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Arturo Pérez-Reverte, ay

Por: | 11 de junio de 2014

Hay algo de dolor, de herida, de raja mal curada en Arturo Pérez-Reverte, algo que supura y escuece. LasombradelaguilaComo si el escritor fuera alguien poco querido que demandara más cariño. Como si el autor fuera un hijo de familia multitudinaria que exigiera atención. Esto es una especulación, pero tanta demanda tiene que ser una lesión antigua.

Cada vez que escribe en Twitter se muestra como un personaje retador, achulapado y grosero. Aquí me tenéis, granujas, gilipollas. Aquí estoy yo, soplapollas. Ese es el estilo. Para quien ha sido reportero de guerra no es gran cosa. En las contiendas, las finuras se pierden y los cojones son lo que se saca.

Es por eso por lo que Pérez-Reverte explota sus personaje de reportero curtido, baqueteado. ¿Qué me vas a decir a mí, tonto el culo? Yo estuve en los Balcanes. Yo estuve en Irak. ¿Me vas a venir a mí con mariconadas? Yo sobreviví a tiros, explosiones, disparos, detonaciones. No me toques los huevos. Yo sobreviví mientras tú estabas tocándote la pirindola en el Madrid otoñal.

¿Y qué dice Javier Marías de todo esto? ¿Admira, acaso, al hombre-hombre? Pero si Pérez-Reverte es un mariconazo. Si sólo se atreve con los débiles, si sólo la emprende con los frágiles. Había que hacer el rendibú a Esperanza Aguirre (le había pagado una Expo), y Pérez-Reverte humillaba el hocico. ¿Qué hace Javier Marías en todo esto?

Pérez-Reverte es un personaje, de acuerdo. Quiero decir: se hace el tío, el guaperas, aquel que está a vuelta de todo, porque todo lo ha vivido ya. Pero esa máscara con la que se cubre no cae en gracia a muchos, salvo a sus hooligans. Que insulte, que suelte palabrotas, que se haga el broncas…, quizá les ponga a sus seguidores. A los demás nos deja fríos o al menos nos sorprende la mala educación de que es capaz.

Pero no es mala educación, es posición, es pose característica de un posturistas: el jaez que se gasta un pendenciero de cartón-piedra. Desea que se le lea, que se le escuche, que se le atienda y precisamente por eso da bocinazos y boinazos, algo muy español. Insisto: o es hijo único mal atendido o es un muchacho nacido en una familia numerosa.

Con ello, con su actitud,  quiere estar en el centro del debate o de la reyerta que allí se monta. Luego, cuando el señor ha encendido el patio de Twitter, cuando la gente está injuriando e injuriándose, el sr. Pérez-Reverte se despide. Durante todo el tiempo emplea un falso lenguaje cheli, un idioma de quinquis finos, de machos desenvueltos.

Cuando se cansa de mantener al personaje, se despide y los deja a todos con un palmo de narices. Se cree franco, feo y formal y sólo alcanza a tribulete con estudios.

¿Y cuando escribe novelas? Vamos a ver. Hay un leyenda urbana, aquella según la cual don Arturo Pérez-Reverte escribe muy bien. Que si se documenta, que si se informa, que si remeda el lenguaje del Siglo de Oro, que si copia y mejora el idioma popular, que si su prosa entretiene y conmueve.

Si se trata de remedar lo que ya está escrito, no dudo de su capacidad. Si me dejan seis meses, yo también escribo una novela con lenguaje ambientado en el siglo XVII. Ésa no es la cuestión. El asunto es que avanzamos en la ficción, desarrollamos el relato, rompemos esquema, orden, tiempo, sucesión. Repetir lo que ya está escrito o parodiar lo que ya fue concebido no nos lleva muy lejos.

De hecho, Pérez-Reverte no ha conseguido salir del Siglo de Oro. Sólo una novela, La sombra del águila (1993) me hizo reír, me hizo seguir. Aplaudía con las orejas. Mi padre, que desconfiaba de mis recomendaciones, se negó a leerla. Lástima, es su mejor obra.

Cuando ya estaba muy enfermo, mi padre me pidió que no le regalara más obras de Pérez-Reverte. Yo no trataba de convencerlo. Imaginaba simplemente que la ficción ligerita le animaría. Pues no.

