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Presente Continuo

Sobre el blog

Un historiador echa un vistazo al presente. Éstas no son las noticias de las nueve. Pero a las nueve o a las diez hay actualidad, un presente continuo que sólo se entiende cuando se escribe: cuando se escribe la historia.

Sobre el autor

Justo Serna

es catedrático de la Universidad de Valencia. Es especialista en historia contemporánea. Colabora habitualmente en prensa desde el año 2000 y ha escrito varios libros y ensayos. Es especialista en historia cultural y ha coeditado volúmenes de Antonio Gramsci, Carlo Ginzburg, Joan Fuster, etcétera. De ese etcétera se está ocupando ahora.

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Julio Camba

Por: | 30 de septiembre de 2013

Cero. Observen esa mirada retadora. Julio Camba casi hipnotiza al retratista. O lo interpela. No da miedo, pues tras esa penetrante mirada hay un resto de socarronería. Es también algo distinto. Esos ojos 1377620_10201867513430036_1700836624_nrevelan un punto de demencia, de locura seminal. Acaba de escribir y aún no se ha quitado. O, por el contrario, está a punto de regresar a su escritorio para escribir la columna, que ya está en su cabeza. Esperaremos.

Uno. ¿Aún no han leído a Julio Camba? Pues resulta imperdonable. O perdonable, porque el propio Camba no se daba tanto pisto. Sólo era un periodista, un periodista gallego siempre atento y armado con su ironía, con un humor fino de mucho efecto. Echó un vistazo al siglo XX y le salieron unas crónicas muy perspicaces. Se equivocó con frecuencia en sus juicios y diagnósticos, pero sus paradojas aún son imbatibles.

Murió en 1962, tras residir en una habitación del Hotel Palace durante dos décadas. Como un dandi, bien instalado en el franquismo. Su fama ha ido creciendo y ahora se le reconoce como el gran cronista que fue, como el gran columnista que demostró ser. Hoy en día es muy fácil acceder a su literatura de oficio, de prensa, de diario. Gracias a las numerosas recopilaciones que se están haciendo de sus artículos periodísticos, es sencillo leer algunas de sus piezas. Nuevos y venturosos libros de Camba abarrotan el mercado a precios muy accesibles. En Fórcola, en Reino de Cordelia, en Renacimiento. Etcétera. O también la primera antología de todas, 'Mi páginas mejores': datada en 1956, esta obra seleccionada por el propio Camba la ha recuperado felizmente la editorial Pepitas de calabaza.

Dos. Hace años, Arcadi Espada quiso poner de moda a Camba. Camba sería al periodismo español lo que Josep Pla podría ser al catalán. Tipos negados para novelar, pero artistas de la descripción y del adjetivo. No es mala comparación... Como Espada es inflexible con las mezclas de ficción y realidad, el periodista catalán se buscó santos patrones para su egregia empresa. Uno de ellos fue, precisamente, Camba. Hizo bastante con él y por él. No pudo ser.

Quizá era un Camba demasiado envarado, polemista y canónico el que Espada defendía: Camba, el periodista que no hacía literatura: Camba, el cronista que detestaba la ficción; Camba, el periodista de lo real. De hecho, algunos sospechábamos que Arcadi Espada se describía a sí mismo, con ese gesto airado y sarcástico que tan bien sabe interpretar, con ese ademán afectado de quién ya está en la crecida de la edad. El resultado fue, claro, un retrato avinagrado de Julio Camba, un humorista con rencores y estertores.

Tres. Ahora, sin embargo, Camba regresa joven y en pequeñas y prestigiosas editoriales de la mano de Francisco Fuster, entre otros: sin milicias ni militancias, con el gusto por la buena escritura, por la buena literatura. Fuster es reclamado por esta o por aquella editorial para prologar una nueva recopilación. O el propio Fuster propone un libro jamás concebido, con intuición, con oficio, con habilidades insospechadas. Así fue en 'Caricaturas y retratos' (Fórcola) y así es en 'Maneras de ser periodista' (Libros del K. O.), por ejemplo. Lo he disfrutado con auténtico placer: hay mucha socarronería en su mirada.

