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Carta abierta a los sociólogos

Por: | 10 de abril de 2013

¿Dónde están los sociólogos? ¿Qué hacen? Cuando su disciplina surgió y se institucionalizó, nacía con Durkheim1pretensiones científicas y, por tanto, con vocación predictiva. La economía, que tiene una vertiente igualmente normativa, aspiraba a describir el orden a partir del intercambio. Homo oeconomicus, homo sociologicus: perdonen estos latinajos…

"Ver para prever", decía Auguste Comte. Ciencias generalizantes (la sociología, concretamente) frente a ciencias individualizantes: la historia. Teorías generales acerca del funcionamiento de la sociedad. Teorías de alcance medio para adelantar el comportamiento o los efectos de los actos humanos.

Los sociólogos tuvieron una época de esplendor: entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Era el tiempo de Émile Durkheim y de Max Weber. De ambos autores y de otros que les son contemporáneos (de Gustave Le Bon o de Ferdinand Tönnies, entre otros muchos) se nutren los sociólogos actuales. Tratar los hechos como cosas para así evitar el subjetivismo o abordar la acción con significado para así captar el sentido del actor y del espectador fueron metas que Durkheim y Weber se propusieron.

Tras la Segunda Guerra Mundial, los sociólogos eran los académicos más reclamados, los eruditos más requeridos. Tenían prestigio. La estructura o el sistema servían para enmarcar (¿o enmascarar?) la acción individual y, por tanto, para restarle singularidad. Había en la sociología un sentido de fatalidad o de fatalismo. O de determinismo (muy propio de las ciencias sociales generalizantes). Como en el marxismo más estrecho.

Las grandes teorías decayeron a partir de los sesenta, pero los oficiantes mantuvieron las teorías de alcance medio: es decir, las descripciones sectoriales y normativas que servían para predecir el comportamiento en la sociedad de masas, el orden cotidiano, los valores de la gente corriente.

¿Dónde están los sociólogos ahora? ¿Predicen o simplemente dicen? ¿Opinan o determinan? ¿Valoran o prescriben?  La sociología nació para explicar una sociedad convulsa: el mundo posterior a la revolución francesa. Nació para dar sentido a lo que parecía caos o anarquía intelectual, social y moral. ¿Qué nos dicen los sociólogos actualmente, tras el desorden? El desorden digital es un volumen que responde a algunas de estas cuestiones. No es obra de sociólogo, sino de historiador (Anaclet Pons), pero tiene gran vuelo…

Repito: ¿qué nos dicen los sociólogos? Yo me muero por saberlo. Soy un practicante de la historia, un oficiante de lo irrepetible. Me gustaría saber qué predicen. Sobre todo porque nos va la vida en ello. De hecho, sigo leyendo a los clásicos de la sociología. Mala cosa, mala cosa. La ciencia olvida sus clásicos, decía Alfred North Whitehead. Yo no olvido y me propongo seguir como Elias Canetti: “Ningún tema te ha abandonado. Todo sigue ahí, como antaño. Lo que te hostiga y lo que te complace…”

Atentamente, Justo Serna.

Hay 11 Comentarios

Además de que suscribo algunas de las cosas que he leído en las respuestas, como su falta de precisión a la hora de definir para qué nacen las ciencias en general o la sociología en particular y sobre nuestra falta de visibilidad (a veces intencionada), usted, Justo Serna, nos pide a los sociólogos que alcemos la voz y demos respuestas... yo le diría que todas las preguntas a las que podríamos responder requieren de una investigación previa y desgraciadamente el dinero que se dedica a la investigación social es prácticamente nulo... ¿de dónde sacamos las respuestas? ¿Jugamos a las hipótesis sin contrastar? Pídale a un médico que halle la cura contra el Sida y dele para ello un cuchillo y un tenedor...

El post de hoy es en respuesta a la Carta Abierta a los Sociólogos, publicada por Justo Serna.