Lo último que empezó a leer y dejó inacabado fue Enrique Vila-Matas. No me parecía una lectura recomendable, pero su diario tal vez le sacaría de su ensimismamiento. No fue posible. Ay.

 

Hay 23 Comentarios

Léete ésto, Justo. Y luego dime cómo te atreves a criticar a alguien capaz de decir esto. No es que presuma de huevos, (yo nunca le he leído hacerlo) es que los tiene. Y además, gusta a las tías (eso si que jode, ¿verdad, viendo tu foto). De paso, a ver si en seis meses, si te lo propones, escribes tú también una novela como las del tito Reverte, aunque sea de las cortas:

Hace medio siglo recibí la más importante lección de periodismo de mi vida. Tenía 16 años, había decidido ser reportero, y cada tarde, al salir del colegio, empecé a frecuentar la redacción en Cartagena del diario La Verdad. Estaba al frente de esta Pepe Monerri, un clásico de las redacciones locales en los diarios de entonces, escéptico, vivo, humano. Empezó a encargarme cosas menudas, para foguearme, y un día que andaba escaso de personal me encargó que entrevistase al alcalde de la ciudad sobre un asunto de restos arqueológicos destruidos. Y cuando, abrumado por la responsabilidad, respondí que entrevistar a un político quizás era demasiado para mí, y que tenía miedo de hacerlo mal, el veterano me miró con mucha fijeza, se echó atrás en el respaldo de la silla, encendió uno de esos pitillos imprescindibles que antes fumaban los viejos periodistas, y dijo algo que no he olvidado nunca: “¿Miedo?... Mira, chaval. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti”.

Pienso en eso a menudo. Y últimamente, en España, más todavía. Ninguna de la media docena de certezas, de lecciones fundamentales que he ido adquiriendo con el tiempo, supera esas palabras que un viejo zorro de redacción dirigió a un inseguro aprendiz de periodista: Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti. Todo el periodismo, su fuerza, su honradez, hasta su épica, se resume en esas magníficas palabras. En esa declaración segura de sí, casi arrogante, formulada por un humilde redactor de provincias.

Miedo, es la palabra. No hay otra. O al menos, no la conozco. Miedo del alcalde correspondiente, o su equivalente, ante el bloc y el bolígrafo, o lo que los sustituya hoy, manejados por una mano profesional, eficaz y honrada en los términos en que el periodismo puede considerarse como tal. He escrito alguna vez, recordando siempre a Pepe Monerri, que el único freno que conocen el político, el financiero o el notable, cuando llegan a situaciones extremas de poder, es el miedo. En un mundo como este, donde las ingenuidades y las simplezas de mecherito en alto y buen rollo a menudo son barajadas por los canallas, como instrumento, y creídas por los tontos útiles que ofician de ganado lanar y carne de cañón, ese es el único freno real. El miedo. Miedo del poderoso a perder la influencia, el privilegio. Miedo a perder la impunidad. A verse enfrentado públicamente a sus contradicciones, a sus manejos, a sus ambiciones, a sus incumplimientos, a sus mentiras, a sus delitos. Sin ese miedo, todo poder se vuelve tiranía. Y el único medio que el mundo actual posee para mantener a los poderosos a raya, para conservarlos en los márgenes de ese saludable miedo, es una prensa libre, lúcida, culta, eficaz, independiente. Sin ese contrapoder, la libertad, la democracia, la decencia, son imposibles.