Camba no era un escritor de domingo, sino un galeote de la pluma. Un esforzado prosista de lo corriente, un escritor de lo ordinario, que escribía con fértil poesía. Perdónenme esta cursilería. Confeccionar una columna es un arte que si se hace bien, con un artificio presuntamente natural, parece sencillo. Hay que sentarse a escribir, sin contemplaciones, sin excusas, y de ese empeño y desempeño sale el artículo. Hay fecha y hora de entrega.

Cuatro. ¿Un artículo genial? ¿Inspiradísimo? ¿Una solemne tontería? A Camba no se le puede pedir más que observación penetrante y abarcadora, un estímulo externo y una habilidad letrada, capacidad de síntesis. El articulista, decía Camba, es como un avestruz: "lo convierte todo en cosa de comer y lo digiere todo". Reduciéndolo, eso sí, a bolo alimenticio, tan nutritivo y tan excrementicio: el artículo ya es materia orgánica de la que te olvidas.

No se olviden de Camba y lean los prólogos de Francisco Fuster, tan correctos y circunstanciados. Lean buen periodismo y disfruten con su hijuela: la columna de opinión.

R2D2. C3PO

Por: | 28 de septiembre de 2013

R2D2C3PO¿Qué es la austeridad? No consumir más que lo imprescindible, no despilfarrar, no gastar a manos llenas, no pasar facturas hinchadas o injustificadas.
De Castellón a Valencia, por autovía, se va en un plis plas. La carretera, de lujo, la pagamos a escote. Con nuestros impuestos. Los ultraliberales descreen de las autovías: es un cargo al Estado y, por ende, es un gravamen a los ciudadanos. En cambio, las autopistas se las paga el usuario, dicen.

En los últimos años, cada vez que he debido entrar en Madrid he marchado por la R2, una autopista de pago ideada en la época de José María Aznar. Siempre que he transitado por allí he pensado en George Lucas. Esta vía y otras (R1, R3, etcétera) han sido inversiones ruinosas. La prensa se ha hecho eco del desastre. Sensatamente, los madrileños no las utilizan porque tienen autovías públicas. Es decir, que la R2 sólo la hemos empleado los pardillos de provincias. Ni siquiera los ultraliberales de la Villa y Corte.

La gente que se desplaza a Madrid algo cansada con ganas de llegar pronto a su destino agradecía este lujo capitalino: en mi caso, estaba deseando estacionar el troncomóvil en el aparcamiento de la plaza de Santa Ana. De allí al cielo..., al espacio exterior, a otra galaxia.

Dicho esto, comprendo que don Alberto Fabra haya hecho por vivir en Castellón de la Plana todo el tiempo posible: aparte de ser su lugar natal, que tira mucho, es una ciudad provinciana, tranquila y muy próxima a la bulliciosa capital del reino: Valencia. Está lejos del espacio exterior... Según la prensa, mientras ha sido así ha estado cobrando dietas de desplazamiento. Ay, pillín, Fabra pillín, Fabra dedos largos: D2. Suena esto tan pícaro, tan propio de la picaresca, que casi se agradece en un personaje tan piadoso y anodino. Francisco Camps era Dios, que investía a su sucesor. Alberto Fabra es un santo, un autómata, un robot.
 
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La fotografía corresponde a la agencia EFE.

Luis Bárcenas

Por: | 27 de septiembre de 2013

Uno. Cometes un presunto delito, pongamos por caso. ¿Qué haces? Destruyes las pruebas que podrían LuisBarcenasEFEInstagramincriminarte: las huellas, esa colilla en el cenicero, ese resto de barro que quedó en la suela del zapato, ese documento Excel que estaba en el disco duro. Un sabueso hábil podría ser capaz de establecer una conexión, formular una hipótesis verosímil entre la colilla, el barro y la página Excel. O el libro de la contabilidad.