En su texto, parte de una premisa que considero errada. Considera que la ciencia surge para perdecir fenómenos, en el sentido de que tiene que decir lo que va a venir. Y eso, en mi opinión, no es el caso. Cuando la teoría cinética newtoniana predice que una bola lanzada al aire a determinada velocidad tardará cierto tiempo en caer no está prediciendo el futuro, no dice si habrá bola o no, sólo que si la hubiese y esas fuesen las condiciones tardaría ese tiempo en caer. La sociología es igual.

Cuando la sociología analiza la sociedad, su objetivo es alcanzar la mayor profundidad posible en el entendimiento de la misma, ver en sus mismo código genético social, en las reglas normas y regularidades que la constituyen. Pero eso no implica que pueda adivinar con una bola de cristal lo que va a venir después. Hasta que Seldon invente la psicohistoria (como narra Asimov en Fundación), ese seguirá siendo el reino de los adivinos. Las razones de esto son dos.

Por un lado, vivimos en una sociedad que conocemos imperfectamente, de modo que demasiadas cosas son todavía desconocidas. Y esta sociedad además cambia a toda velocidad y se encuentra interconectada a nivel global con otras sociedades conocidas imperfectamente. Cuando algo inesperado ocurre en una, de pronto eso tiene consecuencias de distinto grado por todo el globo, distorsionando el cuadro y llevando la historia por derroteros imposibles de prever. La Primavera Árabe es un buen ejemplo de ello.

Y lo segundo, relacionado con su cuestión sobre la visibilidad de los sociólogos y la sociología, es que la sociedad cambia cada vez que la sociología hace una afirmación porque hay gente que lee lo que dice. Al leerlo, reaccionan en consecuencia, y al hacerlo cambian sus patrones de comportamiento de modos completamente imprevisibles cuando se hizo el estudio, llevando con ello a resultados diferentes de lo predicho. Es el problema de la reflexividad de la sociología.

Así pues, los sociólogos nunca hemos predicho (excepto, acaso, Marx y ya se ve lo cerca que estuvieron sus predicciones de la realidad), sino que siempre hemos dicho lo que vemos y observamos. Opinamos, desde luego, pero con fundamento científico y base analítica, y al hacerlo condicionamos lo que ocurre de modo consciente e inconsciente. Valoramos, porque seguimos siendo personas por muy objetivos que tratemos de ser, y en muchas de las corrientes y ámbitos también prescribimos lo que creemos que puede ser el camino más beneficioso (políticas públicas, por ejemplo). En cuanto a qué decimos tras el desorden, la respuesta es la misma que siempre: muchas cosas, sobre rutinas, prácticas sociales, instituciones, relaciones de poder, cambio, permanencia, luchas sociales, globalización, riesgos, economía, influencia, relaciones humanas, y un sinfin de otras cuestiones. Porque una lección básica que se sabe con la sociología o la historia es que el desorden actual sólo es el germen del orden futuro, de la clase que sea, igual que lo fueron los pasados.

Por tanto, si quiere saber qué decimos, no pregunte en vacío qué decimos: decimos de todo, en todo lugar y de todo ámbito. Por el contrario, mire las publicaciones que surgen, siga las revistas académicas, mire lo que analizan los think tanks o las tesis que se publican. Como verá, la sociología está muy lejos de estar callada, por mucho que la gente tienda a prestarla poca atención.

Atentamente,

Costán Sequeiros, doctorando de sociología de la Universidad Complutense de Madrid

Cuando busquemos soluciones colectivas a problemas individuales, sabremos para que esta hecha la sociología.

Interesante reflexión. Leyendo las respuestas al texto, creo que habría que distinguir entre dos ámbitos: el ámbito académico y público de la Sociología, al que creo que refiere el autor, y el ámbito de la profesión y el mercado laboral de la sociología.

Respecto a la Sociología académica y científica, el declive que indica el profesor es muy probablemente cierto. Aunque habría que disponer de datos empíricos al respecto, mi intuición me indica que la Sociología ha perdido protagonismo frente a la economía y la ciencia política en el ámbito del análisis agregado e institucional, y frente a la psicología, la neurociencia y la epidemiología en el ámbito del estudio de la conducta social.

