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‘Orson West’. El paisaje del pasado

Por: | 03 de octubre de 2013

OrsonWest

(Estreno en Valencia en La Rambleta el 6 de octubre a las 19 horas)

Uno. He visto Orson West, de Fran Ruvira. No se pierdan esta película. Es un film evocador, que rememora un pasado que no fue, que exhuma un tiempo que jamás llegó a realizarse. A la cosa que echamos en falta pero no existió, a la pérdida fantasmagórica, la llamamos melancolía. Es un objeto psíquico desvanecido que nunca llegamos a poseer del todo.

Imaginen un territorio entre el secano y el viento, entre el desierto y las nubes, un mar de nubes; imaginen la tierra firme, sin apenas modernidad ni invasiones urbanas. Eso es El Carche, entre Alicante y Murcia, por la zona del Vinalopó. O, al menos, es El Carche que Fran Ruvira nos presenta en 'Orson West'. ¿Un paisaje de fondo? ¿Unos exteriores?

En la película, lo exterior forma parte de las convulsiones psíquicas, de las carencias. Y adultos y niños se ven afectados por esa tierra que no es de nadie y en la iremos a dar con nuestros huesos. En ciertos parajes, auténticamente desérticos, el mundo parece haber sufrido una deflagración o un terremoto silencioso. Hay agujeros tan grandes como las pozas del alma, pero sin líquido, con la aridez de lo que ya no tiene vida.

Dos. Unos personajes ajenos a la zona, al pueblo, acuden a rodar una película, una suerte de Western. Allí, muchos años antes, también había acudido Orson Wells buscando exteriores para otra película del Oeste (The Survivors). ¿Se realizarán los films? ¿Hay alguna concomitancia entre ambas obras?

El pasado y la vida no es sólo que ocurre, sino también lo que se imaginó, se vislumbró, se soñó y, finalmente, no se llevó a cabo. Lo inacabado, lo no escrito, lo no rodado, lo no hablado pero pensado, esos actos propiamente inconclusos forman parte de la existencia. De hecho, acoplamos nuestro porvenir a lo que no hacemos en tiempo presente, a lo que no pudo acabarse: noviazgos que no se consumaron, negocios que no se emprendieron, creaciones que se frustraron. Lo no hecho o lo simplemente imaginado nos afecta, nos condiciona, incluso nos determina.

El paisaje que disfrutamos en
Orson West remite a la infancia, a los niños que por allí pululan, mientras comienza y no comienza el rodaje. Remite al pasado remoto, décadas atrás, cuando Orson Wells estuvo por allí. Su figura, un hombretón al decir de un anciano que lo recuerda, se conserva en la memoria de los viejos del lugar. Nada de lo que realmente importa llega a desaparecer y aunque quede latente regresa de manera manifiesta tras su evocación, su simple mención.

Todos los personajes que aparecen están incompletos, pero no por impericia del director, sino por expreso deseo de quien concibió sus papeles. En la vida nos sucede igual. No somos de una pieza, nuestro pasado es un lastre que nos pesa: que debemos arrastrar y que nos duele. Por supuesto, ese tiempo pretérito no es sólo dolor o pena. Es también la vida incompleta pero dignamente dichosa que podemos llegar a disfrutar.

Tres. Los niños son la esperanza, sin duda. Son atrevidos, impertinentes y hasta insolentes. Juegan y la vida aún no los ha maleado. Son unos temerarios y no tienen reparos en inmiscuirse, en explorar, en perderse. Todavía no saben que el marco, el paisaje, los exteriores son su vida árida, las grietas profundas de esas gargantas desérticas.

La película, con una música justísima que no se hace notar y que acompaña el lento discurrir de las cosas, tiene una fotografía espectacular. Cuándo decimos ese adjetivo pensamos instintivamente en el espectáculo, claro. En la agitación que atrae y sorprende a los espectadores. No hay tal cosa: el paisaje es la historia casi inmóvil de la que hablara Fernand Braudel: siglos de erosión, de uso humano, de asentamiento y explotación, de repetición.

Los exteriores de
Orson West son, además, el 'West', precisamente: el Oeste de nuestra infancia, el Western ya crepuscular y aún mítico, la epopeya del individuo y de una pequeña comunidad que no arraigan, que van más allá, buscando su porvenir jamás consumado del todo. Eso es lo que somos, ¿no es cierto?

Cuatro. Al final, un mar de nubes es nuestro destino y en medio de esa invisibilidad avanzamos. Hay imágenes sublimes en
Orson West, pero sobre todo hay un mar de nubes que recuerda tanto a las pinturas de Caspar David Friedrich. Elevado, aupado a un roca, alguien mira y no distingue nada, pero ha de seguir aventurándose. Como ese niño que en la película de Ruvira abandona el grupo y se adentra sin miedo.

Entre las numerosas referencias cinematográficas a las que podría aludir está, sin duda, El espíritu de la colmena, de Víctor Erice: Ana abandonaba la seguridad hermética del padre, la ternura fría de la madre, la camaradería de la hermana, para explorar y mirarse en un lago, en una charca que le devolvía una imagen borrosa e incierta. Incluso monstruosa.

En
Orson West, el muchacho también se va y también hay una charca cuyas aguas se agitan. ¿Qué imagen saldrá cuando se remansen, si es que llegan a remansarse? Probablemente imágenes confusas de la vida. No se la pierdan.


Estreno en Valencia, La Rambleta, domingo 6 de octubre de 2013 a las 19 horas. Con asistencia del director.

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No se pierdan las reflexiones de David P. Montesinos sobre esta película.

http://lacuevadelgigante.blogspot.com.es/2012/08/orson-west-de-fran-ruvira-asisto-con.html

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Sobre el blog

Un historiador echa un vistazo al presente. Éstas no son las noticias de las nueve. Pero a las nueve o a las diez hay actualidad, un presente continuo que sólo se entiende cuando se escribe: cuando se escribe la historia.

Sobre el autor

Justo Serna

es catedrático de la Universidad de Valencia. Es especialista en historia contemporánea. Colabora habitualmente en prensa desde el año 2000 y ha escrito varios libros y ensayos. Es especialista en historia cultural y ha coeditado volúmenes de Antonio Gramsci, Carlo Ginzburg, Joan Fuster, etcétera. De ese etcétera se está ocupando ahora.

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