Para evitar tal cosa, para evitar ser descubierto, te esmeras. ¿Y qué haces de verdad? ¿Con mucho celo lo destruyes todo? No: eso te inculparía. Lo que haces es conservar lo que a otros pueda incriminar. No se te ocurriría destruir las pruebas esenciales. No se te ocurriría martillear los discos duros de tus ordenadores para hacerte un nomeolvides con las esquirlas sobrantes. Lo que haces es enmarañar cuanto puedas para que todo sea cierto, salvo alguna cosa.

Dos. Todo controlado, pues. Sigues con tu propósito y piensas: "Hay cosas que no se pueden demostrar, je, je". Hay cosas que no se podrán demostrar, jo, jo. Lo piensas, pero no lo dices. Porque si dijeras tal cosa darías por hecho que no se te incrimina dado que no hay medios para inculparte. Pero ante la presión de un interlocutor, tu viejo amigo, Mariano Rajoy, acaba diciendo: "Hay cosas que no se pueden demostrar".

"¿Pero qué has hecho, malandrín? Pero que has dicho, tontorrón?" Esa respuesta es un desliz imperdonable. "Cáspita, he cometido un error", dirá el sr. Rajoy. Y sí, ha cometido un error retórico y lógico. O acaso es que no ha entendido la pregunta que se le formulaba en inglés. No entendía... Pues si no entendía, mejor callar.

Tres. Decía Ludwig Wittgenstein en el 'Tractatus', que de lo que no se puede hablar, mejor es callar. Con este aserto tan conocido y repetido, el filósofo se refería al sentido de las cosas, al sentido de la vida. A Dios, pongamos por caso. Su existencia, por ejemplo, no puede demostrarse: hablar de Él para probar su presencia está fuera de lugar. Entre otras cosas porque Dios no ocupa lugar.... Nadie que lo haya visto en el Cielo ha vuelto para contarlo, ni nadie lo ha traído al mundo sublunar. Con él no tenemos tratos materiales, no hay pruebas. Si no hay pruebas, mejor es callar. Se creerá en Dios por fe, pero no por pruebas.

Cuatro. Luis, tú no eres Dios, aunque porte y galanura no te falten. Ahora pareces algo disminuido y, cómo no, se te ha visto en chándal, que es la prenda de diario y de presidiario en las alturas. Eres grande tirando a gigantón, vistes con elegancia antigua, caminas con decisión haciendo oídos sordos a las demandas de los simples mortales y llevas un portafolio (como Dios, que anota todo lo que ve). Y respondes con aspavientos.

Lamentablemente, Luis, tienes una voz --una vocecilla, mejor dicho-- algo inferior: como si perteneciera a un cuerpo chiquitito. ¿Quién sabe lo que fuiste en la otra vida? Porque Luis, tú has tenido varias y variadas vidas. Enumerémoslas.

Cinco. En una fuiste miembro del Partido Popular, en otra fuiste factótum, en otra fuiste su mandamás, en otra fuiste el mago que a todos engañó, en otra fuiste el amigo de la dirección, su asesor áulico, y en otra, finalmente, fuiste Dios, que es el papel de un tesorero o gerente. Todo dependía de ti, tenías el archivo general de la humanidad, sabías sus pecados y podías ponerles castigos: tres avemarías, tres credos, etcétera.

Seis. Por razones totalmente inexplicables, caíste en desgracia. Tus antiguos correligionarios se apartaron y te negaron tres veces antes del alba. Después de haber sido un Dios tronante te convirtieron en un tunante, en un presunto delincuente y ahora resides en Soto del Real, que no es el Cielo, pero a lo que cuentan vives como Dios. Los jueces mundanos te odian, te envidian: tú, que has tenido una vida de mucho tronío, de mucho lucimiento, como un burguesote. Los magistrados te persiguen: a ti, que has sido ejemplo de gestión empresarial, un antiguo licenciado de la Universidad Pontificia de Comillas... Como Dios allí arriba: todos se hacen cruces de su resistencia ante tanto pecador que pretende colarse. Menos mal que tiene estudios...