Los motivos son muy diversos. Uno de ellos, desde mi punto de vista, es el abandono por parte de la Sociología de su camino científico y, derivado de esto, su aislamiento respecto a otras disciplinas. La invasión, primero del marxismo, de la teoría crítica y el construccionismo, después, del feminismo, el postmodernismo y el bolivarianismo, más tarde, no ha contribuido más que a debilitar el alcance empírico y sistemático de la Sociología. Que Bourdieu (en especial en su obra tardía y pseudofilosófica) sea el sociólogo más reconocido es tan solo una mala noticia.

Aún con todo, pervive una Sociología académica en el mundo anglosajón activa, interesante y fructífera. De alcance modesto (no podemos equiparar la disciplina a la genética o la nanotecnología), pero que aplica las reglas de la ciencia (evidencia empírica y claridad de pensamiento) a multiplicidad de fenómenos y problemas sociales, en un ámbito de conocimiento difuso, probabilístico y con gran incertidumbre como es de los sistemas sociales complejos y la conducta social.

Con respecto a la profesión, los licenciados en sociología simplemente se enfrentan a unas salidas laborales difusas, diversas e inespecíficas. Pero este es un problema que compartimos con otras disciplinas como la psicología (en su rama no clínica), la economía, la antropología, la ciencia política, la biología y todas las humanidades. Hay licenciados en sociología trabajando en ámbitos muy diversos de la empresa, el tercer sector y la administración. La diferencia con la medicina, la psicología clínica, la enfermería o la arquitectura es que no existe una profesión como tal en la sociología (hablo en términos de la definición de Friedson, es decir, como un grupo que disponga de un monopolio sobre una actividad laboral). Qué será del grado en sociología en el siglo XXI es otra cuestión. Para conocer dónde trabajan los licenciados en sociología recomiendo la consulta de los informes de la American Sociological Association sobre las salidas profesionales actuales de los licenciados /graduados en sociología norteamericanos.

Hace unos años, un compañero del restaurante en el que trabajabamos (él como cocinero y yo como camarero) me dijo que quería que hablase con su hija, que por enconteces tendría unos treinta años. Como además de compañero era amigo, fui un día por la tarde a su casa y me entrevisté con ella. Si no recuerdo mal, había formado parte de la primera promoción que se había licenciado en “Sociología” en la Universidad de Valencia. Como se suponía que yo estaba metido en el ambiente universitario (ambiente que ella había abandonado totalmente años atrás), la idea era que le orientase sobre posibles salidas laborales. No fui capaz: hablamos y hablamos de mil cosas, pero no le supe decir dónde acudir a preguntar o a entregar un CV. La chica me decía que ninguno de su condisípulos había encontrado trabajo “de la suyo” y que la mayoría se arrepentían de haber estudiado aquello porque no le veían una utilidad práctica. Aunque sentí cierta tristeza, me percaté de que tampoco parecía muy angustiada: había aceptado con resignación una realidad y no hacía nada – ampliar estudios, reorientar su carrera, tratar de hacer contactos – por remediarla.


Los únicos sociólogos con trabajo que conozco son profesores universitarios, pero eso me hace pensar que el mundo acaba en lo que yo conozco. Imagino que hay otros muchos que se dedican a la investigación(como prueba el caso de Anna García Hom), aunque se trate de una investigación paciente y discreta cuyos resultados a veces desconocemos por esa falta de visibilidad a la que alude Anna en su carta. Como dice Javier en su comentario, no solo necesitamos buenos sociólogos, sino también buenos pensadores e historiadores que prediquen con su ejemplo contra el destierro de las Humanidades.