Nunca en esta democracia, como en los últimos años, se ha visto un maltrato semejante en España del periodismo por parte del poder. Aquel objetivo elemental, que era obligar al lector a reflexionar sobre el mundo en el que vivía, proporcionándole datos objetivos con los que conocer este, y análisis complementarios para mejor desarrollar ese conocimiento, casi ha desaparecido. Parecen volver los viejos fantasmas, las sombras siniestras que en los regímenes totalitarios planeaban, y aún lo hacen, sobre las redacciones. Lo peligroso, lo terrible, es que no se trata esta vez de camisas negras, azules, rojas o pardas, fácilmente identificables. La sombra es más peligrosa, pues viene ahora disfrazada de retórica puesta a día, de talante tolerable, de imperativo técnico, de sonrisa democrática. Pero el hecho es el mismo: el poder y cuantos aspiran a conservarlo u obtenerlo un día no están dispuestos a pagar el precio de una prensa libre, y cada vez se niegan a ello con más descaro. Basta ver las ruedas de prensa sin preguntas, el miedo a comparecencias públicas, los debates electorales donde son los políticos y sus equipos, no los periodistas desde la libertad, quienes establecen el formato. Como si hubiera, además, que agradecerles la concesión. Y la sumisión de los periodistas, y de los jefes de esos periodistas, que aceptan ese estado de cosas sin rebelarse, sin protestar, sin plantarse colectivamente, con gallardía profesional, frente a la impune soberbia de una casta a la que, en vez de dar miedo, dan, a menudo, impunidad, garantías y confort.

Aterra la docilidad con la que últimamente, salvo concretas y muy arriesgadas excepciones, el periodismo se pliega en España a la presión del poder. Creo que nunca se ha visto, desde que se restauró la democracia, un periodismo tan agredido por el poder político y financiero. Y nunca se ha visto tanta mansedumbre, tanta resignación en la respuesta. Apenas hay afán por buscar, por investigar, excepto cuando se trata de servir intereses particulares. Entonces, para procurar munición al padrino que a cada cual corresponde o se ha buscado para sobrevivir, entonces sí hay luz verde, y hay medios, hasta que se topa con la línea roja correspondiente a cada cual: la banca, la telefonía, la publicidad, el nacionalismo correspondiente, la Iglesia, tal o cual sigla de partido, lo socialmente correcto llevado hasta extremos de estupidez. Y en pocos casos se trata de hacer reflexionar al lector sobre esto o aquello. Se trata, por lo general, de imponerle una supuesta verdad. Y ese parece ser el triste objetivo del periodismo español de hoy: no ayudar al ciudadano a pensar con libertad. Solo convencerlo. Adoctrinarlo.

España es un lugar con una larga enfermedad histórica que se manifiesta, sobre todo, en un devastador desprecio por la educación y la cultura, y una siniestra falta de respeto intelectual por quien no comparte la misma opinión. Por el adversario. Siempre creí, porque así me lo enseñaron de niño, que los únicos antídotos contra la estupidez y la barbarie son la educación y la cultura. Que, incluso con urnas, nunca hay democracia sin votantes cultos y lúcidos. Y que los pueblos analfabetos nunca son libres, pues su ignorancia y su abulia política los convierten en borregos propicios a cualquier esquilador astuto, a cualquier manipulador malvado. A cualquier periodismo deshonestamente mercenario.

Y así, con frecuencia, aquí todo asunto polémico se transforma, no en debate razonado, sino en un pugilato visceral del que está ausente, no ya el rigor, sino el sentido común. Apenas existe en los medios españoles un debate solvente político, social o cultural merecedores de ese nombre, sino choques de posturas. Diálogos de sordos, a menudo en términos simples, clichés incluidos, de derecha e izquierda. La presencia de nuevas formaciones políticas que buscan espacios distintos no varía la situación. Se sigue buscando situarlas en uno u otro de los tradicionales, como si de ese modo todo fuese más claro. Más definido. Más fácil de entender.

Destaca, significativa y terrible, la necesidad de encasillar. En España parece inconcebible que alguien no milite en algo; y, en consecuencia, no odie cuanto quede fuera del territorio delimitado por ese algo. Aquí, reconocer un mérito al adversario es tan impensable como aceptar una crítica hacia lo propio. Porque se trata exactamente de eso: adversarios, bandos, sectarismos heredados, asumidos sin análisis. Toda discrepancia te sitúa como enemigo, sobre todo en materia de nacionalismos, religión o política. Me pregunto muchas veces de dónde viene esa vileza, esa ansia de ver al adversario no vencido o convencido, sino exterminado. Y quizá sea de la falta de cultura. De ciudadanos simples surgen políticos simples, como los que muestran esos telediarios en los que, al oír expresarse a algunos políticos casi analfabetos (y casi analfabetas, seamos socialmente correctos), te preguntas: ¿Por quién nos toman? ¿Cómo se atreven a hablar en público? ¿De dónde sacan esa cateta seguridad, esa contumaz desvergüenza?... Sin embargo, la falta de cultura no basta para explicarlo, pues otros pueblos tan incultos y maleducados como nosotros se respetan a sí mismos. Quizá esa Historia que casi nadie enseña en los colegios pueda explicarlo: ocho siglos de moros y cristianos, el peso de la Inquisición con sus delaciones y envidias, la infame calidad moral de reyes y gobernantes.