Siete. Pero Dios está viejo y algo achacoso. Tú, en cambio, conservas tu mejor lozanía y sólo esperas inculpar para salvarte, incriminar para aliviar el peso de tu pena. No te calles, Luis. Habla, que el Juicio Final ya se acerca y tú tienes pruebas. Los tiempos se acaban y el momento ha llegado. Tú eres Dios, no su simple monaguillo. Tú no sisaste. Tú administraste.

Alberto Fabra

Por: | 24 de septiembre de 2013

PhotoAlberto Fabra, actual President de la Generalitat Valenciana, lo dijo ante sus correligionarios: «Si hace falta acostarme con Montoro para mejorar la financiación, lo haré». La frase, fruto de un calentón, de un subidón, provocó estupor entre la ciudadanía. A Fabra normalmente no se le escucha: habla flojito y parece muelle. Untuoso. Luce templanza y una indumentaria sobria. Sus enemigos más acérrimos los tenía dentro de su propio partido, en concreto entre los seguidores de Rafael Blasco, todo un hombre: comandaba un convoy de fieles sobrados de testosterona y de dossiers.

Pero vuelvo al estupor de la ciudadanía, al escándalo por las palabras de Fabra. La declaración del President se hacía fuera del matrimonio. Y eso está feo para la moral católica que profesa Fabra. El diccionario de la RAE es bien contundente: fornicar es "tener ayuntamiento o cópula carnal fuera del matrimonio". Es decir, el episodio contemplado por Fabra era propiamente una escena de fornicación. Por fornicar constantemente, el Dios del Antiguo Testamento reprendía al pueblo elegido.

Imaginémoslos precisamente entre sábanas con sólo dos gotas de Chanel. Fabra es una persona bien parecida, algo carnosa, pero bien parecida y refinada. En cambio, Cristóbal Montoro parece un orco que persigue focas y ballenas. Un villano, un tiburón. ¿Entonces? Todo esto, todo este libramiento sexual se proclamaba en pos de una meta, una meta colectiva: la mejora de la financiación autonómica. Sexo por dinero. Uy, madre.

Días después me he sentido aliviado al leer la noticia que nos da El País el 24 de septiembre. Reproduzco el titular: "Fabra logra un respiro de Montoro antes del debate de política general". La redacción de dicho titular se presta a una simpática confusión. No sabemos si el fiera Montoro paró (ya saben: cigarrillo, etcétera) y de ello Fabra obtuvo un descanso, un respiro. O si el ministro de Hacienda rechazó su ofrecimiento sexual para alivio del propio President.

Luego, Joaquín Ferrandis, el redactor de la noticia lo aclara: "Cristóbal Montoro le dio este lunes un respiro a Fabra al consentir que los fotografiasen mientras el jefe del Consell le hacía entrega del informe sobre la financiación autonómica elaborado por los expertos nombrados por las Cortes Valencianas". Aha!, la fornicación sustituida por la fotografía, la zoología, no sabemos si sicalíptica. Montoro, como las 'celebrities', admite retratarse con su novio accidental. O con el animalico, la mascota.

A estas alturas del famoseo, yo ya me he perdido. Y entiendo que el propio Fabra se haya perdido. Él es un chico de provincias, alguien nacido y crecido entre sus iguales: las nuevas generaciones de Alianza Popular. Es un muchacho que no ha salido de Castellón de la Plana, ciudad de la que llegó a ser alcalde tras desempeñar las concejalías de juventud y urbanismo. Repaso su currículum e imagino al hombre dormitando, leyendo expedientes, el Marca y la página de sucesos del diario local. Lo imagino callado, sin molestar, acudiendo a Misa los domingos y fiestas de guardar. Él estaba como un obispo, tan ricamente... ¿Y ahora? Ahora gobierna cómo puede y si es preciso regenta el meublé, el meublé en que se ha convertido la Comunidad Valenciana.

