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Ana Botella de Aznar

Por: | 08 de diciembre de 2013

ImageSí, ya sé que llego tarde; ya sé que todo el mundo ha comentado, glosado, examinado, ridiculizado y vituperado la intervención de Ana Botella ante el Comité Olímpico Internacional para defender la candidatura de Madrid veinte veinte.

Llego tarde porque la difusión de esas imágenes ha sido viral y vital: nadie puede quedar inmune, impune, incólume ante esas cosas tan bonitas que proclamó. Ante esa ardorosa defensa que hizo de la Villa y Corte. Para eso ejercía de alcaldesa... por accidente.

Lástima que su dominio de la lengua fuera precario. Su inglés era comprensible, sí, quizá demasiado comprensible: no como el del Principe de Asturias, al que se le notaban los estudios de prosodia.

Y lástima que el escenario que pone el COI fuera tan hostil. Aquello parecía un examen de reválida ante un severísimo Tribunal. La cosa no salió bien y de aquel episodio una persona no puede quedar indemne, en efecto. Sale tocadita, con el ánimo por los suelos.

Hay que decir en su descargo que el encomio de una sede olímpica, que el ditirambo de una ciudad divertida y hospitalaria, es un género literario menor: como componer un ripio en prosa o un eslogan en verso. Es como el grito primitivo comparado con una romanza. O es como el silbido con hueso comparado con una pieza tocada con trombón de varas. Ana Botella lo tenía difícil para hacer un papel digno. Y no lo hizo. Pero se esforzó.

La vi entonar con énfasis de principiante; la vi actuar con gestos de convicción y de histrión. Iba peinada con ondas atrevidas, un modelo quizá anacrónico salido de tiempos remotos: de cuando ella era niña, de cuando había chabolismo y de cuando los tranvías circulaban por Madrid. Más aún: era un cardado y eran unos oleajes propios de los cuarenta, como los de Gilda. Luego, transcurridos unos días o semanas, Gilda , digo Ana, se alisó el cabello.

Pero la esposa de José María Aznar es audaz e incluso, por momentos, temeraria. En otro momento, que fue su gran momento, comparó las peras con las manzanas para desechar el matrimonio gay. Es como si yo comparo el dominó con la baraja para rechazar la gestión de la Santa Madre Iglesia.

Alguien siempre me podría preguntar: ¿pero por qué coteja dicha institución con los juegos de azar? ¿Acaso el Vaticano lo fía todo a la suerte o a Dios, que echa los dados? Yo --responderé-- comparo dos juegos de azar, dos juegos de paciencia, que es lo que tiene el Altísimo con las peras, las manzanas, el hombre y el resto de la Creación: paciencia.

No sé, me estoy perdiendo, como la señora Botella, que siempre anda como perdida, falta de orientación. Me digo: a ver si hay suerte y la analogía me sale fina. Pero no sale y, claro, doña Ana Botella y yo metemos la pata. Que me suceda a mí es normal: vengo de una familia del montón, de gentes menesterosas que se esforzaron para que yo estudiara. Pero los estudios no te lo dan todo: a mí no me dieron clase ni refinamiento. Aulas, las que quieran, pero clase... Y sí, es raro que esto le ocurra a la señora Botella: una persona educada en una familia numerosa y rancia y de posibles es más cautelosa; una dama criada en un entorno postinero es más prudente.

Pero no: Ana Botella se dejó la piel y la cabellera, el gesto y el rojo pasión. Miraba a todos lados, hablaba del Relaxing Cup, que a mí me suena a bar de alterne: Relaxing Club, Relaxing Boite (ustedes perdonen). Y hablaba de Madrid como una ciudad 'fun'. La verdad es que sí: en esa Villa y Corte nació y creció Ana Botella, un lugar de perdición. Madrid perdió y yo no me lo explico.

Tenía a Dios, el de los dados, de su parte. Eso dijo el presidente del Comité Olímpico Español. Y tenía 'El Mundo' entero, también, con portadas dementes que anunciaban ya el evento, portadas concebidas quizá para hundir a la gran esperanza política de Madrid. 'El Mundo' no necesita esposas, sino esperanzas. Y Aguirre llegará, que a Ana buena hará.

Han pasado las semanas y la suerte de Ana Botella empeora. Una huelga de limpieza la dejó noqueada, con una gestión de risa si no fuera porque trataba de la salud, de la higiene y del trabajo de los barrenderos y de los madrileños. Supo ponerse el abrigo de visón para verificar el estado de salubridad de la capital, para fiscalizar los trabajos de desescombro. Supo elevar la voz para decir lo que mejor podía haber callado.

Pero no. Ana es así: habla con dificultad, con balbuceos y frases mal acabadas, aunque eso no es obstáculo para lucir una cháchara fantasiosa. En plenos municipales, en sesiones políticas, en conferencias en el Siglo XXI, sus palabras arrancan con tropiezos y cuando lee lo hace con ardor e inseguridad. No bastan el énfasis o el histrionismo. No basta con ser ingeniosa o temerosa de Dios.

Hay que practicar la oratoria, desarrollar el pensamiento y ajustar el verbo. Es escritora, eso dice alguna ficha suya: recopila cuentos para la familia y para los niños, con glosas de mucha moralidad. Tiene un libro político del que yo dispongo un ejemplar Mis ocho años en La Moncloa'. El título será fuente de inspiración para el que marido publicará meses después ('Ocho años de Gobierno').

Y con prosa esmerada e intención moral, la autora se revela como una insólita escritora. Toda primera dama ha de narrar su experiencia tras abandonar la sede presidencial. Ella no fue primera dama, pero organizó la vida de palacio con mano de hierro.

BodaAgagAznar"¡Cómo ha cambiado la vida en ocho años! Cuando llegué a la Moncloa en 1996 yo era una mujer en la última etapa de la juventud, con dos hijos adolescentes y uno pequeño, y una gran ilusión por cambiar las cosas que sentía que no funcionaban a mi alrededor. En 2004 cierro la puerta de lo que ha sido mi hogar durante este tiempo y lo hago con tres hijos adultos, una casada y un nieto en camino.. Las cosas han cambiado, pero la ilusión sigue firme", admitía en 2004.

Algún día les contaré qué fue esa boda, la de la niña Aznar casada con todo un Agag. Tal vez, les adelanto, fue uno de esos "momentos mágicos" que, según confiesa, le depararon los años de Gobierno en la Moncloa. La magia de la boda de El Escorial.

Decía que algún día les contaría... Pues bien ese día ha llegado: aquí pueden leer qué fue de Ana Aznar Botella, su boda con Alejandro Agag. Y lo que Ana Botella dijo en su libro de memorias.

No busquen a Francisco Correa o Álvaro Perez 'El Bigotes'.

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Sobre el blog

Un historiador echa un vistazo al presente. Éstas no son las noticias de las nueve. Pero a las nueve o a las diez hay actualidad, un presente continuo que sólo se entiende cuando se escribe: cuando se escribe la historia.

Sobre el autor

Justo Serna

es catedrático de la Universidad de Valencia. Es especialista en historia contemporánea. Colabora habitualmente en prensa desde el año 2000 y ha escrito varios libros y ensayos. Es especialista en historia cultural y ha coeditado volúmenes de Antonio Gramsci, Carlo Ginzburg, Joan Fuster, etcétera. De ese etcétera se está ocupando ahora.

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