Pues bien. Ese “conmigo o contra mí” envenena, también, las redacciones. Los veteranos periodistas recordarán que en los años de la Transición, y hasta mucho después, la línea ideológica, el compromiso activo de un medio informativo, los llevaban el quipo de dirección, columnistas y editorialistas, mientras que los redactores y reporteros de infantería, honrados mercenarios, eran perfectamente intercambiables de un medio a otro. Un periodista podía pasar de Pueblo al Arriba, a Informaciones, a Diario 16 o a El País con toda naturalidad. Incluso redactores de El Alcázar, la ultraderecha de la derecha, tuvieron vidas profesionales en otros medios. Ahora, eso es casi imposible. Las redacciones están tan contaminadas de ideologías o actitudes de la empresa, se exige tanta militancia a la redacción, que hasta el más humilde becario que informa sobre un accidente de carretera se ve en la necesidad de dar en su folio y medio un toquecito, una alusión política, un puntazo en tal o cual dirección, que le garantice, qué remedio, el beneplácito de la autoridad competente. Y ya que hablo de sucesos, está bien recordar que hasta los sucesos, los accidentes, las desgracias, son tratados ahora por los medios, a menudo, según el parentesco político más cercano. Según sea la militancia de los responsables reales o supuestos. Y a veces, hasta de las víctimas.

Apenas hay periodismo político real en España, sino declaraciones de políticos y cuanto en torno a ellos se genera. Raro es el trabajo periodístico que no incluye declaraciones de políticos a favor o en contra, marginando el interés del hecho en sí para derivarlo a lo que el político opina sobre él, aunque esa opinión sea una obviedad o un lugar común, o quien habla maneje mecanismos expresivos o culturales de una simpleza aterradora. Lo que cuenta es que el político esté ahí. Que adobe y remate el asunto. Hasta el silencio de un presidente o un ministro se considera noticia de titulares de prensa. Por modesta o mediocre que sea a veces, la figura del político asfixia a todas las otras. Hasta en la prensa local del más humilde pueblo español, las páginas abundan en politiqueo municipal, convirtiendo cualquier menudo incidente concejil en asunto de supuesto interés público. Los mecanismos internos más aburridos de cualquier formación política importante se examinan hasta el agotamiento. En mi opinión, las horas que un tertuliano de radio o televisión dedica en España a analizar la mecánica interna de los partidos no tienen equivalente en el mundo democrático

Todo eso agota al lector, al oyente, al telespectador. Lo aburre y lo expulsa del debate, haciendo que vuelva la espalda a la política, haciéndolo atrincherarse allí donde las palabras reflexión y lucidez desaparecen por completo. Tampoco ayudan a ello las voces que en ocasiones el periodismo pone sobre la mesa, como algunos tertulianos y opinadores profesionales alineados con tal o cual postura, o que han ido readaptándola cínicamente en los últimos 40 años, de modo que antes de que abran la boca ya sabes, según el individuo y el momento, lo que van a decir. Del mismo modo que reconoces tal o cual emisora de radio, en el acto, por el tono de sus intervinientes, aunque ignores el nombre de estos. Igual que con alguien en la calle, a los pocos minutos de conversación, sabes exactamente que periódico lee o que emisora de radio escucha.