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Photo(1)https://www.facebook.com/Lafarsavalenciana


La farsa valenciana es un libro sobre la corrupción, sobre el clientelismo, sobre los usos y abusos del poder. Del poder local. O no tanto: el caso valenciano es ejemplar y, gracias a los eventos, universal. Por las páginas del libro desfilan personajes impensables, una parada de monstruos. Encontrarán análisis y guasa, humor negro y drama. Un triste ejemplo.

 

Inde, Inde, Independèn, ci, a

Por: | 14 de septiembre de 2013

BanderaPlazaColonEFEEn Italia, unos representantes de la Liga Norte han aparecido en sede parlamentaria luciendo camisetas que eran banderas esteladas, es decir, señeras independentistas de Cataluña. Imagino que el episodio habrá desagradado a los secesionistas del Principado. Que tus simpatizantes internacionales sean estos señores de la Liga Norte dice mucho de ti: un grupo político que aspira a independizarse de Italia porque afirma estar sometido a un expolio fiscal para sostener el Estado del Bienestar. Son xenófobos, son racistas, desprecian a los meridionales, los 'terroni', y exhiben con orgullo y siempre que pueden banderas propias, símbolos distintivos.

Entre mis pequeñas excentricidades está odiar la exhibición de banderas; detesto hacer ostensible los símbolos que nos unen; me incomoda manifestarme bajo un trapo que a otros conmueve. La cosa podría no tener interés alguno, incluso podría ser una patología mía. He acudido a manifestaciones públicas, por supuesto, pero procuro evitar los pendones, marchar bajo los pendones. ¿Agarofobia? En absoluto: me desenvuelvo normalmente. Sólo que los actos colectivos, que a otros excitan, a mí me enervan. Los nacionalistas pueden reprocharme mi nacionalismo banal: estás tan seguro de tu orden simbólico, que puedes rechazar los trapos comunes; eres tan narcisista, que no quieres sumarte a algo que desinvidualiza. Por eso te puedes permitir el lujo de rechazar las banderas. Pues no, es una razón más trivial y, quién sabe, tal vez más consecuente: detesto exhibirme con un trapo colectivo porque no siento nada. Nada.

Cuando hice el servicio militar, la jura de bandera fue un acto fracasado: llovía a mares y, justamente por ello, debimos realizarlo en un gimnasio. El acontecimiento perdía todo su brillo, todo debía acelerarse y todo quedaba seriamente deslucido. Fue para mí un alivio. Tanta bandera, tanta enseña, tanto besuqueo me ponía enfermo. ¿Acaso por la bandera de España? No, no le tengo tirria especial a la enseña nacional española. Me habría pasado lo mismo sí el besuqueo textil hubiera estado destinado a cualquier otro pendón. ¿Acaso por odio a lo que significa? ¿Defender la patria con tu vida? No: de darse el caso, yo no habría defendido patria alguna con mi vida. Padezco una moral indolora, que dijo Gilles Lipovetsky. Que no me aten. Que no me maten.

No es deseable ni siquiera posible la sujeción de las personas a las propiedades que las encadenan real o supuestamente a las comunidades de origen o de pertenencia, a las familias o a las naciones. Hacerlo así, forzar lo que nos ata, es violentarnos a cada uno de nosotros, es asociarnos con idéntico perfil a quienes por fuerza son distintos. Nos obliga dicha operación a vivir solidarios con una imagen predefinida de cada uno, esto es, al vincularnos por fuerza a nuestro grupo de pertenencia se multiplican efectivamente las diferencias que hay en el mundo entre los distintos grupos étnicos o culturales, pero a la vez se empobrece dicho planeta, pues éste o aquél, tú o yo, por mucho que compartamos rasgos que nos alejen de otros, somos algo más que autómatas obligados a comportarse fatalmente. Es decir, que la alegre defensa de la diferencia étnica, en el fondo, oculta la auténtica diversidad de cada cual o, en otros términos, la murga de los rasgos colectivos irrevocables que me definen impediría la diferencia efectiva.

