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José Ignacio Goirigolzarri

Por: | 15 de diciembre de 2013

Bankia es el banco de mis ahorrillos, que no de mi querer. Era la Caja de Valencia, la de toda la vida. Era GoiriBancaja, la del ínclito José Luis Olivas. A pesar de su estatura, qué grande es este señor: destaca entre la multitud. Por eso ha abandonado su vivienda en Valencia: aquí nos conocemos todos.

Ahora, Bankia es una entidad oscura, hermética, y bien financiada. Está al otro lado de la fuerza. Allí, en las bodegas de la corporación, en los sótanos de la entidad, están mis euros. Imagino una caja fuerte con mis billetes, atados con cordel. Quizá han aprovechado una caja de galletas. Al lado, como un guardián, veo a un señor con manguitos, un probo empleado que los desanuda cada día para volver a contarlos. ¿Muchos? No, la verdad. Sólo los que buenamente he podido ahorrar con mi trabajo decente. No hay dinero negro. No tengo Caja B.

Porque soy decente, ¿saben? Tras años de contribuyente fiel, con pagos regulares y religiosamente satisfechos a Hacienda, he sido maltratado por Bankia. Maltratado por Bankia. Qué pena, qué pena de entidad. Es un ente extraño que trata con suficiencia o desprecio a los clientes de cartera reducida... La mía es de cuero, típica cartera de profesor. ¿Por qué, señor, por qué? ¡Tener que llegar a decir esto!

Yo disponía un dinero en subordinadas que alguien de la entidad me vendió en un momento de despiste. O mientras yo pestañeaba o bostezaba. No soy analfabeto ni fronterizo. Sé de cuentas, aunque me van más las letras. Soy conservador: nada temerario, ya digo. Un sencillo ahorrador. Eso es lo que dije a los superiores de dicho ente.

En plena crisis, cuando Bankia era felizmente rescatada del sumidero, me cambiaron las subordinadas por unas acciones que yo no quería, unas acciones cuyo valor era y es ridículamente bajo.

Meses después, me ofrecieron la posibilidad de recuperar mis ahorros gracias a un arbitraje. Imagino a los árbitros: éste sí, éste no, éste sí, este no..., mientras leen un párrafo y mascan chicle. Ahora se ha resuelto. He recibido una carta de Bankia o de la corporación delegada en la que me niegan tal posibilidad. Deniegan mi solicitud, vaya. Rechazan mi petición con prosa árida, distante, dejándome con el culo al aire. ¿A que suena feo? ¿A que sí?

Sin duda puedo acudir a los tribunales para recuperar mi dinero y de paso afearles la conducta a los señores banqueros. Tengo suelto para pagar las tasas judiciales. Las puedo perder, pero sé que si eso ocurriera la entidad Bankia sería siempre objeto de todo mi rencor.

Señores Bankeros, ¿han pensado bien el daño que les puedo hacer? Un cliente insatisfecho es un corrosivo de alto poder, un disolvente en la era de la informaciòn, un portavoz de lo malo: ahora sí, el lado oscuro de la fuerza. Si me pongo a escribir sobre ustedes no paro...

La persona que me atiende es un joven bancario, un hombre de palabra y honrado a carta cabal. Contra él no tengo nada: me trata con deferencia y cortesía antiguas. Pero si me pregunta cualquiera de ustedes diré que detesto a la entidad que me gestiona los ahorros. Rodrigo de Rato fue un manirroto y un economista al que ni jarto de vino confiaría mis ahorrillos. Ah, qué mala suerte. Llegué tarde. De Rato sólo puedo pensar eso. Si digo algo más de este señor, me lleva al Juzgado.

¿Recibiré mejor trato de sus máximos y actuales dirigentes? Me refiero a José Ignacio Goirigolzarri. ¿Qué digo? Yo sólo soy un profesor. Él, por el contrario, es un banquero de postín.

Leo en la Wikipedia:

"En la actualidad, José Ignacio Goirigolzarri es consejero de la Asociación para el Progreso de la Dirección, patrono de Everis, de Orkestra y de la Confederación Española de Directivos y Ejecutivos (CEDE) y vicepresidente de Deusto Business School. Es, además, impulsor de Garum Fundatio y Presidente del Consejo Asesor del Instituto Americano de Investigación Benjamin Franklin".

Déjenme que me recupere, que respire... Qué currículum. Sólo le falta recibir la Laureada de San Fernando. Yo, en cambio, sólo soy un docente y un investigador de letras, el tonto útil de las subordinadas. Ah, y un funcionario, uno de esos que cobran como rajás por no hacer nada de provecho. No hago nada de provecho: no estoy en ninguna Escuela de Negocios. Equivoqué mi licenciatura. Debería haber emprendido una carrera espacial. Para estar allí arriba, con Dios y los banqueros.

Jordi Évole dedica un programa de Salvados a las preferentes y subordinadas. Cuidadín... Seguro que tiene mucha repercursión y que su entidad, señor Goiri, va a estar en el centro de la jeremíada. Estoy por mandarle mi dossier. A ver si hacemos ruido con la hucha petitoria y, de paso, a ver si me devuelven lo que es mío. Les explico cómo encontrar mi dinero: está allí abajo, en la bodega del banco, entre telarañas y ratas que corretean hay una caja metálica que pone Serna. Con letra gótica y cursiva.

Se va a enterar, Goiri. Se va a enterar.

Hay 3 Comentarios

Anims per a reclamar. No és l'únic. Molta gent ha estat enganyada, fins i tot els mateixos treballadors del banc.

Ánimo, siga con la demanda que tiene muchas posibilidades de ganar y que le devuelvan su dinero, faltaría más.
Ah y gracias por avisar de que el Olivas ya no vive allí, yo pasaba 2 tardes a la semana por enfrente, a ver si lo pillaba y le decía cuatro cosas... No sabrá por dónde para ahora ? Se habrá ido a los Emiratos árabes, a derrochar su fortuna ?

Pues yo, desde que descubrí las palabras de Joan Antoni Melé, subdirector de Triodos en España, me preocupan más otras cosas que el interés que me puedan dar en el Banco. Ahora sí que me importa "que hacen con mi dinero". No sólo porque creo que es un deber moral saber qué se hace con él, sino que cuando el banco es transparente y ofrece los datos de las inversiones al público, ya no depende de que quieran satisfacer a sus accionistas; quieren cumplir con sus clientes y con los valores que con ellos comparten...

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Presente Continuo

Sobre el blog

Un historiador echa un vistazo al presente. Éstas no son las noticias de las nueve. Pero a las nueve o a las diez hay actualidad, un presente continuo que sólo se entiende cuando se escribe: cuando se escribe la historia.

Sobre el autor

Justo Serna

es catedrático de la Universidad de Valencia. Es especialista en historia contemporánea. Colabora habitualmente en prensa desde el año 2000 y ha escrito varios libros y ensayos. Es especialista en historia cultural y ha coeditado volúmenes de Antonio Gramsci, Carlo Ginzburg, Joan Fuster, etcétera. De ese etcétera se está ocupando ahora.

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