Para cualquier lector atento de varios medios, es evidente que el periodismo en España se ha contaminado de ese ambiente enrarecido, de ese sesgo peligroso que tanto desacredita las instituciones en los últimos tiempos y del que son responsables no solo los políticos, ni los periodistas, sino también algunos jueces demasiado atentos a los mecanismos de la política, el periodismo y la llamada opinión pública. Y tampoco la crisis económica contribuye a las deseadas libertad e independencia. La inversión publicitaria pasó de 2.100 millones de euros en 2007 a menos de 700 en 2013. Eso aumenta la tentación de cobijarse bajo los poderes establecidos, y el periodismo como contrapoder se vuelve un ejercicio peligroso. Por sus propios problemas, algunos medios deciden no ir contra nadie que tenga poder o dinero. Y surge otro serio enemigo del periodismo honrado: la autocensura. Cuando el redactor jefe, en vez de animarte, te frena. Nos gusta ver en las películas cómo periodistas intrépidos consiguen la complicidad y el aliento de sus superiores; pero eso, aunque por fortuna ocurre a veces, no es aquí el caso más frecuente. No se practica con igual entusiasmo en las redacciones, más atentas a notas de prensa de gabinetes que a patear el asfalto. Y así, los partidos, las grandes empresas de la banca, las comunicaciones y la energía, entre otras, aprovechan la dependencia de los medios para dar por supuesta, cuando no imponer, la autocensura en las redacciones.

Supongo que habrá soluciones para eso. Posibilidades de cambio y esperanzas. Pero no es asunto mío buscarlas. No soy sociólogo, ni político. Apenas soy ya periodista. Solo soy un tipo que escribe novelas, que fue reportero en otro tiempo. Y hoy, puesto que aquí me han emplazado a ello, traigo mi visión personal del asunto, parcial, subjetiva, que pueden ustedes olvidar, con todo derecho, en los próximos cinco minutos. La transición del papel a lo digital, los productos de pago en la red, la eventualidad de que nuevos filántropos, capital riesgo y empresarios particulares unan sus esfuerzos para hacer posible un periodismo solvente y de calidad, son posibilidades ilusionantes que sin duda serán abordadas por quienes aún creen que solo un periodismo que pide cuentas al poder, en cualquier forma de soporte inventada o por inventar, tiene futuro. Esa es, y será siempre, la verdadera épica del periodismo y de quienes lo practican: pelear por la verdad, la independencia y la libertad de información pagando el precio del riesgo, en batallas que pueden perderse, pero que también se pueden ganar. Haciendo posible todavía, siempre, que un alcalde, un político, un financiero, un obispo, un poderoso, cuando un periodista se presente ante ellos con un bloc, un bolígrafo, un micrófono o lo que depare el futuro, sigan sintiendo el miedo a la verdad y al periodismo que la defiende. El respeto al único mecanismo social probado, la única garantía: la prensa independiente que mantiene a raya a los malvados y garantiza el futuro de los hombres libres.

Arsonist:
No hace falta entablar un debate metafísico. Es fácil de entender. Para poder opinar de algo, hay que conocerlo. Si no has leído ninguna novela de Pérez Reverte, ¿cómo puedes denostar toda su obra? ¿Con una simple ojeada te basta y te sobra? Entonces eres un portento, chico.
¿No será que comentas desde la bilis y estás influenciado por Justos Sernas y similares, a los que por cierto, no les importaría en absoluto parir una novela la mitad de redonda que cualquiera de las de Reverte?
Y que conste que no te hablo desde el resentimiento. A mí hay cosas de Reverte que me gustan y otras no tanto. Novelas que me han encandilado y otras a las que casi he repudiado
Y en lo que se refiere a su faceta de columnista, cada vez me cansa más; le veo demasiado metido en su personaje y repartiendo estopa con cada vez menos fundamento, cosas en la cuales coincido con el Sr. Serna; pero claro, todo esto no es óbice para valorar en su justa medida la obra del cartagenero. Y creo, que no estás siendo demasiado justo, ¿no te parece, Arsonist?
Saludos.
Víctor

Justo, lo has clavado. ¡Qué pena de asiento en la RAE!

Muy bueno lo de "tribulete con estudios" aunque no lo comprendan muchos. Pobre reporter Tribulete...

Pues nada. A ver cuando sale esa novela hecha en seis meses. Y con un poco de suerte, se encuentra usted con Pérez Reverte por ahí y le dice en la cara lo que escribe aquí.
Por lo demás tiene usted cierta fijación con él.

Eso, eso, deja de ser un teórico de la historia, y en seis meses (como dices) publica una novela que tenga el éxito de ventas como las de D.Arturo... Si la envidia fuera tiña...

