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Defensa apasionada de la lectura

Por: | 13 de mayo de 2014

Uno. Hay dos o tres cosas que se pueden hacer con los libros clásicos. Leerlos, releerlos, hojearlos. En cualquiera de los casos, los beneficios que nos procuran son muy rentables. Al tocarlos, sujetarlos, abrirlos La foto(3)o incluso terminarlos, algo se nos pega.

Nos acercan a un mundo que no es el nuestro, un mundo de seres muertos que algo dijeron. Con valor, con menos medios y con menos comodidades que las nuestras.

Por tanto, los clásicos nos hacen salir del ensimismamiento presente; nos hacen abandonar esa idea tan extendida de que lo pasado no vale o ya está caduco.

El mundo actual tiene numerosas cosas buenas, pero no nos engañemos: muchas de las preguntas que se planteaban los clásicos siguen vigentes.

¿Por qué razón? Porque las respuestas que ellos nos dieron siguen siendo parcialmente válidas o porque los problemas que esperábamos haber superado aún están por resolver.

Por supuesto, no estoy diciendo que un clásico sea como una caja de herramientas con las que enderezar lo torcido. Lo que digo es que aun sin ser enteramente satisfactorias esas preguntas y respuestas, sus palabras aún nos conciernen.

Asuntos como el género humano, como la condición humana, como la bondad o la maldad, como la utilidad o el desprendimiento, como el altruismo o la benevolencia, son materias de nuestro tiempo. Y de siempre.

Yo soy profesor de historia. Que me aspen si sé cuáles son las respuestas mejores y definitivas para los problemas humanos. Tengo conocimientos, pero no soy tonto: carezco de esa vanidad que tienen algunos con estudios, gentes que saben a ciencia cierta cuáles son las recetas mejores.

Azorín leyó vorazmente y escribió abundantemente para los periódicos. Su lectura y su escritura eran como un tanteo. ¿Qué es eso de un tanteo? Lo sostuve en la Llibreria Ramon Llull en un acto organizado con otras dos librerías, Gaia y Shalakabula. Presentábamos Libros, buquinistas y bibliotecas (2014, Fórcola Ediciones), esa obra de Azorín editada por Francisco Fuster que está teniendo un éxito significativo. 

Imaginen una habitación en penumbra. O, mejor, en semipenumbra. Yo estoy dentro y mis ojos se acostumbran a esa oscuridad. Poco a poco empiezo a distinguir algunas formas de objetos conocidos y de otras sospecho o conjeturo lo que pueden ser. Extiendo mis brazos con el fin de tocar esas cosas y de confirmar con el tacto lo que mi escasa visión no me puede confirmar. Es decir, tanteo. No tendré la certeza de que eso y aquello son lo que creo que son, pero con dicho ejercicio me habré hecho una idea más o menos cabal de lo que hay en la habitación, de lo que contiene. Probablemente tropezaré con algún objeto imprevisto. Iré a tientas pero no exactamente a ciegas, tanteando, avanzando.

Azorín leí y escribía. ¿Para qué? Para ganarse un sustento y también para dar significado a su presente, un presente que no era sólo lo que tenía a dos palmos de sus narices. Leer y escribir era para él tantear. Era como estar en una pieza oscura: de hecho, el mundo es una pieza oscura y con la lectura y la escritura nos damos respuestas, probablemente insuficientes.

Hay incertidumbre, pero no nos resignamos. Queremos luz, más luz, antes de morirnos. Desde la Ilustración, desde el Iluminismo, esto se arregla con hachones, perillas y libros. La electricidad ayuda, sin duda.

Pero si no hay luces, si no hay luces... No hay tu tía.

 

Dos. En un página del primer tomo de Desde la última vuelta del camino (1944), las memorias de Pío Baroja, el autor recuerda lecturas juveniles o no tanto.

Recuerda incluso la geografía de esos clásicos leídos y en algún caso vueltos a leer, textos que no eran canónicos en los años cuarenta y que hoy forman parte de la lista de los más apreciados.

"Los estudiantes no leíamos apenas literatura española contemporánea, más que nada, porque los libros nuevos recientemente publicados nos parecían caros, y lo eran para nuestro bolsillo. Efectivamente, con tres o cuatro pesetas se podía llevar a casa una porción de tomos [antiguos], para leer una semana; en cambio, no se podía comprar más un tomo de un autor contemporáneo".