En el pasado, en el siglo XIX, por ejemplo, los individuos carecían de plurales fuentes de información y lo común era abastecerse con un único canal a través del cual se recibían las percepciones de lo real y las actuaciones prescritas a que estaba obligado cada uno. El hijo de un rico hacendado tendía a reproducir lo obvio, lo que era indiscutible para sus mayores y lo que por tradición o herencia le llegaba, que no era sólo un conjunto de bienes materiales, sino también una concepción del mundo congruente con el medio del que procedía. La educación formal, la socialización y la propia maduración del individuo en un espacio afín reforzaban ese patrimonio inmaterial que era el sentido común heredado (o lo que Marx llamó ideología).

Desde hace tiempo, las cosas ya no son exactamente así. La vastedad y la variedad de fuentes de información, tan contradictorias, el debilitamiento de las reglas comunes y prescriptivas (sustituidas, en parte, por eso que Gilles Lipovetsky llamó la moral indolora) han hecho de nuestro tiempo un mundo efectivamente hecho pedazos. La circunstancia nos concede una gran libertad, pues ni el padre, ni la familia, ni la escuela, ni las autoridades pueden sujetar una socialización que se desborda y en la que la coherencia de los datos acopiados se hace casi imposible. Pero es también nuestro infierno. Es tal la avalancha que los muchachos pueden crecer angustiados por la saturación informativa (por la vecindad de lo alto, de lo bajo, de lo relevante, de lo irrelevante) y por el deterioro o la falta de criterios de discriminación. De ahí que la identificación colectiva que se estimula con sentimiento logre lo que la razón no alcanza. Las banderas resurgen, los himnos nacionales se entonan, los sentimientos de pertenencia se excitan. No sé si soy un bicho raro (creo que no, creo que soy muy normalito), pero ya les digo que no me pillarán vivo envolviéndose en una bandera, la que sea, o enfundándome una camiseta patriótica. No me pillarán vivo.

La servidumbre voluntaria

Por: | 05 de septiembre de 2013

BarberaEcclestoneCampsAFP"Gracias a Bernie Ecclestone por la confianza y el cariño que me ha mostrado todos estos años, por decir estas cosas tan preciosas, como es vincular el gran premio de F-1 a que yo continúe siendo presidente de la Generalitat", dijo Francisco Camps en 2007. "Yo le puedo asegurar que en los próximos días voy a intentar con mi esfuerzo ganar estas elecciones", apostilló.

Cuando leí esas declaraciones del que entonces era President de la Generalitat Valenciana sentí vergüenza: propia y ajena. Sentí un odio feroz contra el mundo, contra la realidad, contra mis congéneres. El untuoso comentario de Camps era una muestra de servidumbre voluntaria ante el magnate de la Fórmula 1.

El empresario propietario de los derechos hacía depender la firma final del contrato de una condición democráticamente inaceptable: que las inmediatas elecciones autonómicas las ganase el señor Camps, o sea, el PP. El mandamás de la Fórmula 1 podía decir lo que juzgase oportuno, incluso aunque nos molestase o lo consideráramos un chantaje. Aquello que resultaba inaceptable era la actitud servil del señor Camps.

Lejos de quitarse importancia o de protestar por tan insólita cláusula, el President de la Generalitat asentía complacido a esa exigencia de un empresario privado agradeciendo las generosas palabras de confianza que –según él– suponían.

Era y sigue siendo un desvergüenza. Los eventos que atraía Camps no venían gratis: suponían el pago de una gabela. Esto era la ruina de la política y era el triunfo del amiguismo, de la granjería. Pongamos un ejemplo: ¿qué debería hacer un valenciano aficionado a la Fórmula 1 y deseoso del circuito urbano que no fuera votante del PP? ¿Plegarse a los deseos del empresario? Insisto, es la servidumbre voluntaria que algunos confunden y confundieron con la confianza.

http://justoserna.com/2007/05/10/servidumbres-politicas/

http://deportes.elpais.com/deportes/2013/09/05/actualidad/1378397358_568375.html

La fotografía es de AFP.

El País

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