Victor: qué es "lo que hay que leer"? La lista que tu establezcas o la del Canon Occidental de Bloom? Por qué me tengo que tragar un libro indigerible de principio a fin? Sabes cuál es el periódico más vendido en España? Marca. Ahora bien, yo NO lo leo. Soy por eso un desubicado? No leo, por eso, "lo que hay que leer"? Por qué tengo que leer al completo un libro que en mi primera aproximación a él, en la librería, ya me resulta absolutamente insulso? Para suavizar tu conflicto, te informo que he dejado algún libro de otros autores sin terminar y no los he leido más. ¿Te suena Umberto Eco? ¿Te suena Dan Brown? No quiero seguir con una lista que pudiera ser interminable. También otros son infumables. De todos modos, compruebo que A.P.R. está logrando que todos entremos en la dinámica que el plantea desde el insulto y la falta de respeto a sus posibles seguidores y lectores. Y a los lectores de otros autores. Y, si no, ahí lo tienes a "buzón" que no se corta un pelo a la hora de opinar y, hasta llego a sospechar que es A.P.R. disfrazado de mobiliario urbano. Si hasta ejerce de crítico literario y de estilo, no sin antes mostrar su desprecio por todo lo que huela a Universidad y todo lo que pueda suponer ideas políticas.

Victor: qué es "lo que hay que leer"? La lista que tu establezcas o la del Canon Occidental de Bloom? Por qué me tengo que tragar un libro indigerible de principio a fin? Sabes cuál es el periódico más vendido en España? Marca. Ahora bien, yo NO lo leo. Soy por eso un desubicado? No leo, por eso, "lo que hay que leer"? Por qué tengo que leer al completo un libro que en mi primera aproximación a él, en la librería, ya me resulta absolutamente insulso? Para suavizar tu conflicto, te informo que he dejado algún libro de otros autores sin terminar y no los he leido más. ¿Te suena Umberto Eco? ¿Te suena Dan Brown? No quiero seguir con una lista que pudiera ser interminable. También otros son infumables. De todos modos, compruebo que A.P.R. está logrando que todos entremos en la dinámica que el plantea desde el insulto y la falta de respeto a sus posibles seguidores y lectores. Y a los lectores de otros autores. Y, si no, ahí lo tienes a "buzón" que no se corta un pelo a la hora de opinar y, hasta llego a sospechar que es A.P.R. disfrazado de mobiliario urbano. Si hasta ejerce de crítico literario y de estilo, no sin antes mostrar su desprecio por todo lo que huela a Universidad y todo lo que pueda suponer ideas políticas.

GRACIAS, le has puesto palabras a mis pensamientos, y te falta conocer cuando pasa por la Universidad de Murcia a dar conferencias...; el misterio de Marias ..., gracias.

Del amplio catálogo de publicaciones del sr. P.R., yo tan solo salvaría "La reina del sur". Y tal vez se deba a que fue su decimotera novela publicada.

Del resto (y he leido bastante de ese señor hasta que me convencí de que ya no me engañaba más) mejor ni hablar.

¿Compararlo con Javier Marías? Por favor, señores, seamos serios. Para mi Marías es, con mucha diferencia, de lo mejorcito que ha dado la literatura patria en varias décadas.

Resulta cómica la reacción de los lectores cuando se critica a Arturo Pérez-Reverte, al personaje que interpreta en las redes públicas, al individuo bronco que hace declaraciones supuestamente explosivas, al escritor airado que concede entrevistas.
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Resulta cómica la reacción de quienes lo leen y no pueden soportar que se critique su obra, por supuesto inconmensurable.
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Las novelas de Arturo Pérez-Reverte no son más que trabajosos artificios para los que se documenta con personajes generalmente planos, de escasísima hondura.
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Cuando yo digo esto se me acusa de no haber leído sus obras. Es decir, se me tacha de criticar de oídas. Es el colmo de la defensa numantina de esa legión pretoriana que lo sigue con ardor guerrero y fidelidad lacayuna.
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Por supuesto, la respuesta que se me da es la inevitable: ¿pero qué haces tú si eres tan listo?, ¿por qué no escribes sus novelas y te haces rico? Ah, claro, eres catedrático y sois todos unos paniaguados. En fin.
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Vaya ejemplo que da el público lector: no soporta que se le toque a su endiosado autor.
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Creo que es un escritor aceptable, con algún acierto incluso humorístico de mucha guasa ('La sombra del águila') y luego tiene obras de pesadumbre española.
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Arturo Pérez-Reverte fue el primero que críticó a la casta..., dominante en España desde hace varios siglos. Qué horror. Qué simplificaciones históricas.