Más aún, añade Baroja, "la literatura clásica se desconocía en absoluto. Creo que no conocí a ningún estudiante compañero mío que hubiese leído de verdad el 'Quijote'. Se hablaba de él, naturalmente, pero no se leía", admite con sinceridad.

"Yo devoraba en la juventud todo lo que caía en mis manos, principalmente novelas, sin fijarme si el autor tenía fama o no, si era bien o mal considerado por los críticos". Eso confiesa Baroja.

"En Pamplona, los autores y libros leídos por mí fueron: Julio Verne, Federico Marryat, Gustavo Almard, el 'Robinson', algunos folletines: 'Las tragedias de París, 'El coche número 13' y 'Creación y redención' de Dumas. En Madrid, mis favoritos eran: V. Hugo, E. Sue, Balzac, J. Sand, Zola. Espronceda y Bécquer. En Valencia y Cestona: Schpenhauer, Poe y Baudelaire. Después, en Madrid: Dickens, Stendahl, Turgueniev, Dostoyevski, Tolstói, Ibsen y Nietzsche".

Etcétera.


Tres. No es preciso convenir con Baroja en esa lista, en esa prelación y en esa relación. No es necesario admitirle un orden tan exacto. El recuerdo de lo leído se mezcla con la evocación de lo leído de segunda mano, de lo disfrutado vicariamente.

Salvando las distancias: a la altura de 1982, yo me hice un plan de lecturas futuras --preferentemente clásicas-- que, de haberlo cumplido, me habría tenido ocupado al menos un par de décadas completas. Aquel listado no lo cumplí a rajatabla, pero fue una falsilla de lo que quería o podía leer. Los renglones torcidos, vaya. En cierto aspecto no me fui mucho del proyecto inicial.

En este sentido no discrepo de Baroja: recordar lo leído o presuntamente leído y señalar lo venidero ayudan a hacerse un plan, un orden vital, un lugar en el mundo. No hay por qué satisfacer cada una de las cláusulas.

Los eruditos barojianos estudian la biblioteca del autor. Examinan sus anotaciones en los volúmenes efectivamente leídos. Especulan con mucho interés sobre sus aprendizajes, sobre su asimilación de Kant o Nietzsche, por ejemplo.

Resulta a todas luces evidente que Baroja leyó a Inmanuel Kant o a Freidrich Nietzsche al margen de lo que él declare en sus memorias. Si uno repasa sus obras descubre inmediatamente a estos clásicos, esa huella de racionalismo y humor agrio. Como descubre también la felicidad, los reyes del folletín. Del folletín y de la filosofía sale Baroja.

De la lectura, de la amistad lectora con Baroja y de su sabiduría, sale Azorín. José Martínez Ruiz es impesable sin don Pío. No hay más que leer Ante Baroja (2012) editado por Francisco Fuster y publicado por la Universidad de Alicante para advertirlo.

Sin los clásicos, Baroja o Azorín no serían nada.

 

Hay 2 Comentarios

Estupendo. Difiero del final. De mezclar hachones y libros. Y al "luz, más luz" de Goethe al morir, muy propio hoy por la preponderancia alemana, prefiero a Romero de Torres: "Quitadme de encima esa luz tan fuerte, estropea lo poco que aún entra del jardín, tan suave". Como diría Alatriste, será por ser español

El que escribe cotidianamente, para miles de lectores o para su propio empeño creativo, inabandonable, sabe que el proceso le controla a él, no al revés. Y es tan maravilloso como asfixiante.

http://casaquerida.com/2014/05/12/votamos-o-compramos/

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Presente Continuo

Sobre el blog

Un historiador echa un vistazo al presente. Éstas no son las noticias de las nueve. Pero a las nueve o a las diez hay actualidad, un presente continuo que sólo se entiende cuando se escribe: cuando se escribe la historia.

Sobre el autor

Justo Serna

es catedrático de la Universidad de Valencia. Es especialista en historia contemporánea. Colabora habitualmente en prensa desde el año 2000 y ha escrito varios libros y ensayos. Es especialista en historia cultural y ha coeditado volúmenes de Antonio Gramsci, Carlo Ginzburg, Joan Fuster, etcétera. De ese etcétera se está ocupando ahora.

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