Presente Continuo

Sobre el blog

Un historiador echa un vistazo al presente. Éstas no son las noticias de las nueve. Pero a las nueve o a las diez hay actualidad, un presente continuo que sólo se entiende cuando se escribe: cuando se escribe la historia.

Sobre el autor

Justo Serna

es catedrático de la Universidad de Valencia. Es especialista en historia contemporánea. Colabora habitualmente en prensa desde el año 2000 y ha escrito varios libros y ensayos. Es especialista en historia cultural y ha coeditado volúmenes de Antonio Gramsci, Carlo Ginzburg, Joan Fuster, etcétera. De ese etcétera se está ocupando ahora.

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