La envidia es insana ....... Perez Reberte es genial .....!! Y si esta de mala , leche" es lo normal cuando se vive y be lo que ocurre en el mundo . Criticar a una persona a la que no se puede poner en duda su inteligencia , esto..¡asta a mi me pone.....de mala leche

Pero casi todos los reporteros (peor aún si son reporteros de guerra) cuando se pasan a escritores son insoportables, creen que la maestra vida les ha tocado con su varita mágica y pueden escribir lo que les venga en gana...

Arsonist: ¿Cómo puedes decir que las novelas de Pérez Reverte son de una vaciedad absoluta y que son del montón si ni siquiera las has leído?
Lo que hay que leer.

Claro y como a mi no me conoce ni el tato, y también quiero llamar la atención porque me abandonaron en un hospicio, hago lo mismo que critico. Si es tan fácil escribe tu los libros y ten éxito. Ah, no, es que soy catedro de la "universidad española". Reducto de paniaguados sobacos ilustrados que adquieren la sabiduría por la osmosis axilar de llevar libros bajo el brazo mientras abrazan corrientes políticas y sueñan con un programa de éxito en tele cinco. Pero nada chaval, nos partiremos el pecho para que sigas escribiendo, y te animamos a que lo sigas haciendo.....al menos hasta que lo hagas bien.

Al fin alguien le pone el cascabel al gato! El problema con A.P.R. es que alguna vez leyó que los dadaistas querían "epater les bourgeois" solo que no eran insultantes y de esto último no se enteró. Y, en cuanto a sus novelas, cada vez que he hojeado y ojeado alguna he decidido no comprarla. Huelen a especialista en redactar best-sellers que son de una vaciedad absoluta. Realmente me congratulo de no perder mi tiempo con su obra, obra del montón.

Al fin alguien le pone el cascabel al gato! El problema con A.P.R. es que alguna vez leyó que los dadaistas querían "epater les bourgeois" solo que no eran insultantes y de esto último no se enteró. Y, en cuanto a sus novelas, cada vez que he hojeado y ojeado alguna he decidido no comprarla. Huelen a especialista en redactar best-sellers que son de una vaciedad absoluta. Realmente me congratulo de no perder mi tiempo con su obra, obra del montón.

Por fin alguien se atreve a poner a Arturito en su sitio. Nunca decepcionas Justo, un placer. Lo de Marías ? un enigma.

En parte te doy la razón pero en el todo se la doy a bill maher.

Guapo, bill maher. Te queremos.

Totalmente de acuerdo. Sus columnas ya me parecían desagradables, pero cuando he empezado a leer alguno de sus libros me han parecido insufribles. Igual si los hubiese leído a los 9 años me hubiesen gustado, pero creo que ni aún así. En este país, los maleducados son legión, y si les da por escribir los hacen académicos.

Justo, tómate seis meses y escribe mejor que Arturo, seguro que te sale, así rubricas tus afirmaciones con hechos.

No puedo estar más de acuerdo. Insoportable. ¿Marías ? Me han gustado casi todas sus novelas, me encantan sus columnas, un señor en todos los sentidos

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Sobre el blog

Un historiador echa un vistazo al presente. Éstas no son las noticias de las nueve. Pero a las nueve o a las diez hay actualidad, un presente continuo que sólo se entiende cuando se escribe: cuando se escribe la historia.

Sobre el autor

Justo Serna

es catedrático de la Universidad de Valencia. Es especialista en historia contemporánea. Colabora habitualmente en prensa desde el año 2000 y ha escrito varios libros y ensayos. Es especialista en historia cultural y ha coeditado volúmenes de Antonio Gramsci, Carlo Ginzburg, Joan Fuster, etcétera. De ese etcétera se está ocupando ahora.

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