Agradezco mucho las palabras críticas y las palabras de adhesión a esta carta. Me ha conmovido especialmente la carta de la dra. Anna García Hom.
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Es, por supuesto, mi texto es una pequeña provocación epistolar dirigida a los colegas de las ciencias sociales, en concreto a los sociólogos. No soy ignorante en la historia de la sociología. He impartido varios años asignaturas con enunciados tales como: Sociología, Historia y teoría social, Historia y cultura en la época contemporánea y, últimamente, Historia del pensamiento contemporáneo. No escribo de oídas, sr. Beltrán. Escribo sabiendo cuáles son los orígenes de la sociología y cuáles son sus derroteros posteriores. Lo que llama la atención es la pose cientifista que los primero sociólogos adoptaron, esa insistencia en la predicción, y el silencio, quizá prudente, que hoy manifiestan a este respecto. Los sociólogos actuales trabajan en distintos campos y se valen de fuentes e instrumentos conceptuales variados, claro que sí. Pero me sorprende el silencio con que tantos y tantos se protegen. Quizá sólo sea el desconcierto que todos vivimos. Sin duda, las reflexiones sobre la sociedad del riesgo, sobre la sociedad reflexiva (y otras) son aportaciones sociológicas relevantes de las últimas décadas. Pero no veo a los sociólogos como intelectuales. ¿Recuerdan a Pierre Bourdieu? Pues bien: no me entusiasmaba en absoluto. Había en él algo de esa arrogancia analítica que es tan propia de la Academia francesa. Por otra parte, él mismo se presentaba como solución a los problemas del holismo y del individualismo. Admito que sus procedimientos tenían su interés. Bourdieu, al menos, tenía arrojo de mostrarse como eso: como intelectual. Y no me hagan repetir aquello que dijo Henry Poincaré de la sociología: “puede ofrecer el mayor número de métodos y el menor número de resultados”.

Interesante reflexión, de calado, de mi amigo Justo Serna, preguntando por el silencio de los sociólogos, su posible ceguera, su falta de previsión… Ahora más que nunca necesitamos sociólogos inteligentes, valientes, que no estén al servicio de los intereses de los partidos. ¿O han quedado tan sólo como garantes de lo políticamente correcto? Necesitamos sociólogos críticos (es decir,

Yo no se donde andarán, pero de tertulianos estoy hasta el tupé. Ya se que no es lo mismo...es peor, porque estos saben de todo y valen para cualquier programa. A ver si va a ser otra reconversión de esas...

Estimado profesor,
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Mi nombre es Anna García, soy investigadora del Centre de Recerca en Governança del Risc de la Universitat Autònoma de Barcelona (www.grisc.cat). Esta mañana he leído con gran satisfacción su “Carta Abierta a los Sociólogos” donde acertadamente se pregunta acerca del paradero de los científicos sociales –los sociólogos, concretamente-, para que nos “expliquen” aquello que otros denominan El desorden digital. Antes de levantar “mi” dedo para decirle: “presente”, en ocasiones, en muchas ocasiones, es mejor que no sepamos donde están, no vaya a ser que sus palabras ruboricen a los mismos Durkheim, Weber, Tönnies o Simmel; por no hablar del desconocido Norbert Elias, el recién malogrado Robert Castel o nuestro aún, presente, Richard Sennet).
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Como socióloga de formación –con una derivada doctoral que me llevó ahora ya hace unos años a la comprensión de los riesgos- me gustaría poder, sino darle respuestas (siempre he considerado que esta no es tarea propiamente de la sociología) si al menos contarle que investigadores como yo misma llevamos años trabajando en la dirección de poder ofrecer a la sociedad mecanismos de comprensión de aquello que hoy (nos) pasa e intentar hacer de este mundo, algo un poco más digerible. Acertadamente o no, y hablo desde un punto de vista estrictamente personal –pero con fundamentos-, el no aparecer frente a la opinión pública para “hablar” o “explicar” sobre algunos hechos obedece a distintas razones: a un ejercicio de pura higiene mental –llamémosle a eso, un distanciarse voluntario de aquellos que se auto-denominan “sociólogos”, a la simple imposibilidad de aparecer –cuando efectivamente algo tengo que contar- o bien y simple y llanamente, cuando no tengo nada que decir. Para no aburrir, no entraré en detalles más sutiles. A nadie se le escapa que, para decir algo, debemos tener algo que decir (Gabilondo) y alguien que nos escuche y nos legitime (Bourdieu) y llegar a este punto no es fácil cuando la agenda setting la establecen aquellos que hablan porque tienen boca (o cuota de partido) aunque lo que digan no interese a nadie. En este caso, tanto usted como yo deberíamos celebrar la “desaparición del sociólogo” más cuando su presencia, también, está patrocinada por nuestros impuestos.
Dicho esto, me gustaría que conociera nuestro trabajo (este es el motivo por el cual he incluido anteriormente en el texto nuestro enlace WEB). Como el nuestro, hay muchos investigadores de formación sociológica, que trabajamos y contamos cosas. En nuestro caso, además, defendiendo una ciencia interdisciplinar, con consciencia y dirigida a nuestra quien nos debemos: la sociedad.
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Lamentablemente, y sin parecer resabiada, en muchas ocasiones –más de las que deseamos- no nos llaman. ¿Será que quizás no interesa lo que hacemos? Quizás. Pero lo intentamos, y a veces, interesamos. A la pregunta que inicia su excelente entrada, le respondo: aquí estamos y estaré encantada de contarle con detalle todo lo que hacemos.
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No quiero despedirme sin antes decirle que me he sentido profundamente en sintonía con sus palabras. En el fondo, yo soy una víctima más de esa desaparición.
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Saludos cordiales,
Anna García.
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http://www.grisc.cat/

Respuesta inmediata.
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El texto me provoca una profunda sorpresa; no sólo se debe a las afirmaciones blanditas del texto, tipo manual express de teoría sociológica, sino a una expresiva ignorancia sobre lo que ha acontecido en sociología europea en los últimos 30 o 50 años, así como un mínimo bagaje de sus orígenes. Afirmaciones del tipo que Durkheim o Weber vivieron un esplendor es completamente inexacto; ambos, en su época, se enfrentaron a autores proveniente de la literatura y las matemáticas, incrédulos y escépticos de sus proyectos, y muy tardíamente, por razones también ajenas a ellos, su resonancia creció. En Francia, por ejemplo, la "crisis moral" hizo públicamente atractivo el discurso de la sociología; en Alemania, la sozialwissenchaften permaneció en la academia, disputándose con los marxistas, socialistas e historiadores. Max Weber, en su célebre texto sobre la vocación científica, más bien no logró convencer ni al propio Alfred Weber, por demás, profundo conocer de la cultura europea.
Por otra parte, mantener en el 2013 el «viejo paradigma» de ciencia newtoniana para medir el alcance de las ciencias sociales o la sociología en particular, desconoce un largo debate, por lo menos 40 años, que ha habido en diferentes partes del orbe, primero para dimensionar su aplicación, puesto que ni siquiera en las ciencias naturales rige ya ese «paradigma» de certeza absoluta (cf. Ilya Prigogine, entre otros); segundo para la irrupción de otros «paradigmas» más flexibles y menos dogmáticos (por ejemplo, todo lo que trabajó la filosofía de la historia en Inglaterra, desde William Dray hasta Hayden White, etc), que ayudan a entender la irrelevancia de la «predicción» en sociología, pues importan otras cosas, más realistas, más concretas, más humanas, por ejemplo, cómo se experimenta el tiempo según los subproletarios argelinos o por qué los mexicanos ganaron la batalla de puebla, etc.
Dónde están los sociólogos ahora?, pregunta el autor. Si no llegan a la puerta, seamos más curiositos y busquemos por doquier.
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Fernando Beltrán

estan en pobreza :))
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Sobre el blog

Un historiador echa un vistazo al presente. Éstas no son las noticias de las nueve. Pero a las nueve o a las diez hay actualidad, un presente continuo que sólo se entiende cuando se escribe: cuando se escribe la historia.

Sobre el autor

Justo Serna

es catedrático de la Universidad de Valencia. Es especialista en historia contemporánea. Colabora habitualmente en prensa desde el año 2000 y ha escrito varios libros y ensayos. Es especialista en historia cultural y ha coeditado volúmenes de Antonio Gramsci, Carlo Ginzburg, Joan Fuster, etcétera. De ese etcétera se está ocupando ahora.

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